Reiteración definitiva, una última vez más y su vientre que se desenrosca en un humo que la asfixia desde la infancia roja.
Fue cruel. Una dureza que hablaba de destinos entremezclados con presentes que apoyan mentiras, causas, exageradas definiciones. Todo lo necesario para no querer volver, le dijo ella y cerró la puerta.
Caminó empapada de leve espanto y dio vueltas tantas esquinas como lágrimas, como páginas de un libro oxidado en sangre vieja.
Todo lo necesario para intuir las respuestas al sólo grito del las tripas, no le dijo ella, pero lo murmuró a través de la lluvia y de las veredas.
Y más de una vez se tocó los párpados sólo por ver si los ojos estaban de verdad abiertos.
Y tocó su cara, para ver si la piel aún la defendía.
Y palpó sus labios, pidiendoles que callaran en retrospectiva los errores ya condenados.
Lluvia en sábado. Sus mejillas como acequias de los gritos turbios que siempre habitan demasiado en el fondo. Lluvia. Los músculos tensos. Bajo el agua todo tiene brillo y bajo el brillo ella incendia su presente y lo esconde detrás del umbral de la conciencia. ¿No va a molestar ahí?. El semáforo se pone en verde y ella cruza encrespando insultos y neumáticos que se niegan a caer en la tentación que su cuerpo, atravesando la velocidad, les propone. Desde la vereda siguiente (que siempre será otra) mira el universo y su exagerada pretensión de no contenerla. De olvidarla. Su pelo chorrea y el agua se filtra por el pecho, despierta, fría, la tibieza desierta de su vientre. Y es el universo que acepta, al menos, aportar esa caricia fría que ella aprieta a través de su camisa. Y es el agua que sigue su rumbo hacia abajo avisando que la fecundará cuando llegue el momento. Pariré mares, sonríe mientras la lluvia comienza a descubrirle el sexo triste. Observa los autos y duda de que lleven gente adentro. Duda de todo. Duda de que él haya sidó él y duda de que su memoria aún lo contenga. Verde, los autos desaparecen y ella piensa en su memoria. No desaparece, duerme. Y es peor. Porque va a despertar.
Se sienta en el cordón de la vereda y saca una foto guardada. Ella, con un vestido blanco. Ella, Sonriendo e ignorando. (Y duda de que él sea él.) Mira la fecha. Ocho años pasaron. (Y duda de que ella esté en esa foto.)
Se acuesta en la vereda, ofreciendo su espalda a la lluvia. Mira la foto aún en su mano. Ocho años de astillas que nunca llegó a entender. (Y duda de que hayan dolido en el lugar oportuno.) Suelta la foto sobre el agua que corre junto al cordón de la vereda. La observa alejarse en la corriente. Ocho reinos en liquidación, que se desarman en una lluvia incomprensible, agotada y, por fin, verdadera.