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lunes, 5 de enero de 2026

Llorar su madrugada anfibia


Son canciones.
La emoción anfibia puede buscar sus manos sin que el susurro de la luz de la Luna le indique la hora. (Con todo ese polvo blanco). En el borde o en lo alto. No tendría interés en definir los colores de ese último cielo atravesado. Anfibia. Entonces letra y música son manos que acarician horas en madrugadas. 
Son relieves. 
En cada color un espasmo símil insulto hacia la hora. Que no es hora. Que no es voz de Luna susurrada. Es que exista. (Con todo ese tiempo blando). El cielo entiende las canciones y simula distraerse cuando la emoción le llora sus manos.
—Por más anfibia que sea, en el borde o en lo alto, todas las horas de esa madrugada son mías.


lunes, 22 de diciembre de 2025

Detener el vuelo


Multaban al gorrión por desafinar cuando, con pico torvo, soltó:
—¿Y qué hay de la calandria en la mañana?
—Son cosas distintas —mientras seguía anotando.
—No somos "cosas". 
—Bueno, pero el caso es que deberé proceder. 
—Ah, veo. Somos "casos".
—¿Sabe?, todo iría mejor con el pico cerrado.
—¿No lo sabe?, nadie afina en el silencio. 
—Sí. Se puede afinar en sueños.
—Tiene razón. Mándeme allí, entonces, esa multa. 
—¿Lo encontraré?
—Por supuesto, —suspiró el gorrión— jamás falto a mis pesadillas.

viernes, 14 de noviembre de 2025

La lógica y el espanto


Caer del cielo no significa carecer de lógica.

Si este fuera un mundo quieto, los veladores ondularían el deseo de su luz y toda caída terminaría en un prisma agotado de monocromía.

Caer del cielo entre duraznos que almiban el viento no significa carecer de miedos.

Yo bendeciría los duraznos estrellados con un ordeñe de crema de la Vía Láctea. Pero este no es un mundo quieto y, antes de que la leche hierva, algún tren se detendrá en esa Vía para ensimismar su tristeza bajo la lluvia. 

Caer del cielo no significa carecer de espanto, porque se ahoga más fácil un grito en la altura que en un vagón detenido en la lluvia. 

Si este mundo fuera un tren quieto, los veladores pondrían a dormir el deseo de sus luces entre vagones a prueba de gritos, soñando con la lógica y el espanto de los duraznos por venir. 

domingo, 13 de julio de 2025

Por buscarte


Se siente frío.

Es que hemos muerto.

No, si aún te abrazo.

Eso se llama baile.

Nadie baila en medio de este frío.

Ella sí, mirala.

Pero es la Luna.

No, es mi último beso.

¿Y por qué se fue al cielo?

Por buscarte. 


Fotografía: © Pablo Baico

 

lunes, 21 de abril de 2025

Alguien que eligió seguir de largo


El nombre es ese animal inquietante que nos penetra para tomar asiento en la sombra sensata de la conciencia, desde donde identificará algo y nos arrancará la piel amnésica dejándonos expuestos a la asociación necesaria. 
Lo dijo como el infortunio de un saber que indigestara el resto de las cenas del porvenir. Incluso sin conocer su nombre, llegaba hasta mí el color de la amenaza que, como una aurora boreal, se proyectaba impertinente sobre el interior de su cráneo, usando la oquedad legada por la vida para sentirse dueña de esa especie de bóveda celeste con atmósfera de hueso. 
Cada vocablo un estilete que ensarta nuestra memoria a una cara, un paisaje, un trozo de ser humano, la calle ridícula del último adiós o el tono de voz de alguien que eligió seguir de largo. Pero allí está el nombre, bendito atuendo de lienzo significante para disimular la evidente tortura ejercida contra la memoria. Sabrás. Enunciarás. Te lo llevarás como una siega más de la cosecha social, que semeja una danza infinita, interminable e inabarcable. 

Apoyé la mano en la pared, mientras la calle se paladeaba desierta de autos con cierto íntimo goce. Necesitaba sentir ese trozo de mundo en estado de quietud y saber que carecía de nombre alguno, como todo aquello que, de tan común y evidente, no se enuncia ni se revela en ninguna oralidad o grafía. 
Desde allí lo vi alejarse rengueando, con la mirada desesperada fulminando cada objeto, presencia o recuerdo. Murmurando una letanía de agónicas revelaciones finales, ramillete de epifanías que lo iban cegando vereda tras vereda hasta que lograse caer, vuelto ya innominado y libre, fuera del alcance de cualquier diccionario en celo. 

lunes, 14 de abril de 2025

Saberse


La noche como ese filo arrepentido que elige quedarse del lado de la caricia, renegando del corte, la herida o la división certera entre lo sufrido y lo olvidado. Sostiene a quien elige habitarla con una voz propia que es luz vaciada de sombras. Y esas luces conversan mudas durante la noche. Se saben. Se miran ciegas pero se mantienen en la cercanía de un tacto que va enderezando las huellas digitales para que esos vientos que levantan bolsas y papeles de las calles no invoquen miedo.

Bajo el marco de la puerta de incansable madera verde creí ver mis nueve años. Parado en la espera grácil de todo el resto de los años por suceder. Pero sin alejarse del marco verde, como si sólo allí debajo el tiempo pudiera ser controlado. No me hablaría ni me acercaría. Cuando el tiempo juega con nosotros adquirimos la solidez de una burbuja. Dos palabras y una mirada mal echadas y todo nos desvanecerá. Por eso sólo mirar y ni siquiera llevarme la seguridad de ser, ni tampoco preguntarle a la noche si el verde de aquella puerta está labrado en la sonrisa de su oscuridad o en la lejanía de mi sueño. 

Varias cuadras antes del amanecer, subo el cuello de mi abrigo para que los años no se coagulen en mi cuello mientras camino de regreso a mi vespertina soledad. Era mi verde, lo sé. Eran mis nueve años, estoy seguro. Pero me iré a dormir sin repetirlo, puesto que la noche no permite que ningún delator llegue vivo al amanecer. 

viernes, 4 de abril de 2025

El último junio


Refinamiento. Desesperación. Canto encerado que se expande como seda desde gargantas hasta su inevitable reflexión en paredes. Y cada palabra que fue cantada colisiona con el inveterado obstáculo, que ni siquiera nació para esperarla, y que golpea, troza y devuelve algo parecido en sílabas, pero jamás igual. 
Refinar no es adiestrar en la forma de colocar los brazos, o cuándo es indicado el movimiento casual de la mano que indica aprobación, solías decirme. Refinar es llegar a ver lo que no hay allí en donde no hay ningún canto por ver. ¿Desesperación por escuchar? Porque las paredes no escuchan, su reflexión no requiere de la vista, decías también entre sorbo y sorbo de té. 
Pero yo sí lo recuerdo. En el último junio que pasamos en la casa. ¿Hablás con lo inanimado, con lo que ya partió de este tiempo?, te apuraste a corregirme. Sí. Y son conversaciones más refinadas que la continua desesperación que armoniza el canto de las que mantenemos los aún animados. En el último junio, decía, aquellas paredes que ya han fallecido acertaron a mostrarme su memoria, todo lo que recordaban, guardaban, atesoraban. Cada una de las palabras pronunciadas, en canto, voz, susurro o insulto. Ellas las tenían todas. Entonces entiendo un poco mejor que ya no existan, dijiste terminando la taza de té.
Si la desesperación acabará devastando, por el pánico de poder escuchar, a todo recuerdo posible, quiero pensar que no estás guardando ninguna de nuestras vidas, ninguno de nuestros junios ni tampoco la más leve armonía que nuestras voces hayan entonado junto a algún fuego. No, respondiste con lo ojos absolutamente endurecidos.
Y agregaste, antes de levantarte y salir de la sala, yo quiero sobrevivir.

martes, 25 de marzo de 2025

Frambuesas que han visto la Revolución Francesa


Soñar con nada.
Despertar dibujando un vacío para que se llene de las amenazas de los seres dormidos. Y allí, desde las alturas de lo simbólico en coherencia somnolienta con esas fiestas que quedaron en el pasado, ver cómo cada sillón se va hundiendo en el agua corroída por peces que no han sabido participar del milagro de cada fruto.

Soñar con cada vacío abordado desde cada sillón. Aún seco, claro. Aún a flote, en cada noche. Recorrido por una miasma de fauna marina que profesan el más marino ateísmo en todo lo que pueda florecer. 

Soñar con que nada se pudra. Jamás. Frambuesas que han visto la Revolución Francesa y aún hoy deben sufrir la indiferencia hereje de peces negados. Nogales remando sobre sillones a flote que lloran en ramas bajas recordando aquellas fiestas que supieron verlos con sus mejores galas: hojas verdes en una fluorescencia que volvía fruto el sólo color. Manzanas que habitaron las egipcias bandejas de faraones que contemplaban la construcción de las pirámides de Keops, Kefrén o Micerino, y que hoy, aún sin madurar del todo, ven alejarse de sus semillas a peces de sueños atrofiados. 

Los seres dormidos no abandonan los sillones cuando se hunden. Y el vacío que he dibujado en cada despertar los va deglutiendo. Pero, soñar con nada, anestesia cada día, al día siguiente del mañana que nos permitió dormir para soñar la nada que nos dejó dibujarla. Soñar con una nada en fiesta, aunque el sueño atrase y yo esté despierto, disimulando mi vigilia por piedad y para que no llore impotencia, porque si hay algo triste hasta el desangre es ver a un sueño bañado en lágrimas. Sin frutos. Ni peces creyentes que sepan dibujar nada. 

El último de los sillones carga tres seres dormidos, apretados, respirando roncos con la boca abierta. Se va hundiendo entre un fragor de peces que son parte de otra fiesta (un morbo reluctante a todo festejo o sonrisa mínima) y que miden con la curvatura de sus aletas cada ahogo que los seres dormidos acabarán por protagonizar. Fiesta al fin. Sacrificio, en clave de horror. Pero quieto, apenas un agua agitada y vuelta al sueño. Pero eterno.

Soñar con nada. Y amanecer con uvas que supieron conversar con Moisés. 
Acabaré con todos los peces algún día, y el vacío dibujado será hogar, mundo y lago por siempre. 
Frutos, fiestas y el pasado siempre presente en cada brillo, cáscara o semilla. 
Pero soñar, soñaré siempre.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Cenizas de voz silenciada


Y las luces perdidas en la noche de la ciudad. Espaciadas, como si juntas se apagaran. Sobrevolando en la interna complacencia de saber que el día volverá. Sobre el rumor indecible que lleva la madrugada como motor y salvataje de soledad. Versos que escuchan los solos, rimas que llevan la métrica del inútil cambio de luces de cada semáforo, abandonado de todo auto. 

Y, cada luz, una ventana. O incluso algo peor. Pero, sobre todo, el desgarro de saber que flota en cada punto luminoso de esa red la sospecha de una historia. Cada ventana iluminada, un sueño que eligió eludir el sueño. Pero también el despertar. Alguien calla lo que otro piensa. Alguien dibuja con las cenizas de su voz silenciada. Alguien toma su decisión sin saber que es la última .Alguien aburre recuerdos en un desfile convocado para no sentir más el espanto. Alguien imagina el mañana como si el sol fuera a atenderle el teléfono. Y alguien escribe, por último, el entrañable comienzo de lo que nunca acabará de amar. 

Y, si pudiéramos unir con un trazo de deseo cada punto de luz nocturna, cada ventana con su madrugada esfumada, y mirar desde el cielo la figura formada con todas esas líneas, entenderíamos cuál es nuestro rostro ante la Luna.

miércoles, 3 de julio de 2024

Vimos alces en la orilla del lago


Locomotoras silvestres adiestradas en la rara fragancia de amamantar vagones abandonados. La colina se recorta en sombra contra el ocaso y despereza un desaliño de vías en nostalgia.
Sonreír y esperar la luna. Como quien toma agua sabiendo que es el último vaso. Quizá también la última boca. ¿Y quién no besó trenes viéndolos partir?

Vimos alces en la orilla del lago. Vimos cabellos de mujer desesperada en un soneto de hierbas que besaban el fuego de la noche. Vimos entretejer vías desiertas con cantos de grillos.
La luna se recorta en brillo de paralelas que no se tocan mientras, ahí donde nace el infinito, esa luz que crece es boca, agua y beso último del vaso que dejaste para nadar junto al último de los alces.
El final de tu presencia según el lago es tu cabello hundiendo su saludo a la colina. Y luego el espejo retoma su incierta espera pálida que es manta de alces, sonetos, hierbas y noche con insomnio.
Entonces ya no sé si lo que miro a través del vaso es la luna, amamantando la locomotora que sólo conoce voracidad y partida, o es la luz del tren que ahora mismo corre colina abajo, hundiéndose para siempre en el lago que se llevó tu beso.

Ya no quedan alces que me miren con culpa. Entonces, guardo el vaso en mi bolsillo para recordar por siempre la estación de tren correcta y retomo mi camino por la ruta, repitiendo tu nombre como letanía para recordar exactamente cuándo volver.


viernes, 19 de abril de 2024

Tren ingresando a la estación


Esperá, porque antes del salto hay que encender todas las luces. Yo espero, pero es muy peligroso tener la palabra "salto" tan cerca de la palabra "tren". No están todas las luces encendidas. Todo el tiempo esperando para saber qué es lo que hay que ver. Nada, pero está el salto y, así con el tren, es como cuando la Luna se mete en alguno de sus cuartos y no me deja verla. No es a vos solo. Pero faltan luces por encender. Y tengo que seguir esperando. Sí, porque faltan. Para el salto, digo. Sí, sos igual que la Luna. No, la Luna no salta. Ningún tren pasa cerca de ella. Yo no lo sé. Apenas encienda las luces te lo digo. La Luna no tiene luz. Nada tiene luz. Sí, el salto sí. Pero esperá que enciendo todas las luces. Yo creo que hace mucho frío para tener que iluminarlo todo. El salto pasa por sobre el calor. Pero tenés que esperar, no están todas encendidas. Lo mismo da que el tren enamore a la Luna y ella le ponga rieles atravesando sus cráteres. Vos saltarías igual. No creas, no todo es un riel en la vía, también hay leopardos caminando con paso de alfombra entre los vagones. Y por eso hay que encender todas las luces. Los leopardos saltan. Pero sus manchas no. Eso depende de las fases, en Luna llena saben esquivar el tren como si fueran abejas con alma de búmeran. Pero ningún leopardo se enciende. Y ninguna Luna. Y pocos trenes saltan. Esperá, porque antes de que salte el último leopardo tengo que encender a todos los trenes. Yo voy a dormir en la Luna esta noche. Pero falta el salto. No, es muy peligroso tener a un leopardo manejando un tren sin luces. Puedo saltar yo, entonces. Podés dormir también, si quisieras. Pero la estación está vacía. No tiene nada de malo, ni de salto, ni de leopardo, sólo el tren ingresando. Nunca encendí las luces. No veo que eso cambie nada. Sí, un tren ingresando a una estación a oscuras es lo mismo que un leopardo devorándose la Luna y luego ahorcándose con un riel de acero por la culpa. Y todo a oscuras. Y vos sin saltar. Entonces buenas noches. Buenas noches. Y que descanses. Vos también. Acordate de las luces. Claro.

martes, 13 de febrero de 2024

Llorar por la luz


No quiero hablarte a vos. 
Porque no podés oír. Esa es una de las consecuencias de no existir. 

Y vos sos muy consecuente. 
Sobre todo cuando no existís. 

Además, ¿cómo desarmo un contexto en triángulos cuando todas las palabras tienen cuatro lados? Preguntarías "¿cuáles?", si existieras. Entonces, lo que no te contestaría es que son: al norte, el olvido; al sur, el desprecio; al este, el sol del sonido y, al oeste, la mentira. 

Es imposible entender tu perfume cuando no existís. Pero a veces, por las mañanas, me gusta imaginar que logra levantarme de la cama. ¿Cómo ponerse vertical cuando nunca llegamos a ser paralelas?
"Las paralelas no se tocan", rezabas como un mantra, pero nunca logré escucharte por esa manía tuya de no existir. "Es tu oído", me decías, mientras yo hacía lo posible por lograr tu existencia. 

Todo lo posible.
Lo hubieses visto, de existir. 

Luego estaba la idea efímera esa de llegar al día del fin con el contexto armado. "No son cuatro lados", era lo que no decías. Y luego, "las palabras son redondas", callabas. 
Si hubieses existido, debería de haberme planteado el perímetro de la circunferencia tomando como base el color de tus ojos. Pero ya sabemos que, en el fondo, lo que no existe no hace más que mirarnos fijo esperando algún parpadeo triangular que le ponga nombre a su niebla. 

"Porque lo peor es la noche, ¿sabés?", era otro de tus mantras que jamás rezabas, 
Y, en esa carta que nunca escribiste, terminabas: "Durante la noche, toda palabra tiene relieve de sombra. Y, al querer pronunciarla, uno sólo logra llorar por la luz."

Entonces, al no haberte escuchado, prendía las velas en silencio y fingía poder dibujarte. armando tu recuerdo con el triángulo amarillo de cada llama.

sábado, 9 de diciembre de 2023

Didascalias para miradas que aún no se han escrito


Yo, que vi caer el fruto de Eva sobre el despertar de Adán, no puedo menos que hablar cara a cara con la Serpiente y decirle que es en vano todo. Que el hombre acabará por edificarle un zoológico a su alrededor y ella, tan salvaje en su introspectiva distopía de alardes y siseos, terminará pagando la entrada sólo para verse y no olvidar.

Cascabel del anochecer, ya nadie siente hambre por esas herrumbres con las que hipnotizabas a Eva, ya nadie busca en el diario noticias de tus colmillos. Ni saben de tu existir. ¿Que tu venganza es parecer que no y saber que sí? Sinuosa, pero no evidente. Y, lo que no evidencia, tarde o temprano no respira.

¿Lo sabías? Ya no respirás y el aire ni lo notó. No lo sabías.
Te llevo en mis brazos de pura pena y, quien se me ha cruzado, ha pensado en una verde manguera ajada por el sol de los años idos, en algún jardín olvidado. Un verde ido. Otro más.

El único recuerdo que te ilumina es la iridiscencia de la manzana que supiste guardar en tu interior. Y que por las noches repta, estrella a estrella, tratando de ubicar el satélite que aún comunica con la mirada de Dios. Languidece luego, en un silencio que sólo la ansiedad de tu cascabel interrumpe, y se guarda junto al amanecer, recordando que necesitás simular muerte para poder seguir viva.

jueves, 23 de noviembre de 2023

Al dejar de llorar


Necesitás desarmar varios pares de tinieblas que parecen abrigar pero en verdad sólo se limitan a amar tu silencio, que sólo se quiebra al pedirle luz a la intemperie que suele hacer el amor con el rocío que estampa firma tras firma en contratos de utilidad resarcida, por lo posible de lo efímero, lo eterno y lo condescendiente con el pasado.

Al cabo de que nada quede de todo lo que acababa de quedar en absolutos impares de esas mismas tinieblas que se te abrazan temblando ante cada amanecer, la iridiscencia fortuita que suele quedar girando desganada en el fondo de cada caja dará un discurso recursivo, alertando a toda la clorofila circundante acerca de los peligros de la descomposición de la luz blanca a través de cada prisma de cada gota de rocío de cada párpado, que al dejar de llorar libera el prisma y la gota y los siete colores que se vuelven brazos que se lanzan por el sendero a ahorcar cromáticamente a todo lo que se atisbe gris. 
O negro.
Pero nunca retorno.
Jamás. 

viernes, 31 de marzo de 2023

Siempre hay un reloj cerca


Había un papel en blanco. 
No estaba en blanco, porque era un papel rayado.
Había un papel con renglones, con rayas de color suave para que lo escrito se contenga lo más paralelo al horizonte posible. Aunque lo dicho en esos renglones ascienda por el peso de su desesperación, los renglones harán que vuele sin estrellarse.
Te harán volar, me dijo el papel en blanco. Antes de que supiera que hablaba de una explosión yo seguía mirando los renglones.

Hay un reloj cerca. 
Siempre hay un reloj cerca, ¿viste? Pero como la inundación acabó con todo rastro de energía, está detenido. Claro, lleva pilas, pero ya no existen. Todas sucumbieron descargándose bajo el agua inmensa. 
El agua es inmortal.
Es probable, porque si no es agua es hielo; si no, es aire, nube, o vida posible, pero morir no muere. En cambio el tiempo, ¿viste?, con todos los relojes detenidos para siempre, es como un inmenso animal herido puesto en estado de coma para nunca admitir su muerte. 
Yo suelo tomarlos de la pared en donde cuelgan o la mesa en donde reposan y colocarlos boca abajo. Les susurro "descansa" al oído de sus agujas y evito mirarlos para que no sientan la crueldad de un tiempo inerte.

Habrá una caligrafía eterna.
Lo dirás como uno de esos murmullos cosidos a un sueño. Las letras redondas tendrán el diámetro de cada estrella encendida, párpado por párpado representadas. Y los trazos rectos seguirán el curso suave de los cometas más reacios al regreso. Lo escrito será tan inmortal como el agua y los relojes entenderán que los renglones son los padres de sus agujas. Rectos como lo era el camino del tiempo ya fallecido. 

Yo hablaba de la explosión, mientras sólo una mirada podía mantener por encima de lo inundado. Alcanzó, de todas formas, para que el atardecer ilumine los renglones flotando despacio. Todas las agujas de todos los relojes de todos los tiempos detenidos volviendo el agua un papel en blanco. 

Y el pulso del horizonte, cosiendo la caligrafía eterna al sueño más callado de mi mano.

martes, 23 de agosto de 2022

El progenitor y sus sobornos


Como si las teclas de la máquina de escribir le pulsaran los latidos del corazón y como si frenar el tipeo fuera parar ambas cosas. Palabra por palabra triunfando sobre la muerte que es el blanco en una hoja que es la vida. En desierto.

Una ventana le habla del sol, en vano, y le advierte de la noche, sin respuesta. Dejará entrar la lluvia sin estremecer ninguna cortina de por medio. Y las gotas calladas intentarán acomodarse en la hoja inserta en la máquina.

Mientras, las manos mueven palabras. 
Mientras, el corazón se agazapa ante la idea en falta, ante el argumento que no llega a la cita y el posible detenerse. De todo. 
Y de nada cuelga su hilo cada vez más transparente que lo lleva por una escalera oscura hasta la promesa del texto. 

Punto y aparte (¿y la escalera sube o baja?). 
Punto seguido. Y se rinde homenaje a la tinta, que es soldado mudo en campo de batalla minado de ideas, cometiendo incesto con el progenitor y sus sobornos. Sonriendo el adulterio de autobiografiarse para no caer en un punto final antes de tiempo.

No caer. No parar.
(Y la letra movida por el corazón que tiembla.)

domingo, 21 de agosto de 2022

Un irse de volver mirando


Hay un recuerdo. 
¿Qué es fugitivo en tus palabras, si cada silencio es apuñalado por una intención más sonora que una de esas miradas?
El contorno de la voz se nubla y ahora las vocales se espejan en el brillo de los labios húmedos. 
¿Quién es figurativo en la emoción que te viste durante cada sueño, si la evolución de los párpados acaba en una quieta infinitud?
Hay un salvaje respirar que toma aire en los pulmones de otra vida y suelta el aliento en lo que reencarnará.
Y el recuerdo, pero de los ojos cerrados.
Y un irse de volver mirando.

miércoles, 13 de octubre de 2021

La precisión que brinda una mira telescópica


En el último sentido posible no hay más colores de pintura, entre los exhibidos, para imitar esa mirada. 

Mauro se mueve en la cocina y, desde el living, parece arrastrar los azulejos con su cáscara de escamas vueltas sed de tiempo. Hay en él una extrapolación de posibilidades que pueden ser percibidas como una monografía florecida en medusa de argumentos. 

Cada color empapa de esoterismo los kilómetros del viaje exhibido. Ya no tiene importancia llegar. 

Los sonidos triviales que pegotean de cotidianeidad los oídos son un puente menos digno que un simple grito entre Mauro y el living. Verlo introducir su cara, como si un Rasgado Velo de Troya se tratara, en nuestro ambiente de sillones adormilados es un acantilado similar a todas las cucharitas de café cayendo desmayadas de sus pocillos. Y la sangre oscura en salpicaduras breves manteniendo diálogos lacónicos con la porcelana de iridiscente pasado. 

El saco de Mauro. Los brazos de Mauro. Las piernas de Mauro. La respiración de Mauro. El pasado de Mauro. Los pasos de Mauro. 

—Me dicen que el coche fúnebre estaría en camino. 

Como insultar colores con los grises de unas sílabas emancipadas de toda vocal madre. 

Parado en el living, como quien no puede soportar el universo sin destruir sus cimientos masticando lentamente la belleza piadosa de sus orígenes, Mauro mira abstraído su teléfono celular y toca levemente la pantalla de cuando en cuando. 

—Roque y Andrés van a llegar un rato más tarde. Dicen eso. Van a quedar un par de lugares en los coches. Estarían en camino... ¿dije, no?

El saco de Mauro está hecho con la misma tela de los neumáticos de los coches fúnebres. Sus anteojos tienen un marco de madera de ataúd tallada y el blanco de sus ojos es mortaja modelada en un displicente horno de miradas cocidas. Mauro estaría en camino. Y quedarían dos lugares, los de Roque y Andrés. El coche fúnebre tiene piernas y mira su teléfono celular. 

—Parece mentira, ¿no?

La medusa de argumentos ahora repta el living dejando agua de mar desmayada sobre la alfombra. Parece que debiera de parecerme mentira ese parecer. La medusa se sienta en un sillón de cuero de cera de cirio y me mira desde todas sus cabezas. Cada argumento tiene un peinado distinto y todos me aclaran que no hay más remedio. Pero sí hay más Mauro. 

Yo quiero que algo llegue desde la cocina y salve mi alma, que no parezca mentira y que no acabe de derrumbarse el living a causa del peso de Mauro y todo lo que contiene su teléfono celular. Pero la medusa me hace una seña con su cabeza para que mire. 

—El coche fúnebre chocó bajando la autopista... No entiendo bien, pero parece que el chofer habría fallecido y van a usar el ataúd para trasladarlo a él. 

Mauro me mira y, en el último de los sentidos posibles, todos los colores se dan vuelta para negarse a cualquier imitación. Sólo el blanco ambulancia se sienta en el living y acepta un café que le tiende la medusa de argumentos. 

—Ahora sí que ya no sé cuántos lugares quedan. ¿Los esperamos a Andrés y Roque o velamos al chofer del coche fúnebre, que viene ya puesto en el ataúd?

Desde la cocina llega una voz asomada de mujer.

—¿Y mamá?

miércoles, 18 de agosto de 2021

Emile Adam Zöieg

Q.E.P.D. 03/10/1929 – 29/02/2021

Nota: sabíamos que esto iba a pasar algún día. En toda la existencia de nuestro querido pueblo de Los Guanacos sólo hubo un redactor de obituarios. Por desidia, desinterés, o quizá celo profesional, jamás se le ocurrió formar a otra persona para esa tarea. Siempre fue el único. Y, tal como suele ocurrir en la vida, ahora ha muerto. Así es como nos encontramos frente a la insoluble circunstancia de redactar el obituario del óbito del único redactor de obituarios del lugar. Siendo que nadie en el pueblo es avezado en estas artes de la escritura protocolar, no tuvimos más salida que encargar el obituario de Emile a nuestro vecino Anselmo Apóstrofe, más conocido como “El Sátiro del Circunloquio” por dedicarse pura y exclusivamente a la poesía, o a lo que él cree que es la poesía. Pidiendo disculpas por anticipado a la memoria de Emile y a sus dolientes deudos, dejamos en este espacio el obituario confeccionado no sin antes aclarar que le rogamos encarecidamente y por todos los medios a Anselmo que trate de apegarse a los datos concretos del difunto, dejando un poco de lado su tan estimado vuelo poético. No hubo caso.


Emile, ¡oh, Emile! ¿Qué abyecta falta tan astrosa habrá acaecido en el obtuso Cielo para que Dios mismo mandase a evocar tu nombre?

A la tierna y luminosa edad de los noventa y un espabilados octubres, pues nos dejas. ¿Sólo a nosotros?, ¡pero no, qué va!, dejas a un pueblo todo flambeado en el dolor de la carne viva que es esparcida con cada gota de cada uno de tus magnos recuerdos. Lágrimas por toda lluvia. Llagas por todo sol. Dolor imborrable por toda memoria.

Aquel que en vida documentara, sin sosiego ni holganza alguna, todos los tristes óbitos que en nuestra amada comunidad sucedieran, hoy nos deja y en nuestros corazones sentimos que una afantasmada página en blanco se abre para siempre. Para nunca más cerrarse.

La vida de Emile ha desatado la fuerza inconmensurable de una oración perpetua que lo retrató todo, que lo documentó todo, que llevó cada nombre de cada difunto al paroxismo de la exquisitez literaria, puesto que sus obituarios conforman ya un género literario en sí mismo, el cual será objeto de estudio en un futuro no muy lejano; oración, decíamos, a la que esta aciaga interrupción vital, que algún advenedizo se aventurará a llamar “muerte” con todo descaro, no pone de ninguna manera un “punto final”, sino más bien una coma de pausa merecida y de angelical entonación por tu ya sacro nombre, oh, Emile.

Miro alrededor y el sol de este atardecer, teñido también de un astronómico ocre triste, ilumina cada mota de polvo de cada camino señero de Los Guanacos, convirtiéndola en una absorta multitud que ha perdido el habla ante tu trágica e imprevista partida. ¡Porque hasta el polvo de los caminos has podido retratar con tu iluminada verba magnífica! De más está decir, bienamado Emile, que tu muerte, ¡que no es muerte sino resurrección obnubilada de la luz y las letras todas!, que tu muerte, decía, y el pesaroso detenimiento de tu mágica pluma, cancela para siempre el impiadoso trabajo de la siempre obcecada parca. Sí, como lo han oído, como suena y como se siente en el centro mismo de nuestras dolidas almas: no habrá más defunciones en Los Guanacos, nadie más morirá porque éste habrá de ser el último de los obituarios que jamás escribiste, ¡oh, Emile! Si no está tu pluma, no estarán los muertos. ¡Si no están tus obituarios, no estarán los óbitos! De ahora en más, nuestro pueblo será El Pueblo de la Vida Eterna, y tú, adorado Emile, el Dios Padre Creador de ese paraíso prometido a lo largo de la historia toda. Y lo declaro, y va en ello mi honra y mi dignidad: ¡que nadie se atreva a tener el mal gusto de morirse sólo para deshonrar la memoria de nuestro recordado por siempre, bienamado como pocos y estimado por la eternidad, Emile Adam Zöieg.

martes, 17 de agosto de 2021

Veintisiete alforjas celestes


Ellos lucían los bordes de su precipicio como si se pudiera sazonar con luz el canto esmerilado de las voces pasadas. Y arropaban con hiperventilaciones de abismo seco a cada noche estrellada que solían servirse en cada cena.

Vos, sentada a escasos tres jirones de nostalgia de tu último banco de plaza moteado de excusas de lluvia, diluías cada sol de cada atardecer en una olla gangrenada de desfiles y pactos familiares revolviendo, con la importancia simple de una órbita espesa de ruegos, el ardor bronceado de un portarretrato cuajado de sonrisas (dientes blancos en formación de sadismo prolijo).

Ellos caminaban sin que la marea pudiese preguntarles nada, ladera arriba de sus gritos sofocados y con las especias repartidas en veintisiete alforjas celestes que formaban la palabra “limbo” si se las miraba desde el abismo correcto. Cada arista del vacío era cobijada con cuentos para dormir, en donde el vuelo de Ícaro triunfaba y en donde el sol era puesto de rodillas para consuelo del abismo. Mientras tanto, el rumor ocre de cada ola rompiendo en la tristeza de cada uno de sus pasos jugaba un dominó de sonidos con apuestas de espuma y algas como monedas de cambio.

Nosotros sacamos de las cuevas los espejos y los enfrentamos a todos con todos, logrando un infinito de bolsillo que lograra mantener caliente el café de la mañana. Pero, en la tercera cucharada de azúcar revuelta, el vigésimo séptimo espejo se quebró en llanto al recordar que su amor imposible supo ser una esbelta caña de azúcar. Los inequívocos siete años de mala suerte posteriores nos permitieron contar una a una todas las rocas ya sazonadas, y deletrear el derruido soneto contaminado de anáforas que formaban las veintisiete alforjas celestes.

Vos trozaste los cuartos traseros de la casa familiar y pusiste a gratinar un jardín entero de olvido que estaba estacionado en el parquímetro más recordado del freezer. Sonreías. Creías haber sincronizado cada uno de tus parpadeos con ese flamear de los caños de gas, y el crepitar del horno con la presión de los milimétricos insultos de tu madre ya desgajada. Supiste desencantar la rima de nuestros sonetos mientras el último jirón de la más celeste nostalgia simulaba desmayarse sobre el último banco de plaza. (¿Recordarás a tiempo que el precipicio empieza apenas tres horas después de que la plaza se duerme? ¿Entenderás a tiempo que el último verso del soneto compuesto por la alforja veintisiete nombra tu nombre nombrando la rima que te divorció de la lluvia?).

Yo te he llamado por teléfono y por desdicha, hasta que todas las antenas hirvieron de ansiedad. He visto el humo azabache de un horno cabalgando en el paroxismo de la cocción con caños de gas ondeando en la brisa (¿banderas de brasas en revolución de ceniza?). He visto al jardín entero enamorar al precipicio con los mismos cantos esmerilados de voces pasadas de sazón. Pero la luz huía, ultravioleta y ultrasensible al juego de dominó que ellos enredaban entre espumas y algas. Pero la luz huía, ultramar de tristeza que delineaba cada alforja inequívoca en cada especia de cada exquisito limbo.

Ellos aguardaron a que el viento del mar callara su monólogo de flamear cabellos y embriagar copas de pinos, y se sentaron a cenar. La primera porción de noche estrellada fue trozada y servida, usando el portarretrato de los dientes blancos como plato. El sol, un humilde salero que pasaba de mano en mano, llevaba en su corona la marca de los dientes de Ícaro.

Dentro de las cuevas, los espejos callan.
Y el teléfono sigue sonando.