Esconde con rabia sus labios empapados.
(A estas plantas les falta riego).
El sonido del autotransporte subiendo la colina con escarapelas de caucho en cada dolorosa semántica cinética, lo coloca al borde del llanto sepia.
Hay que sentar cabeza. Y no horadar ninguna de las serpientes que están allí, siempre a mano y siseando como hebras de resonancia especular entre tus dientes. Eso le decían siempre, un rato antes de que la noche caiga.
Luego, la colina y sus típicos insultos mudos derramando ese viento ocre por las calles del pueblo. Confundir los sueños livianos, que se orientan hacia el amanecer, con una jeringa muy específica que no acierta a inyectar los despertares. (¿Entonces, debería dormir a las estrellas y acostarlas entre la estufa y el remanso eólico que seduce ventanas cerradas pero hambrientas?)
Hay que tener empatía para sentir las pegajosas sílabas que ascienden, como hélice abstracta de consonantes (toda vocal carece de aerodinámica), desde esa boca hasta esos recuerdos de náusea. Y hay que tenerla con la batería cargada, evitando sufragios de altanería maledicente, de esos que dejan sin resto al tobogán de palabras que asciende y cae, de labio en labio (empapados, escondidos, mutilados y floreciendo en verbenas con fútil esperanza de glorias entrevistas por las sinuosas veleidades de la colina, siempre tan predispuesta ella a callar bocas y atraer dientes, en su utopía de lograr el blanco virgen de una novia desesperada).
El autotransporte detenido en la noche cerrada, con sus luces encendidas y desnudando la silueta de la colina. El rocío de madrugada ondeando sobre la luz de los faros y encabritando los sueños livianos que quieren orientarse hacia el amanecer. (¿Y regar esas plantas con apenas una jeringa de tibios despertares sin párpados?)
Empapa con rabia sus labios escondidos.
Sabe, tanto como cada una de las estrellas tumbadas entre la estufa y las brisas sádicas que orfanan el polvo y lo alejan entre sí, que seguir mucho tiempo más recostado sobre la cicatriz del universo no es posible. Entonces, abre su boca y deletrea el inexistente nombre del único dios negado y jamás nacido.
Sus labios son, ahora, la cicatriz.
Su rabia es el recuerdo de la herida.
Y ese llanto sepia que empapa su corazón vacío riega la planta para que, al fin, el amanecer llegue una vez más.
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