Se acostó desnuda en mi cama y mirando el techo dijo.
—Hacé lo que quieras menos penetrarme.
Cuando supuso que apenas me había movido agregó.
—Y si preguntás el porqué, me visto y me voy.
Dieciocho minutos más tarde miraba fijo sus ojos cuando empezó a jadear. Y luego a gritar.
No conocía su piel. Unicamente imagen flotando entre ambos.
Sólo llevaba por vulva una mirada abierta de par en par. Lloraba demasiado para ser real.
Acabó por secarse. Derruida, opaca y cansada me pidió volver a nacer en el escepticismo del amor.
La miré una última vez. Dije.
—No te voy a pedir lo que no tenés, no te voy a dar lo que no querés.
La tarde se olvidó rápido de nosotros. Y cada vez que vuelvo a acostarme en esa cama me pregunto si realmente se habrá ido.