—Cuando entienda para qué buscarte, ya no voy a necesitar el encuentro.
—Entonces no quiero que entiendas. Nada.
Aspiró su cigarrillo y lanzó una bocanada de humo, construyendo un faro de niebla en medio de nuestro cielo despejado.
—Normalmente no entiendo nada. Pero busco todo.
—Si yo quisiera ser entendida, abriría los ojos y te miraría durante la noche.
Pero no me miraba. Miraba sus manos estirando los dedos, como si calculara la posibilidad de subirse al faro y devorar todo el humo posible hasta que la primera rosa llegue.
—¿Pero a lo largo de un sueño?
—No a lo largo, atravesándolo.
Miré la brasa del cigarrillo y su "atravesándolo" me llevó la memoria hasta algún abrazo de perpetuo sueño, de tacto, piel y afecto onírico. Un abrazo azul que oscurece ante cada amanecer hasta disolverse.
—Y yo despertaría con el eco de tu nombre reflejado en el espejo.
—Mientras te lavás los dientes.
Miraba para otro lado. Zigzagueaba el cigarrillo entre sus dedos para decirle a la ceniza que había llegado su hora. Caería. Al piso. Al mismo piso que recibía mis miradas inocuas a la hora de entender para qué buscaba lo que ya tenía.
—Y como es un espejo, tu nombre sonaría al revés.
—Mi nombre al revés es el sonido que las flores hacen al abrirse en octubre.
Ahora la brasa de su cigarrillo apuntaba hacia arriba, como si quisiera ser uno más de sus ojos. Y yo mirándola. Y octubre. Y el humo que se alzaba. El humo tiene sonido, pero sólo se lo puede escuchar con el tacto. (Y claro que hubiese aceptado quemarme con tal de tocarla).
—Puedo esperar.
—Pero agendalo. No quiero ver a noviembre en el aire y saber que nos perdimos.
Las tres sílabas de "perdimos" empujaron tres lágrimas que jamás caerían hacia el mundo (ni siquiera en octubre). Sólo deslizarían su sal en mi interior, siendo tan revés como un espejo que llevara a cada hueso al cartílago de su pasado.
—Otra vez.
—No es otra. Es una menos. Pero no me interesa contarlas porque no pienso morir.
—Ni yo entender.
—Pero pienso obligarte a encontrarme. Con la prepotencia de un despertar.
Lo dijo marcando las sílabas con apuntes de su cigarrillo. La brasa como la aguja despierta en la noche que hilvana nuestros sueños juntos y deja la tela de nuestras almas unidas. O cerca. O deseando que los hilos, hilván, aguja, brasa, apunte, tengan razón y ya no tengamos que seguir guardando los temores en la heladera para que se crean no perecederos.
—En la noche.
—Mirándote en silencio.
—Soñar...
—Conmigo.
"Entender", dije en un susurro inaudible que sólo reverberó en el ardor desarmado de mi garganta.
En la de ella, pasó la última bocanada de humo como uno de esos trenes que, arrastrándose en la lluvia, se llevan puesto el paisaje y el tiempo.
Apagó su cigarrillo luego y la vi alejarse.
Pronto me despertaría.
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