miércoles, 27 de febrero de 2019

Hora


Ventanas que horadan el sol
se sirven la luna nueva
en descarne, contingencia
y albedríos deshoradados.

¿Veré llover mis ojos
en la ausencia del sol párpado?
Voy a correr las cortinas,
antes de que el ocaso horade
la enarbolada espada
del día perpetuo.
¿Veré llorar de enojo
a la esencia del sol bárbaro?

En antros tibios,
de ciegas luces infinitas,
se endereza la cadera
el devenir del tiempo,
y la médula estival,
en una dulce tangente,
copula con ambos trópicos
ventanalmente horadados.

domingo, 24 de febrero de 2019

Ocasional caída de granizo


Las nubes lo cubren todo. Incluso el cielo. (No va a dejar que el tiempo se le derrame). Tampoco que el agua hierva. (Oficia de pasado). En su cocina a obscuras, el resplandor celeste de la llama parece una intervención policial. Silenciosa. Pero sólo es un café que no llegará a tomar. Le arde la palma de la mano. (Anuncia puertas que abrió de más). Se la mira y sonríe. De más. No hay silencio en una ciudad. Nunca. Se vive sobre un murmullo constante. Del otro lado de la ventana pasa la voz de alguien que habla con su celular. El sonido le interviene algunas nubes. Rocío. (Un murmullo constante). 

Olvidé cómo se usa un espejo. No basta con mirarlo para entender. Supongo que debería encontrar al vendedor y pedirle explicaciones. Pero nunca lo compré. Fue de mi madre y ella no dijo nada. Sólo se fue y su imagen no está. Ella me tomaba de una oreja, de un brazo, o de cualquier parte que pudiera retorcer y me paraba frente al espejo. (En toda cárcel se derraman todos los pasados). Y me decía, me gritaba: “¿¡qué ves!?”, y lo repetía, varias veces lo repetía, y retorcía lo mío que tenía entre sus dedos. (Lo mío se retorcía derramando el pasado en ese presente). Yo miraba, pero no le contestaba. 

El resplandor azul que llega desde la cocina lo deja respirar en medio del vacío. (No tiene idioma el aire. ¿Cómo pedirle que venga?). La palma de la mano le arde. No debería acariciar el fuego. Pero no es una excepción. Nadie se deja acariciar sin lastimar a cambio. Ningún espejo se deja mirar sin quemar un recuerdo a cambio. (Rocío hundida en el ruido de la ciudad). Funcionan mejor las puertas abiertas que los espejos. Sí. Él sabe usar puertas, por más que las palmas de las manos… Ningún espejo se abre. 

Nunca le contestó la pregunta a su mamá. (No esperaba respuesta, sólo sofocar vacío derramado en su garganta). Nunca le dijo que no veía nada. Tenía miedo de abrir los ojos y no poder cerrarlos más. Todo ha sido estudiado ya. Debe haber libros. Libros que enseñen a usar espejos. Entrenamiento. Saber pararse. ¿Saber mirar? Saber olvidarlos. 

El silencio de Rocío describe el murmullo de la ciudad como un plano de avenidas enajenadas, diagonales con filo, y el sincero manifiesto de un sigilo que hace abrir muy grandes los ojos. (Rocío viene a matarlo). Calcula el tiempo restante para que el agua hierva y entierra el número secreto en el recuerdo del delantal azul de su madre parada frente al espejo. 

Es normal, se repite una y otra vez. La frase pierde su normalidad cuando la usa tantas veces como puertas se le ponen por delante. Hay una oclusión por cada movimiento de su pensamiento. Es normal olvidar cómo se usa algo. Olvidar el agua hirviendo. Olvidar las llaves de la puerta. Olvidar dónde guardó el silencio. Es normal olvidarse el cielo en la hornalla y permitir que las nubes lo cubran todo. Incluso el recuerdo. Es normal ser indiferente a la policía que está en la cocina, tomándole las huellas digitales al espejo. (Rocío trae el álbum de fotos familiar tatuado en la espalda. Al irse, se los llevará a todos.) 

Creí que nunca llegaría a tomar el café, pero la policía me dice que sí, que el resplandor azul en la obscuridad de la cocina se debe a la hornalla. Y que los voy a tener que acompañar. El café está demasiado caliente y se los digo. Pero la policía me dice que pueden esperar. (El espejo esperaba a Rocío. Ella sí tiene respuestas.) 

—Proceso de condensación del agua —le repetía su madre. Golpeaba la lapicera contra el cuaderno y repetía—: El calor evapora el agua, asciende a los cielos, se forman nubes, se enfría, cae en forma de lluvia. Se acerca a la ventana y mira el cielo. Las nubes que conoce de memoria forman un recuerdo triste. 

—Quizá llueva —le dice al espejo desde donde Rocío lo mira. 
—Deberías ponerte a salvo —responde ella. 
Él apoya las yemas de los dedos en el vidrio, donde está la cara de ella. 
—¿Sabés?, olvidé cómo se usa el espejo —le dice. 
—¿Para qué lo necesitás? —pregunta Rocío. 
Él retira la mano del espejo y la apoya contra su pecho. 
—Para ver a mamá —responde. Necesito contestarle la pregunta. 
—¿Qué pregunta? 
—Qué veía en el espejo cuando ella me paraba delante de él. Yo miraba, pero no veía nada. Y nunca le dije por qué. 
Se detiene un segundo a escuchar el ardor de la palma de su mano golpear contra su pecho. Y prosigue. 
—Ella era el sol. Y el sol lo cegaba todo. 

—¿Le contarías que me asesinaste? —exclama Rocío. 
La miro casi durante un minuto, en donde las nubes nuevamente son golpeadas por dos voces que pasan cerca de la ventana. Siento un dolor muy raro en un cuerpo que nunca tuve. (No volverán a crecer sus piernas, carcomidas en el ácido derrame del tiempo). Necesito sentarme. 

—¿Qué es lo que te pasa?, pregunta Rocío en voz muy baja. 
Él toma una silla, la arrima junto al espejo y se sienta. El café está tibio entre sus manos. (Revolver el murmullo constante no va a endulzar ningún silencio más). Despide, apenas, algo de vapor. (Oficia de condena transparente). 
—El ciclo del agua —responde él, mirando el café—. El sol y el calor de la desesperación evaporó todos los recuerdos hasta que las nubes lo cubrieron todo. La lucidez, ¿sabés?, no puede aterrizar así, en medio del mal tiempo. La soledad, luego, fue el frío final que provocó semejante caída de granizo. 
Hace una pausa. En el espejo, Rocío baja la mirada. Parece estar concentrada en poder respirar. 
—No quedó nada en pie, ¿entendés? El granizo acabó con todo adentro de mi cabeza. 
—Pero matarme… 
Él sonríe, por primera vez en mucho tiempo. 
—Un detalle menor. Siempre preocupada por los detalles, vos. 
—Insisto… —dice Rocío. 
Él respira hondo. Vuelve a colocar su mano rozando apenas el espejo, dejando que las yemas de los dedos acaricien la piel de Rocío como si una brisa que no existe las movieran. (Es normal olvidar el tacto, dejar que la caricia sea un vapor que asciende de cada herida). 
—Te necesitaba acá, en el espejo. Era la única manera de entender. 
En el espejo, Rocío parece empezar a decir algo pero se detiene. Me mira y creo que empieza a entender. Y poder recordar también es entender. 
—Rocío… La condensación del agua… Si en vez de granizo se hubiera formado rocío… Todos mis dolores perlados de vos… 
—Como cuando... —dice ella en un susurro. 
—Como cuando éramos chicos y vos llegabas para abrazarme y secarme las lágrimas después de que mamá me pegue. Cada vez. 
—Sequé muchas lágrimas. Muchas lluvias. Pero no pude imaginar el granizo. 
Él acaricia el pelo de Rocío en la imagen del espejo. 
Ella sonríe, sin esconder la humedad en sus ojos. 
El policía le toca el hombro y comienza a colocarle las esposas. 

Antes de irse, él mira una vez más el espejo. 
—Cuando veas algún arco iris que sobrevive en la noche, buscame en su final. Te espero ahí. Nunca más el sol. 
Y, desde el espejo, Rocío deletrea en silencio repitiendo: 
—Nunca más el sol.

sábado, 9 de febrero de 2019

El apetito de una piel suave


No conozco ni un servicio,
ahora y siempre,
que encallezca al leopardo
usurpador,
verdadera belleza sentida
que sirve con suaves pieles
a las carnes que se entierran
en colmillos parcos,
calmos,
sólo austeros con su filo
y amigos del grito último.

Buen apetito.
El servicio será por la tarde.
Luego de la lluvia.

Osadía


Se entiende por
osado
al resquicio opaco
que deja toda seda
que acaricia nuestra miel,
savia del alma por yacer,
en un rescoldo que intenta,
osado él,
acabar de una vez y
para siempre,
con la tontera esa
de andar reencarnando.

viernes, 18 de mayo de 2018

El obituario del venado


Yo nievo.
En una silenciosa luna de troncos crujidos.
Miro satisfacer al rocío. Aire de sonrisa en contorno de meditación ondulada.
Con cada curva de piel, una brasa besa el invierno.
Los huesos, dignos, significan exabruptos que inflaman el piso.
Y se entierran.

Suelo llover.
Pero la madre del venado llora. Callada.
Cocina mis órganos (donados) en un puré de solsticio nocturno.

En la luz amarilla de la cabaña, suenan aplausos que me buscan,
como el tiempo busca alucinado saber terminar.
Me apuntan. Suenan. Gritan de honor.
(Ya inundaré despertares en cuanto sueñe.
Ya derribaré cuartos menguantes en arcos de iris y córneas.)
En un aullido de sílabas opacas, reconozco el obituario del venado.
Pero la madre llora cansada, revolviendo órganos.
(Un grito, uno solo, y un venado entero ahí dentro.)
Llora en hilado fino de alucinado aderezo.

Yo espejo.
Y el suspiro barre todos los alerces del último suelo.
Miro el carbón, la brasa y el cencerro sordo.
Ultima el rocío, despacio, a la madre del venado.
(Cada gota un bisturí, poro por poro muriendo.)
El cucharón se detiene y cada órgano se desgrana.
(Una ternura de la que no volverá.)
Me miro mirarme y, en la cabaña amarilla,
falsos venados acrílicos se atragantan sádicos entre los gritos.
Y son coronados,
(ya nadie recuerda obituarios)
por los que aún aplauden,
(¿sabrán que todo espejo es ciego?)
o gritan,
o rezan,
(¿olvidándome?).

viernes, 29 de diciembre de 2017

En tres movimientos


Calixto asciende.
Embarrada, plenipotenciaria y astuta hembra de confines mágicos, aspira todas las migas del mantel más solitario del universo para desbarrancar los genes de su esfera simiente en un budín marmolado de potestad mustia, inconclusa, rayana en el espejismo lúdico de un solsticio apesadumbrado de hierbas desfiguradas. 

Calixto es transfiguración de rocío en prismas de gloria.
Aterrada, solventada y desnuda, yergue su cayado de almas devoradas en cuencos de ineludible plástico hermético, inviolable, mudo de estoicismos de frontera y desbordado de colores impíos, sólo para conocer el sueño más celeste de cada diamante que alfombra el camino al regreso. A esa vigilia la desenvaina cada vez que muere de hambre. Y la devora, vuelta enredadera de galaxias en flor, cada vez que un amanecer remoto le zurce dos o tres colores deshidratados de filosofía gentil. 

Calixto arriba al sendero de las uvas que orbitan su descanso.
Somnolienta, sempiterna y embalsamada en esfinge de bonsai sumido en rezo cuántico, sorbe en una sola mirada toda su infancia envasada en la uva deshilachada de estancos miedos dignos. La toma entre su dedos pulgar e índice y la aplasta en un estertor que corta en dos a la Vía Láctea, volviendo yogur adulto lo que fue infancia amamantada. 

Se sentará, luego, en el umbral del infinito, dejando que sus piernas cuelguen y se hamaquen sobre los remolinos del tiempo, allí donde los profetas surfean sus llantos más embelesados, y se aplicará a tejer, con los hilos que extrajo fileteando el útero de su madre, un futuro paralelo en donde Calixto cae, transfigurada de sequías, al pozo más profundo y más hastiado del vino de su cansancio.
Sonreirá sola mientras teje, mientras la historia le ondea el cabello, mientras el infinito le tiende su ternura por todo pan, toda luz y toda gloria.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Blanco


Faltan cuatro minutos para las dos de la madrugada. (Él siempre me decía que nunca eligiera números redondos, que son más creíbles los números que no coinciden con números redondos. Y, mientras hacía un gesto curvo con la mano, yo no podía dejar de imaginar manadas de números rodando por una ladera de verdades bien verdes, bien creíbles. Porque todo lo verde es creíble, así como verde está tan deletreadamente cerca de verdad). Afuera, el viento se lleva en cadencias espasmódicas muchas cosas que oscilan, vuelan o se arrastran, según cómo haya sido su historia y su origen. (Él remontaría para siempre esa redundancia de silencio sobre silencio llegando a término sin quejarse nunca de un sólo dolor. Pero yo no podía mirarlo sin imaginar que el culpable de la asfixia lenta era sencillamente el color blanco omnipresente).

    —Le dejo el barco donde siempre... Vea que hay viento esta noche... Vea...
Y un gesto mínimo tocando su gorra con dos dedos. Antonio se retira caminando por las piedras brillantes de humedad. (Él entornaba los ojos, como si de afilar las pupilas se tratase, cuando tenía por delante a Antonio. Decía que su costumbre de no terminar jamás las frases se debía a un falsedad oculta, a un esconder pasado o presente turbio). Las maderas del barco crujen quejándose del viento. Son sonidos cortos, repentinos, con resonancia fresca de camarote a obscuras. Desde mi ceguera, con mucha tranquilidad puedo pensar en ellos como en la voz perdida de la noche. (Él me tenía prohibido hablar de mi ceguera. Decía que ser ciego es vulgar, que cualquiera puede ser ciego, basta con arrancarse los ojos, por ejemplo. En cambio ver, ver pero ver de mirar y no sólo de tener los ojos abiertos, eso no es para cualquiera, decía él. Y yo siempre quise preguntarle si alguna vez se había arrancado los ojos, pero nunca se lo pregunté. Porque yo, en mis sueños, me los arranco cada vez sin que nada cambie).
    —Cuídese, Antonio, le digo alzando bastante la voz, aunque sin gritar. Y en la penumbra del sendero adivino el gesto del hombre, de espaldas, alzando apenas la mano, sin dejar de caminar algo encorvado. (Él disponía de cada colilla de cada cigarrillo en forma tal que su manera de arrojarla denotaba qué pensaba del otro. Siempre la lanzaba lejos, tomándola a presión entre sus dedos pulgar e índice, en un movimiento ya impensado, mecánico, automático. Luego, la dirección y el arco que describía era el indicador: cuanto más alto y dotado de gracia era el tiro, mayor simpatía; en cambio, un lanzamiento bajo, corto, o incluso rebotando cerca o rápido contra algún obstáculo, no era para nada una buena señal).

    —Esperando... Estoy esperando, nomás. Siempre, ¿vio? Como... como que todo eso que siempre es una gran sábana de agua que nos duerme sin querer, ¿no?, el río, bah, todo eso venga hasta mí y me lleve —y hacía un gesto ampuloso con las manos—, me levante y nademos así, sin nadar, pero con esa calma que tiene siempre el agua, porque el agua es... es calma, ¿vio?, calma siempre, por más olas que tenga o no, son como... como una bravuconada que no se le cree mucho. No... el agua es calma. Y nos lleva mansos, nos duerme, sólo hay que quedarse sentados acá y esperarla. Acá o...
    
    No es de hablar, Antonio, poco y nada. A veces ha soltado breves monólogos tropezados como ese. Me viene ahora a la memoria y no sé bien por qué. Supongo que el viento. El verlo adivinado en ese irse por la noche hastiada. El sospechar como sospecho del blanco que lo ocupa todo. (Él, creo yo, acabó por enamorarse en forma tan infantil como insana de la redundancia del silencio sobre el silencio. Y al fin, cuando el blanco omnisciente cantaba su jaque al rey sin siquiera torcer los labios, él ya sostenía en sus manos frías y nudosas algo que le sabía a eternidad: un amor que lo trascendería, un caminar de pasos cerrados en ese bosque tan silencioso como imperceptible para quien no estuviera envenenado de blanco).

    —¿Cómo era mi padre?
    Suspira, Antonio, y se acomoda inquieto en su silla blanca, con la sonrisa más apagada y triste que se puede superponer a esa hora de la noche.
    —No era un hombre fácil... No... Yo le diría que, en realidad no lo diría yo, lo que se decía siempre era... Bueno, ya se sabe cómo es la gente. Somos gente, claro. Todos. Su padre, por decirlo así, no esperaba que nada se lo llevase. No era como yo. Él se sentaba en la orilla y miraba al río como diciéndole: "algún día te voy a beber entero y todos los que caminen por el lecho seco van a recordar mi nombre". Yo le miraba los ojos, ¿sabe?, le miraba los ojos cuando él miraba. Hay que mirar a la gente cuando mira otras cosas u otras personas para enterarse de las verdades. Las verdades que se callan fácil cuando se mira de frente, se escapan como fantasmas infantiles cuando se mira creyendo no ser visto. Y este hombre, su padre... bueno...
Hago un gesto alzando una mano, alzando las cejas y sonriendo un poco, como invitando.
    —¿Bueno?
    Antonio pierde los ojos en el lecho del río. Hasta allí se han ido a caer sus miradas y su nula preocupación por mi invitación a que siga hablando. Parece que lo que está meditando es infinitamente más fuerte e importante que mis preguntas o mis esperas. O que mi persona, directamente. (Él siempre me decía que tenía que vestirme de muelle, si estaba en el muelle, y de barco, si estaba a bordo. Que lo más importante no era que nadie me mirara, si no que nadie me viera, y que ambas cosas para nada eran lo mismo. Él decía mimetizarse, marcando cada sílaba con un vaivén categórico de la mano y un brillo en los ojos).
    —Antonio, ¿qué había en su mirada?
    Quizá la pregunta directa, sin sutilezas o esperas, funcione mejor. 
    —Su padre, tiene que saberlo, no era de tomar. No... casi nunca. Él dejaba que tomaran los otros, pero el callaba bien callado su garguero y no le hacía al alcohol. Sin embargo, una noche, acá mismo, apenas unos metros más allá en el muelle, estaba un poco mosqueado por algunas ginebras que habíamos tomado juntos. Y los ojos le brillaban. Miraba el río al trasluz, como si tuviera el deber de respirarse toda el agua y regalarle el oxígeno a alguien que lo necesitase. Y los ojos le brillaban... Mientras, yo lo miraba mirar... pero ningún agua frenaba esas pupilas. Y había algo concreto en esa mirada, algo material. Así que así, como le decía, mirando mirar, fue que la conocí.
    Hace silencio. Antonio calla y se ladea la gorra como quien quisiera dormir. O salirse del presente.
    —¿Conocer?... ¿conocer a quién?
    —A su madre, claro. 
    —¿Mi madre?
   —Claro, a la mujer que el río blanco le llevó de los brazos. Nunca la había visto, jamás. Apenas sabía que había existido y más por mentas que por su padre. Él no hablaba jamás de ella. Pero bueno... claro, ella estaba en su mirada. Imposible disimular esas cosas. 
    Siento un frío violento en los brazos. Como si hubiera equivocado alguna puerta y estuviera en la vida equivocada. Antonio es el guarda del tren que mira mi boleto y me informa que ese tren no va adonde yo quiero viajar. Y afuera, todas las ventanillas vomitan noche sobre los asientos y yo tengo la seguridad de que ya nunca voy a poder bajar.
    Antonio se para, tomándose la cintura, algo encorvado, me pone una mano en el hombro y mira hacia el borde del muelle. 
    —Me voy. Este viejo tonto ya habló demasiado por hoy y se está poniendo frío. Mañana salgo apenas haya luz, déjeme la llave en la caja gris, donde siempre. El barco está listo. 
    Todas frases que se caen de mis oídos como el deshielo de una montaña transparente. Antes de que se aleje, le tomo un brazo al pasar y le digo con voz ronca:
    —Antonio... cuénteme cómo era mi madre. Y por favor no me diga que jamás la conoció porque yo sé que no puede mentirme acá, delante del río que alguna vez se lo va a llevar.
    —No... claro, no... ¿mentir?, no tengo por qué. Pero sólo tengo lo que vi aquella noche en aquella mirada y nada más. 
    —Es más de lo que tuve yo, en toda mi vida. 
    Antonio calla durante unos segundos largos y deja que mi frase sea pulida en silencio por el cariño de las maderas húmedas del muelle.
    —Su madre era una mujer blanca, con unos brazos que ondulaban en la misma calma que el agua y unos ojos del color del lecho del río, porque era ciega su madre, ¿sabe?... Pero lo más importante de todo es que ella era una mujer blanca, blanca igual que el río blanco, no de piel, de alma, digo... Era importante eso porque ella era del río y por eso volvió a él. Simple, ¿no?, muy doloroso, muy simple también. Todos, vea... todos estamos en camino a casa, a lo que sea que fuera nuestra casa, pero en camino. Todos estamos regresando. Y eso estaba en la mirada de su padre, aquella noche. Llámele embrujo del alcohol o dolor atragantado, pero esa noche su padre andaba con ganas de contar algunas cosas. Y lo hizo a su manera, en ese completo silencio con el que se vestía, pero dejándome que mire su mirada. 
    Luego de unos segundos, comprende que yo ya no voy a hablar. Me palmea apenas el hombro y se va caminando, dejando un "adiós" apenas murmurado entre sus pasos arrastrados. 

    Él siempre colgaba el sobretodo en el mismo gancho amurado a la pared, cada vez que regresaba del muelle. Luego, revisaba meticulosamente los bolsillos uno por uno sacando sus cosas personales y acomodándolas en una repisa. Odiaba que lo mire hacer eso y, entre muchas otras reglas, me tenía terminantemente prohibido tocar sus cosas. Por eso, ya de grande y entendiendo, evitaba mirarlo y solía dejarle ese rato en paz. No se me escapaba que, luego de colgar y acomodar todo, solía sacar un papel del bolsillo del sobretodo y sentarse en la cama a mirarlo. Digo mirarlo y no leerlo, porque mi padre era analfabeto, no sabía leer. Sin embargo, más allá de la intriga que me causaba ese ritual sin sentido, jamás me atreví a revisarle nada. Podía más el miedo a su enojo que mi curiosidad. 
    La noche en que finalmente murió, y en medio de un estado de shock, tan sereno como devastado, lo primero que hice, aun entendiendo lo tonto de mi acto, fue ir a revisarle los bolsillos del sobretodo en busca de ese papel que noche tras noche le había visto mirar absorto sentado en la cama. Lo encontré fácil, rápido, obviamente no había tantos bolsillos. Lo tomé como si fuera un objeto sagrado y me senté en la cama, casi en el mismo lugar en donde se sentaba mi padre. Lo abrí, lo miré y lo revisé detalladamente por ambas caras. Era un papel en blanco. Completamente en blanco. 
    Hoy, luego de tanto tiempo y luego de las palabras de Antonio, entendí ese papel, entendí a mi padre y entendí qué mujer era mi madre. Entendí que la única carta de amor que una mujer blanca de río podía dejarle a su pareja analfabeta era precisamente un papel en blanco. Entendí que la redundancia de silencio sobre silencio de mi padre, encontraba cada noche, en ese papel en blanco, todas las palabras que él precisaba de su amor. 
    Y entendí, finalmente, que ahora tenía el pasaje correcto en la mano para mi regreso a casa.


viernes, 8 de diciembre de 2017

Siempre se van en un auto

Cierran la puerta, la última, y nace un mundo distinto adentro. Es un mundo que se separa del que habitamos los que estamos mirando. Cierran la puerta y ahí está ese planeta que nació, con una atmósfera de vidrios oscuros y formas difuminadas que se adivinan a través de cielos reflejados. No arrancan enseguida. Hay un lapso mínimo en el que ocurren cosas adentro del auto. Cosas que no sabemos. Cabezas que giran. Alguna conversación de frases rápidas y gestos mínimos de manos. Se señala hacia adelante, hacia los vidrios y atmósferas que los rodean. Desde afuera el sentimiento es el mismo que ante un planeta nuevo. Interrogantes. Habitantes. Y sabemos que acaban yéndose. Siempre. Luego de ese lapso de nada o de actos ciegos al exterior, el auto se mueve, frena apenas como una gentileza de un mundo nuevo ante un universo viejo, y luego sí, ya sale a la nueva vida de mundo nacido. Y se lleva a sus habitantes consigo. Y los que miramos somos invadidos por el desasosiego y la desolación de saber que jamás volveremos a verlos. Como en una visita de mundos, de planetas que se acercan y se orbitan para luego desanudarse y saltar a saborear el vacío obscuro. Jamás. Jamás volveremos a ver a los mismos seres. Cuando bajen del auto serán otros, serán los anodinos y obtusos que ignorábamos y evitábamos antes de su experiencia estelar. 

    El auto sabe. Todos los autos lo saben. Callan, con ese brillo de silencio color gris, o celeste o rojo deportivo y rapaz. Callan y mantienen sus faros indiferentes, como jugadores de póquer sentados a la mesa en la que se disputa cada universo, cada noche. Saben y callan, fingiendo interés sólo por la presión de los neumáticos, por el estado de la batería, por la nafta. Saben que son mundos portátiles y descartables. Uno nuevo cada viaje. Uno más, con cada puerta cerrada. Uno, con cada ser que se va. 

    El hombre baja la ventanilla y el viento lo invade. Lo levanta del asiento. Lo estrella contra el techo del auto y, rebotando caóticamente, lo expulsa. El hombre remonta el cielo, sintiendo una opresión letal en sus pulmones. Muere, en un parpadeo tenue, en una canción salada que se le pegotea en los labios, y se invita a mirar con calma el delineado de la ruta allá abajo, por donde ahora transita el auto solitario, acéfalo de volante o manos directoras. Él se recuesta cansado en una corriente de aire tibio. Su saco flamea en la tarde soleada. Cierra los ojos y la agenda de su mente le indica etiquetas de prioridades. Allí, girando no muy lejos de ciertas nubes, toma su celular y marca el número de su esposa. Tendrá que ir a buscar al auto. No, él ya no puede. Sí, está estrellado contra un árbol a la vera de la ruta. No, él no estaba en el auto. Sí, sí, se había bajado antes. No, no está vivo. Nunca más. Y sí, claro, la ama. 

    Cierran la puerta y ambas dimensiones se desgarran. El que mira, fuera, y el que ya no mira, dentro. Aceleran y los mundos se derriten un poco, se solapan. El rumor del motor es el mantra adormilado de las dimensiones que fingen estoicismo pero copulan en transversal optimismo de amistad planetaria. Quieren ser una. Quieren parir un espejo retrovisor que las muestre en el asiento trasero sonriendo y cantando rumbo a su destino. Pero el optimismo se lacera con cada cierre de puerta, con cada traba automática, con cada vidrio levantado. Nunca bajan los mismos. Suben seres de un color y bajan arco iris de espectro estropeado, con infrarrojos desenfocados y similitudes apenas abocetadas en clave antropomorfa. Pero sólo los autos lo saben. Y callan. Cierran sus puertas y arrancan, con una astilla de húmeda culpa clavada entre sus bujías. 

    El hombre frena en el semáforo. Se mira las manos en el volante. Se mira las uñas. Extiende los dedos y vuelve a cerrar el puño. Delante de su auto, el universo se pliega con un chirrido agudo de galaxias en agonía. Antes de que el semáforo se ponga en verde, todo se pone en negro, en vacío y en la nada. El murmullo del aire acondicionado le dice que es su última oportunidad de respirar, que si lo apagara ya no le quedaría más que nadar, con largas brazadas, a través de la nafta de su tanque hasta llegar al más allá. Más allá del parabrisas, el universo plegado acaba de triturar las últimas estrellas y cae, amorfo y blando, hacia la laguna efervescente del botiquín de Dios, que lo mira serio. El brazo izquierdo se le desprende y activa, sin querer, el guiño. La luz naranja y parpadeante en el tablero le hilvana los ojos a su recuerdo. Busca el celular en el saco con su mano derecha y llama a la esposa. Tendrá que venir a buscar al universo justo abajo de su auto. No, él no lo atropelló, él respetó el semáforo pero todo fue inútil. Sí, que llame también a su abogado. No, no para él, porque él ya no está, para el auto. Sí, todavía respira pero sólo hasta que se apague al aire acondicionado. Y sí, claro, está llorando.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Si la tarde olvida el cielo


Tengo una palabra sola

en cada una de las dos
manos.
Tres veces repetida por cada dedo
al acariciar por cuarta vez hoy
los cinco sentidos de mis seis cegueras.
Tengo sólo la palabra
hemeroteca,
asida entre los pliegues de la palma,
como si la última pluma 
del primer recuerdo 
del eterno abismo
cayera en una violenta arpa,
cayera en una gastada gracia,
cayera y cayera por vez tercera
hasta cerrar en frío mis párpados
y acunar pupilas de gasa tibia
con la visión caliente del cielo dado.
Tengo apenas la palabra
hemeroteca,
como si el amor eterno a la memoria
olvidara el sadismo en continuado
del recorrido por toda noticia,
por toda letra y número, todo consuelo,
todo aviso y todo recuerdo,
diario, edición y tinta en ciernes,
calando con bestial draga en mi quicio.

Queda sólo la palabra

obituario,
sonriendo gris desde la cerrada
hemeroteca,
llevando mi nombre en alto
y agitando la última tenue pluma
contra mis seis cegueras.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Si la tarde equivoca el cielo


Podría ahorcar el símbolo.
Destapando cada rosa y cada oliva
y cada marino en un cada tanto.
Simbolizar el vuelco,
triturando el abrigo del asiento
en voz padre.
Simbolizar el trueno de roja fragancia,
en cada perla de parpadeo 
zurcido a esta brisa.

Podría mostrar el ínfimo
festejo mortal de cada fiebre salmón,
de cada camisa de ocre repatriado,
de cada hostia en hueso de borrador.
Podría simbolizar
cada podría de cada símbolo
y terminar mirando de cara al sol,
de sonrisa a cada estrella,
de llanto a cada ahogo
y, de tanto en tanto,
cerrar por un instante la puerta,
dejándome caer,
en la noche.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Si la tarde no encuentra el cielo


Continuando con la vespertina maldad
osada
dormite que desolada 
va
salitre
en voz manifiesta de descarne y deidad
sabemos cómo es por lo bajo
sabemos dónde, cuándo y qué tajo
ya no perder, ya no asir ni ver 
cocer
en cada meseta de cada oído
ya no caer en lo alto de la gregaria
luz
- puerta -
hilado del embebido pestañeo
dejado a la caridad siempre matutina
- siempre -
continuada
en una maldad por escalón
y en una osadía por toda
baranda

miércoles, 1 de noviembre de 2017

viernes, 16 de junio de 2017

A Maca


—Están hablando de Macarena —dijo Ezequiel. 
Se le cayó el durazno que estaba pelando. Lo miró estrellado contra el piso y supo que el murmullo de la televisión era una pesadilla que comenzaba. Lo supo aún antes de agacharse a recoger el durazno. 
Ezequiel, con los ojos agrandados, lo miraba señalando con un dedo rígido la pantalla del televisor. Una foto, familiar, ocupaba la pantalla, con una banda roja con letras blancas, por debajo de la foto. El durazno resbalaba ahora entre sus manos, igual que las letras blancas que no alcanzaba a descifrar. No había caso, no se ordenaban. Apenas si se animaba a adivinar un “Hallan” pero no había caso con las otras letras. 
Ezequiel se tapaba la cara con las manos. Eso no ayudaba mucho. La foto era tan familiar que el televisor parecía un mueble alojando un portarretrato. Conocido. Rutinario. Ausente. 
Por segunda vez el durazno fue al piso cuando su hijo Ezequiel lo agarró de los brazos. Gritaba. Temblaba. Decía cosas. Otras letras se iban ordenando en la banda roja de la pantalla. “Desaparecida”. Y la foto. Algo tan raro. Tan familiar. 

* * * 

—“Ha… ma… ca” —le pareció escuchar. 
El bracito de los tres años de Milena se estiró señalando la otra punta de la plaza. Él lo miró, siguiendo el recorrido del dedo índice hasta los juegos. 
—¿Hamaca? —le preguntó a su hija, y ella lo miró extrañada. Seria. Extrañamente seria para estar pidiendo un juego. 
La alzó a upa y la llevó hasta la hamaca naranja. La sentó. Milena lo miró otra vez seria, como si su padre no la entendiera. Él comenzó a hamacarla. Estaba anocheciendo y se ponía frío. Tendría que llamar a su otra hija, que jugaba algo más apartada, y regresar los tres a casa. Hamacaría un ratito a Milena. 
En la otra punta de la plaza, un auto arrancaba dejando el grito de sus neumáticos por detrás. Algo se le enredó a Milena en su columna vertebral, algo frío y espeso que no la abandonaría nunca más.
Luego de un rato se dio vuelta y miró a su papá para que ya no la hamacara más.

lunes, 7 de marzo de 2016

Cisne


Aun dormido, siento la presencia a mi lado. Sin abrir los ojos ni tener conciencia del todo, sé que hay alguien al costado de mi cama. Abro los ojos para verla, porque es obvio que es ella. La expresión de Ruth, la Azul, no me deja margen para dudar. Algo está mal.
—Tenés que venir. Dice que se va a ir. Que se va a ir a morir.

Esta Ruth, a la que yo llamo la Azul por su eterno pulóver azul de cuello muy alto, lleva el pelo corto, casi en coherencia con un ánimo que no admite solturas. Su rostro es duro, marcado, de ojos grandes, negros y tristes, salpicado de compasión. No puedo decir que sea linda, pero me hace muy bien sostener miradas con ella. En medio de lo difícil que es intentar cuidar a su desdoblada, Ruth, la Blanca, ese contacto visual que solemos tener, tiene el efecto de un abrazo.

Me siento en la cama, aún somnoliento. Nos miramos. Ella tiene sus manos apoyadas sobre las ruedas de su silla, como lista para rodar apenas yo acabe de levantarme.
—¿Hay que hacer algo?
Ruth, la Azul, me mira casi ensayando una sonrisa.
—Ha estado dando discursos sobre el amor hasta caer desmayada en un pasillo. La llevaron a su cuarto y despertó pidiendo verte. Verte para que le aclares algo antes de irse a morir.
La escucho y me doy cuenta, casi por primera vez, de que nadie acá está preparado para que Ruth, la Blanca, simplemente se muera. O se vaya. O preparado para entender la diferencia entre ambas cosas, si es que finalmente la hay.

Esa especie de apellido, la Blanca, se lo da el andar vestida siempre con un camisón de ese color, y sólo eso. En este Asilo de Desdoblados es común que todos estén casi siempre vestidos igual. Identificaciones sencillas, nombres y colores. Cada persona compuesta por dos, desdoblada en dos. Cada caso, un abismo propio con una especie de ángel como red. Ruth, la Blanca, es el abismo. La Azul, la red.

Y no siempre se muere a la par acá. Mi desdoblado, por ejemplo, cayó hace años dejándome solo. Por eso hoy me siento como una tercera parte de Ruth, como una red de la red cada vez más perdida en un cansancio de niebla. De alguna manera, Ruth, la Blanca, es algo tan intenso, tan devastador contra sí mismo, que necesita más de una red. Pero jamás pude adivinar si se alegra de tenernos. O si simplemente se alegra, alguna vez.

Ella oficia, a veces, de oráculo. O de lo que ella entiende que es un oráculo. Nunca sé qué placer siente en hacerlo, si es placer, pero en ocasiones necesita decir cosas que, según ella, responden al futuro, como si una mano pálida limpiara desprolijamente un vidrio empañado. Mira largo rato a los ojos de la persona, incluso cambiando el ángulo de la mirada, inclinando la cabeza a veces, como los perros cuando escuchan un sonido raro. Luego se corta un mechón de pelo, lo coloca dentro de un tazón y lo prende fuego. En los instantes que dura el crepitar que acompaña al olor desagradable, ella acerca la cara como si fuera a leer.
Una tarde, conmigo delante, se quedó callada e inmóvil un largo rato, luego de que el pelo se hubiese consumido. Y, al fin, habló.

Es una laguna cobijada por las alas de un cisne gris. El cisne planea tapando el sol y las alas arrancan palabras que parecen nadar en cada roce con el agua. Prismas sin sol no lanzan colores. El cisne está cansado y el agua ya no se puede tomar. Queda el sol olvidado, que no sabe resolver crucigramas, con todas las palabras enredadas en sus rayos. El cisne gris te mira. Necesita morir su respiro de agua entre tu sueño.

A pesar de que sólo había mosaico frío bajo nuestras piernas, yo recibí ese aleteo húmedo sonriendo triste en mi espalda. Cómplice de los ojos cerrados de Ruth, la Blanca. ¿Qué hacer con un cisne teniendo sólo mosaico por toda ofrenda de naturaleza? Imaginé una culpa tan grande como ese sol que las palabras de ella habían dibujado (había alargado exageradamente la vocal al decir “sol” luego de “prismas”, de una forma infantil que me hacía amarla sordamente, pero apenas unos contados segundos, como un flash, como la vida de un fósforo equivocado). Uno siempre siente culpa frente a Ruth, y ella se aplica en borrar todo vestigio de disculpa o de evidencia. Entonces uno siente culpa e ignorancia. Uno siente ganas de asesinarla, o de causarle un horroroso daño, sólo para encontrarle un motivo a la culpa que entorpece el propio enloquecer. Es más fácil ser culpable de un porqué. Pero ella es un hada maestra en entregar sus penas envueltas para un regalo que va presagiando continuamente cumpleaños propios, nuestros, aniversarios de penas vividas, amargos presentes que envuelven un pasado despintado, “una caja de crayones rotos”, dice y se ríe, con todos esos dientes blancos que parecen un cortejo olvidado en el Polo Norte. Una caja de crayones rotos. Suele usar esta frase para describir su infancia, y yo no puedo escucharla sin sentir inmediatamente el típico olor grasoso de los crayones, sin evitar asimilar esos colores a la sangre suelta, a la sangre fuera del cuerpo, liberada de las venas, a la sangre de Ruth vaciando su vida infante e inundando el mundo, crayones rotos, venas rotas, colores dispersos, sangre suelta, como vendida al peso, o por litro, o por pura pena sin medida. Y entonces levantarían vuelo sus discursos acerca del amor. Como si un artesano se quitara un chaleco bordado de esquizofrenia y detallara minuciosamente todos y cada uno de los hilos que lo componen. Colores, texturas, grosor, figuras, cariños huérfanos, botones malheridos y el brillo, siempre el brillo presente de algún sol que se atragantó al borde de una plaza con juegos despintados, sin nadie que la hamaque, sin agua gris en los bebederos oxidados. El amor y sus inobjetables daños colaterales. El amor y sus filos quirúrgicos de sombras en recuerdo. El amor y los murmullos asfixiados de cada latido en derredor. Y la gente del Asilo que escucha en silencio, con los ojos siempre cerrados y las manos entrecruzadas a manera de plegaria.

Es más fácil ser culpable de un porqué que ser el dueño de un puñal en pecho ajeno, ciego a su filo y sordo de su vaina. Y Ruth hace de los puñales un maravilloso mazo de naipes para construir el azar de una realidad que no se ancla jamás en ninguna cotidianeidad. Para eso está Ruth, la Azul. Para eso su silla de ruedas (jamás le pregunté por sus piernas), para eso su pulóver con cuello alto (jamás le pregunté qué oculta), su mirada de grandes ojos negros que vacían el espanto como una aspiradora, tan aplicada como desgarrada. Para eso, Ruth, la Azul, las manos que limpian lágrimas o vómitos, que ajustan un torniquete en el brazo mientras sus labios apretados parecen medir el exacto detenerse a tiempo de la sangre.
Cuando la miro en silencio, en esos silencios tan marrones de nuestro Asilo, llego muy fácil a la conclusión de que su cabeza es apenas una piedra tallada con un dejo de belleza femenina, de gracia caída por mera lástima. Y luego siento culpa por mi crueldad. Junto a Ruth siempre hay culpa, como un infinito desorden de sábanas insensatas rodeando una cama triste por y para siempre.

Pero sin ella, yo ya no estaría. Ese cisne aletargado de aquella tarde de oráculo y mosaicos fríos, ya hubiese doblado la curva del sol y estaría mucho más desinteresado de mi carne que yo mismo. O que mi madre misma, si acaso me hubiese parido a la antigua usanza, en vez de agitar ofertas en la mesa de saldos de clones por puro aburrimiento. No es fácil preocuparse por la propia carne cuando se nace de una fotocopia. Yo se lo había dicho en una noche de navidad a mi madre, pero ella sólo miró el reloj y me dijo que ni a Cristo dejaba yo nacer en paz. Mi padre rezaba, con el vello de su nuca erizado, pero por el fin del mundo, esa cosa quimérica que nunca terminaba de llegar. Lo recalco, yo, sin la Ruth Azul ya no estaría. Y hacía ya un largo tiempo que eso me había llevado a pensar en que los desdoblados no somos sólo un juego de redes, sino que todo es mucho más complejo. Como si Ruth, la Azul, y yo fuéramos la red de Ruth, la Blanca, pero a su vez la Azul fuera mi red y así consecutivamente vaya a saber hasta qué horizontes de complejidad. La gente que atiende en este lugar debe tenerlo más claro. O no. O quizá sólo dejan que todo ocurra y que todo siga su curso, sea el que fuere. A ellos les dicen los Serios y no tienen otro nombre porque no usan colores, o usan uno sólo, el blanco. Algunos los respetan y otros no, porque los Serios no tienen desdoblados, son solos. Sólo tienen su seriedad. Y los que no los respetan piensan que si no tienen a alguien que sea su red, o su abismo, no pueden entender nada. Pero yo creo que ellos saben, y que su seriedad es porque lo que saben es demasiado triste. Alguna vez se lo dije a Ruth, la Azul, en una madrugada de insomnio, mientras la Blanca volaba en fiebre y cantaba imitando a los delfines, y ella sólo me miró en silencio y sus ojos se pusieron mucho más brillantes que lo que nunca le había visto.

—¿Qué cosa le puedo aclarar yo a ella?
La palabra “claro”, la claridad, era un concepto utópico entre nosotros. Una iluminación que se acaba odiando a fuerza de desearla en vano.
—Es obvio que sólo te lo va a decir ella.
—Ruth, si tengo que pasar por esto, que se haga tu voluntad y no la mía.
Una antigua fórmula. Un rezo, supongo. Un algo escrito en alguna piedra enterrada debajo del océano. Y el cisne vuela cada vez más cerca del agua. Y del sol. Y de la penumbra encerrada entre mis dientes.
—Si tuviera voluntad, ya hace rato que te la hubiese regalado. Junto a mi destino. Envueltos en los músculos desnudos de mis brazos, los que mueven esta silla de ruedas.
—Le hubiera faltado un moño.
—El calor de mis ojos, contestó rápido.
—Casi que lo tenías todo pensado.
—Claro. Pero ya lo ves, nunca tuve voluntad.
—Es por eso que…
—Es por eso que Ruth, la Azul, está donde tiene que estar. Levantando, ayudando, recogiendo, limpiando, curando, cosiendo, cicatrizando, secando, escuchando. Callando.
Una antigua fórmula. Un rezo de desesperación rasada. Un algo escrito sobre la seda caliente del alma que aprendió a olvidar todo lo que le tatuaron.

Conduzco la silla de ruedas por el pasillo.
—¿Qué vas a hacer cuando ella se vaya?
Es una pregunta al oído, con los bordes de mis labios rozando el cuello de su pulóver azul.
—Ella no se va a ir nunca.
Es una respuesta al horizonte, como una piedra formando anillos en la calma desdichada de un lago artificial. Una mañana cualquiera. Mientras los pescadores miran.
—Eso es imposible.
Se lo digo bajando la velocidad con la que rodamos por el pasillo. No quiero llegar. No quiero verla. No quiero tocarla ni escucharla. Ni dejarla.
—Entonces decime qué es lo posible.
Y estamos ante la puerta del cuarto. La única respuesta. No puedo evitar pensar, con mi estupidez tan habitual como supina, en el tercero, el segundo y el primero. Y tampoco evito, esto ya a conciencia, pensar en que el primero debía de tener una respuesta clara, pero ya dije lo que la claridad provoca en nuestros ánimos.
Parados frente a la puerta del cuarto. Respuestas no hay. El tercero y el segundo habrían huido en algún amanecer de raro sol (cada vez era más extraño ver el sol, o eso que iba quedando a manera de sol) por las ventanas de la indiferencia general, de las miradas agachadas a fuerza de párpados de humillado cansancio muscular. Y el primero, sonreiría con esa inercia insensata que alberga todo dueño de una propiedad privada única.
—Incunable, dice Ruth, la Azul, sentada rígida en su silla frente a la puerta del cuarto.
—¿Qué?
—Incunable es la palabra que le falta a tu pensamiento. Una propiedad privada única e incunable.
A veces olvido la molesta capacidad de ella de leerme el pensamiento, pero de todas maneras es algo que casi nunca usa, o que sabe disimular muy bien. Jamás hace uso de esos datos, no al menos de manera evidente. Y esto me lleva a entender que mis pensamientos carecen totalmente de importancia para ella. Eso y la degradación de mi autoestima, es casi lo mismo. Pero de todas maneras ya no tiene mucho sentido esa preocupación de mi parte. Estar frente a ella es como pararme frente a un órgano propio, como sentarme al lado de mi hígado. Nada que simular.
Luego habla sin quitar la vista de la puerta cerrada. Ni mover la cabeza. Sólo su boca.
—El primero fue tu desdoblado, ya ido. El segundo sos vos. La tercera habita esta silla de ruedas. Y el cuarto es eso que tiene esa puerta por rostro.
Entonces pienso en que el juego de palabras ya patina demasiado en un hielo quebradizo. Que está bien que todo sea hielo en este instante. Que si Ruth, la Blanca, se está por ir, necesariamente todo debe helarse y entonces es lógico que un tonto juego de palabras patine por todos los pasillos del Asilo y acabe en nuestras bocas como una construcción tan sólida que causa espanto. El falso espanto de lo cierto. Pero la voz de ella es tan seria, tan de cera tallada en sílabas cobrizas y acentos como cuerdas afiladas, que no puedo más que creer.
—Como si la verdad tuviera algún valor, murmura Ruth, la Azul, tomando nuevamente el eco de mí pensar.
La puerta del cuarto se abre. Somos tres los sorprendidos, pero sólo una logra sonreír. Ruth, la Blanca, nos mira desde sus dientes, con las encías como el telón que aguarda el último acto para descansar.
—Lo siento, pero no se puede estacionar acá. En mi calle, los árboles trocan en grúas por las noches y levantan a todas las almas sencillas que, como enredaderas, se quedan a esperar el sol de las siete. Me he asomado más una madrugada por la hendija cómplice de la puerta y ni una sola queda. Todas son conducidas a remolque hasta el Depósito General de Incredulidades, en donde deben pagar la multa de su esperanza para que les liberen un poco, sólo un poco, de su aleteo magro y crepuscular. Y regresan. Yo sé que regresan. Pero cada vez un poco más olvidadas de sí mismas, más convencidas de ser otras, más deformes sus caras y más endurecidos sus ruegos, hasta que alguna noche sin luna (los árboles no trabajan sin luna que los convierta), logran atravesar la trama oscura y ver por fin el sol, pero ya para ese entonces no recuerdan quiénes son y reencarnan en cualquier cosa, un sillón, un albatros, un misil rojo, un carpintero, un jabón de glicerina… He visto cada cosa... Entonces pasen, entren, por favor.
—Nadie va a reencarnar hoy, no hay sol por buscar, no hay sol, en verdad, dice Ruth, la Azul, y yo entiendo que es el típico mensaje de una red que pretende ir conteniendo a un abismo que se asoma demasiado. Es obvio que no está en sus planes dejar ir o dejar morir a la Blanca, y es también así de obvio que no puede hacer nada al respecto. Ni tampoco entender esto último. Yo muchas veces pude ver que algunas cosas funcionan a la perfección simplemente porque alguna de sus partes ignora por completo que jamás podrá hacer lo que se propone. Pero nunca se lo dije a Ruth, la Azul; luego del brillo en los ojos de aquella vez, el miedo me pudo más. Y mucho menos a la Blanca, porque luego de escuchar que el cisne está cansado y el agua ya no se puede tomar, habría sido demasiado cruel.

Entramos en el cuarto. Sólo hay una cama absolutamente desierta. Imagino que el resto de las cosas deben estar en el primero, el segundo o el tercero. Esto debería preguntárselo a alguno de los Serios, pero ocurre que cada vez tengo menos ganas de hablar con ellos. Y a ellos parece pasarle lo mismo conmigo, me doy cuenta aunque no me lo digan. Ruth, la Blanca, se para de espaldas a nosotros bien en el medio del cuarto. Yo noto que hay una marca en el piso, hecha con pintura azul, y ella se cuida de pararse muy exactamente sobre la marca. Durante un largo rato los tres nos quedamos en silencio. Lo único animado ahí dentro es la tela del camisón blanco de Ruth, que ondea muy sutilmente sin que yo sepa porqué. Alguna corriente de aire. Alguna de sus extremidades rezando alguna ceguera. O han de ser todas las palabras enredadas en sus rayos. Sé que Ruth, la Azul, quiere hablar. Que necesita hablar, en realidad. O hablarse. Pero el hecho de que la Blanca me haya llamado específicamente a mí, le deja muda de reacción toda la voluntad ficticia que a lo largo del tiempo supo construir. En parte me da pena su silencio y me da ganas de acariciarla, pero esa es otra de las cosas que he olvidado con los años. Y no, no creo que los Serios sepan enseñar eso. Nunca los vi acariciar a nadie. Ni pedirlo. Y el oráculo dijo que el cisne planea, pero no acaricia el agua.

A esta hora me doy cuenta de que ni siquiera sé si es de noche. En este Asilo no hay ventanas que informen nada y una vez escuché decir a uno de los Serios que las ventanas sólo causan desesperación. La única que se atreve a imaginar negruras y soles es Ruth, la Blanca. En sus discursos, ese reloj marcó muchas veces el compás de la admiración en muchas caras, la sola idea de la ubicación del tiempo que atraviesa únicamente un universo de palabras. Ella sola se anima a decir qué es o qué no es, más allá de lo que no se llega a imaginar. Yo me callé siempre y supe que mi ser red, en esas circunstancias, pasaba por alentar el devenir de las cronologías que salían de su boca. Y me pregunté, tantas veces como pude, si valía la pena saber el estado de salud de ese reloj. Pero nunca me contesté.
A esta hora me doy cuenta de que no estoy preparado para aclararle nada. Que debía haber pensado en algo, al menos tener preparado algo, un saber, una certeza, una definición que la hiciera suspirar y entrecerrar los ojos, como cuando me aceptaba calmar la aguas para que las palabras naden en cada roce con el agua, por más que ambos supiéramos que todo no era más que una mutua conveniencia.

Ruth, la Azul, está en mi cabeza, pero no pretende escuchar mi pensamiento. Se pasea incómoda como quien pregunta qué cosa se supone que vamos a hacer. Y mi pensamiento, que es apenas como una fogata solitaria en una playa sin gente que le saque fotos, la mira caminar por dentro enmudecido, endurecido en su turbio mecanismo de relojería manchado de pasado. Sé que esto la enfurecería, si acaso ella pudiera tener tal sentimiento, pero sólo atina a refugiarse en la textura de su abrigo azul, que es algo similar a una metáfora de la impotencia, con su alto cuello, que es la metáfora de la asfixia que causa esa impotencia.
La mano derecha de Ruth, la Blanca, interrumpe todo esto haciendo un gesto. De espaldas, sin mirarnos, esa mano indica que me acerque. En la quietud del cuarto, es un pájaro demostrando cómo volar sin aire. Con mi mirada fija en los bordes del camisón que ahora no flamea, doy los pasos necesarios para colocarme frente a ella. El pájaro cesa el vuelo y la mano vuelve a caer sin aire al costado del cuerpo. Ella tiene los ojos cerrados. Miro, por detrás de su hombro, a Ruth, la Azul, que me mira a su vez, desde su silla, desde su abismo que se va poniendo pálido. En esta circunstancia, no puede entrar en mi cabeza. Con la Blanca en medio de nosotros no puede. Nunca supe por qué, pero la presencia física de ella en el medio se lo impide. La Azul lo sabe, y sus manos aprietan las ruedas de su silla hasta clavar las uñas en la goma.  A diferencia de su preocupación, mi ánimo está tranquilo. Aun en mi ignorancia y en mi falta de preparación para esta noche, respiro a un ritmo unísono con el aire inmóvil del cuarto.
—Hay, en el fondo de mis ojos, dos personas. Un hombre y una mujer. Están en un lugar oscuro que sólo tiene iluminación por detrás, como si fuera un pasillo que da al exterior. No se ven sus caras pero no me hace falta. Yo sé quiénes son. La mujer está sentada, pero ella no me interesa. Todo el hilo que mi vida necesitó ya fue tejido. El hombre está de pie, a su lado. Él es el que me interesa.
—¿Vas a abrir los ojos?
Mi pregunta recibe un tramo de vacío. Escucho a mi corazón latir un par de veces mientras la mujer que tengo parada enfrente acaricia el silencio con encanto.
—Claro. Voy a abrir los ojos, pero será la última vez.
Percibo nítidamente el ruido de la silla de ruedas al moverse, pero al instante la mirada fría y dura de Ruth, la Azul, me convence de que no ha tocado su ánimo en absoluto, de que resiste en el lugar. Y de que el ruido sólo ocurrió dentro de mi mente.
Al volver la vista a Ruth, la Blanca, sus inmensos ojos abiertos casi me tiran hacia atrás. Sin que entienda nada, con sólo un par de líneas de instrucciones que ahora mismo no recuerdo del todo, siento tan claramente como los mosaicos de aquella tarde, que el cisne gris te mira. Aunque, me interesa aclararlo, su mirada no está puesta en mí.
—No puedo cerrar los ojos, porque prismas sin sol no lanzan colores. Y la imagen que me interesa es sepia. Y el hombre parado dentro de mis ojos viste la oscuridad, el traje típico de mi ignorancia. Ahora… por lo que más quieras… y porque me va la vida en esto… por favor, necesito que mires adentro de mis ojos y me digas si el hombre parado tiene los brazos cruzados.
Yo me acerco lo más que puedo a su cara y, con mis ojos tocando sus pestañas, miro lo que no entiendo que pueda llegar a ver. Pero sí. Es verdad. En la negrura más honda y absoluta de sus pupilas hay una imagen. Tal cual la había descripto, una especie de pasillo oscuro, iluminado tenuemente por detrás, como si diera al exterior, con dos personas. Una sentada, con aspecto de mujer, y una de pie. Un hombre.
Noto su respiración cada vez más agitada y su cuerpo como si contuviese un temblor que la aletea en el abismo. La concentración inmensa en la que me abstraen sus pupilas casi no me deja sentir que Ruth, la Azul, se ha movido de su lugar, ha rodado con su silla hasta colocarse lentamente de costado, para poder eludir la interferencia con mi mente. Y desde allí me grita con un pensamiento de desesperación ronca dentro de mi cabeza:
—Si alguna vez apreciaste su vida, ni se te ocurra decirle la verdad.
No puedo verla, no puedo mirarla directamente sin sacar los ojos de las pupilas de Ruth, la Blanca, pero no me hace falta eso para ver que se le caen las lágrimas de los ojos y que mojan, como gestos en el vacío, su pulóver azul.
—Contestame, por favor. Queda el sol olvidado y mis párpados se hunden danzando junto al cisne. Contestame.
En mi mente busco una respuesta que no sea la verdad, la que estoy viendo en sus pupilas, que no sea la que desgarra a Ruth, la Azul, pero que, a su vez, sea la respuesta. Y acuden los mosaicos fríos de aquella tarde. Su última frase y su idea.
—El hombre está parado, al lado de la mujer que está sentada. Pero no. No tiene los brazos cruzados.
Un tenue movimiento en sus brazos me da la idea de que esto la ha desconcertado.
—¿Y qué está haciendo?
Ahora son mías las lágrimas que se van cayendo de a poco.
—Ruth… el hombre está soñando.
Necesito mirarla y me separo de sus pupilas. Unos centímetros. Lo bastante como para verla sonreír tan inmensamente como nunca la había visto. Sonríe con todo su cuerpo, enarbolándose de velas que trocan su camisón blanco en viento de nieve. Se agita. Se abraza. Se rodea con sus brazos y se contornea hacia el suelo, ovillándose en un remolino blanco que semeja una ola rompiendo en la costa.
Me agacho para mirarla, pero su cabeza se entierra entre sus rodillas. Sólo escucho su última frase, clara y cristalina, ineludible en su tono supremo de felicidad:
—Necesito morir mi respiro de agua entre su sueño.
Apenas logro pensar en la frase, llevármela en sentido y significado hasta la tarde aquella de mosaicos fríos, cuando miro en derredor y el lago salvaje de sangre se agiganta debajo del blanco del camisón. Una caja de crayones rotos. El cisne gris se ha detenido en mi espalda, húmedos también sus ojos y silenciado su vuelo. Y los dos nos quedamos contemplando el agua que ya no se puede tomar.

Algunas horas después, estamos fuera del cuarto, en el pasillo, con Ruth, la Azul. Los Serios están adentro haciendo las cosas que ellos hacen cada vez que alguien se va. Se mueven, caminan, limpian, preguntan, miran, anotan, hablan seriamente entre ellos.
Yo necesito decirle algo a Ruth, la Azul, algo que creo que ella sabe.
—Ruth, el hombre parado en sus pupilas… tenía los brazos cruzados.
Ella lleva un par de horas con las lágrimas vueltas roca adentro de sus ojos. Y su rostro contenido en un gesto de final perpetuo.
—Lo sé. Y también sé que la mujer sentada, por si no llegaste a verlo, estaba sentada en una silla de ruedas.
El último de los Serios sale del cuarto y cierra la puerta con llave. Nos mira unos segundos en silencio y se aleja caminando por el pasillo.
Ruth, la Azul, toma las ruedas de su silla como para marcharse, pero se detiene un instante pensando. Y luego me habla, mirándome con un brillo seco que me arruga el aire del pecho.
—Por las dudas, si alguno de los Serios te llega a comentar algo acerca de la muerte de tu hija, no les hagas caso. A ellos les gusta mucho inventar historias.
Ruth, la Azul, se marcha rodando sola por el pasillo.
Yo me siento en el piso y me abrazo a mis rodillas.
Queda el sol olvidado, que no sabe resolver crucigramas, con todas las palabras enredadas en sus rayos.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Ciervos serenos


Vivía al borde de un nacimiento perpetuo.
Nunca luz bizarra, nunca ceguera transparente.
Sólo olfato nadando
grato y yuxtapuesto
en la llanura del sueño menos salvaje.
Y el olvido.

Sugería la receta y firmaba la pared
con el graffiti sonriente y desalmado.
(Abierto al público, cerrado al cielo cierto.)
Y la mentira.

Nunca lo decía, nunca.
Siempre lo negro y la voz del cuello
engarzada en las espinas.
El ombú sueña espinas,
se murmuraba entre dientes
de león.

El corral se enllamaba
cuando dos ciervos apagaron
la luz.

lunes, 12 de octubre de 2015

Que así sea


¿Cuántos han muerto equivocados?
Insistidos en su alma trompo.
Concéntrico juego de espejos
que estalla noche tras noche,
sin que nadie recoja los pedazos
cuando amanecen al fin las certezas.

¿Cuántos fuegos de plata negra
violaron miradas de seguridad imbatible
tornando la duda en tumor sosegado,
latente,
austero pero medible,
con toda facilidad,
en cualquier escala sísmica?

Y mueren equivocados.
El repique de los terrones,
lluvia seca y última que ya no ilumina,
desmiente toda tésis
hasta la carcajada más solitaria,
más insultante,
más fría,
que la propia piel
de sus creencias.

lunes, 9 de febrero de 2015

Crónicas de la Cúpula

I

La pequeña torre en forma de cúpula, con detalles varios entre lo barroco y lo añejo, de ese color verdeolvidado típico. Asoma entre los edificios que la rodean, que no son nuevos, pero están presentes. La cúpula no está presente. Es un recuerdo enclavado en el hoy real. Es un testimonio de que un recuerdo puede tener cuerpo y espacio fuera de su historia. Ser concreto. Materialmente está ahí, se puede ver y tocar, pero su estilo es tan distinto a lo que la rodea (encima, sobre, pegado, casi aplastando) que nítidamente se deforma como se deforma un recuerdo. Se diría que resiste, pero es mentira, porque no tiene a qué resistirse. Nadie la ataca. No está ahí. Cada edificio que la circunda está más preocupado por su propia vejez, por su acelerada enfermedad que se llama actualidad. 

Estos ventanales, cuatro consecutivos ocupando toda una pared, me traen esa imagen de recuerdo enclavado en presente, en un retazo oblicuo de ciudad que se embebe en metáforas desgastadas a través de los vidrios sucios. 


II

Hoy llueve y la cúpula cierra los parpados, soñando una ciudad que desgaja latidos en su memoria. Sólo en su memoria de paredes curvas. Esa sombría dimensión en la que nunca voy a entrar. Ni yo ni nadie. 

Dos pájaros en dos cables diferentes le dan la espalda. Vigilan que la lluvia no cese y que sus plumas no sequen su memoria de cielos encerrados en la cúpula de un huevo materno. Cúpula, pájaro y pájaro. Los tres en silencio pincelan el gris de la mañana en un lienzo que el tiempo les presta. 


III

Ahora un sólo pájaro queda. Encoge sus patas y descansa sobre el cable. (La cúpula envidia las patas y el descanso, desde su jerárquica arquitectura autista). Mira la ciudad que se extiende bajo su pico, ese sueño que su madre le borró de las alas para que pueda volar junto a la cúpula real. El verdeolvidado es tan igual al color interior de sus alas que acaba por lagrimear.


IV

El pájaro se fue. La última vez que no lo vi, dicen que lloraba de risa imaginando que era ciego y que conocía a la perfección el interior de mi ventanal y los rincones de mi encierro. La cúpula calla. Pero deja que el eco de sus curvas se vuelva cómplice de esas carcajadas. El último pájaro de los dos se fue. Los cables están vacíos. No lloran ni derriten plástico.


V

Volvió un pájaro. Le da la espalda a la cúpula y ella no se la acepta, soberbia en su verdolvidado eléctrico por la lluvia. Se limpia las plumas con el pico buscando un renacimiento en forma de viento azul. No quiere caer más. No quiere que la lluvia le arrase las alas de lágrimas ante la indiferencia. Mientras, ella empuja la tarde para que la noche de su interior se sienta cómplice. 

El pájaro vuela del cable. Ventana sola. Espera.


VI

Pájaro parapetado detrás del cable. La cúpula le miente que un cable puede esconderlo. Pero él es tan feliz en la inconciencia de creer que esconde sus alas del aire azul. Las ventanas redondas de la cúpula parpadean insensibles.


VII

Enero. Le convido un mate a la cúpula. Sonríe, mientras el sol le está maquillando el semicírculo del lado este. Hoy esperaba verla en el piso. Se lo digo, mientras pensaba en callarlo. Pero ella está embobada con su maquillador y me contesta que aún no han llegado los pájaros. Luego de un rato me pregunta (se pregunta) por el piso. Pero yo soy respetuoso con los terrores ajenos y le tejo sombras de ventanas ovales con argumentos de plumas en acordes de gris.


VIII

Diez aeme. Tres cables bailan por fuera de mis vidrios pero se burlan del viento. Son torpes. Apenas saben agitarse un poco. Temo que la cúpula repare en ellos. Me da vergüenza, porque ella sigue en estado de belleza, maquillada de sol por el este, y estos cables apenas si pueden exhibir alguna curva maltrecha, desgarbada, desairada de toda armonía.

Llevo la vista por detrás de ellos justo para ver a una ventana arrojarse al vacío a través de un hombre inmutable. 

No, pájaros aún no. 

Escucho en el satélite más próximo: "claro, para el cielo es fácil porque no tiene que andar recargando crédito, puede llover cuando quiera, incluso a larga distancia". Del otro lado suena una canción verde, ronroneando majestades de agua y mi mirada sigue en la ventana. Los cables ya no bailan. Un minuto de silencio por el movimiento que ha dejado de acaecer. 

Abajo, nueve pisos más abajo, en la carpintería de turno organizan el velorio de la ventana arrojada. 

Y no, me dicen que al vacío no lo van a invitar.


IX

Casi las once. Casi un equipo de fútbol. El maquillaje del sol debe ser a prueba de agua porque, a pesar de que no llueve, la cúpula tiene los triglicéridos de la vanidad altísimos, inflamada de brillo, con el ego barnizado de cielo marmóreo. Y no me mira. Ayer (todo lluvia, nube, barro y grisedad) me miraba. Me buscaba. Hoy, ni pájaros. Todo sol y cables. Si no fuera porque tengo los brazos cansados y el mate a punto de lavarse, montaría la luna sacándola de su órbita de caballeriza obcecada y arremetería contra la soberbia del sol, trayendo la noche en la mochila para que todos aprendan. 

Mentira, sólo para que la cúpula aprenda. ¿No hay más pájaros?


X

El vidrio del ventanal se sienta a mi lado. Le preocupa saber si se notan mucho las tres rajaduras que tiene. Sí, se notan. Incluso, cuando el sol les desafía el filo y los recorta contra el cielo, acaban por parecer una cordillera transparente con aires de neón. Pero para ella son las arrugas que identifican su vejez. Hoy, que es día de ventanas arrojadas, no le voy a decir nada. El sol ya no maquilla el este de la cúpula, ahora la baña por completo y ella duerme. En su interior hay un dios que se quedó a pasar la noche y ahora lee las escrituras pasa saber si aparece en algún capítulo. La cúpula desayunó con él temprano, antes del amanecer, y ahora la última media tostada se ilumina con el sol maquillador que se mete por la ventana redonda. El dios lee. La cúpula duerme. El vidrio regresa a la ventana, deprimido, viejo, rajado. No sabe lo lindo que es cuando se vuelve cordillera de neón. ¿Un mundo sin pájaros?


XI

Doce menos cinco. ¡Apenas como un rumor escapó un aleteo coordinando su vuelo con el parpadeo de mi mirada! El ventanal acomodó sus arrugas con mirada cómplice. Ya el mediodía puede partir el mundo al medio en paz.


XII

Cabe aclarar que el mundo se detuvo. Afuera todo está estático y la luz se puso de pie. No se escucha bailar a los cables. Quisiera poder decir que la cúpula está en el piso, pero cualquiera puede ver cómo se enrosca con el azul irrespetuoso del cielo. Un comunicado oficial da cuenta de pájaros atrincherados en el anonimato de un viento transparente. Se esperan novedades a la brevedad. 


XIII

Ahora oscureció.


XIV

Viernes. Pájaros. Los pájaros son viernes en vuelo. Y éste se mantiene sobre el cable como un miércoles de presente perfecto sin feriados. O como un puente labrado en hielo de océano. A o sea. O sea que el sol hace su mejor esfuerzo de las diez de la mañana para arrancar un aplauso del pájaro y nada. Abuchonado de espaldas a la cúpula, que cabecea en su asiento de subte. Se le hizo tarde esta mañana y ha dejado al edificio sin techo, sin terminación, sin fin. Miro y veo una cúpula, yo sé que no es ella, es un cartoon mal encuadrado. Su verdeolvidado original es imposible de falsificar. Viernes. Pájaro que vuela. Retornará más tarde. Porque de algo hay que morir, o volar.


XV

Cualquiera diría que es una nube. Yo sé que es humo disimulado que sale de la cúpula. Está quemando al dios por dentro, porque lo encontró decidiendo el destino del universo a escondidas con un GPS, y los gritos de "recalculando" no la dejaban dormir. El verdeolvidado disimula, pero el último pájaro vuela en círculos y me mira como quien sabe qué sabor tiene un grito en el cielo.


XVI

Ha pasado el mediodía. Una increíble masa de estómagos hacen digestión y, sin que ningún cable se agite de más, la cantidad de litros y litros de jugo gástrico no ahogan la ciudad por el sólo y piadoso hecho de aceptar vivir encerrados entre camisas y vestidos de ocasión. La cúpula aparenta tranquilidad y desapego al devenir histórico de todos los santos que marchan por la avenida. (Espíritus, son espíritus, me había dicho una vez, por eso nadie los huele.) Pero las ventanas redondas tienen contornos oscuros delineando los márgenes. Son lágrimas de sombra. La cúpula llora sombra. La miro como quien dice: nadie crema a un dios entre dos o tres tostadas y encara el día como si nada, como si el subte tardase o si los pájaros se pegaran el faltazo a sus cables. 


XVII

Apago la luz acá adentro. Callo al silencio. Cierro los párpados de la historia. Y me pongo a espiar por el ventanal, desde la nada. Lo sabía. La cúpula tiene el rímel corrido. Todos los circundantes edificios, malparidos malqueridos maltrechos malquiciados y en estado de ebriedad, carcajadean con sus paredes chorreando sol en la fiesta de la tarde. 

Y ella, sola. 

Pretende que la intimidad con unos gramos de cenizas de dios le bastan. Malentiende solar por solaz y soledad por sobriedad. Pero cuando el aire acondicionado azul que instalaron en el arco iris le confiesa que los pájaros, esos ausentes que le duelen, están colgando la piñata de la fiesta entre inflada e inflada de globos terráqueos, se quiebra en carraspeos de sombras que huelen a fastidio.


XVIII

Sábado que se llena de plumas. Pájaro ondulando sobre el cable. Una mecedora avícola. (¿Quién la aguanta hoy?) (¿Habrá visto cuando la fotografiaba?)

Los pájaros se alternan cruzando con líneas grises el cielo. Horror o placer, uno de ellos se sentó en la mecedora a mirarme por la ventana. Tengo su pico clavado en mi culpa y no puedo evitar sentir cómo el sol dibujado en plata le baña las alas plegadas. Dos aviones y cinco subtes de silencio me tuve que aguantar hasta que habló, haciendo ondas espiraladas en el vidrio líquido que no nos separa. Igual que la mañana. Quiere que no lo relacionen con la cúpula, que finalice toda mención a sus vuelos, que desvíen treinta y siete grados al oeste la trompa del satélite que, dice él, lo enfoca aletargado y, también según él, le perjudica el brillo de las plumas. "La radiación", me dice. "Está comprobado", agrega, moviendo el pico. Treinta y siete grados son muchos, y se lo digo, es casi fiebre. Pero cuando vuelvo a mirar el cable oscila vacío. La mirada de la cúpula es un riel de hierro verdeolvidado calando mi parietal como una sandía. Sin embargo no le hablo. Hoy es fotografía. Imagen, no palabra. El último día es de imagen.


XIX

La cúpula se levanta las solapas de sol. Es un sábado en el que pretende no ser protagonista, pero su vanidad le juega en contra. 

"¿Nunca te hablé de mi hermana?" 

Escucho, en medio de los cables, palabras como pelotitas de ping-pong rebotando contra las ventanas de ojos negros. 

"Está al lado mío, vive mi paralelo y, respetando la religión de la geometría, estamos destinadas a jamás tocarnos." 

Un pájaro pasa en medio de las dos, como subrayando ese aire que ninguna de las dos tocará en su vida. Mi ventanal sonríe con una mueca de desesperación, como si quisiera que yo entienda que él es parte de la misma religión geométrica. La cúpula se prende fuego, verdeolvidado enardecido que truena arañando el aire con estas llamaradas: "¡las ventanas son paredes mutantes que deforman la realidad!... ¡son unas obscenas que se dejan acariciar por las gotas de lluvia!... No sé qué decir y callo. El pájaro mediático regresa por su camino de ida y las palabras lo incendian, tornasolándole el vuelo y dejando una estela de humo color pluma en depresión religiosa. Quiero que suene el teléfono. La imagen es el último día.