martes, 25 de marzo de 2025

Frambuesas que han visto la Revolución Francesa


Soñar con nada.
Despertar dibujando un vacío para que se llene de las amenazas de los seres dormidos. Y allí, desde las alturas de lo simbólico en coherencia somnolienta con esas fiestas que quedaron en el pasado, ver cómo cada sillón se va hundiendo en el agua corroída por peces que no han sabido participar del milagro de cada fruto.

Soñar con cada vacío abordado desde cada sillón. Aún seco, claro. Aún a flote, en cada noche. Recorrido por una miasma de fauna marina que profesan el más marino ateísmo en todo lo que pueda florecer. 

Soñar con que nada se pudra. Jamás. Frambuesas que han visto la Revolución Francesa y aún hoy deben sufrir la indiferencia hereje de peces negados. Nogales remando sobre sillones a flote que lloran en ramas bajas recordando aquellas fiestas que supieron verlos con sus mejores galas: hojas verdes en una fluorescencia que volvía fruto el sólo color. Manzanas que habitaron las egipcias bandejas de faraones que contemplaban la construcción de las pirámides de Keops, Kefrén o Micerino, y que hoy, aún sin madurar del todo, ven alejarse de sus semillas a peces de sueños atrofiados. 

Los seres dormidos no abandonan los sillones cuando se hunden. Y el vacío que he dibujado en cada despertar los va deglutiendo. Pero, soñar con nada, anestesia cada día, al día siguiente del mañana que nos permitió dormir para soñar la nada que nos dejó dibujarla. Soñar con una nada en fiesta, aunque el sueño atrase y yo esté despierto, disimulando mi vigilia por piedad y para que no llore impotencia, porque si hay algo triste hasta el desangre es ver a un sueño bañado en lágrimas. Sin frutos. Ni peces creyentes que sepan dibujar nada. 

El último de los sillones carga tres seres dormidos, apretados, respirando roncos con la boca abierta. Se va hundiendo entre un fragor de peces que son parte de otra fiesta (un morbo reluctante a todo festejo o sonrisa mínima) y que miden con la curvatura de sus aletas cada ahogo que los seres dormidos acabarán por protagonizar. Fiesta al fin. Sacrificio, en clave de horror. Pero quieto, apenas un agua agitada y vuelta al sueño. Pero eterno.

Soñar con nada. Y amanecer con uvas que supieron conversar con Moisés. 
Acabaré con todos los peces algún día, y el vacío dibujado será hogar, mundo y lago por siempre. 
Frutos, fiestas y el pasado siempre presente en cada brillo, cáscara o semilla. 
Pero soñar, soñaré siempre.

lunes, 24 de marzo de 2025

Cuando carece de ruido


Sin el sonido, los autos parecían flotar en la calle. Y cada esquina podía ser una invitación amable a ver las cosas de otra manera. 
Tampoco hubo sonido para las cuatro palabras que le dijeron antes de dejarlo solo. 
—Sale a las quince. 
Entonces lo miró cruzar la calle (ese arroyo de silencio) y entrar en la puerta azul, cerrando todo lo vivido por detrás.
Nunca entendió lo que iba a suceder.
Nunca escuchó.
Los camiones pasaban ante su vista como esas nubes que corren violentas y mudas en los cielos de tormenta. El movimiento, aún de lo inmenso, es blando e inofensivo cuando carece de ruido. 
Miraba fijo todavía la puerta azul cuando dieron las quince.
Un negocio, a su derecha, bajaba la persiana atrayendo su atención cuando ella pasó por detrás, usando la última oportunidad que el destino había dispuesto para que se conozcan. Cuarenta segundos más tarde la puerta azul se abrió, al otro lado de la calle y, al verlo solo, entendieron que todo había pasado de largo. Y el ruido que hizo, al cerrarse de un portazo de ira que dejó astillas azules en la vereda, fue el primer sonido que él escuchó esa tarde en la calle. 
Miró la puerta, nuevamente cerrada, sin entender y decidió volver caminando a su vida (ese jadeo en el vacío).

domingo, 23 de marzo de 2025

Desde el despertar


Descartar en la noche los esqueletos,
(movimientos todavía frágiles),
y la nostalgia de la carne que los recubría,
como cada sueño se ocupa de asistir,
la realidad que nos ataca desde el despertar.

Se va otro día sin que. 
Un día menos para el.
Se pasó el día y nunca pude. 
Llegó la noche y sin. 

Voy a redimir cada roce con las sábanas,
(movimientos en clave de sol, de noche),
de la misma manera que cada hora del día
fue tajeándome el sentir iluso de que,
en el final,
aguardaba la meta, la gloria y la fama, 
para el ganador absoluto de la jornada. 

Y dormir. 
Sabiendo que hasta el más crudo
de los cementerios,
deja pasar los sueños silbando bajo
entre los huesos de cada esqueleto
que nos prometió reencarnar
en la mañana siguiente. 

sábado, 22 de marzo de 2025

Un adiós en sí mismo


Un florero vacío en el medio de un campo. 
Indiferente y estoico frente a toda la vegetación circundante que se pregunta por él, sin un sólo murmullo, apenas con la mirada vegetal que sabe descifrar todas las noticias que el viento carga.

Un bote seco, ajado en su madera veteada de nostalgia.
A un escaso metro de donde rompe la ola más extensa, sin mojarlo jamás, como respetando un pacto sin firma alguna. O como entendiendo los significados de lo estático y vacío, algo que en ningún mar existe.

Una quieta lluvia de abril, detenida a varios árboles de altura por sobre el suelo inerme del desierto.
Intentando recordar la forma de caer, la magia convocada para que todo se precipite y reflexionando sobre la necesidad o no de llegar realmente al suelo trenzado en polvo y piedra, pudiendo también quedarse como esmerilada cortina de cielo. Tan cierto o tan efímero como el Sol lo admita. Tan peligroso como el viento que se atreva a abrazarla y caer juntos a tierra, en un amor tan único como último. 

Un sendero trazado con huellas que finalizan en forma abrupta en la cima del cerro. 
Parten desde la ciudad vacía, desgajada de abandono, atraviesan el campo, la playa y el desierto, y suben a paso calmo hasta la parte más elevada para luego desaparecer, como si el llegar a lo más alto fuera un adiós en sí mismo.

Largos días pasó el cerro preguntándose por el autor de sus huellas y su destino, hasta que la lluvia de abril, habiendo observado todo desde su privilegiado cielo le dijo, en una breve llovizna, que no lo espere más porque el bote ya había partido, el florero contenía ahora la única historia posible conservada en agua, y ella caería finalmente esa noche, borrando las únicas huellas que aún quedaban como solitario epitafio de la ciudad vacía.

viernes, 21 de marzo de 2025

Se imaginó salvaje


"No hay resultados que coincidan con su búsqueda."
El silencio tomó asiento entre humano y máquina. Se escuchaba el movimiento de la saliva dentro de la boca de la mujer. Y sus dedos como ensayando algún tipo de salto mortal, el definitivo, el final. 
"No es posible reconocer los términos de su búsqueda."
Una cadena de palabras. Retroceso, corrección de alguna letra, retroceso, un signo de puntuación, retroceso, cambio de un plural, como quien decora una torta. Los ojos color verde olvido de la mujer se movían en líneas horizontales, como queriendo tejer algo que por fin haga reaccionar al destino. 
"No hay términos compatibles con ningún resultado en su entrada."
Sintió el sabor amargo en su boca. Ese signo que siempre precedía a las ganas de llorar. Pero volvió su mirada al teclado y recompuso su intento. Imaginó formas distintas, imaginó qué diría si no fuera ella y pudiera vivir bajo otro cabello. Se imaginó salvaje, golpeando la pantalla hasta hacerla estallar y partiendo el teclado para comerlo a grandes bocanadas, heridas sin sensibilidad alguna. 
Puso el punto final, apretó la tecla correspondiente. Otro intento. 
"No hay resultados que concuerden con el criterio de su búsqueda".
Absolutamente sin pensarlo escribió, con sus lágrimas mojando las teclas: "Yo no tengo criterio."
Intro.
"De manera estadística se ha establecido que la ausencia real de una voluntad de búsqueda disminuye notablemente la cantidad de resultados a mostrar. Le sugerimos que regrese en otro momento, cuando esté completamente convencida de lo que busca."
Tomó el cable que conectaba el aparato a la corriente y lo arrancó deliberadamente de la pared. Sin mirar. Y sin prestar atención al breve fogonazo que iluminó el rincón cercano al piso. 
Luego se dirigió a la ventana, con sus dos hojas abiertas. El verano aderezaba la noche como una canción de cuna invisible. Ella mantenía su cuerpo derecho, sin asomarse (el miedo ese, siempre, eso de pensar que sin querer, o quizá sin saber que lo quería, pero terminando con todo, y sin querer, miedo puro, sin pensarlo, mejor no asomarse, mejor no probar, podría gustar ¿y luego qué, entonces?). 
Miraba las estrellas en ese cielo nítido. Un universo que invitaba a caerse dentro de él. Sin fin. Y cada estrella le pareció uno de los "No..." de la máquina. Un universo que le negaba completamente cada una de sus búsquedas. Y por cada "No..." dejaba una estrella de muestra colgando del cielo. Para que todos la vean. Ahora... entonces, toda la ciudad sabría ya que ninguna de sus búsquedas tenía un destino.
Sintió frío en los brazos. Se los frotó. Se secó la cara mientras sus labios se movían deletreando ese "completamente convencida de lo que busca", de cara al cielo estrellado (el miedo, el otro, porque vendrían y le gritarían con ademanes violentos que aprenda de una vez, que cómo todavía no sabía, que adónde iba a parar...). Fue escuchar ese "adónde iba a parar" dentro de su cabeza y mirar instintivamente el suelo, seis pisos más abajo de su ventana. Por eso volvió a frotarse los brazos y se alejó de la ventana, mirando al pasar la máquina con su cable formando un arabesco herido en el piso, ya sin argumentos para contestarle nada. 
Se recostó vestida en la cama dispuesta allí cerca. 
Se dio vuelta, de cara a la pared. 
Dormiría más segura así, dejando la ventana abierta. 

jueves, 20 de marzo de 2025

Lo más cercano a la verdad


Sabía que mentía.

Caminar por el pasto raleado, más intención que vegetación que perdía la batalla contra el suelo de piedra del borde del acantilado, le hacía llevar la vista naturalmente al suelo. Y el suelo le sugería que no deseche la intuición.

Y que le había mentido desde el inicio. 

De su lado izquierdo, el mar se volvía sinfonía de vientos entre oleajes y nubes con genética de tormenta. Una de esas tardes en donde el sol jamás logró despegarse del horizonte. Del lado derecho, el hombre hablaba sin interrumpirse, caminando a su lado. 

Pero también sabía que haberle creído era una mentira más. Como el sol en esa tarde. 

Ya daban los últimos pasos donde el acantilado languidecía y comenzaba su romance con algo más cercano a una llanura e incluso algo que podría llamarse playa. Se detuvo, sin mirar al hombre a su lado, que ahora seguía hablándole parado. Sentía necesario seguir teniendo los ojos cargados de su mar, de su viento de intuición. Necesario también que esas olas lo empujen a decirlo. 

Finalmente dos palabras secas bastaron para callar al hombre a su derecha. Ambos quedaron sumergidos en el silencio que imponía la cercanía ahora imponente del acantilado. Y con el cese de la mentira, casi como una armonía más en la sinfonía del mar cercano, el viento amainó bruscamente, como si entendiera que ya podía callar y retirarse de la escena. 

Tomando conciencia de lo inevitable, del obvio devenir de los hechos próximos luego de aquellas dos palabras, el hombre parado a su derecha bajó la cabeza, metió las manos en los bolsillos de su abrigo y comenzó a caminar despacio, en dirección a la playa.

Entonces él extrajo de entre sus ropas lo más cercano a la verdad que conocía, la cargó, la amartilló y le apuntó lentamente a la cabeza de la figura que se alejaba caminando de espaldas.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Cenizas de voz silenciada


Y las luces perdidas en la noche de la ciudad. Espaciadas, como si juntas se apagaran. Sobrevolando en la interna complacencia de saber que el día volverá. Sobre el rumor indecible que lleva la madrugada como motor y salvataje de soledad. Versos que escuchan los solos, rimas que llevan la métrica del inútil cambio de luces de cada semáforo, abandonado de todo auto. 

Y, cada luz, una ventana. O incluso algo peor. Pero, sobre todo, el desgarro de saber que flota en cada punto luminoso de esa red la sospecha de una historia. Cada ventana iluminada, un sueño que eligió eludir el sueño. Pero también el despertar. Alguien calla lo que otro piensa. Alguien dibuja con las cenizas de su voz silenciada. Alguien toma su decisión sin saber que es la última .Alguien aburre recuerdos en un desfile convocado para no sentir más el espanto. Alguien imagina el mañana como si el sol fuera a atenderle el teléfono. Y alguien escribe, por último, el entrañable comienzo de lo que nunca acabará de amar. 

Y, si pudiéramos unir con un trazo de deseo cada punto de luz nocturna, cada ventana con su madrugada esfumada, y mirar desde el cielo la figura formada con todas esas líneas, entenderíamos cuál es nuestro rostro ante la Luna.

martes, 18 de marzo de 2025

Hasta que su mirada se dirigió a mí


—Podés dejar tu ropa ahí. 

Contra todo pronóstico, la falla a la que venía prestándole atención, mejoraba con el tiempo. No era lo esperado. Lo normal hubiera sido que empeore y acabe por romperse. En ese contexto, romperse, era algo tan lacerante como limítrofe con la paz más funcional posible. En ese contexto. Posible. 

—La forma empieza a corresponderse con lo que solemos denominar humano. 
—¿Antropomorfo?
—Todavía no. Pero no veo nada que indique lo contrario a través del tiempo. 
—Me resulta confuso...
—Es por la falta de ropa. Vestite. 

Y siempre la misma sensación. Cuando telas, cierre, botones, costuras y demás condimentos empezaban a sobrevolar su cuerpo, la sensación semejaba presenciar una marea suave, amable, una costa domesticada en un domingo de otoño. O alguno de esos campos sembrados que el viento mece, conversando entre ramas y hojas que guiñan las respuestas correctas. 
Hasta que al fin todo terminaba en su lugar. Aunque no había nada a lo que se le pudiera llamar "lugar" en ella. Si algo la caracterizaba era la rotura como orden, el desequilibrio como serenidad.

—Confuso —lo repitió ahora vestida por completo—, en un sentido que no parezco alcanzar nunca. Cuando me miro al espejo lo único que veo es un horizonte que se corre cada vez que supongo llegar allí.

Me asaltó nuevamente la misma sensación. La voz de ella era el mejor perfume que la habitación podía tener. A pesar de la falla. A pesar de la irrefrenable idea que sobrevolaba lo descompuesto, lo desarmado, lo inacabado, lo roto. Otra vez esa palabra, romperse. Y otra vez el sentimiento tan claro de que mi posibilidad de vida estaba atada a ese romperse de ella. Entonces, ¿cómo deshacer la confusión?

—No hay confusión si podés llegar a entender qué hay al final de ese horizonte. 
—Pero no lo sé. Y nunca lo voy a saber porque cada día que corro, él se aleja. 
—No. Cada día que corrés llegás acá.

Su único ojo recorrió su alrededor como queriendo entender, hasta que su mirada se dirigió a mí. Y supe lo que significaba ese gesto, aunque no tuviera nada que ver con los movimientos humanos. 

—Entonces... entonces no sólo quiero entender. También quiero otra cosa. 
—¿Qué?
—Quiero quedarme.
—Perfecto. Podés dejar tu ropa ahí.

lunes, 17 de marzo de 2025

Una flor carnívora


—Cada vez que suena esa música siento olor a humedad. 
Él pensaba en que cada vez que sonaba esa frase sentía una curiosidad irrefrenable por entender si el verbo reptar podía aplicarse a un ser humano.

—Como si brotara de las paredes, no sé. Como si la melodía le arrancara lo que tienen de agua retenida. 
Él la escuchaba y, delante de sus ojos, se formaba la imagen del sillón que la contenía abriéndose como una flor carnívora y asando su carne en una parrilla que cargaba a la música que aún sonaba por todo fuego.

—Quiero decir que es el olor, no sé. Probablemente no sea humedad, si no sólo el olor. En definitiva, pensémoslo así, ¿no?, si la música es aire vibrando, está muy emparentada con el olor, que también es aire vibrando.

Curiosamente, y en este caso para los dos, en la radio que estaban escuchando terminó la melodía en cuestión y recomenzó. La misma. Repetida. 
Ambos se miraron.
Pero cada pupila tenía distintas frases detrás.

—Probablemente esto signifique que está por llover —siguió ella sin contenerse. 
Ahora, mientras la radio se volvía un árbol más del paisaje dentro de su cabeza, él entendió que, vistos desde cierta perspectiva espacial, todos los humanos reptaban. Pero necesitaba con desesperación materializar esa idea en la persona que declaraba sentir olor a humedad desde ese sillón que no acababa de germinar su flor carnívora. 

—¿Ves?, ¿no tiene una cadencia como de lluvia fina?... ese piano, esa voz que parece un trueno que llega desde otra ciudad... ¿Cómo se llama el instrumento para medir la humedad?
—Higrómetro —respondió él, totalmente ajeno a sí mismo, mientras comenzaba a entender que lo único que reptaba era su voluntad derruida, alejándose de aquella estancia y olvidándolo como un pañuelo violeta caído en el costado del asiento de un ómnibus. 

—Eso, un higrómetro. Me voy a comprar uno y la próxima vez que suene esta canción voy a medir la variación de la humedad ambiente. Claro. Necesito saber que no son sólo ideas mías. A ver si todavía me tomás por loca. 
La palabra tomás logró que, en su mente, se formara la imagen de él reptando por la alfombra y de ella convertida en una pastilla. Luego él se la tomaría, aprovechando la humedad ambiente para tragarla. Así entonces, las próximas palabras de ella las escuchó provenir de su estómago. 

—No tendría nada de malo, claro, si no fuera que me arruina el peinado y me hace doler las articulaciones. Y es esa canción, no otra. 
Articulaciones. Esa imagen le devolvió la idea de la flor carnívora vuelta sillón y, pero claro, también debería de averiguar, aparte de la posibilidad de reptar o no, si esa flor carnívora era capaz de devorar, entre otras cosas, articulaciones. También recuerdos. Y letras de canciones borroneadas en el sepia de un pasado que se iba escuchando, de a poco, mal sintonizado, como radio sin pilas, o como vejez no entendida, o como todas esas palabras endurecidas en una garganta que cada vez hablaba menos y tragaba más.

En la radio, casi como un hecho paranormal, la canción comenzaba por tercera vez mientras que, en su pecho, ese dolor tan fuerte ya se volvía una verdadera asfixia y él entendía, al fin, que lo único que había estado reptando era un coágulo por sus arterias, empujado seguro por la humedad del lugar. 
Escuchó la última frase de ella antes de perder el conocimiento. 
—Es olor a humedad, no hay nada que hacer. Realmente no hay nada que hacer.

domingo, 16 de marzo de 2025

Ser isla


Con la insalvable adyacencia sabor destino que carga cada conocimiento de que todo encuentro terminará por ocurrir. Siempre. Al final del túnel de cualquier atardecer que desciende las miradas, la forma humana se dibuja delante como un saber ineludible. Todo encuentro ocurrirá. Y a esas paralelas que se tocan, se enroscan y se pierden en transversales de mediana clarividencia, les aguarda el efervescente despliegue de una esperanza sumamente hostil con cualquier insinuación de realismo pragmático. 

Y la isla. Toda su psiquis de aislamiento allanada durante años, como esos vientos que curvan las briznas de hierba y las vuelvan firmas consecuentes con su paso. La isla y su inocencia sin declarar jamás, sin pretender, ni esperar, ni sonrojarse ante la fastuosidad de una compulsiva ilusión, que carga sueños envenenados en la recámara de su arma delineada en un horizonte de estafa emocional.

La avioneta, biplaza de fuselaje blanco con una línea roja que la recorre desde la hélice hasta el timón y que simbolizaría todo el destino por devorar, toca tierra a la par de la desesperación de la afónica mujer que la conduce, piloto, encuentro y final en un mismo plano y tiempo. Necesita de la palabra para transmitir por radio todo lo que los encuentros que siempre acaban por ocurrir le atraviesan, pero está afónica. Tan afónica ella como aislada aquella isla de todo universo capaz de oír.

La mujer desciende de la cabina y entiende como totalmente lógico sentir que las lágrimas de su cara se van encontrando con el polvo que su aterrizaje dispersó en ese suelo. Al final del túnel de su primer atardecer allí, desciende su mirada y elige un sitio indiferente para sentarse en medio del polvo. Elige cerrar los ojos y elige dar la espalda a lo que resta de vida. Ser isla dentro de la isla. 

Por todo eso no llega jamás a ver al hombre que camina hacia allí, bordeando la costa. Todo encuentro terminará por ocurrir, siempre. Y la isla cierra los ojos al fin, en un descanso que se alegra de ver interrumpida, alguna vez, su inherente soledad. 

martes, 5 de noviembre de 2024

Con sonantes


Lo que dicen, cuando callan,
los que se van, estando,
mientras miran, sin ver. 

Cielo, en clave de sol,
que enumera gritos, 
ahogados, vocal por vocal,
y consonantes al último
día del diluvio.

Das abasto y sobra,
toda falta en plegaria roja;
consciente escasez de un derrame,
vuelto fe, completa y ciega,
al ateísmo más sordo.

Aturdir al silencio,
de quien llega, en clave de huida,
llorando sus ojos en falta. 


lunes, 30 de septiembre de 2024

Que no vale


Puedes escribir cualquier cosa.
Lo que quieras.
Puedes, también, no ser percibido. Jamás.
Como lo que quieras.
Entonces hay una pena que no vale.
Lo quieras como lo digas.
Las espaldas no leen.
Los ojos cerrados no leen.
Y los abiertos mucho menos.

Entonces puedes escribir lo que quieras
y llegar hasta el fin absoluto de toda
pertenencia a lo vivo o lo inconcluso.
Jamás importará.
Entonces hay una pena que no vale.
Hago silencio. La acuesto a mi lado.
Y le aseguro que el sol saldrá.
Ella me cree y los dos mentimos.
Pero al menos
nos leemos
irnos.

jueves, 15 de agosto de 2024

Claveles engarzados en la Luna


Quise darte un abrazo en clave de fresa. Olvidé el otoño que sonreía desde las pantallas de tu octogonal trasplante de tejido en clave de adiós. 
Golpearon la puerta. El despertar nunca puede tener los mismos cuchillos que lo soñado. Y, desde las velas que enturbiaban tus párpados esmerilados de noches óseas, se abalanzaban en cascada fluorescente una torre de luminosos periódicos caducos, cada uno con sus propias muertes anunciadas como claveles engarzados en la Luna.

Sin ella, el café no se enfriaría, decías mientras te acomodaba la almohada blanca, de la cama blanca, de tu final blanco. No hace falta tomarlo, decía yo cerrando la puerta, con ese sonido a picaporte que se afinaba en un —volverás y no sé si estaré—. Yo no corrí las cortinas, ellas huyeron. Si te digo que la madera balsa flota, ¿buscarías un lago para que mi memoria no termine por hundirse? Y, por darle crédito a la noche, no vi la deuda que tus dedos dibujaban en la arena tibia de mis brazos. Llevame a una hamaca. No me importa si la sábana blanca tiene vértigo. Colgá mi suero en las cadenas y dejá que me pierda en el viaje. Quiero amanecer por dentro, en un péndulo que filigrana mi infancia y que le miente mi muerte al ocaso. Incluso sin café. Vos, llevame.

Grumos sentados en los bancos del pasillo. Dispersos. Con sombreros atravesados de plumas y cejas entonando himnos escarlata. Me prometí no volver, sabiendo que no me iría jamás. Como si pedirles a mis piernas un coito con la brisa zigzagueante de los pasos desechados fuera una aberración más cruel que la propia sábana blanca que soterraría tu piel transparente. 
Otro trasplante. El de un molino que tritura los granos con los que hilábamos el brillo de nuestras sonrisas y arroja esa sábana que espera. Te espera. Nos desespera. Pero el turbio y caliente anonimato pudo más que la cruz esa de madera que vigila en lo alto. 

Arrancarte cables, agujas, cánulas y licencias de familia con fecha de caducidad dibujada en la certera forma de una serpiente con somnoliente paciencia. Mirar lágrimas caídas como ojos procaces en las sábanas blancas. Abrazar, como el último piso posible del ascensor en clave de fresa. Y afuera, puerta mediante, el otoño que empuja nuestras pieles.

Nos dormiremos contando claveles engarzados en la Luna. Tenés tu café. Tenés tu abrazo. Podremos irnos. 

miércoles, 3 de julio de 2024

Vimos alces en la orilla del lago


Locomotoras silvestres adiestradas en la rara fragancia de amamantar vagones abandonados. La colina se recorta en sombra contra el ocaso y despereza un desaliño de vías en nostalgia.
Sonreír y esperar la luna. Como quien toma agua sabiendo que es el último vaso. Quizá también la última boca. ¿Y quién no besó trenes viéndolos partir?

Vimos alces en la orilla del lago. Vimos cabellos de mujer desesperada en un soneto de hierbas que besaban el fuego de la noche. Vimos entretejer vías desiertas con cantos de grillos.
La luna se recorta en brillo de paralelas que no se tocan mientras, ahí donde nace el infinito, esa luz que crece es boca, agua y beso último del vaso que dejaste para nadar junto al último de los alces.
El final de tu presencia según el lago es tu cabello hundiendo su saludo a la colina. Y luego el espejo retoma su incierta espera pálida que es manta de alces, sonetos, hierbas y noche con insomnio.
Entonces ya no sé si lo que miro a través del vaso es la luna, amamantando la locomotora que sólo conoce voracidad y partida, o es la luz del tren que ahora mismo corre colina abajo, hundiéndose para siempre en el lago que se llevó tu beso.

Ya no quedan alces que me miren con culpa. Entonces, guardo el vaso en mi bolsillo para recordar por siempre la estación de tren correcta y retomo mi camino por la ruta, repitiendo tu nombre como letanía para recordar exactamente cuándo volver.


martes, 30 de abril de 2024

Sordas uvas blancas


Los bolsillos cansados
son bocas anegadas de silencio. 
Me miran mirar y su olvido es inmóvil. (Parpadea.)
Cada mano un posible
amor imposible,
y su tener constante (sos tener, soy ausente)
de un tejido secreto y un lúgubre azote mudo.

Donde la luz no explica forma alguna (imaginarte)
nadan, en concéntricos úteros de mármol,
los motivos desmañados
que eligen el guardar, al unísono (sordas uvas blancas),
de un solo y desmembrado trino. 

Nacerán, también del mármol, 
recuerdos bustos (derramás vino imaginado),
anillados en bocas, subsecuentes
al fango azotado de aquel silencio (¿irte?).

Los bolsillos, callados,
nadan en el imposible amor constante
que fecunda esa luz inexplicable (la copa es rota),
trozando la cocción de una placenta estéril
de mármol anidada
y de su boca desmembrada (y ahora tus labios ciegos).

viernes, 19 de abril de 2024

Tren ingresando a la estación


Esperá, porque antes del salto hay que encender todas las luces. Yo espero, pero es muy peligroso tener la palabra "salto" tan cerca de la palabra "tren". No están todas las luces encendidas. Todo el tiempo esperando para saber qué es lo que hay que ver. Nada, pero está el salto y, así con el tren, es como cuando la Luna se mete en alguno de sus cuartos y no me deja verla. No es a vos solo. Pero faltan luces por encender. Y tengo que seguir esperando. Sí, porque faltan. Para el salto, digo. Sí, sos igual que la Luna. No, la Luna no salta. Ningún tren pasa cerca de ella. Yo no lo sé. Apenas encienda las luces te lo digo. La Luna no tiene luz. Nada tiene luz. Sí, el salto sí. Pero esperá que enciendo todas las luces. Yo creo que hace mucho frío para tener que iluminarlo todo. El salto pasa por sobre el calor. Pero tenés que esperar, no están todas encendidas. Lo mismo da que el tren enamore a la Luna y ella le ponga rieles atravesando sus cráteres. Vos saltarías igual. No creas, no todo es un riel en la vía, también hay leopardos caminando con paso de alfombra entre los vagones. Y por eso hay que encender todas las luces. Los leopardos saltan. Pero sus manchas no. Eso depende de las fases, en Luna llena saben esquivar el tren como si fueran abejas con alma de búmeran. Pero ningún leopardo se enciende. Y ninguna Luna. Y pocos trenes saltan. Esperá, porque antes de que salte el último leopardo tengo que encender a todos los trenes. Yo voy a dormir en la Luna esta noche. Pero falta el salto. No, es muy peligroso tener a un leopardo manejando un tren sin luces. Puedo saltar yo, entonces. Podés dormir también, si quisieras. Pero la estación está vacía. No tiene nada de malo, ni de salto, ni de leopardo, sólo el tren ingresando. Nunca encendí las luces. No veo que eso cambie nada. Sí, un tren ingresando a una estación a oscuras es lo mismo que un leopardo devorándose la Luna y luego ahorcándose con un riel de acero por la culpa. Y todo a oscuras. Y vos sin saltar. Entonces buenas noches. Buenas noches. Y que descanses. Vos también. Acordate de las luces. Claro.

jueves, 7 de marzo de 2024

Como toda señal


Te siguen.
Por el río pavimentado de señales.
Por el ruido que hacés, te siguen. 

(Un ente vacío. Hasta que alguien me hable.)

¿Cuál sería tu forma si te siguiera
a pesar
de las señales?

El pavimento es un vacío que sufre de ojos.
Te sigue. Por el ruido que ve pasar. 
Sufre la luz de señales que no puede parpadear.
Por el ruido que hacés el vacío se rebota,
(como toda señal),
en forma de pavimento. 

En el momento en el que alguien me hable,
la forma será una voluptuosa fertilidad que,
de catarata en río y de sol en ojos, 
te seguirá por el ruido que hacés
en ese pavimento que nos dejó soñar.

miércoles, 21 de febrero de 2024

La idea de vidrio


Dos moscas.
Una de cada lado de un vidrio.
Mirándose. Buscándose.
Dando pasos cortos. Pasos de mosca.
Mirándose sin entender
la idea de vidrio.
Viéndose estar y no tenerse. 

Duró segundos.
Los suficientes para que me sienta
mosca.

Y, si no volé, 
fue porque olvidé las alas
en alguna otra vida
sin vidrios.


martes, 13 de febrero de 2024

Se unta el brillo ese


La mirada del otro siempre acaba de quebrarse
en algún tiempo.
(No hay dulce que no se amargue,
explica la sal enferma antes de volver 
a su mar.)

Y la disciplina esa de contener 
la respiración, acaba por esfumar
todo diccionario
de vuelos
posibles.

La sensación esa de despertar 
como el nuevo almuerzo del
enojo caníbal 
de cualquier 
causa.
(¿Con qué tenedor se unta el brillo ese 
de haber estado al llegar?)

Y al pasar por la garganta esa del ascensor
la otra mirada sube 
lo que todo baja,
y la puerta no se detiene en el
canto de esas
pupilas.
(Iris sin filo y córnea sin melodía.)

La mirada del otro
convence escaleras de olvidar peldaños
mientras acuesta, en un susurro, 
las nuevas y mejores 
causas para deslizar,
en el impermeable 
sueño,
un plato central del siguiente desayuno.

Llorar por la luz


No quiero hablarte a vos. 
Porque no podés oír. Esa es una de las consecuencias de no existir. 

Y vos sos muy consecuente. 
Sobre todo cuando no existís. 

Además, ¿cómo desarmo un contexto en triángulos cuando todas las palabras tienen cuatro lados? Preguntarías "¿cuáles?", si existieras. Entonces, lo que no te contestaría es que son: al norte, el olvido; al sur, el desprecio; al este, el sol del sonido y, al oeste, la mentira. 

Es imposible entender tu perfume cuando no existís. Pero a veces, por las mañanas, me gusta imaginar que logra levantarme de la cama. ¿Cómo ponerse vertical cuando nunca llegamos a ser paralelas?
"Las paralelas no se tocan", rezabas como un mantra, pero nunca logré escucharte por esa manía tuya de no existir. "Es tu oído", me decías, mientras yo hacía lo posible por lograr tu existencia. 

Todo lo posible.
Lo hubieses visto, de existir. 

Luego estaba la idea efímera esa de llegar al día del fin con el contexto armado. "No son cuatro lados", era lo que no decías. Y luego, "las palabras son redondas", callabas. 
Si hubieses existido, debería de haberme planteado el perímetro de la circunferencia tomando como base el color de tus ojos. Pero ya sabemos que, en el fondo, lo que no existe no hace más que mirarnos fijo esperando algún parpadeo triangular que le ponga nombre a su niebla. 

"Porque lo peor es la noche, ¿sabés?", era otro de tus mantras que jamás rezabas, 
Y, en esa carta que nunca escribiste, terminabas: "Durante la noche, toda palabra tiene relieve de sombra. Y, al querer pronunciarla, uno sólo logra llorar por la luz."

Entonces, al no haberte escuchado, prendía las velas en silencio y fingía poder dibujarte. armando tu recuerdo con el triángulo amarillo de cada llama.