miércoles, 14 de octubre de 2026

Veinte


Uno de veinte
 
El incendio de un motor
detenido
suena a la tristeza
de saber que llovió mientras dormíamos.
Los sueños amanecen mojados
y la agonía del motor nos seca
toda gana de enojarnos con alguna llama.
Voy a tragarme la llave.
Él ya no la necesita.
Y el humo... ¿no?
 
 
Dos de veinte
 
Está quebrado el vidrio
y sus aristas mienten afecto,
pensando que va a dormir la siesta
con un marco de ventana
que no precisa duelos.
Bostezar es sincerarme.
Quisiera esa última manzana
pero se me cierran los ojos.
¿Espejos en cópula con aristas desangeladas?
Y la luna ahí.
 
 
Tres de veinte
 
Si no descascaro
tu brújula de enterrar nortes
en cielos marítimos,
que han probado el dulce afinar
de cada cítara de honores
en almizcle de sueño,
es probable que todo suceda en menos tiempo
del que tardamos en soltarnos las manos.
Sí, en esa plaza.
Cuando nos abandone el aire.
 

Cuatro de veinte
 
Podías estar sentada
en esa mesa de bar cerrado,
con la única luz lejos y el micrófono en la mano,
recortada en un canto tan hondo que,
de inaudible,
llegaba a brillar tu perfil de mujer
en vías de ser desarmada.
¿Si podía acariciar el humo de tu recuerdo?
No.
Pero la Luna huía.
 
 
Cinco de veinte
 
La carne se enfría
en el recuadro último
que se mantiene iluminado
esa noche.
Dando por hecho que se han absuelto
a las cadenas que deletrean sombras,
conseguimos reflejar
sus últimas palabras montadas
en la carne aún tibia.
Como el naipe de un mago,
son y se niegan.
Huir al fin.
 
 
Seis de veinte
 
Si no voy en el otoño
desatando el cadalso perpetuo
que la sombra de tu ropaje agita
como ilusión de rocío emancipado,
sé que corro el mísero riesgo
de perseguir una hueste
de luciérnagas abstemias de señales
y afiliadas a la ceguera
más cercana a tu parpadeo.
Y el invierno ahí.
 

Siete de veinte
 
Concentrate en diluirte
ni bien acabes de rodear
con ese abrazo,
que soñaste durante tantos filos
de página en blanco,
al desarmado sabor exprimido
de la inconfundible presencia,
que ninguna carne humana fue capaz
de revestir nunca en tus parpadeos
más secos.
Y el latido único.
 
 
Ocho de veinte
 
Se aclara la garganta,
luego de aclararse el cabello.
Sin embargo,
la voz que anuncia el fin del viaje,
sigue sonando castaño oscuro.
Regresa a su asiento y mira
los bosques finales a través del vidrio.
Susurran en rubio ceniza
minutos antes de arder.
Y las lágrimas ahí.
 
 
Nueve de veinte
 
Entierro.
(Suena deliberado).
Nada que ocurra bajo tierra es casual.
(Suena a final temido).
Vaya hasta el fin del arco iris
y desentierre el número que forman
los siete colores bajo el suelo.
¿No sueña sobrevivir
a la noche?
(Suena a silencio en rocío).
Inserte el número en la raíz
del árbol de la vida.
 

Diez de veinte
 
Fuiste a derramar
una línea de diálogo,
con la puntuación
inevitablemente desfigurada,
en medio de la disección
de tu última rutina de embarazos
sin cesárea.
"Todo dolor es inútil",
se escuchó en la sala
cuando alguien preguntó
por el sexo del beber.
Y el corcho ahí, (¿callado?).
 
 
Once de veinte
 
Llevaba mi firma.
A la manera del caracol. O tortuga.
Cargaba los trazos deformes
que alguna vez formaron el nombre
que llevaba.
A la manera de un embrión de firma.
Siempre las letras acaban
deformes.
Y entonces la firma.
Encima.
Visible. (¿Nombrada?)
Y muda.
 
 
Doce de veinte
 
Por la mañana.
No hay otra esfera que te pueda conducir
al réquiem que elevás al óleo púrpura.
Enmascarar.
Tomás una misa de primavera y,
al instante,
suenan los disparos como si una voz nocturna
se derrumbara camino al sol.
Desde la mañana. (Besar el silencio).
Y jamás incoloro.
 

Trece de veinte
 
Al nacer,
le sumó una mancha al Sol.
Esperar los eclipses para amamantarlo
sin enceguecer.
No aprendió a caminar
hasta su primera órbita.
Y el habla,
como modular esas nubes.
Cuando preguntó por la muerte
le enseñé las sombras.
Ya atardecía.
 
 
Catorce de veinte
 
Y ahora estás leyendo.
El antibiótico hizo efecto.
El aeropuerto cerró por mal tiempo.
Suspendieron el carnaval
y vendieron el año nuevo a otro universo.
Nos queda seguir leyendo.
¿Recordás París nevado?
Ni una foto sacamos.
Y la única copa, rota.
Entonces, seguir escribiendo.
 
 
Quince de veinte
 
Sonó el despertador de Dios.
¿Dormía?
No lo sé.
Pero ahora está despierto.
Yo no dije que lo haya apagado.
Ningún despertador desafiaría a Dios.
A menos que Él le haya pedido
seguir soñando.
Eso no está en las Escrituras.
No, ningún sueño acaba escrito.
¿Por qué?
Porque acaba.
 

Dieciséis de veinte
 
Espanta.
Pájaros.
Dejando sus vuelos intactos
para que sean los renglones del cielo.
Y allí, con el margen de la noche
como escuadra en hoja de espera tierna,
desescribir lo escrito para que la virginidad
nos devuelva al primer beso.
Y que sea el único.
Posible.
 
 
Diecisiete de veinte
 
Siempre se debe abrir
una puerta primero.
Las cosas siempre están detrás.
O luego.
O sólo existen mientras está cerrada.
Siempre llegan
los suspiros desde el otro lado.
(Lo dice un llanto demacrado).
Puede que sea lo que espera
o nuestra respiración invertida,
que ya pasó la puerta
y nunca
regresará.
 
 
Dieciocho de veinte
 
Derrama.
Desarma el cascabel.
Anula los ríos por caer.
Y como amanece, acaba.
Derrama una llama sempiterna
que aparte luz de sombra.
Cada parte del cascabel recordando
su sonido muerto.
Agua como parpadeo de derrumbe.
Derrama el nombre,
al fin.
Y como se ama, se acaba.
 

Diecinueve de veinte
 
Iniciar el viaje dentro
del vehículo que remonta
la noche buscando
el sueño como puerto o final.
El pensamiento a oscuras
es una víbora inmóvil.
Pero despierta.
Apoyar la mano en la ventanilla
intentando una respiración.
Y los pulmones,
guardando el pensamiento
fuera del sueño.
 
 
Veinte
 
Da la impresión
de arista que derrama su horizonte
en un plano de congoja
reblandecida y sin catalogar.
En tonos de gris.
La da y no se la devuelven.
Y, al quedar sin impresión,
todas sus letras flotan
levando metáforas rojas
del papel que va tornando a blanco.
La arista acaba.
Y el adiós… ¿no?


jueves, 8 de octubre de 2026

Con hache de olvido


Luces encendidas en un edificio vacío.

No hay ilesos involucrados.
No hay heridos fuera de peligro.

Recorren escaleras con voz de polvo.
Escurren ascensores de puertas dormidas.
Luces encendidas como ojos ahogados
contándole a la nada el silencio de lo ausente.
Veredas que esquivan miradas
en la pulcritud húmeda que duerme sus años
de ventanas cerradas. 
La noche, una manta más,
desgaja pasillos como sábanas
que bostezan ausencia en clave de hogar
con hache de olvido y mansedumbre ocre
de todo lo ido.

No hay ilesos cuando la madrugada
convence a la noche de volverse eterna.
No hay heridos cuando, al mirar atrás,
todas las esquinas se pretenden rectas.

Toda luz ya vacía. 
Y todo edificio, encendido.

martes, 6 de octubre de 2026

Cicatriz del universo


Esconde con rabia sus labios empapados.
(A estas plantas les falta riego).
El sonido del autotransporte subiendo la colina con escarapelas de caucho en cada dolorosa semántica cinética, lo coloca al borde del llanto sepia. 
Hay que sentar cabeza. Y no horadar ninguna de las serpientes que están allí, siempre a mano y siseando como hebras de resonancia especular entre tus dientes. Eso le decían siempre, un rato antes de que la noche caiga. 
Luego, la colina y sus típicos insultos mudos derramando ese viento ocre por las calles del pueblo. Confundir los sueños livianos, que se orientan hacia el amanecer, con una jeringa muy específica que no acierta a inyectar los despertares. (¿Entonces, debería dormir a las estrellas y acostarlas entre la estufa y el remanso eólico que seduce ventanas cerradas pero hambrientas?) 
Hay que tener empatía para sentir las pegajosas sílabas que ascienden, como hélice abstracta de consonantes (toda vocal carece de aerodinámica), desde esa boca hasta esos recuerdos de náusea. Y hay que tenerla con la batería cargada, evitando sufragios de altanería maledicente, de esos que dejan sin resto al tobogán de palabras que asciende y cae, de labio en labio (empapados, escondidos, mutilados y floreciendo en verbenas con fútil esperanza de glorias entrevistas por las sinuosas veleidades de la colina, siempre tan predispuesta ella a callar bocas y atraer dientes, en su utopía de lograr el blanco virgen de una novia desesperada). 

El autotransporte detenido en la noche cerrada, con sus luces encendidas y desnudando la silueta de la colina. El rocío de madrugada ondeando sobre la luz de los faros y encabritando los sueños livianos que quieren orientarse hacia el amanecer. (¿Y regar esas plantas con apenas una jeringa de tibios despertares sin párpados?)
Empapa con rabia sus labios escondidos.
Sabe, tanto como cada una de las estrellas tumbadas entre la estufa y las brisas sádicas que orfanan el polvo y lo alejan entre sí, que seguir mucho tiempo más recostado sobre la cicatriz del universo no es posible. Entonces, abre su boca y deletrea el inexistente nombre del único dios negado y jamás nacido.

Sus labios son, ahora, la cicatriz.
Su rabia es el recuerdo de la herida. 
Y ese llanto sepia que empapa su corazón vacío riega la planta para que, al fin, el amanecer llegue una vez más. 

viernes, 2 de octubre de 2026

La piedad de esa flor de helio


Se guarda la consciencia en el bolsillo izquierdo del saco antes de entrar y sacude su amalgama de sabores girados al infortunio mientras parpadea en latín.

La suma del cuadrado de todos los vértices de cada emoción enarbolada en caída libre, mientras derretía ese océano de lo familiar en el cuenco de las aves migratorias que heredaron esa parálisis obtusa que ambos abuelos cocían en grifos de genética ociosa es igual, lo sabe, a la resta de las raíces cuadradas de cada círculo enmarcado en su foto de la fiesta de los quince baños que debieron ser desagotados al finalizar la tarde aquella, la del remanso de hortensias acarameladas y digitopunturas realizadas por videoconferencia.

Se lame la herida del gemelo derecho (el izquierdo nació muerto, que es como no nacer pero manifestándolo en negativo) y guarda en su cartera de almizcles con tejido de otoño el sabor de la yerba mate que su herencia de alquilados andariveles tardíos desahogó en la pileta del fondo, adonde los ladridos del perro que huyó en la noche de la tormenta aún se escuchan subtitulados en latín. 

En dos o tres horas más, amanecerá. Se lo dice la pulsación de la tierra que pisa, sin dejar de flotar a escasos metros del cielo embanderado de orquídeas bermellón, al mismo tiempo que le pide, con lágrimas en los pozos, que deje de cavar hacia las alturas y que se abstenga de seguir enterrando nubes de filigranas huérfanas. 

Se trata de conocer la piedad. 
De poder engarzarse esa flor de helio en el ojal de la sugerencia y la raíz tardía pero familiar. 
Se trata, se dice, pero no llega porque ante todo guardó su consciencia al inicio y ahora es sólo un pétalo de nada abstraído en el vacío del silencio, callando lo que ignora y cerrando los ojos a la oscuridad que no acierta a saludarlo. 

Pero puede ir en paz.

viernes, 20 de febrero de 2026

El sonido del humo


—Cuando entienda para qué buscarte, ya no voy a necesitar el encuentro. 
—Entonces no quiero que entiendas. Nada. 

Aspiró su cigarrillo y lanzó una bocanada de humo, construyendo un faro de niebla en medio de nuestro cielo despejado.

—Normalmente no entiendo nada. Pero busco todo. 
—Si yo quisiera ser entendida, abriría los ojos y te miraría durante la noche. 

Pero no me miraba. Miraba sus manos estirando los dedos, como si calculara la posibilidad de subirse al faro y devorar todo el humo posible hasta que la primera rosa llegue. 

—¿Pero a lo largo de un sueño?
—No a lo largo, atravesándolo. 

Miré la brasa del cigarrillo y su "atravesándolo" me llevó la memoria hasta algún abrazo de perpetuo sueño, de tacto, piel y afecto onírico. Un abrazo azul que oscurece ante cada amanecer hasta disolverse.

—Y yo despertaría con el eco de tu nombre reflejado en el espejo. 
—Mientras te lavás los dientes.

Miraba para otro lado. Zigzagueaba el cigarrillo entre sus dedos para decirle a la ceniza que había llegado su hora. Caería. Al piso. Al mismo piso que recibía mis miradas inocuas a la hora de entender para qué buscaba lo que ya tenía. 

—Y como es un espejo, tu nombre sonaría al revés. 
—Mi nombre al revés es el sonido que las flores hacen al abrirse en octubre. 

Ahora la brasa de su cigarrillo apuntaba hacia arriba, como si quisiera ser uno más de sus ojos. Y yo mirándola. Y octubre. Y el humo que se alzaba. El humo tiene sonido, pero sólo se lo puede escuchar con el tacto. (Y claro que hubiese aceptado quemarme con tal de tocarla). 

—Puedo esperar. 
—Pero agendalo. No quiero ver a noviembre en el aire y saber que nos perdimos. 

Las tres sílabas de "perdimos" empujaron tres lágrimas que jamás caerían hacia el mundo (ni siquiera en octubre). Sólo deslizarían su sal en mi interior, siendo tan revés como un espejo que llevara a cada hueso al cartílago de su pasado. 

—Otra vez. 
—No es otra. Es una menos. Pero no me interesa contarlas porque no pienso morir. 
—Ni yo entender. 
—Pero pienso obligarte a encontrarme. Con la prepotencia de un despertar.

Lo dijo marcando las sílabas con apuntes de su cigarrillo. La brasa como la aguja despierta en la noche que hilvana nuestros sueños juntos y deja la tela de nuestras almas unidas. O cerca. O deseando que los hilos, hilván, aguja, brasa, apunte, tengan razón y ya no tengamos que seguir guardando los temores en la heladera para que se crean no perecederos.

—En la noche. 
—Mirándote en silencio.
—Soñar...
—Conmigo. 

"Entender", dije en un susurro inaudible que sólo reverberó en el ardor desarmado de mi garganta. 
En la de ella, pasó la última bocanada de humo como uno de esos trenes que, arrastrándose en la lluvia, se llevan puesto el paisaje y el tiempo.
Apagó su cigarrillo luego y la vi alejarse. 

Pronto me despertaría.

lunes, 5 de enero de 2026

Llorar su madrugada anfibia


Son canciones.
La emoción anfibia puede buscar sus manos sin que el susurro de la luz de la Luna le indique la hora. (Con todo ese polvo blanco). En el borde o en lo alto. No tendría interés en definir los colores de ese último cielo atravesado. Anfibia. Entonces letra y música son manos que acarician horas en madrugadas. 
Son relieves. 
En cada color un espasmo símil insulto hacia la hora. Que no es hora. Que no es voz de Luna susurrada. Es que exista. (Con todo ese tiempo blando). El cielo entiende las canciones y simula distraerse cuando la emoción le llora sus manos.
—Por más anfibia que sea, en el borde o en lo alto, todas las horas de esa madrugada son mías.


sábado, 3 de enero de 2026

Mientras las campanas


Yo sé de dónde viene.
Es breve el fulgor de una raíz,
pero he estado izando mis manos,
de frente al ocaso,
y ahora veo esos nombres a través de la piel.

El día de la sonrisa
fue un abrazo que duró algo más de tres años.
Los deseos se rezaban una fe
de plegarias cómplices,
siempre en dioses de ruedas y rutas.

Hubo que negar el exorcismo
como le cerramos siempre los ojos a lo fatuo
porque,
es fácil tejer demonios en el silencio
mientras las campanas nos incendian 
un beso tras otro.

Y nos fuimos, en una última vez,
como descarrila cualquier credo
que entienda el ateísmo vacío
que brilla en la noche de tu pecho. 

viernes, 2 de enero de 2026

P.


Algo más de veinte años
acaban de pasar
y ese paraguas, tirado en la vereda,
me sigue haciendo sonar
tu nombre mudo en mi boca sin tiempo. 

Sé que me iré alguna madrugada,
que también terminará por pasar,
y sé que me llevaré tu nombre,
contrabando de la única fiesta posible
de la vereda que dejamos desierta.


lunes, 22 de diciembre de 2025

Detener el vuelo


Multaban al gorrión por desafinar cuando, con pico torvo, soltó:
—¿Y qué hay de la calandria en la mañana?
—Son cosas distintas —mientras seguía anotando.
—No somos "cosas". 
—Bueno, pero el caso es que deberé proceder. 
—Ah, veo. Somos "casos".
—¿Sabe?, todo iría mejor con el pico cerrado.
—¿No lo sabe?, nadie afina en el silencio. 
—Sí. Se puede afinar en sueños.
—Tiene razón. Mándeme allí, entonces, esa multa. 
—¿Lo encontraré?
—Por supuesto, —suspiró el gorrión— jamás falto a mis pesadillas.

martes, 2 de diciembre de 2025

Oquedad insoportable en dos movimientos


Movimiento Uno

Dos vidrios de una ventana se caen 
en tres tardes distintas.
Cuidando alegrías desembarazadas 
de vidas estropeadas 
se destapan aguas 
de barroco contenido.
Fuimos a buscar el salto en esos jardines 
que, de verde, te dolían las retinas. 
Había higueras. Había recuerdos en ocre. 
Había un hubo y ya se acabó que nos dejó pensando.
Y mirándonos con cadencia seca. 
Saltos no. No había.
Fuimos entonces a buscar al vidriero. 
Almanaque ya teníamos.


Movimiento Dos

El balcón lo contiene y, en su emoción, 
él oxida barandas a pura lágrima que sucumbe
a la ley de gravedad más que al sentimiento.
De todas maneras y de ninguna forma.
Salimos a la vereda a esperar 
a que el balcón se desarme 
en un manantial de grave arrojo.
La nochebuena la habíamos usado 
para cortar tornillos. 
Y ahora sólo esperar.
El desfile de carnaval tapó el ruido 
de ocres hierros cayendo.
Al grito no lo tapó. 
Y voló, junto con él, papel picado.


Epílogo

Regresamos a la higuera del jardín verdexagerado y, 
ya en el atardecer, 
acabamos de enterrar
el cuerpo del vidriero.
Bebimos las aguas de barroco contenido 
a manera de brindis.
A manera de festejo.
Y, cuando quisimos bebernos nuestras miradas secas,
rearmamos el balcón 
con el recuerdo de sus tornillos en ocre,
casi sin quererlo,
casi sin atrevernos.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

La cicatriz del segundo


Hay un tiempo inmóvil
donde los segundos tropiezan
y, antes de entregar 
el pasado hacia el futuro,
se miran,
sin medida,
con la pregunta palpada 
en la desazón de la oscuridad.

Hay cirugías que envuelven luz,
(extirpando en frío médulas pasadas),
con el segundo más acabado en filo de nostalgia.
Si el primero está en tus brazos,
la cicatriz del segundo (que horadó tus huellas)
parpadea inerme por cada recuerdo oscuro.

Hay un credo final,
que extiende tus deseos más ciegos
a través de la garganta inmóvil
del grito más seco
de todo futuro.

viernes, 14 de noviembre de 2025

La lógica y el espanto


Caer del cielo no significa carecer de lógica.

Si este fuera un mundo quieto, los veladores ondularían el deseo de su luz y toda caída terminaría en un prisma agotado de monocromía.

Caer del cielo entre duraznos que almiban el viento no significa carecer de miedos.

Yo bendeciría los duraznos estrellados con un ordeñe de crema de la Vía Láctea. Pero este no es un mundo quieto y, antes de que la leche hierva, algún tren se detendrá en esa Vía para ensimismar su tristeza bajo la lluvia. 

Caer del cielo no significa carecer de espanto, porque se ahoga más fácil un grito en la altura que en un vagón detenido en la lluvia. 

Si este mundo fuera un tren quieto, los veladores pondrían a dormir el deseo de sus luces entre vagones a prueba de gritos, soñando con la lógica y el espanto de los duraznos por venir. 

lunes, 10 de noviembre de 2025

Bajo cero también hay números


Aplaudir en mitad del hielo
considerando el granizo
como sonrisas falaces
que no acertaste a ver

(Y dibujar escarcha
en el recuerdo que fibrila
rieles abajo de un tren desierto). 

Cuando la lluvia te moja los labios,
las sílabas que rezan ocaso
van helando, una a una, 
todas esas miradas
(que no llegaste a creer). 

Y, al plegar tus párpados,
el aplauso de tus ojos en la noche
congela mi último latido,
hasta que amanezca mi sangre
en la tibieza de tu nombre.

martes, 4 de noviembre de 2025

La hora del acantilado

 
Acompañé al perro a grabar los momentos finales de su episodio de ladridos en la noche. Él quería tener un registro y poder escucharse porque, según me confesó más tarde, sospechaba que la edad estaba tornando su ladrido en un impotente ronquido sin consecuencias. 
Cuando lo vi con el casete en la mano le pregunté si no tenía miedo al resultado. Pero me dijo que olvide lo humano. Que tras un hocico todo explota en formas distintas. Sin embargo, no pude evitar notar su cola caída y entregada al universo de lo irremediable. 
Mientras el casete sonaba y los ladridos, sin juicio de mi parte, repetían su cadencia de farol esmerilado por los años, vi cómo agachó la cabeza, emitió un resoplido más de equino que de perro, y luego se acercó hasta mí diciendo en voz baja, como un susurro con aroma a plegaria: 
—Nos vemos en la próxima. Yo ya terminé por aquí. Es hora del acantilado.
Y, por supuesto, entendí muy bien esa referencia al acantilado. Demasiado bien. 
Le acaricié el lomo y lo rodeé con un abrazo. Él dejó escapar unos bufidos afantasmados, como si la rémora de un real ladrido aún luchara por un lugar en su memoria. 
Luego, me devolvió al casete y sólo atinó a decir:
—Por favor, que nadie lo escuche. Quiero irme con dignidad. 
Lo guardé en mi bolsillo y acabé viendo cómo su sombra se recortaba en la noche de la ruta camino al acantilado. 
El tono anaranjado del amanecer incipiente acabó por secarme las últimas lágrimas.

lunes, 27 de octubre de 2025

Legado


Llévame al río.
Aunque el viento no mire mi pasado
y el sol haya cesado su comedia del día.

Sobre el canto rosado del murmullo
que vuelve noche la corriente
las sombras que me regalaron,
sin jamás pedirlas,
nadan, 
perdiendo su sonrisa opaca.

Entonces llévame al río.
Aunque mis últimas palabras sean números,
dejaré los decimales más tiernos
secándose en la orilla
para que te vistas de magnitud
en tu último amanecer.

domingo, 5 de octubre de 2025

Irnos


Cada uno va
y se le muere al mundo
a su manera. 
Deja una sombra huérfana
de materia
y una luz que ignora lo que pasó. 

A la mañana siguiente
el Sol preguntará por ese vacío,
y luz y sombra se encogerán de hombros,
como quien debe aceptar caprichos raros
de seres que eligen
dejar de elegirse. 


martes, 23 de septiembre de 2025

Más allá de cualquier color


Cuando miré tu foto estabas rezando.
El color de los ojos depende de quién los abra. 
No se reza con los ojos abiertos, la oración se rebaja al ladrido de un perro en la noche.
Entonces jamás conociste a quien tomó la fotografía. 
Incoloros, para Él, porque sólo se reza con la boca. 
En la foto, los ojos parecen más devotos. 
Cerrados. Todo lo cerrado es creyente. 
Entonces jamás lo conociste.
Bastaba saber que estaba allí, presente, más allá de cualquier color. 
Pero podrías mirar tu foto y entender de qué color son tus ojos cuando se miran. 
No. Sí mirara mi foto de frente, desaparecería. 
¿Aún rezando?
Incoloros para Él. Ya lo dije. 

Guardé la foto en el deshielo ateo que todo parpadeo causa y me puse de pie, apoyando apenas mi mano en su hombro a manera de saludo incoloro. Alzó su cabeza, abrió los ojos y me miró. Pude, entonces, tomar la segunda fotografía. Pero esta vez en blanco y negro, para no obligarla a desaparecer.

jueves, 11 de septiembre de 2025

Tren de las dieciséis


Cerrar la valija como quien escribe que todo va a partir. Pero haber dejado el viaje adentro y sentir el rumor del tiempo cabalgando en la ruta, cuando se apoya una mano en las manijas esas de cuero. ¿De dónde habrá sacado el Sol la excusa para salir esta mañana? Lo miro callarse lánguido, apoyado en la baranda de la estación, y no puedo menos que imaginarle un soplo al corazón que lo obliga a moverse así, tan despacio. 

—¿Toma el de las dieciséis?
Extraña idea. Como si un tren fuera líquido y, en vez de vagones, fuera servido en vasos. Pero la hora es cierta y ella sólo necesita cumplir con la rutina de deshacerse de ese papel que me extiende con su mano derecha. 
Agarro el papel. Sin palabras. Pero con una mirada que le baja los párpados como un atardecer en cámara rápida. Es mucho más incómodo el silencio cuando flota entre dos miradas que se encuentran. Ambos lo sabemos. Por eso vuelvo a mi valija y paso la mano por su superficie como si de un animal dormido se tratase.

Saber los motivos como quien parte hacia todo lo escrito. Pero haber dejado a cada vocal con vida y a cada consonante reencarnando en el número exacto de todas las vidas pasadas desde que se empezó el viaje. 

—¿Pasillo o ventanilla?
El mechón de pelo negro que le tapa la ceja izquierda tiene la misma figura que mi séptima consonante reencarnada, en un número que define la cantidad de órbitas que ha dado el Sol desde que empezó el viaje. Debo responderle. 
—Útero. 
Ahora sus ojos se abren y el mechón de pelo se desplaza. En algún lado de su cuerpo se dibuja una sonrisa que no necesita párpados para iluminar la piel circundante. 
—Me temo que el viaje no durará nueve meses...
—No tema —le digo, mientras levanto mi valija como si alguna aurora boreal tosiera al amanecer—, tampoco yo estoy destinado a nacer. 
—Puedo ofrecerle ventanilla, entonces. Si lo piensa bien y acepta correr el riesgo, es lo más parecido a una cesárea. 
—Y el pasillo como un cordón umbilical. 
—No esperaba tener que admitirlo, pero... 
Bajó su mirada al suelo de cemento sucio como una afirmación más certera que cualquier monosílabo. 
Y concluyó:
—Me permito sugerirle que aborde el tren. Ya son casi las dieciséis. 

Subir los escalones suficientes como quien escribe todo lo partido, como quien acepta ofrendar sus renglones a las vías para que el tren de su nacimiento pueda hacer rodar a cada vocal con vida. 
Me siento junto a la ventanilla y alcanzo a verla alejarse unos diez o quince pasos por el andén. Casi al unísono con la primera sacudida del motor, se da vuelta y lleva su mano hasta la visera de la gorra de su uniforme, en un saludo que me indica claramente que las contracciones han comenzado.

lunes, 14 de julio de 2025

Los que escuchan


Quedárselo todo y nadar en el barro.
El silencio de lo que se manifiesta
cayendo.
(Los que escuchan están arriba.
Siempre.)
¿Dónde esperar el golpe?,
si cada piedra sonríe sana y cada suelo reza
su insensible letanía de contornos, 
deambulando la rotura de tus huesos
como el parpadeo final de una feria ensamblada
en la última de todas las madrugadas de lluvia posible. 

Vuelvo. 
Pero con ese brillo de agua que todo barro miente
por abrazo despenado.

—¿Es mi caída un insulto procaz al viento?, 
pregunta la piedra,
que pretende caer a domicilio 
en lugar de la entrega utópica
al azar anodino de un parpadeo más de cualquier feria.
Quiere su alma,
tallada en barro inmóvil,
el silencio último de su saludo al sol. 
Quiere sonar ceca. 
Y soñar cerca. 
(Miedo a perderse.
Los que escuchan, encuentran.)

domingo, 13 de julio de 2025

Por buscarte


Se siente frío.

Es que hemos muerto.

No, si aún te abrazo.

Eso se llama baile.

Nadie baila en medio de este frío.

Ella sí, mirala.

Pero es la Luna.

No, es mi último beso.

¿Y por qué se fue al cielo?

Por buscarte. 


Fotografía: © Pablo Baico

 

lunes, 30 de junio de 2025

Aún


Soñé con vos.
Y entendí
que extrañarte es
el parche en mi conciencia
para que no se acabe de perder
la poca sangre de alma
que aún lleva
el color de tu sonrisa.


miércoles, 28 de mayo de 2025

El ateísmo de querer ser salvo


Como el cierre ese,
casual o adictivo,
pero nunca anónimo de historias
que nos cuesta la desmembranza
de todos los polos opuestos 
que yacen en el lecho 
de las lagunas de nuestra ignorancia. 


Sentado y con las piernas cruzadas, repartía cartas en el espacio que el semicírculo de su respiración le abría por delante. Cartas en el piso y un acervo de monosílabos que se iban puliendo en el roce con el aire frío que contenía a varios presentes ahí parados. Mirando. Calculando. Contando. Describiendo hasta dónde puede un mecanismo de tipo humano mantener esa ironía llamada vida sin los recursos más indispensables. 

Va carta. Va piso. Va polvo que se corre algunos milímetros no sin cierto desdén. Van las miradas de los reunidos allí que parecen peinarle la madeja de suciedad que debería de ser pelo, pero es apenas eclosión de cerebro en mal estado. 

—Usted. Sí, caballero. El del paraguas. Esta noche olvidará la puerta de su casa abierta, sin llave, y mañana Dios estará sentado en su cocina comiendo tostadas mientras lo mira fijo. Y usted sabrá exactamente qué quiere que le explique. Y morirá su silencio, se lo garantizo, antes de que Él termine su tostada. 

Carta. Un camión cansado destroza los espejos de agua de la calle y sus baches. Se aleja, con el rumiar de un motor que no busca excusas para envejecer. Y los presentes que aprietan a oscuras sus manos en los bolsillos, rezando el ateísmo de querer ser salvos del destino ese, tirado tan parco en la vereda. 

—Callar no le va a servir de nada. Daría lo mismo que eso que hizo el sábado pasado detrás del establo fuera publicado en los diarios o entonado sinfónicamente por todos los coros de la ciudad. Él ya lo sabe y, en su cabeza, la cicatriz no se va a cerrar jamás. Al menos no mientras ambos vivan. Y sí, señorita, hablo de usted. Nadie más de los aquí presentes viajó al campo en las últimas semanas. 

Las manos ennegrecidas y con las uñas partidas acarician el mazo de cartas mezclándolo con movimientos nada casuales ni azarosos. Todo lo contrario. Cada entrar y salir de naipes, aunque semeje el contorsionismo sensual de un amante desquiciado del caos más longevo de esa cuadra, está obviamente destinado, colocado y previsto. 

Va carta. Y el semáforo de la esquina cambia a rojo al mismo tiempo que una sirena pasa, lamiendo con el dolor de la urgencia el aire agreste que ahora agita apenas las cartas sobre la vereda. Los ojos, endurecidos como dos piedras negras que piden por favor párpados para su próxima vida, se clavan en la carta dormida ahora sobre el cemento. También sobre el rojo del semáforo, como si todo fuera uno. Y finalmente vuelve a hablar mirando, como siempre, a todos y a nadie. 

—Sí, se lo confirmo. A usted caballero. Esta noche me encontrará aquí, como casi todas. Sé que vendrá a buscarme porque necesita mi muerte. O, en realidad, sólo mi silencio, pero sabe que no hay manera. Sabe, siendo quien es y viniendo de dónde viene, que sólo la muerte me calla. Podrá retornar mañana a su propio averno y sentarse con algo más de paz sabiendo que, al menos, una de las tantas amenazas que pesan sobre su cabeza fue eliminada. 

Un viento, de poca armonía con el clima de la cuadra, se levantó brusco y agitó tanto los cabellos y abrigos de los presentes allí reunidos como las cartas repartidas en el piso, que se dispersaron como conejos culpables de algo innominado. Algunas de las personas, luego de las palabras dichas, buscaron alrededor algún posible destinatario, adivinando o presintiendo en el vacío, sin más que la pura intuición. Pero no hizo falta. El sobretodo beige, la espalda y las piernas rígidas del hombre se alejaban ya a unas cuántas veredas de allí, sin volver la vista, ni el tiempo. 

sábado, 24 de mayo de 2025

El desguace de la entropía familiar

Acabo de contar la hierba muerta, atravesada por las espinas acanaladas de las palabras que dejaste flotando en la última navidad.

Ve hacia el horizonte. Ya es otoño. Y el bajorrelieve que tus muslos hincan en el parecer de los suelos callados no permite cerrar los cajones que ocultan el desguace de la entropía familiar.

Pero el león que bajó de los cielos ha quedado hipnotizado mirando tu pelo. Tengo más miedo de desenredarlo que de despertarlo. 

Puede que haya bajado de los cielos, yo no niego lo divino ni mucho menos aquello que proviene de espejos que se amnesian a la hora de reflejar cualquier poniente, por más absurda que sea la circunferencia del sol y su afección por ser dibujada con tallarines pasados de cocción, pero tampoco puedo dejar de ver, entre sus garras, parte de la hierba muerta. Y las palabras las sabés de memoria. Así como la llegada de la navidad. No se te puede caer del cajón un año nuevo colorado sin que acabes por angustiar al león de los cielos. 

¿Por qué no reconocer, acaso, que lo que inflama tu verba enhiesta no tiene nada que ver con desiertos de hierba occisa por cualquier llanto pasado de cocción? ¿Por qué no admitir que la savia que recorre mis muslos, engamados con el sonido que emite la Vía Láctea al tragar su ensalada de hierbas en otoño, es tan paralela al derrame del rojo y sinuoso acervo familiar que desciende del cajón, transversal a mi seno y oblicuo en su apertura?

Porque todos sabemos que dormís abrazada con el león de los cielos, en un cajón vaciado a medias de antiguos estrépitos rojos, que nuestros cinco abuelos dejaron a fuego lento en la última navidad sin palabras. Y sin espinas. Y con la sombra de lo rojo siendo negra en la luz y desfilando como un ceño fruncido de hormigas que bajaran a la Vía Láctea a reclamar por su mutismo, o su incapacidad para jugar al tenis, pero reflejando, eso sí, el delineado corpóreo de tus muslos de año nuevo en el armario que le da vida al cajón.

La palabra cajón suena, en tu boca, como ataúd.

Mejor así. El león de los cielos no vivirá por siempre. Y todo pelo acabará por ser desenredado en el final de la Vïa Láctea.



Imagen: Salvador Dali, Spain, 1938

lunes, 19 de mayo de 2025

Regreso desarmado


En un principio es el camino,
desandando su huella perturbada
y mordiendo el sol de a ratos,
como quien necesita pensar la noche.

Pero el signo recto del estío
nos levanta del sueño níveo, 
aquiescente con la calidez que acuna
un siseo de formas espejadas y caninas,
de paso esquivo,
entre horizonte y ruta de olvido.

Y luego del principio es el regreso.
Con tu huella en brazos.
Y la mirada sempiterna que horada
cualquier destino que crea posible,
entre las manos tendidas
y el juego, siempre falaz,
de negarnos a la cosecha
de lo que nuestro llanto siembra.

viernes, 9 de mayo de 2025

En el lecho de un sueño


Verlo abrir la puerta del bar y entrar, alzando rutinariamente la mano y soltando alguna sonrisa según quien estuviera sentado fue, en un primer momento, como lo más obvio; esa pieza absolutamente conocida que se encaja en nuestro cerebro como en un rompecabezas ya gastado de tanto armarse.

Respondí con la mano el gesto muy leve, cansino, como todo lo que se repite cada día sin fallar. Pero luego, aún antes de que mi mano volviese a la madera gastada de la mesa y mientras él se acomodaba en su lugar de siempre, junto a la ventana, algo se detuvo en mi cabeza y, dentro de ese estallido sordo, creí ver cómo todo alrededor también se detenía. Pero no, claro, era sólo yo. Alrededor la vida seguía su curso sin inmutarse, sin dar evidencias de ningún tipo de sorpresa ni asombro, cómo si la persona que acababa de sentarse y pedir un café negro no hubiera fallecido hace más de tres años.

La amistad había comenzado en la infancia. Eso de visitarse en las casas, merendar juntos, compartir tareas escolares y demás. Luego, la vida nos había acercado y alejado cada tanto, como suele pasar con muchas relaciones. Aún así, siempre le acomodó la palabra “amigo” dentro de mi forma de llamar a quienes me rodeaban.

Y en base a este sentir fue que consideré permitido o sensato levantarme de mi mesa y acercarme hasta la suya. Con unos pasos que cualquiera hubiera dado por triviales o rutinarios, pero que yo sentía como cruzando una nube que sólo podía asentarse en el lecho de un sueño, llegué hasta su mesa. Cruzamos miradas, me saludó, como solía hacerlo siempre y soltó su “¿cómo andás?, sentate, dale…” de un día más, uno cualquiera, rutina pura.

Lo primero que atiné fue a mirar alrededor. Desde la gente hasta las cosas. Desde el árbol añoso y entrañable de la esquina de la plaza hasta el semáforo. Y luego a los vecinos que estaban dentro del bar, algunos solos, otros charlando de a dos o tres, al mozo, que iba y venía con su bandeja eterna en equilibrio color milagro, a todos. Pero en nadie advertí ningún mínimo asombro o registro del hecho que yo tenía delante. El árbol continuaba ofreciéndole la reverencia breve de sus hojas al viento tibio, el semáforo conversaba solo en su propio idioma de luces rimadas como un obtuso soneto callejero y la colina, siempre allá en el fondo, descansaba horizontes sin alterar en nada su contorno.

¿Todos sabían o todos ignoraban? Era evidente que algo estaba pasando en todos menos en mí. Y llegar a esa conclusión en esos mínimos segundos entre saludo y sentada en su mesa me puso muy cerca de un colapso. Aún sin que entendiera muy bien qué significaba esa palabra, fue la que me surgió.

—¿Cómo va, amigo?, ¿qué tal tus cosas?

Lo miré sin disimulo alguno. En el mismo instante en el que la palabra “colapso” se formó en mi mente, supe y decidí que no iba a fingir ninguna escena que no se correspondiese con mi saber sensato. Si todos sabían, yo también llegaría a ese lugar; si todos ignoraban, no me contarían entre sus filas.

—Amigo… ¿qué hacés acá?

—¿Cómo qué hago?, bueno… el café no es muy rico, ya lo sabemos, pero también sabemos que no hay otro bar en el pueblo —y se encogió de hombros mientras llevaba el pocillo a sus labios.

—Te entiendo, sí, pero no me refiero a eso. Me refiero a… bueno, a tu vida.

—¿Mi vida?, ¿por estar acá?... insisto, puede que el café no sea muy bueno, pero tampoco creo que llegue a matarme, no exageres.

—Eso ya pasó y lo sabés. Y no hablo ni de café ni de bar ni de pueblo. Amigo… no sé que pasa alrededor, pero yo sé que… bueno, yo no veo lo mismo que el resto de las personas de aquí “no ven”. O al revés, quizá no vea algo muy evidente que todos saben menos yo.

—¿Estuviste tomando temprano hoy?... no puedo seguirte en lo que decís, es un enredo, ponelo más claro.

—Sí, cómo no. Claro. Directo. No puedo entender qué hacés acá hoy sentado siendo que falleciste hace más de tres años.

—Ah, eso… —bajó la vista al piso sonriendo, como quien escucha finalmente algo muy obvio o muy gastado y prosiguió— entonces sí, definitivamente te falta saber algo. Que no sé si todos lo saben, porque en la esencia misma de ese algo está el ignorarlo y el desconocer que uno lo sabe, para luego entenderlo, conocerlo y entonces volver a perderlo.

—Ahora sos vos el que arrancó a tomar temprano. ¿Más claro, más concreto, yendo al grano?...

—Por supuesto, amigo. Primero que nada, yo no he muerto. Es obvio, estoy acá, ya lo ves. Si fuese un espíritu no vendría a tomar café, no a este bar, eso seguro.

—Pero yo…

—Sí, lo sé. Y aquí viene el tema, dejame explicarte. —Suspiró mirando por la ventana de vidrios sucios y pude ver el reflejo de sus ojos algo cansados buscando las palabras— Nos va pasando a todos, de poco, de a ratos, por épocas, en mayor o menor medida, pero nos va afectando a todos. Ya sabés que todo este pueblo tiene un tema con la memoria. Lo descubrieron y pusieron en evidencia los que quisieron estudiar su historia y su fundación. Nadie recordaba nada. Nada se pudo reconstruir. La gente simplemente vive en línea recta sin tener ninguna noción de lo pasado.

—Sí, eso lo tengo en claro. Pero… yo recuerdo tu muerte, yo me enteré… yo…

—Y acá viene lo que te falta saber. El problema de la memoria no sólo es que falta, sino también que se va alterando, tergiversando, se van creando hechos que nunca pasaron, se comparten en forma colectiva recuerdos de cosas inexistentes o, al revés, se desconoce algo tan obvio como el origen del pueblo o, quizá, la existencia de una librería, allí, a dos cuadras de la plaza.

—¿Librería?

—¿Lo ves?... el mismo fenómeno que hace que no sepas algo tan obvio como que aquí a la vuelta está la librería de toda la vida, hizo que me creyeras muerto hasta que entré hoy al bar. También entré el sábado, y el martes nos cruzamos, también te conté lo de mi hermana el jueves, aquí mismo… pero todo se retorció en tu cabeza, se desmadró, se borroneó y hoy, sin tener la memoria para recordar o peor aún, teniendo una memoria fallada con hechos ficticios, simplemente me dabas por muerto.

—¿Y cómo sabés que vos mismo no estás sufriendo este tipo de problemas, por más que sepas de qué se trata?

—Amigo, el jueves cuando nos vimos te conté que volvía del cementerio, de querer llevarle flores a mi hermana muerta, pero al ir a comprarlas la que me atendió en el puesto de flores fue ella… y yo perdí el habla por todo ese día y la mitad del otro, porque tampoco recordaba o sabía que ella trabajaba vendiendo flores en el cementerio. Saber lo que pasa no nos evita sufrirlo.

—¿Y hasta dónde va a llegar esto?

—Nunca nos vamos a enterar… ¿te das cuenta? De a poco caeremos en universos de fantasía con hechos irreales y con olvidos tan presentes como lo más concreto que se pueda imaginar. Y esto mismo que te estoy diciendo será olvidado o reemplazado por alguna otra teoría, o desmentido para creer que sólo fue la alucinación de alguien.

Dentro de todo lo trágico que podía entrever, al menos me sobrevoló la calma de saber que no estaba loco y que no estaba viendo muertos caminando como si nada. Había una explicación, por más dramática que se presentara, tenía un sentido.

Le dije a mi amigo que me disculpe un minuto poque necesitaba pasar al baño. Entre el malestar general y las horas sentado allí, no sólo necesitaba del baño físicamente si no también mentalmente, para estar aunque sea un minuto solo y poder repensarme entre toda la arboleda de lo vivido y escuchado.

Al salir del cuarto sanitario me dirigí a la mesa. El mozo me esperaba parado al lado.

—Disculpe, caballero, estamos cerrando y quería cobrarle los dos cafés que tomó.

Miré alrededor. Miré la mesa, la silla. Miré al mozo.

—Sí, claro… pero, perdone, una pregunta, ¿mi amigo se fue?, ¿lo vio salir?

—No le entiendo. ¿De quién habla? Usted estuvo solo en esta mesa algunas horas, consumió dos cafés y nada más.