Al entrar, pensó que era algún tipo de broma. Sin embargo, Octavio le sonrió y le hizo el gesto característico con la mano para que pase. Dio dos pasos sintiendo el musgo bajo sus pisadas y soportando la presión de un aire demasiado cargado de cosas vivas.
Miraba serio, sin atreverse a hacer ningún comentario hasta que Octavio no abriera de alguna manera el juego de lo que eso significaba. Lo vio caminar por el cuarto despreocupado, deshacerse el nudo de la corbata y mirar, como al descuido, el cielo del atardecer por la ventana.
—Está espesa la neblina —le escuchó murmurar, mientras acomodaba el saco sobre el único sillón que no estaba copulado por la vegetación—. Pasá, ponete cómodo.
Esto último lo llevó a dar dos pasos más, como una muestra de audacia que se guardaría para sí mismo y sus recuerdos. Aún siendo un movimiento tan pobre, no pudo dejar de sentir el roce lascivo de los tallos envalentonados alrededor de sus piernas. Cada paso ahí dentro era una impertinencia vegetal, un insulto con grafía de savia.
Sin que ya lo sorprendiera tanto, Octavio se sentó despreocupado en la cama, una amplia extensión de césped de aspecto salvaje, como todo ahí dentro, e hizo algo sumamente trivial, un gesto que parecía nacido de la inercia obvia de quien llega a su casa y pasa a habitar el confort: tomó una masa rectangular, verde oscura y de aspecto húmedo como todo, y la apuntó al televisor que parecía agonizar en un rincón. ¿Un control remoto?, ¿eso era un control remoto? Y, antes de que siguiera intentando entender, el típico ruido del televisor al prenderse lo desbarató. Eso era un control remoto, eso era un televisor y ambas cosas, a pesar de la apariencia violentamente anacrónica, funcionaban.
El brillo parpadeante de la pantalla jugaba con las sombras enmarañadas de verde que reptaban por la habitación conforme Octavio cambiaba los canales. Repuesto un poco del asombro y ya resignado a entender que no entendería nada ahí dentro, miró el televisor. Se veían imágenes en blanco y negro. Hasta ahí, nada tan extraño. La edad aparente del aparato era perfectamente coherente con esa tecnología. Pero al fijar un poco la vista en lo que se transmitía, el desconcierto fue mayor. Un noticiero que, en apariencia, simulaba posturas y decorados de antaño y que encima comentaba la invasión alemana a Polonia de 1939. Lo miró a Octavio y vio la atención que le prestaba a la pantalla. Al instante estiró un brazo y le señaló la noticia.
—¿Te enteraste, no?… terrible lo que están haciendo estos alemanes…
Pisó un par de tallos y hojas más, sintiendo cómo el verde se le subía por las piernas hasta el razonamiento, y se acercó a la cama respirando hondo.
—Octavio —le dijo— ¿qué es todo esto?
—No te entiendo —murmuró Octavio con la mirada fija en la imagen borrosa de unos tanques de guerra en la pantalla— ¿de qué hablás?
—Esta habitación es la habitación de un hotel que no puede existir, abandonada por décadas que nunca transcurrieron y estás mirando un televisor en blanco y negro que da noticias de hace ochenta años… para no hablar de que absolutamente todo está cubierto de musgo, vegetación, humedad, hongos…
—Ah, eso… —Octavio sonrió como si le recordaran un detalle olvidado— tenés razón, estuve grosero en no avisarte antes. Pero mirá… es más fácil si te lo muestro que si te lo cuento.
Volvió a tomar el control remoto y comenzó a cambiar de canales, como buscando algo en especial. Y en determinado momento se detuvo en un canal. Con la misma mano que empuñaba el control le indicó en silencio la pantalla, como invitando a mirar. Era otro programa, muy distinto, con personas de aspecto apenas similar a un ser humano y decorados que él no acertaba a describir, pero parecían líquidos o fluidos. Y en determinado momento prestó atención al sonido: “… y de tal manera se ajustan las cosas a lo que realmente debe ocurrir en esta época, no llegamos al 2478 por nada, hay que tener a la vista que…” Se sintió mareado y se sentó en un borde de la cama. Lo más obvio era pensar que todo era parte de un estudio de grabación, cine, algo impostado, armado… pero no, definitivamente no tenía ese aspecto. El comportamiento de Octavio era tan común, tan hasta vulgar y trivial que no daba a entender nada extraordinario, y sin embargo…
—¿Escuchaste, no? —le preguntó con interés genuino en la mirada.
Él lo miró y sólo lo miró sin atinar a contestar, pero a Octavio no le hizo falta para seguir y explayarse.
—La encontré así, nunca supe por qué. Alquilé la habitación y al tiempo entendí lo que pasaba. En este espacio los tiempos se superponen, no hay un orden de pasado-presente-futuro, todo está junto y superpuesto, por eso verlo confunde tanto. Pero claro, yo ya me habitué.
Octavio tomó nuevamente el control y volvió a cambiar de canal, retornando a los tanques de guerra.
—Perdón, ¿eh?, pero el futuro es aburrido hasta el sopor, prefiero mil veces ver a los alemanes jugando a los soldaditos. Ah, perdón, te termino de explicar el tema de las superposiciones, porque te veo perdido todavía. ¿Ves este sillón?
—Sí, claro.
—Es viejo, ¿no?
—Mucho, sí… tiene décadas de viejo.
—Mil novecientos setenta y cuatro, para ser más exactos. O sea, es pasado, claramente pasado. Bien, y esta vegetación, como la llamaste, ¿qué pensás que es?
—No entiendo… es vegetación, plantas, no sé…
—No. Si entendés que acá los tiempos conviven y no están ordenados, tenés que entender que lo que estás viendo es el pasado de los futuros muebles, por decir algo…
—O sea…
—O sea que estás viendo la planta que dará el árbol que dará la madera que dará el futuro sillón que todavía no existe, pero sí existe como futuro cohabitando esta habitación, en donde también aún existe el sillón de mil novecientos setenta y cuatro. Y por eso la misma televisión me muestra la invasión de Polonia, la llegada a la Luna y los primeros clones humanos que mandaron a colonizar Saturno. Todo coexiste al mismo tiempo en el tiempo de esta habitación.
Si bien el mareo se le iba pasando, otra sensación peor se adueñaba de su pensamiento. Podía llegar a dar crédito a lo que le explicaba Octavio, pero había algo que no cerraba, algo que no parecía encajar en esa explicación tan de maqueta de ciencias…
—Está bien, supongamos que admito que esto es así.
Octavio lo interrumpió sonriendo.
—¡No tenés nada que admitir!, esto es así más allá de lo que creas o admitas.
—Bien, por eso… más allá de esto, puedo entender la coexistencia del tiempo en los objetos y cómo están fundidos en un mismo punto pasado, presente y futuro. Ahora… ¿y nosotros?
—¿Nosotros qué?
—Claro… ¿qué pasa con nosotros en este lugar en el que el tiempo está superpuesto?
Octavio se rió bajando la mirada al piso. En el televisor, las explosiones se sucedían como una fiesta equivocada y la mirada de los soldados buscaba un vacío que no llegaba nunca.
Luego le dijo, finalmente.
—Esto que llamás “nosotros”… esto que llamás “Octavio”… eso que ves cuando te mirás en el espejo… Todo eso, todo deberías revisarlo. No quiero asustarte, pero es mejor que ya no vuelvas a mirar el reloj.