viernes, 20 de febrero de 2026

El sonido del humo


—Cuando entienda para qué buscarte, ya no voy a necesitar el encuentro. 
—Entonces no quiero que entiendas. Nada. 

Aspiró su cigarrillo y lanzó una bocanada de humo, construyendo un faro de niebla en medio de nuestro cielo despejado.

—Normalmente no entiendo nada. Pero busco todo. 
—Si yo quisiera ser entendida, abriría los ojos y te miraría durante la noche. 

Pero no me miraba. Miraba sus manos estirando los dedos, como si calculara la posibilidad de subirse al faro y devorar todo el humo posible hasta que la primera rosa llegue. 

—¿Pero a lo largo de un sueño?
—No a lo largo, atravesándolo. 

Miré la brasa del cigarrillo y su "atravesándolo" me llevó la memoria hasta algún abrazo de perpetuo sueño, de tacto, piel y afecto onírico. Un abrazo azul que oscurece ante cada amanecer hasta disolverse.

—Y yo despertaría con el eco de tu nombre reflejado en el espejo. 
—Mientras te lavás los dientes.

Miraba para otro lado. Zigzagueaba el cigarrillo entre sus dedos para decirle a la ceniza que había llegado su hora. Caería. Al piso. Al mismo piso que recibía mis miradas inocuas a la hora de entender para qué buscaba lo que ya tenía. 

—Y como es un espejo, tu nombre sonaría al revés. 
—Mi nombre al revés es el sonido que las flores hacen al abrirse en octubre. 

Ahora la brasa de su cigarrillo apuntaba hacia arriba, como si quisiera ser uno más de sus ojos. Y yo mirándola. Y octubre. Y el humo que se alzaba. El humo tiene sonido, pero sólo se lo puede escuchar con el tacto. (Y claro que hubiese aceptado quemarme con tal de tocarla). 

—Puedo esperar. 
—Pero agendalo. No quiero ver a noviembre en el aire y saber que nos perdimos. 

Las tres sílabas de "perdimos" empujaron tres lágrimas que jamás caerían hacia el mundo (ni siquiera en octubre). Sólo deslizarían su sal en mi interior, siendo tan revés como un espejo que llevara a cada hueso al cartílago de su pasado. 

—Otra vez. 
—No es otra. Es una menos. Pero no me interesa contarlas porque no pienso morir. 
—Ni yo entender. 
—Pero pienso obligarte a encontrarme. Con la prepotencia de un despertar.

Lo dijo marcando las sílabas con apuntes de su cigarrillo. La brasa como la aguja despierta en la noche que hilvana nuestros sueños juntos y deja la tela de nuestras almas unidas. O cerca. O deseando que los hilos, hilván, aguja, brasa, apunte, tengan razón y ya no tengamos que seguir guardando los temores en la heladera para que se crean no perecederos.

—En la noche. 
—Mirándote en silencio.
—Soñar...
—Conmigo. 

"Entender", dije en un susurro inaudible que sólo reverberó en el ardor desarmado de mi garganta. 
En la de ella, pasó la última bocanada de humo como uno de esos trenes que, arrastrándose en la lluvia, se llevan puesto el paisaje y el tiempo.
Apagó su cigarrillo luego y la vi alejarse. 

Pronto me despertaría.

lunes, 5 de enero de 2026

Llorar su madrugada anfibia


Son canciones.
La emoción anfibia puede buscar sus manos sin que el susurro de la luz de la Luna le indique la hora. (Con todo ese polvo blanco). En el borde o en lo alto. No tendría interés en definir los colores de ese último cielo atravesado. Anfibia. Entonces letra y música son manos que acarician horas en madrugadas. 
Son relieves. 
En cada color un espasmo símil insulto hacia la hora. Que no es hora. Que no es voz de Luna susurrada. Es que exista. (Con todo ese tiempo blando). El cielo entiende las canciones y simula distraerse cuando la emoción le llora sus manos.
—Por más anfibia que sea, en el borde o en lo alto, todas las horas de esa madrugada son mías.


sábado, 3 de enero de 2026

Mientras las campanas


Yo sé de dónde viene.
Es breve el fulgor de una raíz,
pero he estado izando mis manos,
de frente al ocaso,
y ahora veo esos nombres a través de la piel.

El día de la sonrisa
fue un abrazo que duró algo más de tres años.
Los deseos se rezaban una fe
de plegarias cómplices,
siempre en dioses de ruedas y rutas.

Hubo que negar el exorcismo
como le cerramos siempre los ojos a lo fatuo
porque,
es fácil tejer demonios en el silencio
mientras las campanas nos incendian 
un beso tras otro.

Y nos fuimos, en una última vez,
como descarrila cualquier credo
que entienda el ateísmo vacío
que brilla en la noche de tu pecho. 

viernes, 2 de enero de 2026

P.


Algo más de veinte años
acaban de pasar
y ese paraguas, tirado en la vereda,
me sigue haciendo sonar
tu nombre mudo en mi boca sin tiempo. 

Sé que me iré alguna madrugada,
que también terminará por pasar,
y sé que me llevaré tu nombre,
contrabando de la única fiesta posible
de la vereda que dejamos desierta.