miércoles, 19 de noviembre de 2025

La cicatriz del segundo


Hay un tiempo inmóvil
donde los segundos tropiezan
y, antes de entregar 
el pasado hacia el futuro,
se miran,
sin medida,
con la pregunta palpada 
en la desazón de la oscuridad.

Hay cirugías que envuelven luz,
(extirpando en frío médulas pasadas),
con el segundo más acabado en filo de nostalgia.
Si el primero está en tus brazos,
la cicatriz del segundo (que horadó tus huellas)
parpadea inerme por cada recuerdo oscuro.

Hay un credo final,
que extiende tus deseos más ciegos
a través de la garganta inmóvil
del grito más seco
de todo futuro.

viernes, 14 de noviembre de 2025

La lógica y el espanto


Caer del cielo no significa carecer de lógica.

Si este fuera un mundo quieto, los veladores ondularían el deseo de su luz y toda caída terminaría en un prisma agotado de monocromía.

Caer del cielo entre duraznos que almiban el viento no significa carecer de miedos.

Yo bendeciría los duraznos estrellados con un ordeñe de crema de la Vía Láctea. Pero este no es un mundo quieto y, antes de que la leche hierva, algún tren se detendrá en esa Vía para ensimismar su tristeza bajo la lluvia. 

Caer del cielo no significa carecer de espanto, porque se ahoga más fácil un grito en la altura que en un vagón detenido en la lluvia. 

Si este mundo fuera un tren quieto, los veladores pondrían a dormir el deseo de sus luces entre vagones a prueba de gritos, soñando con la lógica y el espanto de los duraznos por venir. 

lunes, 10 de noviembre de 2025

Bajo cero también hay números


Aplaudir en mitad del hielo
considerando el granizo
como sonrisas falaces
que no acertaste a ver

(Y dibujar escarcha
en el recuerdo que fibrila
rieles abajo de un tren desierto). 

Cuando la lluvia te moja los labios,
las sílabas que rezan ocaso
van helando, una a una, 
todas esas miradas
(que no llegaste a creer). 

Y, al plegar tus párpados,
el aplauso de tus ojos en la noche
congela mi último latido,
hasta que amanezca mi sangre
en la tibieza de tu nombre.

martes, 4 de noviembre de 2025

La hora del acantilado

 
Acompañé al perro a grabar los momentos finales de su episodio de ladridos en la noche. Él quería tener un registro y poder escucharse porque, según me confesó más tarde, sospechaba que la edad estaba tornando su ladrido en un impotente ronquido sin consecuencias. 
Cuando lo vi con el casete en la mano le pregunté si no tenía miedo al resultado. Pero me dijo que olvide lo humano. Que tras un hocico todo explota en formas distintas. Sin embargo, no pude evitar notar su cola caída y entregada al universo de lo irremediable. 
Mientras el casete sonaba y los ladridos, sin juicio de mi parte, repetían su cadencia de farol esmerilado por los años, vi cómo agachó la cabeza, emitió un resoplido más de equino que de perro, y luego se acercó hasta mí diciendo en voz baja, como un susurro con aroma a plegaria: 
—Nos vemos en la próxima. Yo ya terminé por aquí. Es hora del acantilado.
Y, por supuesto, entendí muy bien esa referencia al acantilado. Demasiado bien. 
Le acaricié el lomo y lo rodeé con un abrazo. Él dejó escapar unos bufidos afantasmados, como si la rémora de un real ladrido aún luchara por un lugar en su memoria. 
Luego, me devolvió al casete y sólo atinó a decir:
—Por favor, que nadie lo escuche. Quiero irme con dignidad. 
Lo guardé en mi bolsillo y acabé viendo cómo su sombra se recortaba en la noche de la ruta camino al acantilado. 
El tono anaranjado del amanecer incipiente acabó por secarme las últimas lágrimas.