sábado, 29 de marzo de 2025

Sol poniente


De lejos (el paisaje ayudaba, allí todo era lejos siempre) eran dos hombres recortados contra el mar, entrevistos por esos huecos naturales que las piedras le van zurciendo a los límites de la costa (una forma de salpicar la visión y quitarle al horizonte su calma pretendida).
Quizás el único atractivo posible radicaba en la evidente diferencia entre lo gestual. Mientras uno de ellos, el que estaba a la derecha (tomando como referencia la línea del horizonte que descansaba sobre el fin del mar, en ese lugar en donde cada día se acuesta el Sol), se mantenía inmóvil, parco, quieto y sólo desviando la vista por períodos menores a un minuto, el otro, es decir, el que estaba situado a la izquierda (tomando como referencia su acompañante, puesto que el mismo, tal como se dijo, se hallaba a la derecha) realizaba gestos ampulosos y desenroscaba sus brazos en rápidos movimientos que parecían querer explicar, nombrar, justificar, advertir, desentenderse, acusar, recordar, enfatizar, y todo eso acompañado de expresiones de su cara y, seguramente (esto como algo supuesto, pues por la distancia no era posible escuchar) de un desarmadero infinito de recursos verbales con visibles usos indicativos de la vehemencia que todo ese tipo de armado gestual suele cargar. 
Desde la distancia, entonces, (tal como se describe en el primer párrafo) el atractivo podía situarse en ver una especie de molino de viento humano bañando de palabras y gestos a una especie arbusto de naturaleza humana que sólo parecía recibir brisas ocasionales (miradas de soslayo al mar, al suelo o a sus propias manos, como si vigilara que no se le escapara a él un gesto, en medio de esos miedos) e inclinarse muy leve y calmo sólo para no desbordar el límite de lo educado y cortés frente a un interlocutor.
Pero claramente no mostraba la más mínima intención de respuesta, de interrupción o de reacción frente a su compañero y su actitud. 
De la misma manera, el otro (especie de gaviota enloquecida rebotando sus alas dentro de una jaula de vidrio invisible) tampoco parecía tener ninguna intención de detener su necesidad de volcar todo lo que tenía por decir en gestos y voces.

Con la llegada del ocaso y su violento telón naranja copulando con el horizonte (siempre teniendo al mar de cómplice, con su manía de reflejarlo todo, colores, formas y decepciones) la escena se había modificado, pero no tan radicalmente como el paso del tiempo podría haberlo sugerido. 
Ahora ambos daban la espalda a un posible espectador y se situaban de cara al mar, sin dirigirse la mirada entre sí. Si bien el de la izquierda continuaba hablando (aunque con muchas intermitencias y notablemente más resignado o acabado), sus manos descansaban en sus bolsillos y toda su parafernalia gestual quedaba reducida a algunas inclinaciones de cabeza (esas oscilaciones que parecen no poder completarse nunca y acabar siempre muriendo de envidia ante cualquier elipsis lograda) o movimientos fortuitos de sus piernas. El de la derecha sólo semejaba un pilar o tronco estático, también con sus manos en los bolsillos y ya sin dar señales de escuchar o atender.

Pero, cuando la escena casi parecía no dar más motivos para la observación, ocurrió.
El de la derecha, sin modificar en absoluto su silencio ni sus manos en los bolsillos, comenzó a caminar en una línea recta perfectamente transversal al horizonte, es decir, en un ángulo recto que lo sumergiría en el mar. Lentamente, sin modificar su paso, fue hundiéndose en el agua. La marea calma de ese atardecer se le fue arremolinando entre las piernas; luego, alrededor de su abdomen; rato después abrazando su pecho y, por último, cobijando su cabeza en forma completa para no dejar rastro alguno (porque si hay algo que el mar no refleja jamás es aquello que se traga).
Al unísono, como armonizando con la inmersión de su otrora oyente, el de la izquierda se arrodilló con los hombros caídos y el rostro inclinado hacia cierta ausencia de recuerdos, y comenzó a cavar un pozo en la arena con ambos brazos (a la vista, se repetía un poco el movimiento gestual de ampulosidad y agitación, pero esta vez uniforme, coordinado y sin dramáticas expresiones verbales que acaben diseminadas entre esos últimos rayos de sol poniente) denotando un impulso en el cavado equivalente a lo inflamado de su verba, cuando ésta aún sonaba, más temprano, en la playa.  

El comentario lo escuché al pasar.
Ni siquiera me dí vuelta para buscar a quien lo había hecho. Daba lo mismo, a esa altura. 
Pero las palabras me quedaron grabadas para siempre:
—¿Viste?, ahí terminaron los dos últimos seres humanos vivos.
 

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