miércoles, 14 de octubre de 2026

Veinte


Uno de veinte
 
El incendio de un motor
detenido
suena a la tristeza
de saber que llovió mientras dormíamos.
Los sueños amanecen mojados
y la agonía del motor nos seca
toda gana de enojarnos con alguna llama.
Voy a tragarme la llave.
Él ya no la necesita.
Y el humo... ¿no?
 
 
Dos de veinte
 
Está quebrado el vidrio
y sus aristas mienten afecto,
pensando que va a dormir la siesta
con un marco de ventana
que no precisa duelos.
Bostezar es sincerarme.
Quisiera esa última manzana
pero se me cierran los ojos.
¿Espejos en cópula con aristas desangeladas?
Y la luna ahí.
 
 
Tres de veinte
 
Si no descascaro
tu brújula de enterrar nortes
en cielos marítimos,
que han probado el dulce afinar
de cada cítara de honores
en almizcle de sueño,
es probable que todo suceda en menos tiempo
del que tardamos en soltarnos las manos.
Sí, en esa plaza.
Cuando nos abandone el aire.
 

Cuatro de veinte
 
Podías estar sentada
en esa mesa de bar cerrado,
con la única luz lejos y el micrófono en la mano,
recortada en un canto tan hondo que,
de inaudible,
llegaba a brillar tu perfil de mujer
en vías de ser desarmada.
¿Si podía acariciar el humo de tu recuerdo?
No.
Pero la Luna huía.
 
 
Cinco de veinte
 
La carne se enfría
en el recuadro último
que se mantiene iluminado
esa noche.
Dando por hecho que se han absuelto
a las cadenas que deletrean sombras,
conseguimos reflejar
sus últimas palabras montadas
en la carne aún tibia.
Como el naipe de un mago,
son y se niegan.
Huir al fin.
 
 
Seis de veinte
 
Si no voy en el otoño
desatando el cadalso perpetuo
que la sombra de tu ropaje agita
como ilusión de rocío emancipado,
sé que corro el mísero riesgo
de perseguir una hueste
de luciérnagas abstemias de señales
y afiliadas a la ceguera
más cercana a tu parpadeo.
Y el invierno ahí.
 

Siete de veinte
 
Concentrate en diluirte
ni bien acabes de rodear
con ese abrazo,
que soñaste durante tantos filos
de página en blanco,
al desarmado sabor exprimido
de la inconfundible presencia,
que ninguna carne humana fue capaz
de revestir nunca en tus parpadeos
más secos.
Y el latido único.
 
 
Ocho de veinte
 
Se aclara la garganta,
luego de aclararse el cabello.
Sin embargo,
la voz que anuncia el fin del viaje,
sigue sonando castaño oscuro.
Regresa a su asiento y mira
los bosques finales a través del vidrio.
Susurran en rubio ceniza
minutos antes de arder.
Y las lágrimas ahí.
 
 
Nueve de veinte
 
Entierro.
(Suena deliberado).
Nada que ocurra bajo tierra es casual.
(Suena a final temido).
Vaya hasta el fin del arco iris
y desentierre el número que forman
los siete colores bajo el suelo.
¿No sueña sobrevivir
a la noche?
(Suena a silencio en rocío).
Inserte el número en la raíz
del árbol de la vida.
 

Diez de veinte
 
Fuiste a derramar
una línea de diálogo,
con la puntuación
inevitablemente desfigurada,
en medio de la disección
de tu última rutina de embarazos
sin cesárea.
"Todo dolor es inútil",
se escuchó en la sala
cuando alguien preguntó
por el sexo del beber.
Y el corcho ahí, (¿callado?).
 
 
Once de veinte
 
Llevaba mi firma.
A la manera del caracol. O tortuga.
Cargaba los trazos deformes
que alguna vez formaron el nombre
que llevaba.
A la manera de un embrión de firma.
Siempre las letras acaban
deformes.
Y entonces la firma.
Encima.
Visible. (¿Nombrada?)
Y muda.
 
 
Doce de veinte
 
Por la mañana.
No hay otra esfera que te pueda conducir
al réquiem que elevás al óleo púrpura.
Enmascarar.
Tomás una misa de primavera y,
al instante,
suenan los disparos como si una voz nocturna
se derrumbara camino al sol.
Desde la mañana. (Besar el silencio).
Y jamás incoloro.
 

Trece de veinte
 
Al nacer,
le sumó una mancha al Sol.
Esperar los eclipses para amamantarlo
sin enceguecer.
No aprendió a caminar
hasta su primera órbita.
Y el habla,
como modular esas nubes.
Cuando preguntó por la muerte
le enseñé las sombras.
Ya atardecía.
 
 
Catorce de veinte
 
Y ahora estás leyendo.
El antibiótico hizo efecto.
El aeropuerto cerró por mal tiempo.
Suspendieron el carnaval
y vendieron el año nuevo a otro universo.
Nos queda seguir leyendo.
¿Recordás París nevado?
Ni una foto sacamos.
Y la única copa, rota.
Entonces, seguir escribiendo.
 
 
Quince de veinte
 
Sonó el despertador de Dios.
¿Dormía?
No lo sé.
Pero ahora está despierto.
Yo no dije que lo haya apagado.
Ningún despertador desafiaría a Dios.
A menos que Él le haya pedido
seguir soñando.
Eso no está en las Escrituras.
No, ningún sueño acaba escrito.
¿Por qué?
Porque acaba.
 

Dieciséis de veinte
 
Espanta.
Pájaros.
Dejando sus vuelos intactos
para que sean los renglones del cielo.
Y allí, con el margen de la noche
como escuadra en hoja de espera tierna,
desescribir lo escrito para que la virginidad
nos devuelva al primer beso.
Y que sea el único.
Posible.
 
 
Diecisiete de veinte
 
Siempre se debe abrir
una puerta primero.
Las cosas siempre están detrás.
O luego.
O sólo existen mientras está cerrada.
Siempre llegan
los suspiros desde el otro lado.
(Lo dice un llanto demacrado).
Puede que sea lo que espera
o nuestra respiración invertida,
que ya pasó la puerta
y nunca
regresará.
 
 
Dieciocho de veinte
 
Derrama.
Desarma el cascabel.
Anula los ríos por caer.
Y como amanece, acaba.
Derrama una llama sempiterna
que aparte luz de sombra.
Cada parte del cascabel recordando
su sonido muerto.
Agua como parpadeo de derrumbe.
Derrama el nombre,
al fin.
Y como se ama, se acaba.
 

Diecinueve de veinte
 
Iniciar el viaje dentro
del vehículo que remonta
la noche buscando
el sueño como puerto o final.
El pensamiento a oscuras
es una víbora inmóvil.
Pero despierta.
Apoyar la mano en la ventanilla
intentando una respiración.
Y los pulmones,
guardando el pensamiento
fuera del sueño.
 
 
Veinte
 
Da la impresión
de arista que derrama su horizonte
en un plano de congoja
reblandecida y sin catalogar.
En tonos de gris.
La da y no se la devuelven.
Y, al quedar sin impresión,
todas sus letras flotan
levando metáforas rojas
del papel que va tornando a blanco.
La arista acaba.
Y el adiós… ¿no?


2 comentarios: