lunes, 3 de agosto de 2020

El menor de sus gestos


El eco de sus pasos se enredaba en las telas de su hábito. 
¿Era verdad la presencia que se intuía en la madrugada o pura sugestión? 
Caminaba sobre los mosaicos de un gastado eterno respirando el frío húmedo. Las yemas de los dedos acariciando la madera de los bancos desiertos para calmarse. Los ojos acostumbrados a la oscuridad. La iglesia era más que su casa, era un útero, o su única posibilidad de nacer algún día. Pero así y todo, en la negación de la noche cambiaban las sensaciones. 
¿Lo que se pega en la piel mientras penetro la obscuridad es una mirada que desconozco o son retazos de pasado que no acaban de caer? 
La presencia y la mirada, de existir, tenían algún tipo de interés en ella. Lo comprobaba cada noche en la que recorría tan lentamente como le era posible la nave de la iglesia del convento. Sentía cada uno de sus pasos como las líneas de un diálogo que mantenía con lo que fuera que habitara a esa hora. Y el silencio que le respondía a cada pie era lo que completaba el diálogo. 
¿Cómo puede ser que entienda si no hay palabra ni gesto, ni siquiera señal alguna?
Pero entendía. Obscuridad, silencio, frío, humedad, madera, mosaicos, esculturas de miradas fijas y vacías, santos, vírgenes, ventanales, velas, presencias. Todo eso en un diálogo con ella. Cada paso, cada pie diciendo, cada mano que rozaba la madera diciendo, cada mirada a cada pared diciendo, cada tensión invisible en el aire diciendo, cada aroma perdido que tocaba su piel diciendo. 
En ese momento se dijo a sí misma que había llegado la hora de volver, eso era lo habitual. Pero la imagen y la idea de su cuarto estaban a una cantidad indescifrable de kilómetros. Con esa idea entre las manos sintió que el aire la abandonaba y un vacío infinito reemplazaba esa huida. 
¿Estoy sintiendo pánico o finalmente la presencia ha decidido callar el diálogo y aceptar la invitación de mi pecho?
Tardó un rato en notar que había detenido sus pasos. Con una mano apoyada en el primer banco, estaba cerca del altar, mirando la claridad afantasmada que permitían las ventanas superiores y la luz de la calle en la noche.
¿Sería momento de rezar, arrepentirse, correr, caer muerta o intentar nacer?
Se arrodilló, como si ese movimiento fuera lo más obvio que le quedara por pensar. Juntó sus manos bajando la cabeza y notó, como si fuera algo extraño o ajeno, el complejo roce y superposición de capas de tela de su hábito que ponía en movimiento el menor de sus gestos. Escuchó entonces la respuesta que faltaba en su diálogo. Era sencilla, realmente. 
Se puso de pie y comenzó a desvestirse. Cuando acabó por quedar completamente desnuda, se recostó en el piso totalmente extendida, con la cabeza apuntando al altar. Sus brazos pegados al cuerpo y las manos calmando el frío de los mosaicos. 
Cerró los ojos y todas las presencias conjugadas, intuidas o enredadas en sus poros le dieron la razón. 
¿Sabré nacer?
Pocos minutos más tarde se comenzó a escuchar el rumor del incendio.

domingo, 2 de agosto de 2020

Haber aterrizado


Aterrizo. 
Se disuelve alrededor el humo que esparció la noche. Se oculta de mi recuerdo el llamado de las sirenas y sólo ambienta todo por delante una vidriera azul, sutil en su despertar al ojo incauto, pero salvaje en su obscena obsesión de no callar. Nada. Haber aterrizado es admitir que no se calle nada. 

El viaje es silencio.
Se manifiesta un rumbo que sólo por esas tonteras de la sabiduría creemos manejar, pero cada átomo nos empuja en dirección ajena a nuestro entender. Nadie va a hablarnos. Silencio. El temor a que le preguntemos alguna cosa al tiempo hace que nuestra palabra viaje en la bodega. Para más seguridad, nos dicen al abordar. Se le devolverá en destino. No, no pregunté por el destino.

Estiro las piernas en la nueva tierra. 
Muevo los brazos.
Giro la cabeza. 
Saco un papel amarillo de mi bolsillo, pequeño y doblado. Lo abro y leo: "Respirar". Fue la única agenda que admití traer encima. Tenía sincero temor de olvidarlo.
Respiro.
El pasado de esta nueva tierra reencarna mi memoria convirtiendo lo que aterrizó en un viaje suspendido sobre mi aire. Los pulmones pesan ese oxígeno en donde pesa la historia. Luego, química mediante, mi sangre comienza a fluir cargando mi nuevo pasado de mi nueva tierra. 

Voy a ser feliz, me digo. Y el desierto entero sobre el que estoy parado se acuclilla a mirarme fijo. De cerca. Con una curiosidad que cumple años y que nunca supo de torta alguna. 
Lo miro serio, en su horizonte más despierto a esa hora, y le prometo que aunque se curve en dos la línea recta que ahora parte al medio mis pupilas, voy a ser feliz.
Haber aterrizado es admitir que no se calle nada. Y sí, creo que esta vez fue la voz de él.

Miro el papel amarillo, todavía abierto en mi mano.
Respiro.

jueves, 30 de julio de 2020

Un amarillo perpetuo


Pasó la mano por el mostrador. ¿Cuántos años? Nada era plano. Ni él ni su mano. Y había polvo. Increíble, estando todo el día ahí encima. ¿Cuántas manos? Inútil mirar el reloj para que le dijera lo mismo que la última vez, hace tres minutos. Una vez le dijo a alguien que el reloj se reía de él. Y ese alguien se rió de él. Pero él lo cree. Cada vez que lo mira el reloj le dice "es inútil". Y lo más sádico es que es inútil. 
La vereda es el músculo acalambrado de la noche que recién empieza. Siente el aire que llega hasta su mostrador y lo aspira como si pudiera guardarlo. Por las dudas. Por las venas desiertas que llegado el caso... pero no. Si pudiera reír le cambiaría el color a la noche, pero mira sus manos sobre el mostrador y en los contornos de su piel se derrama un silencio solo. 
Todo ocurre más allá de la frontera de su mostrador. Gente. Voces. Autos. Brillos. Ganas. Dinero. Gente. Sustos. Risas. Brillos. Furias. Plásticos flameando por encima de los cuerpos. Pasan, pasan todo el tiempo, pero no se detienen. Él pasa la mano por el mostrador. No es plano. Tiene irregularidades que son como las arrugas que marcan su edad. ¿Cuántos años? ¿Y él? 
Llegan aromas. También se cocina en otros lugares. Pero ahí les adivina gente, clientes, hombres, mujeres, les inventa felicidades como dentaduras inmensas que devoran, mientras exhalan carcajadas que rebalsan las cajas registradoras de billetes. Siente el entrechocar de cubiertos y el siseo de los mozos flotando bandejas y platos más vasos más comida más gente. Y risas. 
Él tiene una boca. Y dientes. Pero están sobre el mostrador y no se ríe. En la calle, cada auto acelera al verlo, huye al sospecharlo. Imagina poner su negocio junto a un semáforo para que al menos durante unos segundos todos deban parar. Y mirarlo, si la luz es roja. Y olvidarlo, si la luz es verde. 
Él quedó en un amarillo perpetuo y el reloj siempre murmura que es inútil. ¿Cuántos años? Un hombre se detiene y mira su cartel. Él vuelve a pasar la mano por el mostrador y trata de acordarse cómo sonreír. Se rasca la cabeza para ganar tiempo y un parpadeo más tarde la espalda del hombre camina ya por la vereda siguiente. 
Sabe que cuando deba bajar la persiana se dirá a sí mismo que ese fue el último día. Que ya no más. Y sabe que al día siguiente estará allí. Y no sabe más, porque... porque nada es plano, nada, ni el mostrador ni su mano. ¿Cuántos años?

Al día siguiente estuvo allí. Temprano. Se agachó para levantar la persiana y algo junto al árbol de la vereda le llamó la atención. No lo recordaba. Era raro, no podía no recordarlo. Haberlo hecho y no recordarlo. Sin embargo ahí estaba, tirado junto al árbol. El reloj.
Sin entender porqué ni importarle demasiado, se encontró sonriendo.

miércoles, 29 de julio de 2020

El mar comienza a salar lo seco


Dos caballos corriendo a la par desde el fondo del sol hasta la colina más iluminada de ese atardecer. El deseo de la arena, que va dejando palidecer el calor del día, es poder dormirse escuchando el mar. 

Un signo serpentea sobre la colina, ondulando una serie de frases hemisféricas que no acaban de gestar un mínimo borrador. Uno de los caballos lo mira y el signo cae fulminado de interpretación. Los ojos del caballo son miradas automotores que surcan la playa incendiando caracoles enterrados como si cantaran los premios de una lotería. Devasta cada sombra que le llega por delante. Los ojos del otro caballo desensillan al lucero del cielo y lo ponen a flotar cerca de la orilla, donde la espuma simula la sonrisa final del día.

El deseo de la colina es respirar la noche mientras enhebra el galope infinito de los caballos escapados del profeta. Las escrituras supieron acostar sus signos en sendas frases simétricas que iluminaban cada ladera semejando cada uno de los dos universos posibles. Y caballos. Caballos como la aguja del tiempo que puede mantener en unión cielo, tierra y respiración, mirando siempre de reojo lo escrito, trotando en acentos y profecías sin dejar jamás de sonreír. Espuma del mar. Sal. Olas que barrieron tiempos sin juramentos y hoy son el aplauso cálido que celebra esa arena que sólo piensa en dormir en su arrullo. 

El mar, por la noche, es como un teléfono sonando en una calle vacía. La arena sueña con el abrazo que un pulpo le supo dar, hace ya varias mareas. Ambos caballos rezan junto a un fuego humilde que devora hojas de una escritura gentil. Comerán, luego, unos peces que el profeta les dejó antes de seguir su viaje. Dormirán, como duerme la arena en el tiempo blanco, y por la mañana llegarán al fin del mundo, si acaso el mar se lo permite al cielo. 

lunes, 27 de julio de 2020

La mirada de Caravaggio

        
La sombra de la planta consiente el pedido de la luz. Le permite correrse esos dieciocho milímetros que necesita para ver las piernas del hombre que está parado en el andén. La sombra de la planta se queda inmóvil, pero sabe que debería haberse movido. 
La luz, dieciocho milímetros más allá de lo que cualquier ley física le permitiría, mira a la sombra de la planta y le señala el sonido que se acerca. La sombra de la planta asiente despacio, manteniendo su lugar. El sonido se acerca. 
La luz oscila irreverente en el milímetro diecinueve ahora, porque las piernas del hombre se han movido. Apenas. Como sincronizando el sonido que crece. 
La luz vuelve a mirar a la sombra de la planta y parpadea nerviosa, aunque nadie allí lo advierta. El sonido se siente encima de los contornos grises del andén. La luz pliega dos reflejos en forma de rezo y le pide a la sombra de la planta que resista en el lugar. La sombra de la planta calla, inmóvil. 
El andén comienza a borronearse con el sonido que lo penetra malsano y filoso. La luz sisea fuera de toda razón física. La sombra de las piernas del hombre se mueve, lógica y rígida, junto a los pasos del hombre que busca el borde del andén. La luz siente el palidecer de un "ahora o nunca" y se lanza más allá de todo respeto por la ciencia. La sombra de las piernas del hombre siente el desgarro incomprensible de una luz que la mueve, sin que su voluntad lo pueda impedir, y arrastra consigo a las piernas del hombre que, a un paso del borde del andén, cae hacia atrás, sentado, al mismo tiempo que el tren que ingresa a la estación pasa a pocos centímetros de sus suelas.

Jamás entenderá por qué no ha podido tirarse a las vías del tren. 

Excitada, casi vuelta humilde relámpago, la luz regresa a su lugar correspondiente, milímetro cero, lugar que debe ocupar para la sombra de la planta que adorna la estación. La planta respira aliviada al fin y le escucha murmurar a la luz: "la materia va donde va la sombra, y ésta, donde va la luz", y sonríe, sonríe porque la conoce y le conoce su vanidad. 
El hombre, aún confuso, abandona la estación dejándose llevar por la oscuridad de las calles. Sus piernas nunca le contarán la verdad.

domingo, 26 de julio de 2020

Cerrojo lucero


Sueño espeso
en el disturbio cargado.
Ahueca variopinto el ícono despintado
de un cerrojo lucero
en la punta más plana de la vértebra,
cara, espejo, (desinflar de excusas)
ahuyentar sinsabores sazonados
de un caleidoscopio de escaleras
encrespadas de hambre:

                                    alimentar
                                    cada peldaño de infantil soberbia
                                    con la altura fractal de un faro,
ensombrecido
                        en el plenilunio aletargado
                        que duerme cansino,
cerrado,
                                    soñando el final del cielo
                                    dibujado en la diéresis de su hambre.

sábado, 25 de julio de 2020

La sombra última de Admónides


—Principio de huerta.
Luego de decirle eso, cerró la ventana.

Admónides se supo colgando en el vacío, con sus manos acalambradas aferrando el alféizar resbaladizo. La ventana cerrada lo miraba como si él ya fuese un recuerdo de alguna otra vida.

Le costaba recordar, tratar de hacer memoria mientras el viento que soplaba a esa altura le horadaba los oídos. Huerta. Como si un espantapájaros gigante se hubiese ensañado con su humilde sentido del miedo. Huerta, sembrada y cosechada, dos momentos de un mismo pensamiento. Quiso elevar apenas una mano para asomar sus dedos en el vidrio de la ventana, pero apenas si el borde de una uña... la más larga... apenas. Huerta, lo sembrado que germina y crece y se cosecha. Admónides no entendía por qué habiendo tanto aire allí arriba le costaba respirar. Huerta, esa casa colgando en la altura, como un ridículo desafío a la gravedad y la física. Huerta, la ventana da al vacío. Pero ahora él rellenaba ese vacío con un espanto bien envainado en venas de presagios hipertensos. 

—Sus ojos de metralla adobaban esos vidrios que no dejé acaramelar más por el aliento impío de la subsistencia inútil.
—¿Admónides?
—...
—Pero es ridículo el vacío. Es un espantapájaros que balbucea dentro de la oratoria de su santo equilibrio. Ya se sabe.
—Principio de huerta. 
—¿Admónides?, puede vivir sin agua, sin aire y sin vida. Nunca se sembró y nunca se cosechará... 
Lo miró con furia incontrolable y levantó un puño enrojecido y amenazante, temiendo que diga lo que finalmente el puño no pudo callar.
—... porque nació flor.
Y el puño atravesó los dientes como si el drástico viento de abril se llevara por delante todas las cortinas de la casa. Ruido de cristales y un aroma dulzón a sangre cálida en la tarde. 

Junto a la última frase, las manos resbalaban del alféizar. Ahora los pétalos lograban que Admónides reencarne en un helicoide que reía a carcajadas montado en las corrientes de aire. Ahora giraba con garbo y gracia. Ahora se elevaba compitiéndole al diámetro del sol. Ahora flotaba abrillantando sus pétalos en la marea que respiraba reflejos allí abajo, en el mar a sus pies. Ahora... le costaba recordar, tratar de hacer memoria. Junto a los giros que iban colocando a la casa en un espiral voluptuoso alrededor de su vértigo, surgió el diálogo:
—¿Nunca regado?
—No, señor, nunca.
—¿Sexo?
—Flor.
—¿Estado civil?
—Soleado.
Y se dejó caer sintiendo el vibrar de cada pétalo como si de las fibras del pulóver más querido de Dios se tratase. Abajo el mar. No puede estar tan mal... "¿Nunca regado?" Le costaba recordar en medio del viento que barría con suavidad el pasado, hojas borroneadas que descorrían algún otoño de alguna vereda. Pero esa mirada, esa pregunta y esa marea azul que subía lentamente a besarlo... 

—Principio de huerta.
Bastó escucharlo por última vez para entender dónde iría su sangre, la del puño, la de la cortina, la de los pedacitos de dientes como granizado de chocolate blanco en medio de una salsa de frutilla. Lo sembrado que germina, crece y se cosecha. Y se riega.
—Admónides... —le costaba hablar sin dientes—, secará el abismo y será mar, vacío, viento y abrazo en acantilado de santo equilibrio, y se cernirá sobre todo lo vivo y todo lo regado y no quedará ventana ni vidrio ni mucho menos caída posible... 
La sangre, la última, aún goteaba desde su cuello hasta el sembradío. 
Lo miró ya sin furia y lo vio caer a la tierra, seco, deshojado, hundiendo su cara entre terrones obscuros que comenzaban a abrazar, poro a poro, su pasado. Los tallos surgieron indolentes alrededor del cuerpo, con reflejos bermellón y ocre. Lo siguió mirando sin esperanza, sabiendo que sólo restaba sentarse a esperar la sombra última de Admónides. Principio de huerta, final de saciedad.

viernes, 24 de julio de 2020

Muy rápido cae la noche


Participa del asombro. Enarca los codos entre los gestos demudados y cree sonreír cuando en realidad todo alrededor se ahoga en un espanto que su vejez suprema le traduce en un feliz cumpleaños. 

Quisiera llegar hasta la puerta y deshacer el ciego silencio que el picaporte enarbola como una honestidad visiblemente tonta. Hastiadamente inocua. ¿Quién más? Sólo él. 

A través del quicio llegan sonidos del universo que él conoce. (Como si ignorarlo fuera tan fácil como gritar en sueños). El auto estaciona entre su ventana y la adolescencia tardía de su sensatez siempre alerta. (Como si esas ruedas pudieran olvidar el camino marcado con la sangre de tan bella alma). Quien sea que tenga puestas sus manos en el volante apaga el motor y, detrás de sus ojos, el recuerdo es un cuchillo que le talla el nervio óptico cincelando esas palabras que memoriza desde hace décadas. ¿Quién más? Sólo ellos dos.

El ruego del timbre vuelve templo distópico a su oído que niega las cicatrices. Pero ellas están, se dice, mientras los pasos en el umbral de entrada saben a ocaso.

Quedarse en el asombro. Con el aire rumiando juegos de inercia cruel en sus pulmones cree soñar, mientras el timbre es una plegaria de confesión sin penitencia. 

Si el picaporte quisiera hablarle, podría argumentar que ese perfume que ahora lo acaricia debe estar necesariamente asociado a aquel feliz cumpleaños. Pero si él supiera contestarle, podría explicarle que sólo lo vivo atraviesa años. ¿Quién más? 


jueves, 18 de junio de 2020

A quién la espía


El árbol pretende ser el escondite del que espía. El árbol simula ser lo opaco entre el espía y lo espiado. El árbol, con sus párpados de corteza cerrados, parece insinuar que siempre hay alguien detrás, debajo, dentro, por arriba, en sus ramas o navegando por su savia, espiando. 
Sin embargo el único espía posible tiene su silueta maciza y sus raíces quietas para no llamar la atención. Tiene sus ojos en sus hojas y sospechas grises rellenando sus nervaduras. 

Nunca pudo quitar su vista de la ventana enrejada o, mejor dicho, de lo que la ventana esconde (¿aherroja?, ¿retiene?, ¿priva de voluntad?). Por las noches de verano, esa misma ventana abierta es la boca iluminada de su deseo y esas rejas despintadas son los labios que le dicen que allí detrás está su amor, al que jamás vio pero conoce de memoria (una memoria que sólo él conoce). 

El aire gentil y quieto de esas noches le llevan hasta sus ramas el aroma de su Dama de Noche, la que vive detrás de esa ventana, la espiada, la esperada. 

No está seguro, pero cree que alguna vez, estirando casi en forma inverosímil un joven tronco verde de su torso, pudo verla, más adivinarla que verla, allá en un improbable fondo, tan cruelmente alejada de sus ganas de abrazarla como el cielo indolente estuvo siempre de su copa. 

Él espía y ella exhala. Deja que su aroma se monte en las noches como si fuera su canto. Una queda música sencilla que lanza al aire sin saber para quién. Un aroma de música dulce que embriaga a quien la presiente. A quien la espía. 

En donde nadie pueda callarnos


Camina el aire alambrado. Es más difícil caerse de esta nada sin excusas que de los sueños que camino a lo largo de mi cama, piensa. El aire parece arroz pasado de cocción salando su viejo sueño de equilibrista. Viento sobre piel como el ungüento de ese verano vacío en el que olvidó la tierra para siempre y eligió el aire por toda balanza. ¿Que es el equilibrio si no cerrar los ojos al futuro y gritar el silencio del presente a una altura en donde nadie pueda callarnos?, se dice. Ni salvarnos, claro. Y con este último filo en la carne de su pensamiento, equivoca el último paso, acariciando en la caída el alambre que queda oscilando, como la cuerda que narra la última nota muda y silenciosa, como ahora su presente.

martes, 28 de abril de 2020

Durante la nada sucia


La pupila
vuelve incandescente el mirar de la ventana.
Entonces,
pétalo tras pétalo voy entendiendo
el llanto de mis dedos.
Son canciones
que se recuerdan entre un pentagrama
de cortinas acompasadas por el viento.

Una nevada,
obsesiva compulsiva,
le permite a cada copo de nieve
elegir su caída.
(Apenas una nube.
Y se lleva por delante
la última arbolada del atardecer.)

Y asciendo.
Como quien sacude frazadas de invierno
en el comienzo de la última primavera.
(Si moviera mi pupila hacia el sol
perdería algo más que mis pétalos nevados.)

El sueño es la alarma más paranoica
de todas la ventanas posibles.

miércoles, 15 de abril de 2020

Salgamos de esta lluvia


—La lluvia no es algo natural, fijate, no puede serlo, es imposible. ¿Dónde se vio agua en el cielo?, el agua está siempre en el piso, al ras del piso, a lo sumo deslizándose por alguna cascada, pero siempre en el piso. ¿Cómo se supone que puedo entender que haya agua habitando en el cielo?, no es posible.
Hizo una pausa mientras en la vereda un charco tartamudeaba gotas cansadas, como taxis gateando de noche por el brillo del empedrado.
—Aparte, supongamos que termino por admitir la existencia del agua en el cielo, como algo, como alguna cosa de esas que escapan al sentido común, como esos travesaños de la filosofía existencial que nadie puede explicar. Bien, lo acepto, pero decime entonces, ¿y por qué caen gotas?, todo gota a gota, ¿por qué no cae un baldazo único que descargue de un tirón la existencia del agua arriba y listo, como las cataratas o como cuando se rompe un dique, un tanque, o alguna madre empapa un patio con ese ruido de planchazo seco y rabioso que pone a cada baldosa en su lugar con una sola y seca orden superior.
El otro esperó a que el semáforo se ponga en verde y los pocos autos aburridos se movieran lentamente cruzando la calle, como si necesitara que nadie escuchara lo que tenía para decir. La luces verdes se mantuvieron unos segundos con los ojos abiertos de pura inercia disciplinada, pero veían claramente que ningún auto quedaba por cruzar. Sólo esas dos personas ahí en la esquina. Bajo la garúa.
—Te lo voy a decir, pero tenés que jurarme que vas a guardar el secreto. No es chiste. Si arriba se enteran de que abrí la boca ya no voy a despertar mañana.
El otro lo miró muy serio, con los párpados cinco milímetros más arriba del nivel del susto.
—Dalo por hecho. Esta conversación nunca ocurrió.
—El Diluvio originalmente no era tal cosa. Dios pensó en eso que vos decís, el baldazo, la caída, el agua de golpe y el fin de todo. La idea era un mundo que sólo tuviera agua y nada más. Durante la breve existencia de ese mundo fetal, Dios se había enamorado de todo lo que vivía bajo el agua, cualquier pez minúsculo le parecía infinitamente más hermoso que el mejor de los humanos. Así que la respuesta era obvia, agua para todo, fin de la vida terrestre y un feliz mundo acuático.
La luz ahora parpadeaba en amarillo y ese fuego frío contorneaba la cara del hombre que escuchaba.
—¿Y qué pasó?
—El Diablo, cuando no.
—¿Qué quería?
—Quería a sus hombres, a sus seres humanos, se negaba a perder esos juguetes que tanto le habían entusiasmado. Fue una lucha, una negociación muy dura, pero al final Dios cedió. Sin embargo, el problema era que el agua ya estaba puesta en el cielo, a la espera de que le abran las puertas...
—¿Y?
—El Diablo nuevamente. Sólo él podía poner a disposición lo que finalmente evitó la tragedia. Un ejército infinito de almas esclavas con sendos goteros en cada mano. Toman agua del lago inmenso y la vierten gota a gota hacia la tierra.
—Pero... pero... ¿y cómo vuelve el agua a ese lago?
—¿Quién te dijo que vuelve?... No, no vuelve. Se va agotando. Llegará un día en el que ya no haya más lluvia y todo se va a secar por completo.
—¿Y qué va a pasar con nosotros?
—En primera instancia, te diría que cerrarán todas las fábricas de paraguas...
—En serio...
—¿En serio? Algo obvio. Tendrías que adivinarlo a esta altura.
—No... no lo sé. ¡Vamos!, si ya estoy jugado a guardar el secreto, lo quiero completo.
—Es verdad. Lo que va a pasar es obvio. Es tan obvio como lo que pasa cuando dejamos de querer algo.
—¿Nos vamos a morir todos?
—No... ¡qué va!, eso sería lo de menos. Te lo digo directamente, un mundo sin agua es un mundo que Dios ya no quiere.
—¿Entonces nos va a destruir y ese es el fin de todo?
—No. Se va a marchar. Se va a alejar de nosotros y vamos a quedar solos.
Casi como acoplando clima y relato, la garúa comenzó a detenerse despacio, dejando caer cada vez más nostalgia entre gota y gota, salteando hombros y baldosas como quien elige con cuidado dónde caer.
—No me puedo imaginar eso...
El otro miró hacia el final de la calle con una sonrisa triste, entornando los ojos.
—No hace falta que imagines nada porque, y es lo último que te voy a decir, eso ya pasó hace rato.
—¿Cómo?... ¿y esta lluvia?, ¿y las anteriores?, ¿y...?
—Ya no hay un gran diluvio aguardando en el cielo. Ya todo se secó y Dios se fue, dejando la Tierra. Sólo queda el Diablo presente allá arriba.
—Pero insisto, ¿y esto que cae qué es?
—Estas son sus lágrimas, hombre... Sólo eso. En fondo, el Diablo amaba a Dios por sobre todas las cosas. Y sólo el arroparnos con esta agua que mana de sus ojos lo consuela en un recuerdo de ese Dios que imaginó un mundo sólo acuático.
El semáforo jugó tres veces completas todas sus luces antes de que alguno de los dos hablara. Y cuando alguno lo hizo, el verde que soplaba brillante sobre las gotas, pareció temblar con algo de frío.
— Vamos, te invito un café... salgamos de esta lluvia.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Habíamos quedado en la lluvia


Qué podría tener de especial, ¿no? Un hombre solo, parado con su bicicleta contra el paredón infinito del cementerio. Quieto. De espaldas a la pared que ni siquiera de recién nacida fue blanca real, siempre de ese color renunciado a fuerza de carecer de importancia porque, el paredón del cementerio, ¿no?, ¿quién podría preocuparse? Eso le gustaba a él. Una comodidad tibia en la tarde. Podía apoyarse contra esa pared. Tranquilo. Si quisiera, incluso, hasta podría apoyar su bicicleta. Pero sabía que no. Sabía que ese miedo atávico inculcado por los mayores perduraba. Ese "no rayes la pared con esa bicicleta" sonaba aún en su cabeza, igual que esa lluvia que no se veía había mojado todo en esa tarde. Entonces la bicicleta por delante, sostenida paralela a su cuerpo y al paredón. Pobre, con su cara de caballo resignado a morir de desguace sin otra montura que la ya conocida, su única alegría periódica era sentir cómo le inflaban los neumáticos, y algún aceite perdido en los ejes, de vez en cuando, pero no mucho más. 

    Habíamos quedado en que iba a llover. ¿A quién se lo decía? Al asfalto brillante, húmedo, hastiado de la tarde y mojado por el recuerdo de una lluvia evidente pero ahora invisible. Había caído agua, sí, pero quién sabe cuándo. Claro que alguna vez llovió en el mundo. Para él, la palabra mundo era un sonido a esfera, no podía decirla sin hacer un gesto circular con las manos. Y si no hablaba con nadie, el mundo le ocupaba el paladar entero del pensamiento silencioso. 

    Nada especial. Un hombre parado contra el paredón. Como esperando algo, o a alguien. O no, daba lo mismo. Macizo, de aspecto cuadrado sin parecer sólido, pero muy alejado de la idea de curvas o delicadezas. De lejos, quizá desde esa avenida gris que bordeaba el cementerio, podía parecer simplemente un hombre desgastado, casi una vieja erupción poco alegre del paredón que simulaba sostenerlo, pero de cerca tenía singulares marcas, plegadas arrugas, cerrazones de piel gris que no hablaban de vejez sino de cansancio. Si por algo todavía conservaba la palabra asombro en su boca o su cabeza era por el cansancio. No se terminaba de asombrar de que el cansancio nunca terminara, nunca se completara o nunca lo desbordara. A veces, en noches más silenciosas de luces que otras, pensaba en que el cansancio algún día lo dejaría inmóvil por completo, estático, duro, simplemente detenido para siempre, como su bicicleta cuando él no la montaba. Su bicicleta estaba cansada, él lo sabía. 

    Un pantalón gastado, con roturas leves bien disimuladas por él, que las conocía bien, y una camisa blanca, también desgajada de toda belleza y sólo funcional a cubrirlo. Debajo, en la curva que hundía el abdomen hacia el cinturón, había una empalidecida mancha que él conocía e instintivamente cubría, no tanto por vergüenza como por nostalgia. Recordaba, como esas luces anónimamente oblicuas que penetran por las hendijas de la persiana por las noches, un sábado al mediodía, una olla con salsa, él mojando un pan para probarla y la gota salpicando mientras su mujer lo reta en forma tan simulada como inerte. Entonces hoy, tantos años después, él tapaba esa manchita de color anestesiado como si en ese gesto pudiera preservar la intimidad vivida con esa mujer que amaba. 

    No llovía, pero había llovido. No estaba vivo, pero había vivido, eso él lo recordaba. Trejo, señor, Ángel Luis, sí, ¿cómo?, no, no, es así, Ángel Luis, sí. Casi siempre le hacían notar que sus nombres parecían invertidos, como si lo correcto hubiese sido Luis Ángel y no al revés. Él sólo se encogía de hombros. Y no, nunca hacía referencia a quien lo había bautizado. No hablaba de su madre, ni la callaba tampoco. Sentía que sólo él era, ya lejos de todo. Igual, lo de los nombres era medio inútil, porque por alguna razón para todo el mundo él siempre había sido Trejo a secas. Esos casos en donde el apellido se come a los nombres previos y se adueña, trocando en símbolo de la persona. Trejo. En la fábrica, eterno y continuo paisaje de vida, Trejo siempre a secas, como su piel, como su color. Trejo. Para todos, Trejo era una pared más de la fábrica, con el significado ambivalente de la solidez y de la sombra. 

    Habíamos quedado en la lluvia. Trejo se miraba las manos cerradas sobre el caño también seco de su bicicleta. Se pasó la lengua por los labios, sin entender que intentaba acercar algo del brillo húmedo de la calle a su boca clausurada. No, nunca hablaba de su madre. Si él mismo ya estaba lejos, ¿a qué distancia estaría ella hoy? ¿Evocar la sombra pesada de su padre afeitándose en el baño chiquito del fondo, con esa lamparita tenue que jamás cambiaba? ¿Las noches de verano escuchando el entrechocarse de las agujas del tejido de su abuela? Podría, con toda simpleza, ponerse a caminar y alejarse de allí. Olvidar de una vez la lluvia y quedarse con el paisaje húmedo y brillante que ya circundaba lo poco que quedaba de tarde. Podía desarmar el paisaje de esa parte del paredón del cementerio y llevarse su camisa blanca, sus arrugas de cansancio y su bicicleta aletargada. Pero esa voz remanida que tanto conocía le hablaba de si mismo, "Trejo se planta acá nomás, ya no seguimos adelante, con o sin lluvia, da lo mismo, porque siempre toda decepción es seca, como la piel, como el caño de la bicicleta, como los recuerdos, como el aire solitario que la persiana cuela por la noche, como toda esta inmensa distancia." 

    Llovió toda esa noche. Y el caño de la bicicleta, abandonada contra el paredón, amaneció perlado de gotas demasiado anónimas como para que los pájaros se animen a cantar esa mañana. El silencio también es seco.

miércoles, 9 de octubre de 2019

El ser aplaudido


Cuidado, me dije.
Puedo estar sobornando métricas 
y descompensando 
arquitecturas silábicas al sólo efecto 
de respirar la estética sinuosa 
de una cadera que se asfixia 
frente a una cadencia 
incantable.
La rima latiga
curva a curva de cada verso 
cual desbocado tren fantasma 
de sonoros horrores infinitos.
Cuidado, me dije. 
El sembradío tan mezquino en comas 
agota la respiración 
en un paisaje casi sin sombra de pausa, 
en un desierto de recitado frenético. 
Un burdo jadeo por estrofa, 
o dos, 
por las extensas.

¿Y ese cielo tan vasto, 
tan nublado de obtusas metáforas, 
tan olvidables 
como indelebles fueron las pegajosas rimas?

Cuidado, me dije. Por cierto, de seguir así 
corro el serio riesgo 
de ser aplaudido.

martes, 8 de octubre de 2019

Ayuno


Siesta para siempre.
Ser omnívoro de pensares.
¿Para qué tocados van a ladrar
sin ayuno de sales pasadas?

Vierto un desollado palmo
que dejaste atrás con limón 
y sueños de hielo seco.
Quise mojarlo, 
pero sacudió los filos del sol 
a puro rayo de jinete barbitúrico, 
en giro de posología apesadumbrada. 
Tiro de cada punta 
de cada seno 
de cada efigie endulzada a carbón y hielo, 
y bebo el resultado gris 
zumo marrón azul negro (cielo y limón). 
Todos nos volvemos blancos 
y casa seno se vuelve hotel.

Ser silente en siesta
con tocados de remolino 
sin esos omnívocos ladridos
que ayunan serpenteando lágrimas
de crayón descolorido
y tibia leche de efigie en fiesta. 

miércoles, 27 de febrero de 2019

Hora


Ventanas que horadan el sol
se sirven la luna nueva
en descarne, contingencia
y albedríos deshoradados.

¿Veré llover mis ojos
en la ausencia del sol párpado?
Voy a correr las cortinas,
antes de que el ocaso horade
la enarbolada espada
del día perpetuo.
¿Veré llorar de enojo
a la esencia del sol bárbaro?

En antros tibios,
de ciegas luces infinitas,
se endereza la cadera
el devenir del tiempo,
y la médula estival,
en una dulce tangente,
copula con ambos trópicos
ventanalmente horadados.

domingo, 24 de febrero de 2019

Ocasional caída de granizo


Las nubes lo cubren todo. Incluso el cielo. (No va a dejar que el tiempo se le derrame). Tampoco que el agua hierva. (Oficia de pasado). En su cocina a obscuras, el resplandor celeste de la llama parece una intervención policial. Silenciosa. Pero sólo es un café que no llegará a tomar. Le arde la palma de la mano. (Anuncia puertas que abrió de más). Se la mira y sonríe. De más. No hay silencio en una ciudad. Nunca. Se vive sobre un murmullo constante. Del otro lado de la ventana pasa la voz de alguien que habla con su celular. El sonido le interviene algunas nubes. Rocío. (Un murmullo constante). 

Olvidé cómo se usa un espejo. No basta con mirarlo para entender. Supongo que debería encontrar al vendedor y pedirle explicaciones. Pero nunca lo compré. Fue de mi madre y ella no dijo nada. Sólo se fue y su imagen no está. Ella me tomaba de una oreja, de un brazo, o de cualquier parte que pudiera retorcer y me paraba frente al espejo. (En toda cárcel se derraman todos los pasados). Y me decía, me gritaba: “¿¡qué ves!?”, y lo repetía, varias veces lo repetía, y retorcía lo mío que tenía entre sus dedos. (Lo mío se retorcía derramando el pasado en ese presente). Yo miraba, pero no le contestaba. 

El resplandor azul que llega desde la cocina lo deja respirar en medio del vacío. (No tiene idioma el aire. ¿Cómo pedirle que venga?). La palma de la mano le arde. No debería acariciar el fuego. Pero no es una excepción. Nadie se deja acariciar sin lastimar a cambio. Ningún espejo se deja mirar sin quemar un recuerdo a cambio. (Rocío hundida en el ruido de la ciudad). Funcionan mejor las puertas abiertas que los espejos. Sí. Él sabe usar puertas, por más que las palmas de las manos… Ningún espejo se abre. 

Nunca le contestó la pregunta a su mamá. (No esperaba respuesta, sólo sofocar vacío derramado en su garganta). Nunca le dijo que no veía nada. Tenía miedo de abrir los ojos y no poder cerrarlos más. Todo ha sido estudiado ya. Debe haber libros. Libros que enseñen a usar espejos. Entrenamiento. Saber pararse. ¿Saber mirar? Saber olvidarlos. 

El silencio de Rocío describe el murmullo de la ciudad como un plano de avenidas enajenadas, diagonales con filo, y el sincero manifiesto de un sigilo que hace abrir muy grandes los ojos. (Rocío viene a matarlo). Calcula el tiempo restante para que el agua hierva y entierra el número secreto en el recuerdo del delantal azul de su madre parada frente al espejo. 

Es normal, se repite una y otra vez. La frase pierde su normalidad cuando la usa tantas veces como puertas se le ponen por delante. Hay una oclusión por cada movimiento de su pensamiento. Es normal olvidar cómo se usa algo. Olvidar el agua hirviendo. Olvidar las llaves de la puerta. Olvidar dónde guardó el silencio. Es normal olvidarse el cielo en la hornalla y permitir que las nubes lo cubran todo. Incluso el recuerdo. Es normal ser indiferente a la policía que está en la cocina, tomándole las huellas digitales al espejo. (Rocío trae el álbum de fotos familiar tatuado en la espalda. Al irse, se los llevará a todos.) 

Creí que nunca llegaría a tomar el café, pero la policía me dice que sí, que el resplandor azul en la obscuridad de la cocina se debe a la hornalla. Y que los voy a tener que acompañar. El café está demasiado caliente y se los digo. Pero la policía me dice que pueden esperar. (El espejo esperaba a Rocío. Ella sí tiene respuestas.) 

—Proceso de condensación del agua —le repetía su madre. Golpeaba la lapicera contra el cuaderno y repetía—: El calor evapora el agua, asciende a los cielos, se forman nubes, se enfría, cae en forma de lluvia. Se acerca a la ventana y mira el cielo. Las nubes que conoce de memoria forman un recuerdo triste. 

—Quizá llueva —le dice al espejo desde donde Rocío lo mira. 
—Deberías ponerte a salvo —responde ella. 
Él apoya las yemas de los dedos en el vidrio, donde está la cara de ella. 
—¿Sabés?, olvidé cómo se usa el espejo —le dice. 
—¿Para qué lo necesitás? —pregunta Rocío. 
Él retira la mano del espejo y la apoya contra su pecho. 
—Para ver a mamá —responde. Necesito contestarle la pregunta. 
—¿Qué pregunta? 
—Qué veía en el espejo cuando ella me paraba delante de él. Yo miraba, pero no veía nada. Y nunca le dije por qué. 
Se detiene un segundo a escuchar el ardor de la palma de su mano golpear contra su pecho. Y prosigue. 
—Ella era el sol. Y el sol lo cegaba todo. 

—¿Le contarías que me asesinaste? —exclama Rocío. 
La miro casi durante un minuto, en donde las nubes nuevamente son golpeadas por dos voces que pasan cerca de la ventana. Siento un dolor muy raro en un cuerpo que nunca tuve. (No volverán a crecer sus piernas, carcomidas en el ácido derrame del tiempo). Necesito sentarme. 

—¿Qué es lo que te pasa?, pregunta Rocío en voz muy baja. 
Él toma una silla, la arrima junto al espejo y se sienta. El café está tibio entre sus manos. (Revolver el murmullo constante no va a endulzar ningún silencio más). Despide, apenas, algo de vapor. (Oficia de condena transparente). 
—El ciclo del agua —responde él, mirando el café—. El sol y el calor de la desesperación evaporó todos los recuerdos hasta que las nubes lo cubrieron todo. La lucidez, ¿sabés?, no puede aterrizar así, en medio del mal tiempo. La soledad, luego, fue el frío final que provocó semejante caída de granizo. 
Hace una pausa. En el espejo, Rocío baja la mirada. Parece estar concentrada en poder respirar. 
—No quedó nada en pie, ¿entendés? El granizo acabó con todo adentro de mi cabeza. 
—Pero matarme… 
Él sonríe, por primera vez en mucho tiempo. 
—Un detalle menor. Siempre preocupada por los detalles, vos. 
—Insisto… —dice Rocío. 
Él respira hondo. Vuelve a colocar su mano rozando apenas el espejo, dejando que las yemas de los dedos acaricien la piel de Rocío como si una brisa que no existe las movieran. (Es normal olvidar el tacto, dejar que la caricia sea un vapor que asciende de cada herida). 
—Te necesitaba acá, en el espejo. Era la única manera de entender. 
En el espejo, Rocío parece empezar a decir algo pero se detiene. Me mira y creo que empieza a entender. Y poder recordar también es entender. 
—Rocío… La condensación del agua… Si en vez de granizo se hubiera formado rocío… Todos mis dolores perlados de vos… 
—Como cuando... —dice ella en un susurro. 
—Como cuando éramos chicos y vos llegabas para abrazarme y secarme las lágrimas después de que mamá me pegue. Cada vez. 
—Sequé muchas lágrimas. Muchas lluvias. Pero no pude imaginar el granizo. 
Él acaricia el pelo de Rocío en la imagen del espejo. 
Ella sonríe, sin esconder la humedad en sus ojos. 
El policía le toca el hombro y comienza a colocarle las esposas. 

Antes de irse, él mira una vez más el espejo. 
—Cuando veas algún arco iris que sobrevive en la noche, buscame en su final. Te espero ahí. Nunca más el sol. 
Y, desde el espejo, Rocío deletrea en silencio repitiendo: 
—Nunca más el sol.

sábado, 9 de febrero de 2019

El apetito de una piel suave


No conozco ni un servicio,
ahora y siempre,
que encallezca al leopardo
usurpador,
verdadera belleza sentida
que sirve con suaves pieles
a las carnes que se entierran
en colmillos parcos,
calmos,
sólo austeros con su filo
y amigos del grito último.

Buen apetito.
El servicio será por la tarde.
Luego de la lluvia.

Osadía


Se entiende por
osado
al resquicio opaco
que deja toda seda
que acaricia nuestra miel,
savia del alma por yacer,
en un rescoldo que intenta,
osado él,
acabar de una vez y
para siempre,
con la tontera esa
de andar reencarnando.

viernes, 18 de mayo de 2018

El obituario del venado


Yo nievo.
En una silenciosa luna de troncos crujidos.
Miro satisfacer al rocío. Aire de sonrisa en contorno de meditación ondulada.
Con cada curva de piel, una brasa besa el invierno.
Los huesos, dignos, significan exabruptos que inflaman el piso.
Y se entierran.

Suelo llover.
Pero la madre del venado llora. Callada.
Cocina mis órganos (donados) en un puré de solsticio nocturno.

En la luz amarilla de la cabaña, suenan aplausos que me buscan,
como el tiempo busca alucinado saber terminar.
Me apuntan. Suenan. Gritan de honor.
(Ya inundaré despertares en cuanto sueñe.
Ya derribaré cuartos menguantes en arcos de iris y córneas.)
En un aullido de sílabas opacas, reconozco el obituario del venado.
Pero la madre llora cansada, revolviendo órganos.
(Un grito, uno solo, y un venado entero ahí dentro.)
Llora en hilado fino de alucinado aderezo.

Yo espejo.
Y el suspiro barre todos los alerces del último suelo.
Miro el carbón, la brasa y el cencerro sordo.
Ultima el rocío, despacio, a la madre del venado.
(Cada gota un bisturí, poro por poro muriendo.)
El cucharón se detiene y cada órgano se desgrana.
(Una ternura de la que no volverá.)
Me miro mirarme y, en la cabaña amarilla,
falsos venados acrílicos se atragantan sádicos entre los gritos.
Y son coronados,
(ya nadie recuerda obituarios)
por los que aún aplauden,
(¿sabrán que todo espejo es ciego?)
o gritan,
o rezan,
(¿olvidándome?).