domingo, 30 de abril de 2023

Lo que queda en pie


—Nada, Franco, nada. Esta es la caída, el momento final. El terminarse de todo. Sabés de qué te hablo. 
En el amplio salón iluminado, con paredes color ocre, cerraban uno a uno los ventanales con un gesto que intentaba disimular el apuro. O el miedo. Cerca de algunos vidrios aleteaban sonidos similares a explosiones, pero aún lejanos o erróneos. 
—Como si estar detrás de un vidrio pudiera detener la historia. 
—¿Se escribe la historia esta noche?
—Se acaba, por lo menos. La nuestra, seguro. 

Franco se revolvió inquieto en su silla de ruedas. Su traje oscuro le pesaba: corbata, camisa blanca, todo ridículo en ese momento. Sólo un par de horas antes, durante la siesta, se soñaba desnudo y corriendo por el parque, detrás de ella, también desnuda. En el aire había sol y música. Ahora había silencio de asfixia. ¿Cómo se sentiría ser despedazado por una bomba? ¿Podría llegar a ver su cuerpo desmembrado rebotando entre el humo contra las paredes ocre? 
—Están pidiendo que evacuemos.
—¿Es un chiste?... Afuera hay una lluvia de misiles. ¿Evacuar adónde?
—No lo sé, señor. Son las órdenes. 
—¿Qué dicen, Artemio?
—Nada, Franco, nada. Puras idioteces. Órdenes como racimos de flores muertas. Inútiles.. 

Franco miraba las piernas de Artemio. Una envidia por esos movimientos. Con toda seguridad si él tuviera esas piernas útiles y no los colgajos que le habían tocado en suerte, hubiera corrido fuera del salón a acabar con el enemigo. Sentía arder en el pecho esos golpes que hubiera dado, sentía esa energía retenida y acumulada. Pero la silla, claro... la muerte estática adornada con ruedas como inútil sarcasmo. La silla desmentía cualquier energía posible, querida o imaginada.
—Sólo es esperar. Aquí no hay sótano ni búnker. Quizá algo quede en pie para cuando el bombardeo acabe. 

Los oídos de Franco se detuvieron en el dolor de esa frase casual: "algo quede en pie". Y obviamente él jamás sería "algo que quedara en pie". Él era siempre algo sentado, o acostado. 
Dio vueltas a esta última palabra. Acostado. No estaba tan mal esperar el fin acostado. Parecía una irreverencia digna de alguien con agallas. Ella, en el sueño, jugaba con el pasto crecido y le preguntaba: "—¿Qué necesidad es esa de mostrarse valiente, de ser un héroe, de pelear más fuerte que todos?... ¿para qué?, ¿qué cambia morir tosiendo en una cama o llevarte con vos a medio ejército enemigo?"

Entonces su cara comenzó a cambiar. Sus oídos se independizaron de los estallidos que cada vez se acercaban más. Se tomó de la silla con ambos brazos y se bajó lentamente. No podía fallar. Primero se sentó en el suelo, descansó, tomó algo del aire ocre que los circundaba y luego se acostó. Rígido, firme, con los brazos paralelos al cuerpo. 
—¿Qué hacés, Franco? ¿Y si hay que salir de urgencia?
—Estoy de pie. ¿No lo ves? Luego, los puntos de vista son siempre discutibles. Artemio, perdoná que te deje pero tengo que volver a un sueño para contestar una pregunta.
—¿Ella?
—Claro.
—¿Y después?
—Ya nos fuimos, Artemio. Entendelo. 

Franco cerró los ojos y varias explosiones encadenadas hicieron vibrar ventanas ocre, desgajando vidrios y ofreciendo plateas, palcos y tribunas para observar el fin con privilegio. Artemio entendió que no hay nada más solitario que una bomba. Miró en derredor y nadie parecía registrar si estaba vivo o si ya era parte de los escombros. El "ya nos fuimos" de Franco le envolvió las piernas y decidió que ya no se movería. 

Ella jugaba con el pasto crecido pero ahora tenía una flor muy pequeña entre los dedos. Lo miraba y se reía. Lo miraba y sentía que amarlo era una explosión más. Una ventana inacabada. Un desfile de incuestionables riesgos que acabarían con todos muertos. 

Le pegó el sol en sus dientes cuando le habló.
—¿Ya los acabaste a todos? ¿Ya podemos regresar y barrer los escombros? Vivir, ¿podemos?...
Franco se notó sentado en el sueño. Se miró las piernas instintivamente. La miró a ella. Se miró amarla. 
—Sí. Ya no queda nada. Ni nadie. Y fui yo solo el que acabó con todo. 
—¿Por mi?
—Por venir a buscarte y por darte la respuesta que te haga vivir. 
Ella comenzó a llorar. Se tapó la cara con las manos. Lloraba cada vez más fuerte. Llegó incluso a abrazarla estando acostado, y ella se acostó junto a él en el sueño. 

En el silencio de los cuerpos unidos bajo los escombros, comenzaron a conversar acerca de sus planes para la vida juntos. La flor pequeña iba de mano en mano y servía para subrayar susurros que declaraban cómo sería una vida que estaba muriendo. Una última y desgarradora bomba acabó con el edificio ocre en forma instantánea.

Entonces Franco pudo sentarse, sacudirse los escombros, mirarla, sonreirle, ponerse de pie, darle la mano e invitarla.
Echaron a andar el sueño.

viernes, 31 de marzo de 2023

Siempre hay un reloj cerca


Había un papel en blanco. 
No estaba en blanco, porque era un papel rayado.
Había un papel con renglones, con rayas de color suave para que lo escrito se contenga lo más paralelo al horizonte posible. Aunque lo dicho en esos renglones ascienda por el peso de su desesperación, los renglones harán que vuele sin estrellarse.
Te harán volar, me dijo el papel en blanco. Antes de que supiera que hablaba de una explosión yo seguía mirando los renglones.

Hay un reloj cerca. 
Siempre hay un reloj cerca, ¿viste? Pero como la inundación acabó con todo rastro de energía, está detenido. Claro, lleva pilas, pero ya no existen. Todas sucumbieron descargándose bajo el agua inmensa. 
El agua es inmortal.
Es probable, porque si no es agua es hielo; si no, es aire, nube, o vida posible, pero morir no muere. En cambio el tiempo, ¿viste?, con todos los relojes detenidos para siempre, es como un inmenso animal herido puesto en estado de coma para nunca admitir su muerte. 
Yo suelo tomarlos de la pared en donde cuelgan o la mesa en donde reposan y colocarlos boca abajo. Les susurro "descansa" al oído de sus agujas y evito mirarlos para que no sientan la crueldad de un tiempo inerte.

Habrá una caligrafía eterna.
Lo dirás como uno de esos murmullos cosidos a un sueño. Las letras redondas tendrán el diámetro de cada estrella encendida, párpado por párpado representadas. Y los trazos rectos seguirán el curso suave de los cometas más reacios al regreso. Lo escrito será tan inmortal como el agua y los relojes entenderán que los renglones son los padres de sus agujas. Rectos como lo era el camino del tiempo ya fallecido. 

Yo hablaba de la explosión, mientras sólo una mirada podía mantener por encima de lo inundado. Alcanzó, de todas formas, para que el atardecer ilumine los renglones flotando despacio. Todas las agujas de todos los relojes de todos los tiempos detenidos volviendo el agua un papel en blanco. 

Y el pulso del horizonte, cosiendo la caligrafía eterna al sueño más callado de mi mano.

jueves, 30 de marzo de 2023

Se quemaría esa noche


—Vamos a salir.

Ella lo escuchó sin dejar de atender la olla puesta al fuego. Ella lo escuchó y sintió cómo la cabaña respiraba. El viento de esas palabras.

—¿Al bosque?
—A matar a una bruja.

Y en su mente se dibujó nítida una pala. En algún lado debía estar. Apoyada en el fondo, quizá. Una pala. Con tierra en derredor.
¿No era prematuro enterrar lo aún vivo?

—¿Por qué?
—No hay un porqué. Hay…
Ella rellenó el silencio de él con la pala. Hay una pala.
—… hay que hacerlo. Es todo.

Revisó su cuchillo envainado como si tuviera la hoja de acero frente a sus ojos. Pasaba las yemas por el cuero gastado. Una reflexión también gastada. El estar tan cerca de perder algo. Y su hija, que lo miraba silenciosa, parada junto a la puerta.
La olla seguía hirviendo en los ojos de ella. Sabía que, de alguna manera, prolongar su silencio lograría retenerlo. Salir al bosque, sí, pero no arrastrando ese silencio que se revolvía en una olla interminable.

—Seguiré encontrando animales muertos.
—El hombre ya fue un animal muerto.

Ella replicó casi instantánea. Su mano, la derecha, la que sostenía la cuchara de madera, se le dormía. Ese hormigueo que sabía guardar en secreto porque lo entreveía como un adelanto innecesario de lo malo por venir. Todo se dormiría, llegado el momento.

—Una bruja que no se mete con hombres. Pero hay cosas más importantes que un hombre.
—Un animal.
—Su espíritu —dijo él acomodando el cuchillo en su cintura y percibiendo que su frase había sido la más segura de todas las pronunciadas. La única.

—¿Ella va?
—Ya sabés porqué.

Miró a la nena parada junto a la puerta. Sus manos entrelazadas delante de su vientre. Y sus grandes ojos marrones, que veían una bruja donde el resto sólo distinguía una persona.
—Y su espíritu —dijo la mujer, como si terminara alguna especie de rezo de fluir callado.
Volvió sus ojos a la olla. Toda la nieve del afuera ahí dentro. Revolviendo lo hervido. Y la pala. El sonido de la pala enterrando toda la nieve en la mirada de la nena. Mantener el fuego hirviendo. Sacudir la mano que se le duerme. Y la respiración de la nena por las noches, cuando sostiene su mano hasta que llega el sueño. Todo dormiría.

—Tenés un cuchillo.
—Sí.
—Y miedo… ¿tenés?
—El miedo es un animal que se entierra en el espíritu del hombre.

El sonido de la olla envolvía la cabaña. Las uñas de la nena inmóvil se entrecruzaban. Y su pecho.
—Los animales enterrados mueren. Yo los encuentro. Entonces hay que hacerlo.
Ella dejó la cuchara de madera en la olla. Calculó cuánto se quemaría hasta que se lo dijese. Hasta que pudiera volver a tomarla.

—¿Nunca te preguntaste por qué ella jamás me mira?
La nena se sintió nombrada y bajó los ojos y la cabeza y el espíritu hasta enterrarlo en su pecho.
Quiso envainarse en otro tiempo. Como el cuchillo que sostenía el hombre que ahora la miraba.
Definitivamente la cuchara se quemaría esa noche.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Asesinas elipsis


No me dejes galopar.
Por el sol, yo te lo pido.

He enterrado hadas en pozos transparentes
de infancias,
en oídos sin nombre
de mieles fantasmas.

No me dejes galopar,
pues ahora ellas salpican,
bajo mi montura,
sus varas mágicas de perdidos desayunos,
sus brillos estancos de deseos oportunos.

Y corcoveo orbitando
asesinas elipsis
cuyas tímidas matemáticas parten al medio el sol
con la furia de la gravedad
que solo un
hada,
enterrada en el pasado
y desoída,
puede llegar a soñar.

No me dejes despertar
en medio del galope.
Déjame a salvo en mi pozo
transparente de necromancias
que pronostican futuros
que cabalgan,
a paso de hada,
sobre dos soles.

sábado, 24 de diciembre de 2022

¿Entiende la épica?


Primero fue un borrón en el asfalto. Gris manchado sobre el gris acostumbrado. Luego surgieron contornos. Leves matices. Algún tono rojizo seco y trazos de líneas finas esparcidas al descuido.
Como la vista se le fijó en la mancha, pudo dejar transcurrir el tiempo necesario para que una de esas brisas que tienen la humildad de transitar entre el polvo del suelo agitara algo como un temblor. Algo en la mancha se movía en el viento. La mancha tenía algún tipo de relieve, entonces. Los colores solos no suelen moverse en el viento, reflexionó.
Se hizo imperativo acercarse. Dar los pasos necesarios para que la mancha deje de serlo y entender.

* * *

El secretario entró a su oficina con el acostumbrado y cansino paso de fingido respeto. Llevaba papeles en la mano y cara de haber sido interrumpido en algo importante.

—Diga, señor.
—Le voy a solicitar que articule lo necesario para decretar tres días de duelo nacional.

El hombre parado frente a su escritorio, inmóvil con sus papeles, cambió rápidamente la expresión del gesto monótono al rictus de estar ignorando algo demasiado importante.
—¿Perdón?…

Él se acomodó los anteojos y lo miró con trabajada seriedad. Esto sería largo.
—Decretar duelo nacional… ¿sabe de qué le hablo? Son tres días, un decreto, hay un protocolo a seguir, banderas a media asta… ¿lo escuchó alguna vez?
—Señor, por supuesto —sonrió muy levemente el secretario, casi como una disculpa—, sólo que se me escapa el motivo.
—¿El motivo de qué?
—Bueno… no me he enterado de ninguna desgracia de gravedad o importancia.

Volvió a acomodarse los anteojos, casi un tic continuo en él, pero ahora mantuvo su mirada en la madera brillante del escritorio.
—Yo, sí.

El secretario cambió su postura y también entendió que esto sería largo. Y arduo. Relajó su cuerpo, acomodó los papeles de su mano y con un breve gesto de permiso los dejó sobre el escritorio. Pretendía que su acción fuera entendida como “ya tomé noción de lo importante del tema y voy a dejar mis papeles a un lado para dedicarme a esto”.
Sacó su anotador de tapas rojas, abrió buscando la hoja correspondiente a ese día y respiró en forma perceptible. Otro gesto que intentaba mostrar compromiso.
—Vamos a decretar tres días de duelo nacional por la muerte de la paloma después de la tormenta.

El bolígrafo se movió sobre la hoja en blanco hasta un punto. Y en ese punto el secretario alzó la vista, mecánicamente, y preguntó como para confirmar:
—Perdón, señor, ¿Paloma, dijo?
—Sí.
—¿Paloma…?
El secretario alargó la frase esperando un apellido relevante mientras mantenía la punta del bolígrafo sobre el papel, justo donde quería colocar el nombre. Pero él sólo se limito a repetir lo ya escuchado pero inaudito.
—La muerte de la paloma después de la tormenta.

Los siguientes segundos de silencio rubricaron en la mente del secretario que ahí acababa la descripción. El nombre. El motivo del duelo. Y sus esperanzas de entender.
—Claro… —murmuró el secretario sin tener nada claro— pero permítame preguntarle, ¿era la paloma de alguien?
La pregunta quedó flotando sobre la madera lustrada del escritorio y fue demasiado evidente que su intención había sido preguntar si “¿la paloma era alguien?”, pero dadas las circunstancias y la investidura que tenía por delante agregó el “de” para no caer en una posible ofensa al prestigio de la ignorada paloma.

—Si usted quiere preguntar si la paloma era de alguna personalidad relevante, funcionario de primera línea o figura destacada del ámbito social, no, la respuesta es no. No era de nadie.
Y luego de una breve pausa, remató:
—No era de nadie. Y eso la vuelve mucho más importante.

Durante estas frases el bolígrafo pareció disfrutar algún tipo de romance con un electrocardiograma, porque se agitaba en la hoja del anotador de tapas rojas simulando una importancia que la mano que lo revestía no alcanzaba a hilvanar por ningún lado. El secretario, en un gesto ya mecánico dentro de su oficio de servir, repitió la última palabra como para invitar a su interlocutor a que siga, a que aclare, o a que lo absuelva de ese raro pantano.
—… importante…
—Sí.
Silencio. No había caso.

Decidió entonces, algo también aprendido con los años, tratar de abrir el tema con preguntas, probando a ver de qué forma podía llegar al nudo de lo incomprensible.
—Disculpe, señor, con todo respeto, claro… ¿Usted conocía a la paloma en cuestión?
Él se volvió a acomodar los anteojos, pues claramente era incapaz de comenzar una frase sin ese gesto previo, y se decidió a pronunciar algunos obsequios retóricos para allanar un poco el camino del hombre que tenía por delante.
—No podría decir que la conocía en persona, aunque quien ha visto una paloma las ha visto todas, pero la conocí lamentablemente ya occisa.

El secretario seguía anotando.

—¿Occisa?, disculpe la ignorancia, pero ¿adónde queda eso?
—Occisa no es una localidad. Significa muerta en forma violenta.
—Entiendo —dijo el secretario sin entender, pero algo más animado—, ¿y tenemos conocimiento del autor material del hecho?, quiero decir, ¿se ha dado intervención a la fiscalía correspondiente y demás?

Él apoyó su mentón en una mano y lo miró con toda la piedad que le era posible antes de responder.
—Ya le dije que la paloma murió después de la tormenta. ¿Usted sabe qué jurisdicción interviene cuando hay chaparrones?
—No, señor. Hemos tenido casos de ciudadanos fallecidos por caída de rayos, pero nunca se registraron denuncias contra los mismos. No que yo recuerde, al menos.

En este punto el secretario sintió un tenue pinchazo de mea culpa, porque si ignoraba un hecho de trascendencia tal que iba a provocar un duelo nacional, paloma más o paloma menos, bien podría ignorar otras cosas fundamentales y su carrera corría peligro.

—La conocí como una mancha gris y borrosa que interrumpía el asfalto, con sus plumas desordenadas, caída seguramente de algún árbol a raíz de la última tormenta.
—Ahora, disculpe, señor, sin ánimo de impertinencia, ¿no?, pero ¿no cabía la posibilidad de dar aviso a algún servicio de emergencias para efectuar algún tipo de rescate? Digo… ¿realmente no había nada para hacer?

—Aplastada. ¿Le suena la palabra?… aplastada. Créame que si yo lo encontrara a usted caído de un piso veinte y vuelto un rompecabezas desarmado tampoco llamaría a nadie.
Y con una rapidez de reflejos que casi no se conocía el secretario soltó impulsivo:
—¿Y decretaría tres días de duelo nacional por mi?

Él olió el acre aroma de la trampa en el aire y decidió seguir caminando sobre terreno seguro.
—Habría que ver cuál fue el motivo de la caída.
—Entiendo —dijo el secretario que ya creyó agotada su cuota de atrevimiento durante esa charla.

—La tormenta… ¿sabe?, la tormenta lo vuelve épico. ¿Lo entiende?… estamos hablando de un ser con alas que vuela, y que termina su vida aplastado contra el piso por una tormenta… que no tiene alas y que no vuela. ¿Entiende la épica?
—Claro —carraspeó el secretario— partimos un poco de la base de que yo no tengo alas, al menos hasta ahora, y de que es poco probable que una tormenta me tire de un décimo piso.
—Partimos de la base de que siendo usted, lo más probable es que se caiga por estar bailando borracho en la baranda del balcón. ¿Entiende la épica?

—Entiendo… —repitió el secretario cual letanía y retomó el bolígrafo y su anotador—. ¿Cuál sería el nombre que deberíamos colocar en el decreto, entonces? Hay un protocolo armado y los decretos se completan en base a modelos, usted ya sabe. Pero me faltaría el nombre…
—Otra vez… La paloma después de la tormenta. ¿Cuántas veces quiere que se lo repita? Mire, si sigue haciendo preguntas y no se pone a trabajar la paloma va a terminar reencarnando antes de que arranque el dichoso duelo nacional.

El secretario seguía con el bolígrafo adherido a la hoja, como si fuera un ancla que le asegurara su perdido barco en medio de esa rara tormenta. Mientras pudiera escribir, no se ahogaría.
—Entiendo… ahora, en ese caso, digamos, si se comprueba la reencarnación, ¿correspondería anular los tres días de duelo nacional o invitamos a la paloma a los actos pertinentes para que se rindan los honores que marca el protocolo?
—No. No corresponde anular nada porque en caso de reencarnar ya no sería la paloma occisa, sería otra paloma distinta…
—¿Aunque compartan el mismo espíritu?

Él ladeó la cabeza y resopló, como anticipando un cansancio posible.
—Mire, yo con eso no me voy a meter porque no quiero tener problemas con el clero. Vio cómo son. Apenas uno manifiesta alguna cosa espiritual y ellos creen sentir un poco de olor a incienso y ya se nos tiran encima acusándonos de herejes, ateos y todo eso. Prefiero concentrarme en las plumas y, llegado el caso, ver qué hacemos. Mire… sinceramente y que esto quede entre nosotros, si algo así ocurriera yo tengo una médium amiga que por algunos pesos nos comunica enseguida con el espíritu de la paloma y ahí aclaramos todo lo que sea necesario.

El secretario seguía en su frenesí de bolígrafo agitado al viento y hoja llenándose de anotaciones.
—Claro… ahí libraríamos el pedido de indagatoria correspondiente y...
—¡No!, ¡no!, pare… eso no lo anote, le dije que queda entre nosotros. No está bien visto que alguien en mi posición ande consultando almas del más allá.
—Claro… y menos si son palomas. Imagino —apuró el secretario.

Él volvió a acomodarse los anteojos pero ahora con las cejas enarcadas, en una curva que denotaba cierto desafío.
—No entiendo… ¿por qué “menos si son palomas”? ¿Me equivoco o usted tiene algo en contra de las palomas? Su frase sonó despectiva.

El secretario respiró hondo, cerró su anotador de tapas rojas y le colocó la tapa al bolígrafo. Luego habló desde ese tono opaco que provocan los recuerdos más hondos.
—Mire, señor… seré breve. Pasé mi infancia viniendo casi todos los días a la plaza que está aquí enfrente, la conoce, sabe de qué hablo… desde donde puede uno sentarse y mirar la Casa de Gobierno. Venía cada tarde a darle de comer a las palomas y pasaba horas y horas… ¿Y sabe qué pensaba?, que algún día iba a estar ahí adentro, en esa casa inmensa e importante, haciendo cosas inmensas e importantes, me veía con banderas, con sillones… Luego, por las noches soñaba que una bandada de palomas agradecidas me alzaban de brazos y piernas desde la plaza y me llevaban por los aires hasta algún despacho de aquí adentro.

Los ojos del secretario acabaron húmedos, mirando a la nada. O al pasado, que es lo mismo.
Él dejó pasar unos segundos y le intentó colocar algún cierre que los dejara en comunión.
—También hubiese sido una caída épica.
—Pero ninguna tormenta me hubiese detenido —respondió instantáneo el secretario.
—Ni yo decretaría un duelo nacional.

sábado, 27 de agosto de 2022

Plumas detenidas en el vértigo

La montaña azul pálido queda en el segundo cajón. Pero si te das vuelta sin tener la inercia que las nubes debieron de licuar antes de tu baño, es probable que tu pecho converse teoremas de ángulos con las ramas secas que se jactan de arar las nubes, si se las mira desde el primer cajón. 

El vértigo no está en el cielo, decías mientras acababas los planos en sepia para cruzarte de piernas, ni mucho menos en la silla, decías mientras dejabas atrás la pretensión de sostener tu cuello en alto, el verdadero vértigo vive en el aire que se respira, decías al final mientras controlabas las alas que se te desplegaban desde los hombros. 

¿El pañuelo?, te pregunté extrañado repitiendo tu pregunta. Supongo que en el fondo de alguno de los cajones. ¿Arriba? hay mucha tierra. Y viento. Pero si se lo mira desde el primer cajón no es aire violento, no son porciones de universo que se trasladan. Son cantos mudos que entonan espíritus que se fueron a bordo de una asfixia. Sus letras tienen el mismo relieve que tu espalda y las rimas son tan cóncavas como tu columna dibujada en la tarde. No, convexas son tus excusas para darle la espalda a la montaña azul pálido. Y claro, el segundo cajón se desfondó. 

El pañuelo. Por supuesto, ahora puedo ver tu llanto. Lo confundí con savia del árbol donde florecen sillas. Las alas, por supuesto. Desplegadas desde tus hombros como si las colinas fueran excusas de la llanura para exhibir al cielo. Alas, pero no vuelo. Plumas detenidas en el vértigo. 

Me alejo en la tarde sepia luego de escuchar que nadie, pero nadie, te enseñó a volar.




Imagen: Silla aerodinámica, Salvador Dalí, 1934

martes, 23 de agosto de 2022

El progenitor y sus sobornos


Como si las teclas de la máquina de escribir le pulsaran los latidos del corazón y como si frenar el tipeo fuera parar ambas cosas. Palabra por palabra triunfando sobre la muerte que es el blanco en una hoja que es la vida. En desierto.

Una ventana le habla del sol, en vano, y le advierte de la noche, sin respuesta. Dejará entrar la lluvia sin estremecer ninguna cortina de por medio. Y las gotas calladas intentarán acomodarse en la hoja inserta en la máquina.

Mientras, las manos mueven palabras. 
Mientras, el corazón se agazapa ante la idea en falta, ante el argumento que no llega a la cita y el posible detenerse. De todo. 
Y de nada cuelga su hilo cada vez más transparente que lo lleva por una escalera oscura hasta la promesa del texto. 

Punto y aparte (¿y la escalera sube o baja?). 
Punto seguido. Y se rinde homenaje a la tinta, que es soldado mudo en campo de batalla minado de ideas, cometiendo incesto con el progenitor y sus sobornos. Sonriendo el adulterio de autobiografiarse para no caer en un punto final antes de tiempo.

No caer. No parar.
(Y la letra movida por el corazón que tiembla.)

domingo, 21 de agosto de 2022

Un irse de volver mirando


Hay un recuerdo. 
¿Qué es fugitivo en tus palabras, si cada silencio es apuñalado por una intención más sonora que una de esas miradas?
El contorno de la voz se nubla y ahora las vocales se espejan en el brillo de los labios húmedos. 
¿Quién es figurativo en la emoción que te viste durante cada sueño, si la evolución de los párpados acaba en una quieta infinitud?
Hay un salvaje respirar que toma aire en los pulmones de otra vida y suelta el aliento en lo que reencarnará.
Y el recuerdo, pero de los ojos cerrados.
Y un irse de volver mirando.

sábado, 20 de agosto de 2022

A los que tengan que irse


Grabó el sonido de las rayas que las uñas dejaban sobre el bordado.
Luego colocó el cassette en un sobre. Lo enviaría por correo. Había un perro en la estampilla, pero la empleada de la oficina postal lo confundió con una ballena. No paraba de reirse. Tomó el ticket, luego de ahorcarla, y abandonó el lugar. Apretó el ticket en su bolsillo.A su espalda dejaba una creciente conmoción por las risas acabadas sin vida en el piso, mientras él apuraba el paso. Apretó el ticket. Temía que usen la excusa de la empleada para no enviar su paquete. 

Grabó el sonido de la aguja atravesando las rayas en el bordado.
Guardó el cassette en su bolsillo y se dirigió a la estación de tren. Pidió su pasaje hasta ella. 
—¿Ida y vuelta?
—No.
—Eh... ¿ida solo, entonces?
—Sí. Voy solo.
—No... quiero decir que el pasaje es sólo de ida.
—No. Quiero mi pasaje de vuelta. 
—Claro... pero el pasaje de vuelta lo tiene que sacar en destino. 
—Yo no tengo destino. 
Metió su mano entonces por el mínimo agujero semicircular de la ventanilla y le dejó el cassette a la empleada del lugar. Sobre los billetes que había pagado. Ella lo miró alejarse con las manos en los bolsillos y apenas pudo mirar el cassette durante tres segundos, justo lo necesario para que explote en su mano y todo alrededor se tiña de rojo y de carne. 

Grabó el sonido del hilo que bordaba el aire cuando enhebraba la aguja.
Colocó el cassette en un sobre y lo llevó al correo. Había otra empleada. Ya no reía. Esta vez había un ciervo en la estampilla y él acarició los bordes de sus cuernos. La empleada le habló sin mirarlo. 
—¿Envío simple?
—¿Sabe?, viví algunos años en el Tíbet y aprendí a leer el destino en los cuernos de los ciervos. 
La empleada lo miró y miró su dedo acariciando la estampilla. Eligio el silencio. 
—Usted pasó su lengua por esta estampilla, para pegarla. ¿Entiende?... su saliva le dio vida a este ciervo y ahora, en sus cuernos, puede leerse su futuro. 
—¿El mío o el del ciervo?
La miró directo a los ojos, con la importancia que tienen todas las últimas veces de las cosas.
—El del ciervo. Usted no tiene futuro. 
La primera puntada en el pecho, su mano desesperando el vidrio de la ventanilla y su otra mano tirando al suelo todo lo del escritorio. Ya asistían en el piso a la empleada que dejaba de respirar cuando salió de la oficina postal conversando con el ciervo. 
—¿Te parece que esta vez llegará?
—No. 
Lo dejó en una parada de taxis y se alejó caminando con las manos en los bolsillos. 

Grabó el sonido del bordado rayando el aire tenso por los hilos sostenidos en las uñas.
Guardó el cassette en el bolsillo interior de su saco. Luego, arrodillado en el confesionario y mientras las maderas crujían tan leves como el incienso que se movía en el aire de la iglesia, le dijo al sacerdote:
—Tiene que escuchar esto, padre.
—Claro, adelante.
Entonces le deslizó el cassette por la ventana de madera enrejada. 
—No entiendo... ¿grabaste tu confesión?
—No lo sé. Quizá me haya adelantado a confesarme antes de pecar. 
El sacerdote miró el cassette en su mano y mientras pensaba qué responder o qué preguntar, percibió que el hombre se alejaba por el centro de la iglesia con sus manos en los bolsillos. Dieciocho segundos más tarde la torre del campanario caía sobre el cuerpo del sacerdote ya sin vida, producto de la explosión y del derrumbe. 

Mientras caminaba por la calle y se escuchaban las primeras sirenas, el teléfono le sonó en el bolsillo. Lo tomó, miró el número y sonrió emocionado. El correo había llegado a destino.

viernes, 19 de agosto de 2022

De un abismo sin párpados


Todo hace pensar que es una iglesia. No podría ser otra cosa. Si no lo fuera, sería una imitación rudimentaria y afectada. Pero es una iglesia. Quizá ya no ocurran las cosas que solían ocurrir en una iglesia, pero para nombrar "el lecho seco de un río" hace falta la palabra "río". Entonces, iglesia.

Unas mesas de piedra oscura, amplias, esparcidas por toda su nave, ocupan el lugar que normalmente tienen los bancos de madera lustrada por fieles roces de siglos. Cuesta distinguir el recuerdo de quienes se han arrodillado allí. Si hubo bancos (y rodillas) ya no se advierte. 

Son mesas en donde hay una sola persona sentada. Y sin embargo no parece sobrar nada de toda esa piedra vacía. Se sabe que está ahí para algo. Y ese algo rodea a la persona sentada así como el trueno previo a la lluvia nos murmura que busquemos un techo. Hay, sobre la mesa, una pieza que podría ser de ajedrez. Desde mi lugar creo ver un rey, o una torre, quizás imagino un alfil, pero de ninguna manera lo es, por eso lo imagino. Tampoco son piezas de ajedrez y nadie está jugando. 

Gente que camina entre las mesas va recogiendo esas piezas. Sé que es gente de la iglesia, que no es iglesia, y sé que se retiran las piezas luego de que la persona sentada haya finalizado lo que debía realizar. En todo el salón la actividad es la misma y rutinaria. Oscura (podría haber luz de candelabros, pero no la hay) y silenciosa como si se tratara de un sueño apurado. 

Se percibe siempre la sensación de pérdida. Sin mirar cada pieza ni cada rostro, se entiende fácil que sólo se acaba si se acaba perdiendo. Y le retiran la pieza de ajedrez (que no es ajedrez) de la mesa, en un gesto de final que, por la falta de condena, vuelve la soledad más cruda. Algunas personas quedan allí, otras se levantan. Quizás simplemente se borroneen en la oscuridad y deshilachen ese cansancio silente perdiéndose luego de la pérdida, sin haber logrado jamás eso que la pieza que les tocó en suerte les proponía. Porque lo que les toca siempre es en suerte, jamás es debido.

Desde donde observo (el sueño ciego de un abismo sin párpados), sé que no tiene ninguna importancia saber de dónde proviene la voz (que no es voz) ni de quién se trata. Y mucho menos entender cómo no logra quebrar el silencio de las piezas mudas arrastradas en las mesas.
—Pensar que si un solo movimiento, uno solo, fuera a dar con el espacio indicado para alojar la idea de ganar, el colapso sería tan brutal que nadie jamás se enteraría. Al fin, no se trata de perder. Ni siquiera de jugar. Se trata de cuidarse de no ganar jamás. 

Mientras su última palabra se deletreaba en el abismo que me abrigaba, pude ver cómo retiraban una pieza y cómo un hombre se levantaba encorvado, rozando la piedra de la mesa con el puño apenas cerrado. En breve habría otro sentado. Otra pieza. Otro hacer. Otra pérdida. No pude sentir la perversa alegría de no participar de esa mecánica de piezas, piedras, gente, movidas, pérdidas. Y digo que no pude porque apenas lo pensé una pieza apareció delante de mi.

jueves, 18 de agosto de 2022

Circundando el rocío


La composición del tallo
descompone las líneas rectas
de tu pensamiento
con la espontánea lucidez que antes
creías cercana a tu piel. 

Las razones de la abeja
que te miró de frente,
con el crepúsculo a su espalda,
hicieron retroceder a las palmas de tus ojos
hasta aquellos primeros pétalos
de leche.

¿Acaso un pezón en vuelo,
confundido con un sol en celo,
pudo entonar,
con sagacidad, 
el mismo zumbido de miel lejana?

Ya perdiste las flores
y ningún perfume reencarna.
Pasemos a llorar
circundando el rocío
y brindando 
por nuestra memoria
que jamás floreció.

domingo, 30 de enero de 2022

La segunda manzana


El toro cruza la carretera  preguntando si la velocidad máxima permitida coincide con la hora del cruce peatonal habilitado. (El tren pasa sólo una vez por tormenta.) 
Le contestan. 
Pero en otro idioma. 
Él no sabe leer la hora en los relojes de las muñecas que le ofrecen. (Las agujas semejan espadas y las espadas significan que su tiempo se detiene.) Igual agradece. 
En otro idioma. 

Transitar por la línea blanca de la carretera desconociendo la hora es como hacer equilibrio luego de haber caído al vacío, se dice el toro, no antes. Los camiones rayan el aire que se arremolina en sus orejas. (Cada una de sus orejas tiene el mismo idioma a la hora de la tormenta. El tren lo sabe. Pero calla y mira al cielo buscando nubes con forma de vaca.) 

Las motos que circuncidan el asfalto se le antojan un posible reloj de arena, y quiere armar sendos triángulos con ellas para luego intentar que la arena le hable del cruce peatonal habilitado. (Intentaría, llegado el caso, no tocar el tema de la hora y dejar que sea ella quien le cuente de sus vidas pasadas en el mar). La arena se sube a la última de las motos y acelera en una cadencia de playa tropical (las palmeras van sonriendo en la primera moto). 

No tiene la predisposición, piensa el toro mientras muerde sin ganas una manzana al costado de la carretera. Cuatro camiones y dos bicicletas más tarde (una estará en llanta dos kilómetros antes de la tormenta) el cielo dejará caer un trueno muy cerca de ese bosque raleado que parece colgar del horizonte, sin que el toro desvíe la vista del cruce peatonal habilitado. 

Ahora es un durazno que hace girar en su hocico y, más tarde, cuando apenas falten centímetros para que el cruce peatonal quede habilitado, será la segunda manzana. 
Del otro lado del asfalto el toro huele el aroma a lavanda del pelo de ella y la emoción le atraganta para siempre el carozo de la manzana en su garganta desafiada por los nervios. 
Ella mira la hora que flamea en su muñeca. (Se subirá al tren pensando que la tormenta se llueve siempre en otro idioma.) 

La velocidad máxima permitida le empaña la vista al mismo tiempo que empieza a llover. Recuerda su champú con aroma a lavanda y extraña salvajemente las caricias del toro que yace asesinado por una manzana en otro idioma, mientras escucha cómo el tren atropella por última vez en el día el cruce peatonal habilitado, respetando la velocidad máxima permitida. 

sábado, 29 de enero de 2022

Redes sociales


Sé que por fuera, 
en ese mundo que entona 
con sonrisas de asfixia 
la descripción de su pertinaz 
estado de descomposición, 
los cantos de sirena siguen vigentes. 

Y mi sordera, entonces, es el regalo 
de algún universo piadoso 
que no ha podido ser más procedente 
en su sentido 
de lo oportuno.

Sobre todo, 
porque yo sé que los cantos 
ya no son tales, 
sino muecas de tristeza desmenuzada. 
Y las posibles sirenas de otrora 
son apenas cadáveres de plástico temblando 
con el grave pulso de una angustia 
que saben 
terminal. 

domingo, 23 de enero de 2022

Los sueños salvajes


Hay un yate anclado en el último sueño
que anochece.
Y borda palabras rellenas de orilla en la espuma
que se tiembla. 
(Ya no voy a descender.)
El aire se agua intentando respirar la tierra.
(Ni escalar la marea alta del recuerdo.)

En la cubierta
dos muertos mudos acunan
sus palabras con el vaivén líquido del horizonte.
Conversan entrelíneas de sol y dejan entrever su nacimiento
que envejece.
(Ya no voy a encender los espejos cuando la noche grite.)

Permitir el naufragio
y cargar, del yate, los muertos
a la inequívoca conciencia de la deriva ya oscura.
(Dejar la cubierta limpia,
para los sueños salvajes que no saben nadar.)

La conversación muda se aleja, en las mantas plegadas
que entrelínean estrellas ciegas
y se siente
un ancla voraz arrancando piel por cada sílaba,
y una sintaxis prohibida en el último de los oleajes. 

(Ya no voy a escribir postales
ni deletrear los puertos de mis infancias rotas.)

domingo, 26 de diciembre de 2021

De los ocasos posibles


Eran los dos ojos de un universo.

Sentado en el pasto, con esa agua cerca
miro detenidamente las hojas verdes en mi mano. 

En los ojos, un cuerpo se disfraza, duda y vomita hasta desaparecer.

Como si hubiera una relación entre las nervaduras
que se emparejan con las líneas de mi mano
y el tránsito desorbitado de esa última estrella ardiente.

Cada ojo ciega al otro regalándole un párpado de fiesta
para cada cumpleaños. 

(Cerrar. Se cierra. Con el agua tan cerca cualquier ceguera
es un hipo a milímetros del ahogo.)

Sentado en el pasto, con esa agua cerca,
miro detenidamente la última estrella ardiente hundirse 
en una excusa de humo líquido que traga, para siempre,
el último de los ocasos posibles. 

(Las nervaduras de mi mano cierran
los ojos de cada 
profecía.
Las hojas verdes saben
esperar.)

viernes, 15 de octubre de 2021

Ineludible orden


Comprar cuatro o cinco
paquetes de fideos
y colocarlos
en el
estante
por ineludible orden
de fecha
de vencimiento
de cada uno. 

(Sería trágico usar el más nuevo
primero
y olvidar
el más viejo en el estante, solo.)
Mientras
las fechas estén 
en ineludible orden
podremos mantener a la tragedia
lejos.

Y será necesario, finalmente,
no comer nada 
de todo 
aquello
para no
perder las fechas de vista, nunca. 
Recordar:
primero el más viejo y al final
el más
nuevo, sin
tocarlos nunca,
dejando intacto el hambre
hasta que llegue la última
fecha.

miércoles, 13 de octubre de 2021

La precisión que brinda una mira telescópica


En el último sentido posible no hay más colores de pintura, entre los exhibidos, para imitar esa mirada. 

Mauro se mueve en la cocina y, desde el living, parece arrastrar los azulejos con su cáscara de escamas vueltas sed de tiempo. Hay en él una extrapolación de posibilidades que pueden ser percibidas como una monografía florecida en medusa de argumentos. 

Cada color empapa de esoterismo los kilómetros del viaje exhibido. Ya no tiene importancia llegar. 

Los sonidos triviales que pegotean de cotidianeidad los oídos son un puente menos digno que un simple grito entre Mauro y el living. Verlo introducir su cara, como si un Rasgado Velo de Troya se tratara, en nuestro ambiente de sillones adormilados es un acantilado similar a todas las cucharitas de café cayendo desmayadas de sus pocillos. Y la sangre oscura en salpicaduras breves manteniendo diálogos lacónicos con la porcelana de iridiscente pasado. 

El saco de Mauro. Los brazos de Mauro. Las piernas de Mauro. La respiración de Mauro. El pasado de Mauro. Los pasos de Mauro. 

—Me dicen que el coche fúnebre estaría en camino. 

Como insultar colores con los grises de unas sílabas emancipadas de toda vocal madre. 

Parado en el living, como quien no puede soportar el universo sin destruir sus cimientos masticando lentamente la belleza piadosa de sus orígenes, Mauro mira abstraído su teléfono celular y toca levemente la pantalla de cuando en cuando. 

—Roque y Andrés van a llegar un rato más tarde. Dicen eso. Van a quedar un par de lugares en los coches. Estarían en camino... ¿dije, no?

El saco de Mauro está hecho con la misma tela de los neumáticos de los coches fúnebres. Sus anteojos tienen un marco de madera de ataúd tallada y el blanco de sus ojos es mortaja modelada en un displicente horno de miradas cocidas. Mauro estaría en camino. Y quedarían dos lugares, los de Roque y Andrés. El coche fúnebre tiene piernas y mira su teléfono celular. 

—Parece mentira, ¿no?

La medusa de argumentos ahora repta el living dejando agua de mar desmayada sobre la alfombra. Parece que debiera de parecerme mentira ese parecer. La medusa se sienta en un sillón de cuero de cera de cirio y me mira desde todas sus cabezas. Cada argumento tiene un peinado distinto y todos me aclaran que no hay más remedio. Pero sí hay más Mauro. 

Yo quiero que algo llegue desde la cocina y salve mi alma, que no parezca mentira y que no acabe de derrumbarse el living a causa del peso de Mauro y todo lo que contiene su teléfono celular. Pero la medusa me hace una seña con su cabeza para que mire. 

—El coche fúnebre chocó bajando la autopista... No entiendo bien, pero parece que el chofer habría fallecido y van a usar el ataúd para trasladarlo a él. 

Mauro me mira y, en el último de los sentidos posibles, todos los colores se dan vuelta para negarse a cualquier imitación. Sólo el blanco ambulancia se sienta en el living y acepta un café que le tiende la medusa de argumentos. 

—Ahora sí que ya no sé cuántos lugares quedan. ¿Los esperamos a Andrés y Roque o velamos al chofer del coche fúnebre, que viene ya puesto en el ataúd?

Desde la cocina llega una voz asomada de mujer.

—¿Y mamá?

lunes, 30 de agosto de 2021

Un dejo de omnipotencia


Ver
transformarse el horizonte,
que no es,
en un punto que es,
(la emoción de saber que se cumple,
el horario se cumple
)
y que me va a demostrar que llega,
omnipotente llega y lo ocupa todo,
barre con los sonidos leves,
dispersos,
(las calles humildes alrededor),
para instalar su murmullo en trueno,
que es la sangre del alma de un dios
reinventando el vacío
sobre vías de acero
(la redención de llegar a destino,
olvidando el origen
y reencarnando en viaje
).

A veces
el animal sagrado,
que se descolgaba del horizonte,
invitaba a la emoción de ese chico
a subir
y a compartir un dejo de omnipotencia
a través de las ventanillas,
(¿ya viste
que si te olvidás del mundo
la ventanilla es una película más?
)
a subir
y a entender cómo se veía el todo
desde sus vagones
que partían en dos al universo visible:
derecha e izquierda
para volver a unir la ciudad tajeada
por el estruendo de sus vías.

Y siempre
la tristeza era volver.
Saber que en algún momento
en que el dios se detuviera,
(esas concesiones que realiza,
como un gesto de piedad,
para que lo habiten y lo dejen
cuando sea la estación
),
el juego acabaría,
y las vías
volverían a unirse en un punto
del horizonte
que ya no es.

sábado, 28 de agosto de 2021

Hojaldre


Al entrar, pensó que era algún tipo de broma. Sin embargo, Octavio le sonrió y le hizo el gesto característico con la mano para que pase. Dio dos pasos sintiendo el musgo bajo sus pisadas y soportando la presión de un aire demasiado cargado de cosas vivas.
Miraba serio, sin atreverse a hacer ningún comentario hasta que Octavio no abriera de alguna manera el juego de lo que eso significaba. Lo vio caminar por el cuarto despreocupado, deshacerse el nudo de la corbata y mirar, como al descuido, el cielo del atardecer por la ventana.
—Está espesa la neblina —le escuchó murmurar, mientras acomodaba el saco sobre el único sillón que no estaba copulado por la vegetación—. Pasá, ponete cómodo.
Esto último lo llevó a dar dos pasos más, como una muestra de audacia que se guardaría para sí mismo y sus recuerdos. Aún siendo un movimiento tan pobre, no pudo dejar de sentir el roce lascivo de los tallos envalentonados alrededor de sus piernas. Cada paso ahí dentro era una impertinencia vegetal, un insulto con grafía de savia.
Sin que ya lo sorprendiera tanto, Octavio se sentó despreocupado en la cama, una amplia extensión de césped de aspecto salvaje, como todo ahí dentro, e hizo algo sumamente trivial, un gesto que parecía nacido de la inercia obvia de quien llega a su casa y pasa a habitar el confort: tomó una masa rectangular, verde oscura y de aspecto húmedo como todo, y la apuntó al televisor que parecía agonizar en un rincón. ¿Un control remoto?, ¿eso era un control remoto? Y, antes de que siguiera intentando entender, el típico ruido del televisor al prenderse lo desbarató. Eso era un control remoto, eso era un televisor y ambas cosas, a pesar de la apariencia violentamente anacrónica, funcionaban.
El brillo parpadeante de la pantalla jugaba con las sombras enmarañadas de verde que reptaban por la habitación conforme Octavio cambiaba los canales. Repuesto un poco del asombro y ya resignado a entender que no entendería nada ahí dentro, miró el televisor. Se veían imágenes en blanco y negro. Hasta ahí, nada tan extraño. La edad aparente del aparato era perfectamente coherente con esa tecnología. Pero al fijar un poco la vista en lo que se transmitía, el desconcierto fue mayor. Un noticiero que, en apariencia, simulaba posturas y decorados de antaño y que encima comentaba la invasión alemana a Polonia de 1939. Lo miró a Octavio y vio la atención que le prestaba a la pantalla. Al instante estiró un brazo y le señaló la noticia.
—¿Te enteraste, no?… terrible lo que están haciendo estos alemanes…
Pisó un par de tallos y hojas más, sintiendo cómo el verde se le subía por las piernas hasta el razonamiento, y se acercó a la cama respirando hondo.
—Octavio —le dijo— ¿qué es todo esto?
—No te entiendo —murmuró Octavio con la mirada fija en la imagen borrosa de unos tanques de guerra en la pantalla— ¿de qué hablás?
—Esta habitación es la habitación de un hotel que no puede existir, abandonada por décadas que nunca transcurrieron y estás mirando un televisor en blanco y negro que da noticias de hace ochenta años… para no hablar de que absolutamente todo está cubierto de musgo, vegetación, humedad, hongos…
—Ah, eso… —Octavio sonrió como si le recordaran un detalle olvidado— tenés razón, estuve grosero en no avisarte antes. Pero mirá… es más fácil si te lo muestro que si te lo cuento.
Volvió a tomar el control remoto y comenzó a cambiar de canales, como buscando algo en especial. Y en determinado momento se detuvo en un canal. Con la misma mano que empuñaba el control le indicó en silencio la pantalla, como invitando a mirar. Era otro programa, muy distinto, con personas de aspecto apenas similar a un ser humano y decorados que él no acertaba a describir, pero parecían líquidos o fluidos. Y en determinado momento prestó atención al sonido: “… y de tal manera se ajustan las cosas a lo que realmente debe ocurrir en esta época, no llegamos al 2478 por nada, hay que tener a la vista que…” Se sintió mareado y se sentó en un borde de la cama. Lo más obvio era pensar que todo era parte de un estudio de grabación, cine, algo impostado, armado… pero no, definitivamente no tenía ese aspecto. El comportamiento de Octavio era tan común, tan hasta vulgar y trivial que no daba a entender nada extraordinario, y sin embargo…
—¿Escuchaste, no? —le preguntó con interés genuino en la mirada.
Él lo miró y sólo lo miró sin atinar a contestar, pero a Octavio no le hizo falta para seguir y explayarse.
—La encontré así, nunca supe por qué. Alquilé la habitación y al tiempo entendí lo que pasaba. En este espacio los tiempos se superponen, no hay un orden de pasado-presente-futuro, todo está junto y superpuesto, por eso verlo confunde tanto. Pero claro, yo ya me habitué.
Octavio tomó nuevamente el control y volvió a cambiar de canal, retornando a los tanques de guerra.
—Perdón, ¿eh?, pero el futuro es aburrido hasta el sopor, prefiero mil veces ver a los alemanes jugando a los soldaditos. Ah, perdón, te termino de explicar el tema de las superposiciones, porque te veo perdido todavía. ¿Ves este sillón?
—Sí, claro.
—Es viejo, ¿no?
—Mucho, sí… tiene décadas de viejo.
—Mil novecientos setenta y cuatro, para ser más exactos. O sea, es pasado, claramente pasado. Bien, y esta vegetación, como la llamaste, ¿qué pensás que es?
—No entiendo… es vegetación, plantas, no sé…
—No. Si entendés que acá los tiempos conviven y no están ordenados, tenés que entender que lo que estás viendo es el pasado de los futuros muebles, por decir algo…
—O sea…
—O sea que estás viendo la planta que dará el árbol que dará la madera que dará el futuro sillón que todavía no existe, pero sí existe como futuro cohabitando esta habitación, en donde también aún existe el sillón de mil novecientos setenta y cuatro. Y por eso la misma televisión me muestra la invasión de Polonia, la llegada a la Luna y los primeros clones humanos que mandaron a colonizar Saturno. Todo coexiste al mismo tiempo en el tiempo de esta habitación.
Si bien el mareo se le iba pasando, otra sensación peor se adueñaba de su pensamiento. Podía llegar a dar crédito a lo que le explicaba Octavio, pero había algo que no cerraba, algo que no parecía encajar en esa explicación tan de maqueta de ciencias…
—Está bien, supongamos que admito que esto es así.
Octavio lo interrumpió sonriendo.
—¡No tenés nada que admitir!, esto es así más allá de lo que creas o admitas.
—Bien, por eso… más allá de esto, puedo entender la coexistencia del tiempo en los objetos y cómo están fundidos en un mismo punto pasado, presente y futuro. Ahora… ¿y nosotros?
—¿Nosotros qué?
—Claro… ¿qué pasa con nosotros en este lugar en el que el tiempo está superpuesto?
Octavio se rió bajando la mirada al piso. En el televisor, las explosiones se sucedían como una fiesta equivocada y la mirada de los soldados buscaba un vacío que no llegaba nunca.
Luego le dijo, finalmente.
—Esto que llamás “nosotros”… esto que llamás “Octavio”… eso que ves cuando te mirás en el espejo… Todo eso, todo deberías revisarlo. No quiero asustarte, pero es mejor que ya no vuelvas a mirar el reloj.

jueves, 26 de agosto de 2021

El deshielo de Dana


Su padre dejó el periódico sobre la mesa, con ese dejo de desprecio que siempre le provocaban las noticias de su país. Su años le daban ese tono de escepticismo frente a lo que se decidía informar y cómo. Pero hoy era algo distinto. El titular era grande, destacado y contenía en sus letras, aunque sin expresarlo, el sonido de los malos presagios.

Dentro de su casa sencilla, de colores claros y limpios, cualquiera que caminara por la sala de estar podía leer el titular que había quedado boca arriba en la mesa: “Llueve en Groenlandia por primera vez en setenta años. Un dato muy preocupante”. A su padre no le hacía falta leer la nota. Por su profesión sabía de sobra que el cambio climático tarde o temprano terminaría provocando esto. Y mucho más, por supuesto, pero este era un principio que alguna vez iba a llegar. Y ese principio había llegado.

—En nuestra tierra no llueve. En nuestra tierra nieva. Sólo nieva. Casi el ochenta por ciento del país es hielo. Acá nieva. Acá no llueve. La lluvia es para otros, de otros… Somos lo blanco, no somos lo transparente. Fuimos siempre la nieve eterna, una isla gigante, la más grande del planeta, de hecho, casi cubierta por completo de nieve.
Su hijo mayor se preparaba un café en la cocina y lo miraba de a ratos. Sabía que no le convenía intervenir en esos monólogos, pero también sabía que lo tomaba como interlocutor para decir esas cosas. De alguna manera necesitaba que él esté por ahí, aunque no responda ni participe.
—Y ahora llueve. Llegó finalmente la lluvia a Groenlandia. Lo digo y suena como si algún idiota enunciara que se apagaron las llamas del infierno y ahora soplan brisas frescas.
El hijo miraba por la ventana de la cocina. La parsimonia habitual de Nuuk y su gente, la ciudad capital que habitaban, parecía contener hoy ese barniz de asombro indignado que las palabras de su padre cargaban. Se les podía adivinar otra mirada, otro gesto mínimamente desviado en sus rostros.
Su padre se acercó a la cocina y también se puso a observar a la ciudad quieta por la ventana.
—¿Dónde está Dana? —le preguntó a su hijo mayor.
—Creo que en su cuarto, me pareció verla por ahí.
Luego los envolvió el silencio y el aroma a café fue el único sonido entre sus ánimos apagados en la tarde.

El padre entró en el cuarto de Dana y enseguida entendió que su idea inicial de conversar con su hija acerca del cambio climático y explicarle la importancia de lo sucedido sería un plan para abandonar. La conocía bien y tanto la conocía que podía adivinar que la posición en la que había colocado su silla de ruedas frente a la ventana significaba que Dana estaba habitando alguna de sus abstracciones. Eligió entonces acercarse en silencio hasta que, desde la distancia adecuada para no abrumar el momento con su presencia física, pudo verle la cara. Al mismo tiempo que una expresión de felicidad estática le modelaba los ojos y su boca se estiraba en una sonrisa, Dana lloraba.
Él reparó en la ventana que su hija miraba con una fijeza hipnótica y trató de ponerse en sus ojos para entender. No tardo mucho. Era algo obvio que a él, y quizás a la mayoría de los pobladores, se le había pasado por alto. Los vidrios de la ventana estaban completamente perlados de gotas de lluvia. Y eso era algo que ellos jamás habían visto en forma natural. Siempre la nieve. La nieve. Siempre. Lo blanco.

—¿Viste lo que pasó? —le dijo Dana sin dejar de mirar la ventana.
—Sí, hija… por primera vez en mucho tiempo resulta que…
—¿Viste que mis ojos pudieron imitar a la lluvia? —lo interrumpió Dana— ¿te das cuenta de que la ventana y mi cara están iguales, llenas de gotas? Yo no sabía, papá, yo no sabía que mi cara podía llover…
Su padre la miró. Se concentró en las lágrimas. Miró el vidrio de la ventana lleno de gotas. Algunas se deslizaban por el viento, otras se empujaban entre sí para caer.

Dana mantenía su cara inmóvil, como si quisiera contener tantas gotas como fuera posible, porque no podía saber cuánto tiempo pasaría hasta que pudiera volver a lloverse.