jueves, 18 de junio de 2020

A quién la espía


El árbol pretende ser el escondite del que espía. El árbol simula ser lo opaco entre el espía y lo espiado. El árbol, con sus párpados de corteza cerrados, parece insinuar que siempre hay alguien detrás, debajo, dentro, por arriba, en sus ramas o navegando por su savia, espiando. 
Sin embargo el único espía posible tiene su silueta maciza y sus raíces quietas para no llamar la atención. Tiene sus ojos en sus hojas y sospechas grises rellenando sus nervaduras. 

Nunca pudo quitar su vista de la ventana enrejada o, mejor dicho, de lo que la ventana esconde (¿aherroja?, ¿retiene?, ¿priva de voluntad?). Por las noches de verano, esa misma ventana abierta es la boca iluminada de su deseo y esas rejas despintadas son los labios que le dicen que allí detrás está su amor, al que jamás vio pero conoce de memoria (una memoria que sólo él conoce). 

El aire gentil y quieto de esas noches le llevan hasta sus ramas el aroma de su Dama de Noche, la que vive detrás de esa ventana, la espiada, la esperada. 

No está seguro, pero cree que alguna vez, estirando casi en forma inverosímil un joven tronco verde de su torso, pudo verla, más adivinarla que verla, allá en un improbable fondo, tan cruelmente alejada de sus ganas de abrazarla como el cielo indolente estuvo siempre de su copa. 

Él espía y ella exhala. Deja que su aroma se monte en las noches como si fuera su canto. Una queda música sencilla que lanza al aire sin saber para quién. Un aroma de música dulce que embriaga a quien la presiente. A quien la espía. 

En donde nadie pueda callarnos


Camina el aire alambrado. Es más difícil caerse de esta nada sin excusas que de los sueños que camino a lo largo de mi cama, piensa. El aire parece arroz pasado de cocción salando su viejo sueño de equilibrista. Viento sobre piel como el ungüento de ese verano vacío en el que olvidó la tierra para siempre y eligió el aire por toda balanza. ¿Que es el equilibrio si no cerrar los ojos al futuro y gritar el silencio del presente a una altura en donde nadie pueda callarnos?, se dice. Ni salvarnos, claro. Y con este último filo en la carne de su pensamiento, equivoca el último paso, acariciando en la caída el alambre que queda oscilando, como la cuerda que narra la última nota muda y silenciosa, como ahora su presente.

martes, 28 de abril de 2020

Durante la nada sucia


La pupila
vuelve incandescente el mirar de la ventana.
Entonces,
pétalo tras pétalo voy entendiendo
el llanto de mis dedos.
Son canciones
que se recuerdan entre un pentagrama
de cortinas acompasadas por el viento.

Una nevada,
obsesiva compulsiva,
le permite a cada copo de nieve
elegir su caída.
(Apenas una nube.
Y se lleva por delante
la última arbolada del atardecer.)

Y asciendo.
Como quien sacude frazadas de invierno
en el comienzo de la última primavera.
(Si moviera mi pupila hacia el sol
perdería algo más que mis pétalos nevados.)

El sueño es la alarma más paranoica
de todas la ventanas posibles.

miércoles, 15 de abril de 2020

Salgamos de esta lluvia


—La lluvia no es algo natural, fijate, no puede serlo, es imposible. ¿Dónde se vio agua en el cielo?, el agua está siempre en el piso, al ras del piso, a lo sumo deslizándose por alguna cascada, pero siempre en el piso. ¿Cómo se supone que puedo entender que haya agua habitando en el cielo?, no es posible.
Hizo una pausa mientras en la vereda un charco tartamudeaba gotas cansadas, como taxis gateando de noche por el brillo del empedrado.
—Aparte, supongamos que termino por admitir la existencia del agua en el cielo, como algo, como alguna cosa de esas que escapan al sentido común, como esos travesaños de la filosofía existencial que nadie puede explicar. Bien, lo acepto, pero decime entonces, ¿y por qué caen gotas?, todo gota a gota, ¿por qué no cae un baldazo único que descargue de un tirón la existencia del agua arriba y listo, como las cataratas o como cuando se rompe un dique, un tanque, o alguna madre empapa un patio con ese ruido de planchazo seco y rabioso que pone a cada baldosa en su lugar con una sola y seca orden superior.
El otro esperó a que el semáforo se ponga en verde y los pocos autos aburridos se movieran lentamente cruzando la calle, como si necesitara que nadie escuchara lo que tenía para decir. La luces verdes se mantuvieron unos segundos con los ojos abiertos de pura inercia disciplinada, pero veían claramente que ningún auto quedaba por cruzar. Sólo esas dos personas ahí en la esquina. Bajo la garúa.
—Te lo voy a decir, pero tenés que jurarme que vas a guardar el secreto. No es chiste. Si arriba se enteran de que abrí la boca ya no voy a despertar mañana.
El otro lo miró muy serio, con los párpados cinco milímetros más arriba del nivel del susto.
—Dalo por hecho. Esta conversación nunca ocurrió.
—El Diluvio originalmente no era tal cosa. Dios pensó en eso que vos decís, el baldazo, la caída, el agua de golpe y el fin de todo. La idea era un mundo que sólo tuviera agua y nada más. Durante la breve existencia de ese mundo fetal, Dios se había enamorado de todo lo que vivía bajo el agua, cualquier pez minúsculo le parecía infinitamente más hermoso que el mejor de los humanos. Así que la respuesta era obvia, agua para todo, fin de la vida terrestre y un feliz mundo acuático.
La luz ahora parpadeaba en amarillo y ese fuego frío contorneaba la cara del hombre que escuchaba.
—¿Y qué pasó?
—El Diablo, cuando no.
—¿Qué quería?
—Quería a sus hombres, a sus seres humanos, se negaba a perder esos juguetes que tanto le habían entusiasmado. Fue una lucha, una negociación muy dura, pero al final Dios cedió. Sin embargo, el problema era que el agua ya estaba puesta en el cielo, a la espera de que le abran las puertas...
—¿Y?
—El Diablo nuevamente. Sólo él podía poner a disposición lo que finalmente evitó la tragedia. Un ejército infinito de almas esclavas con sendos goteros en cada mano. Toman agua del lago inmenso y la vierten gota a gota hacia la tierra.
—Pero... pero... ¿y cómo vuelve el agua a ese lago?
—¿Quién te dijo que vuelve?... No, no vuelve. Se va agotando. Llegará un día en el que ya no haya más lluvia y todo se va a secar por completo.
—¿Y qué va a pasar con nosotros?
—En primera instancia, te diría que cerrarán todas las fábricas de paraguas...
—En serio...
—¿En serio? Algo obvio. Tendrías que adivinarlo a esta altura.
—No... no lo sé. ¡Vamos!, si ya estoy jugado a guardar el secreto, lo quiero completo.
—Es verdad. Lo que va a pasar es obvio. Es tan obvio como lo que pasa cuando dejamos de querer algo.
—¿Nos vamos a morir todos?
—No... ¡qué va!, eso sería lo de menos. Te lo digo directamente, un mundo sin agua es un mundo que Dios ya no quiere.
—¿Entonces nos va a destruir y ese es el fin de todo?
—No. Se va a marchar. Se va a alejar de nosotros y vamos a quedar solos.
Casi como acoplando clima y relato, la garúa comenzó a detenerse despacio, dejando caer cada vez más nostalgia entre gota y gota, salteando hombros y baldosas como quien elige con cuidado dónde caer.
—No me puedo imaginar eso...
El otro miró hacia el final de la calle con una sonrisa triste, entornando los ojos.
—No hace falta que imagines nada porque, y es lo último que te voy a decir, eso ya pasó hace rato.
—¿Cómo?... ¿y esta lluvia?, ¿y las anteriores?, ¿y...?
—Ya no hay un gran diluvio aguardando en el cielo. Ya todo se secó y Dios se fue, dejando la Tierra. Sólo queda el Diablo presente allá arriba.
—Pero insisto, ¿y esto que cae qué es?
—Estas son sus lágrimas, hombre... Sólo eso. En fondo, el Diablo amaba a Dios por sobre todas las cosas. Y sólo el arroparnos con esta agua que mana de sus ojos lo consuela en un recuerdo de ese Dios que imaginó un mundo sólo acuático.
El semáforo jugó tres veces completas todas sus luces antes de que alguno de los dos hablara. Y cuando alguno lo hizo, el verde que soplaba brillante sobre las gotas, pareció temblar con algo de frío.
— Vamos, te invito un café... salgamos de esta lluvia.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Habíamos quedado en la lluvia


Qué podría tener de especial, ¿no? Un hombre solo, parado con su bicicleta contra el paredón infinito del cementerio. Quieto. De espaldas a la pared que ni siquiera de recién nacida fue blanca real, siempre de ese color renunciado a fuerza de carecer de importancia porque, el paredón del cementerio, ¿no?, ¿quién podría preocuparse? Eso le gustaba a él. Una comodidad tibia en la tarde. Podía apoyarse contra esa pared. Tranquilo. Si quisiera, incluso, hasta podría apoyar su bicicleta. Pero sabía que no. Sabía que ese miedo atávico inculcado por los mayores perduraba. Ese "no rayes la pared con esa bicicleta" sonaba aún en su cabeza, igual que esa lluvia que no se veía había mojado todo en esa tarde. Entonces la bicicleta por delante, sostenida paralela a su cuerpo y al paredón. Pobre, con su cara de caballo resignado a morir de desguace sin otra montura que la ya conocida, su única alegría periódica era sentir cómo le inflaban los neumáticos, y algún aceite perdido en los ejes, de vez en cuando, pero no mucho más. 

    Habíamos quedado en que iba a llover. ¿A quién se lo decía? Al asfalto brillante, húmedo, hastiado de la tarde y mojado por el recuerdo de una lluvia evidente pero ahora invisible. Había caído agua, sí, pero quién sabe cuándo. Claro que alguna vez llovió en el mundo. Para él, la palabra mundo era un sonido a esfera, no podía decirla sin hacer un gesto circular con las manos. Y si no hablaba con nadie, el mundo le ocupaba el paladar entero del pensamiento silencioso. 

    Nada especial. Un hombre parado contra el paredón. Como esperando algo, o a alguien. O no, daba lo mismo. Macizo, de aspecto cuadrado sin parecer sólido, pero muy alejado de la idea de curvas o delicadezas. De lejos, quizá desde esa avenida gris que bordeaba el cementerio, podía parecer simplemente un hombre desgastado, casi una vieja erupción poco alegre del paredón que simulaba sostenerlo, pero de cerca tenía singulares marcas, plegadas arrugas, cerrazones de piel gris que no hablaban de vejez sino de cansancio. Si por algo todavía conservaba la palabra asombro en su boca o su cabeza era por el cansancio. No se terminaba de asombrar de que el cansancio nunca terminara, nunca se completara o nunca lo desbordara. A veces, en noches más silenciosas de luces que otras, pensaba en que el cansancio algún día lo dejaría inmóvil por completo, estático, duro, simplemente detenido para siempre, como su bicicleta cuando él no la montaba. Su bicicleta estaba cansada, él lo sabía. 

    Un pantalón gastado, con roturas leves bien disimuladas por él, que las conocía bien, y una camisa blanca, también desgajada de toda belleza y sólo funcional a cubrirlo. Debajo, en la curva que hundía el abdomen hacia el cinturón, había una empalidecida mancha que él conocía e instintivamente cubría, no tanto por vergüenza como por nostalgia. Recordaba, como esas luces anónimamente oblicuas que penetran por las hendijas de la persiana por las noches, un sábado al mediodía, una olla con salsa, él mojando un pan para probarla y la gota salpicando mientras su mujer lo reta en forma tan simulada como inerte. Entonces hoy, tantos años después, él tapaba esa manchita de color anestesiado como si en ese gesto pudiera preservar la intimidad vivida con esa mujer que amaba. 

    No llovía, pero había llovido. No estaba vivo, pero había vivido, eso él lo recordaba. Trejo, señor, Ángel Luis, sí, ¿cómo?, no, no, es así, Ángel Luis, sí. Casi siempre le hacían notar que sus nombres parecían invertidos, como si lo correcto hubiese sido Luis Ángel y no al revés. Él sólo se encogía de hombros. Y no, nunca hacía referencia a quien lo había bautizado. No hablaba de su madre, ni la callaba tampoco. Sentía que sólo él era, ya lejos de todo. Igual, lo de los nombres era medio inútil, porque por alguna razón para todo el mundo él siempre había sido Trejo a secas. Esos casos en donde el apellido se come a los nombres previos y se adueña, trocando en símbolo de la persona. Trejo. En la fábrica, eterno y continuo paisaje de vida, Trejo siempre a secas, como su piel, como su color. Trejo. Para todos, Trejo era una pared más de la fábrica, con el significado ambivalente de la solidez y de la sombra. 

    Habíamos quedado en la lluvia. Trejo se miraba las manos cerradas sobre el caño también seco de su bicicleta. Se pasó la lengua por los labios, sin entender que intentaba acercar algo del brillo húmedo de la calle a su boca clausurada. No, nunca hablaba de su madre. Si él mismo ya estaba lejos, ¿a qué distancia estaría ella hoy? ¿Evocar la sombra pesada de su padre afeitándose en el baño chiquito del fondo, con esa lamparita tenue que jamás cambiaba? ¿Las noches de verano escuchando el entrechocarse de las agujas del tejido de su abuela? Podría, con toda simpleza, ponerse a caminar y alejarse de allí. Olvidar de una vez la lluvia y quedarse con el paisaje húmedo y brillante que ya circundaba lo poco que quedaba de tarde. Podía desarmar el paisaje de esa parte del paredón del cementerio y llevarse su camisa blanca, sus arrugas de cansancio y su bicicleta aletargada. Pero esa voz remanida que tanto conocía le hablaba de si mismo, "Trejo se planta acá nomás, ya no seguimos adelante, con o sin lluvia, da lo mismo, porque siempre toda decepción es seca, como la piel, como el caño de la bicicleta, como los recuerdos, como el aire solitario que la persiana cuela por la noche, como toda esta inmensa distancia." 

    Llovió toda esa noche. Y el caño de la bicicleta, abandonada contra el paredón, amaneció perlado de gotas demasiado anónimas como para que los pájaros se animen a cantar esa mañana. El silencio también es seco.

miércoles, 9 de octubre de 2019

El ser aplaudido


Cuidado, me dije.
Puedo estar sobornando métricas 
y descompensando 
arquitecturas silábicas al sólo efecto 
de respirar la estética sinuosa 
de una cadera que se asfixia 
frente a una cadencia 
incantable.
La rima latiga
curva a curva de cada verso 
cual desbocado tren fantasma 
de sonoros horrores infinitos.
Cuidado, me dije. 
El sembradío tan mezquino en comas 
agota la respiración 
en un paisaje casi sin sombra de pausa, 
en un desierto de recitado frenético. 
Un burdo jadeo por estrofa, 
o dos, 
por las extensas.

¿Y ese cielo tan vasto, 
tan nublado de obtusas metáforas, 
tan olvidables 
como indelebles fueron las pegajosas rimas?

Cuidado, me dije. Por cierto, de seguir así 
corro el serio riesgo 
de ser aplaudido.

martes, 8 de octubre de 2019

Ayuno


Siesta para siempre.
Ser omnívoro de pensares.
¿Para qué tocados van a ladrar
sin ayuno de sales pasadas?

Vierto un desollado palmo
que dejaste atrás con limón 
y sueños de hielo seco.
Quise mojarlo, 
pero sacudió los filos del sol 
a puro rayo de jinete barbitúrico, 
en giro de posología apesadumbrada. 
Tiro de cada punta 
de cada seno 
de cada efigie endulzada a carbón y hielo, 
y bebo el resultado gris 
zumo marrón azul negro (cielo y limón). 
Todos nos volvemos blancos 
y casa seno se vuelve hotel.

Ser silente en siesta
con tocados de remolino 
sin esos omnívocos ladridos
que ayunan serpenteando lágrimas
de crayón descolorido
y tibia leche de efigie en fiesta. 

miércoles, 27 de febrero de 2019

Hora


Ventanas que horadan el sol
se sirven la luna nueva
en descarne, contingencia
y albedríos deshoradados.

¿Veré llover mis ojos
en la ausencia del sol párpado?
Voy a correr las cortinas,
antes de que el ocaso horade
la enarbolada espada
del día perpetuo.
¿Veré llorar de enojo
a la esencia del sol bárbaro?

En antros tibios,
de ciegas luces infinitas,
se endereza la cadera
el devenir del tiempo,
y la médula estival,
en una dulce tangente,
copula con ambos trópicos
ventanalmente horadados.

domingo, 24 de febrero de 2019

Ocasional caída de granizo


Las nubes lo cubren todo. Incluso el cielo. (No va a dejar que el tiempo se le derrame). Tampoco que el agua hierva. (Oficia de pasado). En su cocina a obscuras, el resplandor celeste de la llama parece una intervención policial. Silenciosa. Pero sólo es un café que no llegará a tomar. Le arde la palma de la mano. (Anuncia puertas que abrió de más). Se la mira y sonríe. De más. No hay silencio en una ciudad. Nunca. Se vive sobre un murmullo constante. Del otro lado de la ventana pasa la voz de alguien que habla con su celular. El sonido le interviene algunas nubes. Rocío. (Un murmullo constante). 

Olvidé cómo se usa un espejo. No basta con mirarlo para entender. Supongo que debería encontrar al vendedor y pedirle explicaciones. Pero nunca lo compré. Fue de mi madre y ella no dijo nada. Sólo se fue y su imagen no está. Ella me tomaba de una oreja, de un brazo, o de cualquier parte que pudiera retorcer y me paraba frente al espejo. (En toda cárcel se derraman todos los pasados). Y me decía, me gritaba: “¿¡qué ves!?”, y lo repetía, varias veces lo repetía, y retorcía lo mío que tenía entre sus dedos. (Lo mío se retorcía derramando el pasado en ese presente). Yo miraba, pero no le contestaba. 

El resplandor azul que llega desde la cocina lo deja respirar en medio del vacío. (No tiene idioma el aire. ¿Cómo pedirle que venga?). La palma de la mano le arde. No debería acariciar el fuego. Pero no es una excepción. Nadie se deja acariciar sin lastimar a cambio. Ningún espejo se deja mirar sin quemar un recuerdo a cambio. (Rocío hundida en el ruido de la ciudad). Funcionan mejor las puertas abiertas que los espejos. Sí. Él sabe usar puertas, por más que las palmas de las manos… Ningún espejo se abre. 

Nunca le contestó la pregunta a su mamá. (No esperaba respuesta, sólo sofocar vacío derramado en su garganta). Nunca le dijo que no veía nada. Tenía miedo de abrir los ojos y no poder cerrarlos más. Todo ha sido estudiado ya. Debe haber libros. Libros que enseñen a usar espejos. Entrenamiento. Saber pararse. ¿Saber mirar? Saber olvidarlos. 

El silencio de Rocío describe el murmullo de la ciudad como un plano de avenidas enajenadas, diagonales con filo, y el sincero manifiesto de un sigilo que hace abrir muy grandes los ojos. (Rocío viene a matarlo). Calcula el tiempo restante para que el agua hierva y entierra el número secreto en el recuerdo del delantal azul de su madre parada frente al espejo. 

Es normal, se repite una y otra vez. La frase pierde su normalidad cuando la usa tantas veces como puertas se le ponen por delante. Hay una oclusión por cada movimiento de su pensamiento. Es normal olvidar cómo se usa algo. Olvidar el agua hirviendo. Olvidar las llaves de la puerta. Olvidar dónde guardó el silencio. Es normal olvidarse el cielo en la hornalla y permitir que las nubes lo cubran todo. Incluso el recuerdo. Es normal ser indiferente a la policía que está en la cocina, tomándole las huellas digitales al espejo. (Rocío trae el álbum de fotos familiar tatuado en la espalda. Al irse, se los llevará a todos.) 

Creí que nunca llegaría a tomar el café, pero la policía me dice que sí, que el resplandor azul en la obscuridad de la cocina se debe a la hornalla. Y que los voy a tener que acompañar. El café está demasiado caliente y se los digo. Pero la policía me dice que pueden esperar. (El espejo esperaba a Rocío. Ella sí tiene respuestas.) 

—Proceso de condensación del agua —le repetía su madre. Golpeaba la lapicera contra el cuaderno y repetía—: El calor evapora el agua, asciende a los cielos, se forman nubes, se enfría, cae en forma de lluvia. Se acerca a la ventana y mira el cielo. Las nubes que conoce de memoria forman un recuerdo triste. 

—Quizá llueva —le dice al espejo desde donde Rocío lo mira. 
—Deberías ponerte a salvo —responde ella. 
Él apoya las yemas de los dedos en el vidrio, donde está la cara de ella. 
—¿Sabés?, olvidé cómo se usa el espejo —le dice. 
—¿Para qué lo necesitás? —pregunta Rocío. 
Él retira la mano del espejo y la apoya contra su pecho. 
—Para ver a mamá —responde. Necesito contestarle la pregunta. 
—¿Qué pregunta? 
—Qué veía en el espejo cuando ella me paraba delante de él. Yo miraba, pero no veía nada. Y nunca le dije por qué. 
Se detiene un segundo a escuchar el ardor de la palma de su mano golpear contra su pecho. Y prosigue. 
—Ella era el sol. Y el sol lo cegaba todo. 

—¿Le contarías que me asesinaste? —exclama Rocío. 
La miro casi durante un minuto, en donde las nubes nuevamente son golpeadas por dos voces que pasan cerca de la ventana. Siento un dolor muy raro en un cuerpo que nunca tuve. (No volverán a crecer sus piernas, carcomidas en el ácido derrame del tiempo). Necesito sentarme. 

—¿Qué es lo que te pasa?, pregunta Rocío en voz muy baja. 
Él toma una silla, la arrima junto al espejo y se sienta. El café está tibio entre sus manos. (Revolver el murmullo constante no va a endulzar ningún silencio más). Despide, apenas, algo de vapor. (Oficia de condena transparente). 
—El ciclo del agua —responde él, mirando el café—. El sol y el calor de la desesperación evaporó todos los recuerdos hasta que las nubes lo cubrieron todo. La lucidez, ¿sabés?, no puede aterrizar así, en medio del mal tiempo. La soledad, luego, fue el frío final que provocó semejante caída de granizo. 
Hace una pausa. En el espejo, Rocío baja la mirada. Parece estar concentrada en poder respirar. 
—No quedó nada en pie, ¿entendés? El granizo acabó con todo adentro de mi cabeza. 
—Pero matarme… 
Él sonríe, por primera vez en mucho tiempo. 
—Un detalle menor. Siempre preocupada por los detalles, vos. 
—Insisto… —dice Rocío. 
Él respira hondo. Vuelve a colocar su mano rozando apenas el espejo, dejando que las yemas de los dedos acaricien la piel de Rocío como si una brisa que no existe las movieran. (Es normal olvidar el tacto, dejar que la caricia sea un vapor que asciende de cada herida). 
—Te necesitaba acá, en el espejo. Era la única manera de entender. 
En el espejo, Rocío parece empezar a decir algo pero se detiene. Me mira y creo que empieza a entender. Y poder recordar también es entender. 
—Rocío… La condensación del agua… Si en vez de granizo se hubiera formado rocío… Todos mis dolores perlados de vos… 
—Como cuando... —dice ella en un susurro. 
—Como cuando éramos chicos y vos llegabas para abrazarme y secarme las lágrimas después de que mamá me pegue. Cada vez. 
—Sequé muchas lágrimas. Muchas lluvias. Pero no pude imaginar el granizo. 
Él acaricia el pelo de Rocío en la imagen del espejo. 
Ella sonríe, sin esconder la humedad en sus ojos. 
El policía le toca el hombro y comienza a colocarle las esposas. 

Antes de irse, él mira una vez más el espejo. 
—Cuando veas algún arco iris que sobrevive en la noche, buscame en su final. Te espero ahí. Nunca más el sol. 
Y, desde el espejo, Rocío deletrea en silencio repitiendo: 
—Nunca más el sol.

sábado, 9 de febrero de 2019

El apetito de una piel suave


No conozco ni un servicio,
ahora y siempre,
que encallezca al leopardo
usurpador,
verdadera belleza sentida
que sirve con suaves pieles
a las carnes que se entierran
en colmillos parcos,
calmos,
sólo austeros con su filo
y amigos del grito último.

Buen apetito.
El servicio será por la tarde.
Luego de la lluvia.

Osadía


Se entiende por
osado
al resquicio opaco
que deja toda seda
que acaricia nuestra miel,
savia del alma por yacer,
en un rescoldo que intenta,
osado él,
acabar de una vez y
para siempre,
con la tontera esa
de andar reencarnando.

viernes, 18 de mayo de 2018

El obituario del venado


Yo nievo.
En una silenciosa luna de troncos crujidos.
Miro satisfacer al rocío. Aire de sonrisa en contorno de meditación ondulada.
Con cada curva de piel, una brasa besa el invierno.
Los huesos, dignos, significan exabruptos que inflaman el piso.
Y se entierran.

Suelo llover.
Pero la madre del venado llora. Callada.
Cocina mis órganos (donados) en un puré de solsticio nocturno.

En la luz amarilla de la cabaña, suenan aplausos que me buscan,
como el tiempo busca alucinado saber terminar.
Me apuntan. Suenan. Gritan de honor.
(Ya inundaré despertares en cuanto sueñe.
Ya derribaré cuartos menguantes en arcos de iris y córneas.)
En un aullido de sílabas opacas, reconozco el obituario del venado.
Pero la madre llora cansada, revolviendo órganos.
(Un grito, uno solo, y un venado entero ahí dentro.)
Llora en hilado fino de alucinado aderezo.

Yo espejo.
Y el suspiro barre todos los alerces del último suelo.
Miro el carbón, la brasa y el cencerro sordo.
Ultima el rocío, despacio, a la madre del venado.
(Cada gota un bisturí, poro por poro muriendo.)
El cucharón se detiene y cada órgano se desgrana.
(Una ternura de la que no volverá.)
Me miro mirarme y, en la cabaña amarilla,
falsos venados acrílicos se atragantan sádicos entre los gritos.
Y son coronados,
(ya nadie recuerda obituarios)
por los que aún aplauden,
(¿sabrán que todo espejo es ciego?)
o gritan,
o rezan,
(¿olvidándome?).

viernes, 29 de diciembre de 2017

En tres movimientos


Calixto asciende.
Embarrada, plenipotenciaria y astuta hembra de confines mágicos, aspira todas las migas del mantel más solitario del universo para desbarrancar los genes de su esfera simiente en un budín marmolado de potestad mustia, inconclusa, rayana en el espejismo lúdico de un solsticio apesadumbrado de hierbas desfiguradas. 

Calixto es transfiguración de rocío en prismas de gloria.
Aterrada, solventada y desnuda, yergue su cayado de almas devoradas en cuencos de ineludible plástico hermético, inviolable, mudo de estoicismos de frontera y desbordado de colores impíos, sólo para conocer el sueño más celeste de cada diamante que alfombra el camino al regreso. A esa vigilia la desenvaina cada vez que muere de hambre. Y la devora, vuelta enredadera de galaxias en flor, cada vez que un amanecer remoto le zurce dos o tres colores deshidratados de filosofía gentil. 

Calixto arriba al sendero de las uvas que orbitan su descanso.
Somnolienta, sempiterna y embalsamada en esfinge de bonsai sumido en rezo cuántico, sorbe en una sola mirada toda su infancia envasada en la uva deshilachada de estancos miedos dignos. La toma entre su dedos pulgar e índice y la aplasta en un estertor que corta en dos a la Vía Láctea, volviendo yogur adulto lo que fue infancia amamantada. 

Se sentará, luego, en el umbral del infinito, dejando que sus piernas cuelguen y se hamaquen sobre los remolinos del tiempo, allí donde los profetas surfean sus llantos más embelesados, y se aplicará a tejer, con los hilos que extrajo fileteando el útero de su madre, un futuro paralelo en donde Calixto cae, transfigurada de sequías, al pozo más profundo y más hastiado del vino de su cansancio.
Sonreirá sola mientras teje, mientras la historia le ondea el cabello, mientras el infinito le tiende su ternura por todo pan, toda luz y toda gloria.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Blanco


Faltan cuatro minutos para las dos de la madrugada. (Él siempre me decía que nunca eligiera números redondos, que son más creíbles los números que no coinciden con números redondos. Y, mientras hacía un gesto curvo con la mano, yo no podía dejar de imaginar manadas de números rodando por una ladera de verdades bien verdes, bien creíbles. Porque todo lo verde es creíble, así como verde está tan deletreadamente cerca de verdad). Afuera, el viento se lleva en cadencias espasmódicas muchas cosas que oscilan, vuelan o se arrastran, según cómo haya sido su historia y su origen. (Él remontaría para siempre esa redundancia de silencio sobre silencio llegando a término sin quejarse nunca de un sólo dolor. Pero yo no podía mirarlo sin imaginar que el culpable de la asfixia lenta era sencillamente el color blanco omnipresente).

    —Le dejo el barco donde siempre... Vea que hay viento esta noche... Vea...
Y un gesto mínimo tocando su gorra con dos dedos. Antonio se retira caminando por las piedras brillantes de humedad. (Él entornaba los ojos, como si de afilar las pupilas se tratase, cuando tenía por delante a Antonio. Decía que su costumbre de no terminar jamás las frases se debía a un falsedad oculta, a un esconder pasado o presente turbio). Las maderas del barco crujen quejándose del viento. Son sonidos cortos, repentinos, con resonancia fresca de camarote a obscuras. Desde mi ceguera, con mucha tranquilidad puedo pensar en ellos como en la voz perdida de la noche. (Él me tenía prohibido hablar de mi ceguera. Decía que ser ciego es vulgar, que cualquiera puede ser ciego, basta con arrancarse los ojos, por ejemplo. En cambio ver, ver pero ver de mirar y no sólo de tener los ojos abiertos, eso no es para cualquiera, decía él. Y yo siempre quise preguntarle si alguna vez se había arrancado los ojos, pero nunca se lo pregunté. Porque yo, en mis sueños, me los arranco cada vez sin que nada cambie).
    —Cuídese, Antonio, le digo alzando bastante la voz, aunque sin gritar. Y en la penumbra del sendero adivino el gesto del hombre, de espaldas, alzando apenas la mano, sin dejar de caminar algo encorvado. (Él disponía de cada colilla de cada cigarrillo en forma tal que su manera de arrojarla denotaba qué pensaba del otro. Siempre la lanzaba lejos, tomándola a presión entre sus dedos pulgar e índice, en un movimiento ya impensado, mecánico, automático. Luego, la dirección y el arco que describía era el indicador: cuanto más alto y dotado de gracia era el tiro, mayor simpatía; en cambio, un lanzamiento bajo, corto, o incluso rebotando cerca o rápido contra algún obstáculo, no era para nada una buena señal).

    —Esperando... Estoy esperando, nomás. Siempre, ¿vio? Como... como que todo eso que siempre es una gran sábana de agua que nos duerme sin querer, ¿no?, el río, bah, todo eso venga hasta mí y me lleve —y hacía un gesto ampuloso con las manos—, me levante y nademos así, sin nadar, pero con esa calma que tiene siempre el agua, porque el agua es... es calma, ¿vio?, calma siempre, por más olas que tenga o no, son como... como una bravuconada que no se le cree mucho. No... el agua es calma. Y nos lleva mansos, nos duerme, sólo hay que quedarse sentados acá y esperarla. Acá o...
    
    No es de hablar, Antonio, poco y nada. A veces ha soltado breves monólogos tropezados como ese. Me viene ahora a la memoria y no sé bien por qué. Supongo que el viento. El verlo adivinado en ese irse por la noche hastiada. El sospechar como sospecho del blanco que lo ocupa todo. (Él, creo yo, acabó por enamorarse en forma tan infantil como insana de la redundancia del silencio sobre el silencio. Y al fin, cuando el blanco omnisciente cantaba su jaque al rey sin siquiera torcer los labios, él ya sostenía en sus manos frías y nudosas algo que le sabía a eternidad: un amor que lo trascendería, un caminar de pasos cerrados en ese bosque tan silencioso como imperceptible para quien no estuviera envenenado de blanco).

    —¿Cómo era mi padre?
    Suspira, Antonio, y se acomoda inquieto en su silla blanca, con la sonrisa más apagada y triste que se puede superponer a esa hora de la noche.
    —No era un hombre fácil... No... Yo le diría que, en realidad no lo diría yo, lo que se decía siempre era... Bueno, ya se sabe cómo es la gente. Somos gente, claro. Todos. Su padre, por decirlo así, no esperaba que nada se lo llevase. No era como yo. Él se sentaba en la orilla y miraba al río como diciéndole: "algún día te voy a beber entero y todos los que caminen por el lecho seco van a recordar mi nombre". Yo le miraba los ojos, ¿sabe?, le miraba los ojos cuando él miraba. Hay que mirar a la gente cuando mira otras cosas u otras personas para enterarse de las verdades. Las verdades que se callan fácil cuando se mira de frente, se escapan como fantasmas infantiles cuando se mira creyendo no ser visto. Y este hombre, su padre... bueno...
Hago un gesto alzando una mano, alzando las cejas y sonriendo un poco, como invitando.
    —¿Bueno?
    Antonio pierde los ojos en el lecho del río. Hasta allí se han ido a caer sus miradas y su nula preocupación por mi invitación a que siga hablando. Parece que lo que está meditando es infinitamente más fuerte e importante que mis preguntas o mis esperas. O que mi persona, directamente. (Él siempre me decía que tenía que vestirme de muelle, si estaba en el muelle, y de barco, si estaba a bordo. Que lo más importante no era que nadie me mirara, si no que nadie me viera, y que ambas cosas para nada eran lo mismo. Él decía mimetizarse, marcando cada sílaba con un vaivén categórico de la mano y un brillo en los ojos).
    —Antonio, ¿qué había en su mirada?
    Quizá la pregunta directa, sin sutilezas o esperas, funcione mejor. 
    —Su padre, tiene que saberlo, no era de tomar. No... casi nunca. Él dejaba que tomaran los otros, pero el callaba bien callado su garguero y no le hacía al alcohol. Sin embargo, una noche, acá mismo, apenas unos metros más allá en el muelle, estaba un poco mosqueado por algunas ginebras que habíamos tomado juntos. Y los ojos le brillaban. Miraba el río al trasluz, como si tuviera el deber de respirarse toda el agua y regalarle el oxígeno a alguien que lo necesitase. Y los ojos le brillaban... Mientras, yo lo miraba mirar... pero ningún agua frenaba esas pupilas. Y había algo concreto en esa mirada, algo material. Así que así, como le decía, mirando mirar, fue que la conocí.
    Hace silencio. Antonio calla y se ladea la gorra como quien quisiera dormir. O salirse del presente.
    —¿Conocer?... ¿conocer a quién?
    —A su madre, claro. 
    —¿Mi madre?
   —Claro, a la mujer que el río blanco le llevó de los brazos. Nunca la había visto, jamás. Apenas sabía que había existido y más por mentas que por su padre. Él no hablaba jamás de ella. Pero bueno... claro, ella estaba en su mirada. Imposible disimular esas cosas. 
    Siento un frío violento en los brazos. Como si hubiera equivocado alguna puerta y estuviera en la vida equivocada. Antonio es el guarda del tren que mira mi boleto y me informa que ese tren no va adonde yo quiero viajar. Y afuera, todas las ventanillas vomitan noche sobre los asientos y yo tengo la seguridad de que ya nunca voy a poder bajar.
    Antonio se para, tomándose la cintura, algo encorvado, me pone una mano en el hombro y mira hacia el borde del muelle. 
    —Me voy. Este viejo tonto ya habló demasiado por hoy y se está poniendo frío. Mañana salgo apenas haya luz, déjeme la llave en la caja gris, donde siempre. El barco está listo. 
    Todas frases que se caen de mis oídos como el deshielo de una montaña transparente. Antes de que se aleje, le tomo un brazo al pasar y le digo con voz ronca:
    —Antonio... cuénteme cómo era mi madre. Y por favor no me diga que jamás la conoció porque yo sé que no puede mentirme acá, delante del río que alguna vez se lo va a llevar.
    —No... claro, no... ¿mentir?, no tengo por qué. Pero sólo tengo lo que vi aquella noche en aquella mirada y nada más. 
    —Es más de lo que tuve yo, en toda mi vida. 
    Antonio calla durante unos segundos largos y deja que mi frase sea pulida en silencio por el cariño de las maderas húmedas del muelle.
    —Su madre era una mujer blanca, con unos brazos que ondulaban en la misma calma que el agua y unos ojos del color del lecho del río, porque era ciega su madre, ¿sabe?... Pero lo más importante de todo es que ella era una mujer blanca, blanca igual que el río blanco, no de piel, de alma, digo... Era importante eso porque ella era del río y por eso volvió a él. Simple, ¿no?, muy doloroso, muy simple también. Todos, vea... todos estamos en camino a casa, a lo que sea que fuera nuestra casa, pero en camino. Todos estamos regresando. Y eso estaba en la mirada de su padre, aquella noche. Llámele embrujo del alcohol o dolor atragantado, pero esa noche su padre andaba con ganas de contar algunas cosas. Y lo hizo a su manera, en ese completo silencio con el que se vestía, pero dejándome que mire su mirada. 
    Luego de unos segundos, comprende que yo ya no voy a hablar. Me palmea apenas el hombro y se va caminando, dejando un "adiós" apenas murmurado entre sus pasos arrastrados. 

    Él siempre colgaba el sobretodo en el mismo gancho amurado a la pared, cada vez que regresaba del muelle. Luego, revisaba meticulosamente los bolsillos uno por uno sacando sus cosas personales y acomodándolas en una repisa. Odiaba que lo mire hacer eso y, entre muchas otras reglas, me tenía terminantemente prohibido tocar sus cosas. Por eso, ya de grande y entendiendo, evitaba mirarlo y solía dejarle ese rato en paz. No se me escapaba que, luego de colgar y acomodar todo, solía sacar un papel del bolsillo del sobretodo y sentarse en la cama a mirarlo. Digo mirarlo y no leerlo, porque mi padre era analfabeto, no sabía leer. Sin embargo, más allá de la intriga que me causaba ese ritual sin sentido, jamás me atreví a revisarle nada. Podía más el miedo a su enojo que mi curiosidad. 
    La noche en que finalmente murió, y en medio de un estado de shock, tan sereno como devastado, lo primero que hice, aun entendiendo lo tonto de mi acto, fue ir a revisarle los bolsillos del sobretodo en busca de ese papel que noche tras noche le había visto mirar absorto sentado en la cama. Lo encontré fácil, rápido, obviamente no había tantos bolsillos. Lo tomé como si fuera un objeto sagrado y me senté en la cama, casi en el mismo lugar en donde se sentaba mi padre. Lo abrí, lo miré y lo revisé detalladamente por ambas caras. Era un papel en blanco. Completamente en blanco. 
    Hoy, luego de tanto tiempo y luego de las palabras de Antonio, entendí ese papel, entendí a mi padre y entendí qué mujer era mi madre. Entendí que la única carta de amor que una mujer blanca de río podía dejarle a su pareja analfabeta era precisamente un papel en blanco. Entendí que la redundancia de silencio sobre silencio de mi padre, encontraba cada noche, en ese papel en blanco, todas las palabras que él precisaba de su amor. 
    Y entendí, finalmente, que ahora tenía el pasaje correcto en la mano para mi regreso a casa.


viernes, 8 de diciembre de 2017

Siempre se van en un auto

Cierran la puerta, la última, y nace un mundo distinto adentro. Es un mundo que se separa del que habitamos los que estamos mirando. Cierran la puerta y ahí está ese planeta que nació, con una atmósfera de vidrios oscuros y formas difuminadas que se adivinan a través de cielos reflejados. No arrancan enseguida. Hay un lapso mínimo en el que ocurren cosas adentro del auto. Cosas que no sabemos. Cabezas que giran. Alguna conversación de frases rápidas y gestos mínimos de manos. Se señala hacia adelante, hacia los vidrios y atmósferas que los rodean. Desde afuera el sentimiento es el mismo que ante un planeta nuevo. Interrogantes. Habitantes. Y sabemos que acaban yéndose. Siempre. Luego de ese lapso de nada o de actos ciegos al exterior, el auto se mueve, frena apenas como una gentileza de un mundo nuevo ante un universo viejo, y luego sí, ya sale a la nueva vida de mundo nacido. Y se lleva a sus habitantes consigo. Y los que miramos somos invadidos por el desasosiego y la desolación de saber que jamás volveremos a verlos. Como en una visita de mundos, de planetas que se acercan y se orbitan para luego desanudarse y saltar a saborear el vacío obscuro. Jamás. Jamás volveremos a ver a los mismos seres. Cuando bajen del auto serán otros, serán los anodinos y obtusos que ignorábamos y evitábamos antes de su experiencia estelar. 

    El auto sabe. Todos los autos lo saben. Callan, con ese brillo de silencio color gris, o celeste o rojo deportivo y rapaz. Callan y mantienen sus faros indiferentes, como jugadores de póquer sentados a la mesa en la que se disputa cada universo, cada noche. Saben y callan, fingiendo interés sólo por la presión de los neumáticos, por el estado de la batería, por la nafta. Saben que son mundos portátiles y descartables. Uno nuevo cada viaje. Uno más, con cada puerta cerrada. Uno, con cada ser que se va. 

    El hombre baja la ventanilla y el viento lo invade. Lo levanta del asiento. Lo estrella contra el techo del auto y, rebotando caóticamente, lo expulsa. El hombre remonta el cielo, sintiendo una opresión letal en sus pulmones. Muere, en un parpadeo tenue, en una canción salada que se le pegotea en los labios, y se invita a mirar con calma el delineado de la ruta allá abajo, por donde ahora transita el auto solitario, acéfalo de volante o manos directoras. Él se recuesta cansado en una corriente de aire tibio. Su saco flamea en la tarde soleada. Cierra los ojos y la agenda de su mente le indica etiquetas de prioridades. Allí, girando no muy lejos de ciertas nubes, toma su celular y marca el número de su esposa. Tendrá que ir a buscar al auto. No, él ya no puede. Sí, está estrellado contra un árbol a la vera de la ruta. No, él no estaba en el auto. Sí, sí, se había bajado antes. No, no está vivo. Nunca más. Y sí, claro, la ama. 

    Cierran la puerta y ambas dimensiones se desgarran. El que mira, fuera, y el que ya no mira, dentro. Aceleran y los mundos se derriten un poco, se solapan. El rumor del motor es el mantra adormilado de las dimensiones que fingen estoicismo pero copulan en transversal optimismo de amistad planetaria. Quieren ser una. Quieren parir un espejo retrovisor que las muestre en el asiento trasero sonriendo y cantando rumbo a su destino. Pero el optimismo se lacera con cada cierre de puerta, con cada traba automática, con cada vidrio levantado. Nunca bajan los mismos. Suben seres de un color y bajan arco iris de espectro estropeado, con infrarrojos desenfocados y similitudes apenas abocetadas en clave antropomorfa. Pero sólo los autos lo saben. Y callan. Cierran sus puertas y arrancan, con una astilla de húmeda culpa clavada entre sus bujías. 

    El hombre frena en el semáforo. Se mira las manos en el volante. Se mira las uñas. Extiende los dedos y vuelve a cerrar el puño. Delante de su auto, el universo se pliega con un chirrido agudo de galaxias en agonía. Antes de que el semáforo se ponga en verde, todo se pone en negro, en vacío y en la nada. El murmullo del aire acondicionado le dice que es su última oportunidad de respirar, que si lo apagara ya no le quedaría más que nadar, con largas brazadas, a través de la nafta de su tanque hasta llegar al más allá. Más allá del parabrisas, el universo plegado acaba de triturar las últimas estrellas y cae, amorfo y blando, hacia la laguna efervescente del botiquín de Dios, que lo mira serio. El brazo izquierdo se le desprende y activa, sin querer, el guiño. La luz naranja y parpadeante en el tablero le hilvana los ojos a su recuerdo. Busca el celular en el saco con su mano derecha y llama a la esposa. Tendrá que venir a buscar al universo justo abajo de su auto. No, él no lo atropelló, él respetó el semáforo pero todo fue inútil. Sí, que llame también a su abogado. No, no para él, porque él ya no está, para el auto. Sí, todavía respira pero sólo hasta que se apague al aire acondicionado. Y sí, claro, está llorando.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Si la tarde olvida el cielo


Tengo una palabra sola

en cada una de las dos
manos.
Tres veces repetida por cada dedo
al acariciar por cuarta vez hoy
los cinco sentidos de mis seis cegueras.
Tengo sólo la palabra
hemeroteca,
asida entre los pliegues de la palma,
como si la última pluma 
del primer recuerdo 
del eterno abismo
cayera en una violenta arpa,
cayera en una gastada gracia,
cayera y cayera por vez tercera
hasta cerrar en frío mis párpados
y acunar pupilas de gasa tibia
con la visión caliente del cielo dado.
Tengo apenas la palabra
hemeroteca,
como si el amor eterno a la memoria
olvidara el sadismo en continuado
del recorrido por toda noticia,
por toda letra y número, todo consuelo,
todo aviso y todo recuerdo,
diario, edición y tinta en ciernes,
calando con bestial draga en mi quicio.

Queda sólo la palabra

obituario,
sonriendo gris desde la cerrada
hemeroteca,
llevando mi nombre en alto
y agitando la última tenue pluma
contra mis seis cegueras.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Si la tarde equivoca el cielo


Podría ahorcar el símbolo.
Destapando cada rosa y cada oliva
y cada marino en un cada tanto.
Simbolizar el vuelco,
triturando el abrigo del asiento
en voz padre.
Simbolizar el trueno de roja fragancia,
en cada perla de parpadeo 
zurcido a esta brisa.

Podría mostrar el ínfimo
festejo mortal de cada fiebre salmón,
de cada camisa de ocre repatriado,
de cada hostia en hueso de borrador.
Podría simbolizar
cada podría de cada símbolo
y terminar mirando de cara al sol,
de sonrisa a cada estrella,
de llanto a cada ahogo
y, de tanto en tanto,
cerrar por un instante la puerta,
dejándome caer,
en la noche.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Si la tarde no encuentra el cielo


Continuando con la vespertina maldad
osada
dormite que desolada 
va
salitre
en voz manifiesta de descarne y deidad
sabemos cómo es por lo bajo
sabemos dónde, cuándo y qué tajo
ya no perder, ya no asir ni ver 
cocer
en cada meseta de cada oído
ya no caer en lo alto de la gregaria
luz
- puerta -
hilado del embebido pestañeo
dejado a la caridad siempre matutina
- siempre -
continuada
en una maldad por escalón
y en una osadía por toda
baranda

miércoles, 1 de noviembre de 2017

viernes, 16 de junio de 2017

A Maca


—Están hablando de Macarena —dijo Ezequiel. 
Se le cayó el durazno que estaba pelando. Lo miró estrellado contra el piso y supo que el murmullo de la televisión era una pesadilla que comenzaba. Lo supo aún antes de agacharse a recoger el durazno. 
Ezequiel, con los ojos agrandados, lo miraba señalando con un dedo rígido la pantalla del televisor. Una foto, familiar, ocupaba la pantalla, con una banda roja con letras blancas, por debajo de la foto. El durazno resbalaba ahora entre sus manos, igual que las letras blancas que no alcanzaba a descifrar. No había caso, no se ordenaban. Apenas si se animaba a adivinar un “Hallan” pero no había caso con las otras letras. 
Ezequiel se tapaba la cara con las manos. Eso no ayudaba mucho. La foto era tan familiar que el televisor parecía un mueble alojando un portarretrato. Conocido. Rutinario. Ausente. 
Por segunda vez el durazno fue al piso cuando su hijo Ezequiel lo agarró de los brazos. Gritaba. Temblaba. Decía cosas. Otras letras se iban ordenando en la banda roja de la pantalla. “Desaparecida”. Y la foto. Algo tan raro. Tan familiar. 

* * * 

—“Ha… ma… ca” —le pareció escuchar. 
El bracito de los tres años de Milena se estiró señalando la otra punta de la plaza. Él lo miró, siguiendo el recorrido del dedo índice hasta los juegos. 
—¿Hamaca? —le preguntó a su hija, y ella lo miró extrañada. Seria. Extrañamente seria para estar pidiendo un juego. 
La alzó a upa y la llevó hasta la hamaca naranja. La sentó. Milena lo miró otra vez seria, como si su padre no la entendiera. Él comenzó a hamacarla. Estaba anocheciendo y se ponía frío. Tendría que llamar a su otra hija, que jugaba algo más apartada, y regresar los tres a casa. Hamacaría un ratito a Milena. 
En la otra punta de la plaza, un auto arrancaba dejando el grito de sus neumáticos por detrás. Algo se le enredó a Milena en su columna vertebral, algo frío y espeso que no la abandonaría nunca más.
Luego de un rato se dio vuelta y miró a su papá para que ya no la hamacara más.