Se guarda la consciencia en el bolsillo izquierdo del saco antes de entrar y sacude su amalgama de sabores girados al infortunio mientras parpadea en latín.
La suma del cuadrado de todos los vértices de cada emoción enarbolada en caída libre, mientras derretía ese océano de lo familiar en el cuenco de las aves migratorias que heredaron esa parálisis obtusa que ambos abuelos cocían en grifos de genética ociosa es igual, lo sabe, a la resta de las raíces cuadradas de cada círculo enmarcado en su foto de la fiesta de los quince baños que debieron ser desagotados al finalizar la tarde aquella, la del remanso de hortensias acarameladas y digitopunturas realizadas por videoconferencia.
Se lame la herida del gemelo derecho (el izquierdo nació muerto, que es como no nacer pero manifestándolo en negativo) y guarda en su cartera de almizcles con tejido de otoño el sabor de la yerba mate que su herencia de alquilados andariveles tardíos desahogó en la pileta del fondo, adonde los ladridos del perro que huyó en la noche de la tormenta aún se escuchan subtitulados en latín.
En dos o tres horas más, amanecerá. Se lo dice la pulsación de la tierra que pisa, sin dejar de flotar a escasos metros del cielo embanderado de orquídeas bermellón, al mismo tiempo que le pide, con lágrimas en los pozos, que deje de cavar hacia las alturas y que se abstenga de seguir enterrando nubes de filigranas huérfanas.
Se trata de conocer la piedad.
De poder engarzarse esa flor de helio en el ojal de la sugerencia y la raíz tardía pero familiar.
Se trata, se dice, pero no llega porque ante todo guardó su consciencia al inicio y ahora es sólo un pétalo de nada abstraído en el vacío del silencio, callando lo que ignora y cerrando los ojos a la oscuridad que no acierta a saludarlo.
Pero puede ir en paz.
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