—El problema lo tengo con las semillas.
—Cuénteme.
—Yo como pan con semillas. Éstas se caen, a veces, del pan y quedan esparcidas por la mesa.
—¿Le molesta que se caigan?
—No. Yo no me meto con la voluntad de nadie. Menos si es una semilla.
—Bien.
—No sé... ¿por qué me está juzgando? ¿Cómo sabe que eso está bien?
—No fue un juicio, lo invité a que prosiga el relato.
—Está bien, pero sería bueno que no utilice sentencias morales para animarme a hablar, porque podría lograr inhibirme del todo.
—Fïjese que acaba usted, ahora, de hacer lo mismo.
—Pero yo soy el paciente.
—¿Y eso le hace suponer que tiene salvedades que no me abarcan a mí?
—Claro, porque yo le pago. Usted no me está pagando nada a mi.
—Pero lo escucho.
—Eso es relativo... porque todavía no le conté el motivo concreto.
—Adelante. Lo escucho.
—Las semillas desprendidas del pan y esparcidas sobre la mesa se confunden con pequeñas cucarachas.
—¿En su casa hay cucarachas?
—Es notable su perspicacia... sin duda elegí muy bien al profesional.
—Gracias. Pero no era tan difícil tampoco.
—Nada que ocurra en mi vida es difícil. Y si lo es, ni llego a percibirlo.
—Dejemos eso para más adelante. Volvamos a las semillas y las cucarachas.
—Eso eso todo. Se me confunden. E imagine que estoy comiendo... no es lo más agradable que puede pasar.
—No, es claro. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarle por qué tiene cucarachas arriba de la mesa.
—Lo entiendo. Si no puede dejar de preguntarme, pues hágalo.
—¿Por qué tiene cucarachas arriba de la mesa?
—Yo no tengo nada. No son posesiones mías. ¿Me imagina con un título de propiedad de un rebaño de cucarachas? No existe tal cosa.
—Supongo que no.
—Su margen de duda ya me da escalofríos.
—Lo ratifico, no existe. Entonces... ¿cómo llegan esas cucarachas a la mesa y a confundirse con sus semillas?
—Ahora está usando el posesivo para las semillas. Es decir, supone o admite que no soy dueño de las cucarachas pero sí de las semillas. ¿Cómo llega a esa conclusión?
—Es sencillo. Las cucarachas no las compró, pero el pan con semillas, sí. Ergo, es suyo.
—Brillante. Dejemos de lado hipótesis molestas de que podrían habérmelo regalado, podría haberlo robado o podría, ¿por qué no?, haberlo horneado yo mismo.
—En principio, dudo de que alguien regale un pan con semillas, también dudo de que si usted eligiera el camino del delito le apuntara a un pan con semillas. Y por último, de ninguna manera cocinaría un pan con semillas en un ambiente en el cual perfectamente podría estar elaborando pan con semillas y cucarachas.
—¿Sabe que lo soñé?
—¿Soñó conmigo?
—No, mi inconsciente tiene claros sus límites. Soñé que cocinaba pan y cuando abría el horno veía un dantesco espectáculo de cucarachas pasándose bronceador... cual si estuvieran en un balneario, por el calor, ¿vio?
—Claro. ¿Sintió algún tipo de pulsión agresiva hacia ellas?
—¿En el sueño o en la mesa?
—En general.
—Si aplastarlas con un golpe que prácticamente va dejando la mesa en pedazos es algo llamado "pulsión agresiva" para usted, sí. No sólo la siento, la ejecuto y cada vez con más y más agresividad.
—Entiendo. ¿Encuentra usted algún tipo de culpa en la cucaracha para actuar de esa manera?, denominando "la cucaracha" como una generalidad por todas, sin discriminar una por una, claro.
—Sí, es feo discriminar.
—En realidad, depende. En ocasiones es imposible no hacerlo.
—Por ejemplo, yo debería discriminar semillas de cucarachas, porque luego el golpe en la mesa acaba con la cucaracha, pero también acaba con todas las semillas en el piso.
—¿Y culpa de eso, usted, a la cucaracha?
—Mire... ya van dos veces que intenta meterme en la dicotomía "culpa - inocencia". ¿Me parece a mi o usted está tomando partido por las cucarachas por tener algo en contra de las semillas?
—Yo no tomo partido. Yo sólo analizo y trato de que usted encuentre su propio camino hacia la solución.
—Hasta ahora, ese camino va de este sillón a la puerta de salida. Y si bien usted no toma partido, toma agua, lo veo. Y a cada rato.
—¿Eso lo perturba?
—No, claro. Su vejiga no es de mi incumbencia.
—Eso es un punto a favor. Al menos dejamos claro ese tema.
—Gracias. ¿Qué tan cerca del alta me deja eso?
—No tiene nada que ver mi vejiga con su alta profesional.
—No, claro... ¿se imagina?
—Volvamos al tema de la culpa.
—Usted vuelve. Yo, no.
—Claro. Yo soy el analista.
—¿Y por qué con ese tonito?
—Fue una declaración absolutamente neutra. Sin tonos.
—Ahí está. Esa es la palabra. Neutra. Ahí radica el foco del problema. Ambas cosas son de forma y color neutro. Semillas y cucarachas. Ninguna se caracteriza ni destaca, entonces se camuflan.
—¿Y usted da por sentado que las cucarachas toman esa forma y color adrede para confundirse con sus semillas?
—Sí.
—Bueno, ahí nace un sentimiento de culpa. Usted está culpando a las cucarachas.
—¿Usted, no?
—Yo no abro juicios de ningún tipo.
—Lindo sería. No vine a un estudio de abogados, precisamente.
—No sólo los abogados abren juicios.
—No, claro. Ahora veo que también los analistas.
—Eso es un juicio suyo.
—Sí, ¿vio?... voy aprendiendo, ¿no? La terapia da resultados.
—Me alegra que sienta eso. ¿Y qué resultado estima?
—Por ahora un empate peleado, con posible definición por penales. Y ahí estamos complicados porque las cucarachas patean y las semillas, no. Y usted, ya lo sé, hincha por las cucarachas.
—Dejando de lado su altamente cuestionable juicio sobre mí, pregunto, ¿alguna vez vio a una cucaracha patear un penal?
—Sí. Esa fue otra cosa que soñé.
—¿Era gol o atajaba la semilla?
—Me desperté antes de que la pelota llegue al arco.
—Un mecanismo de defensa inconsciente.
—Sí, el equipo de las semillas, en mi sueño, defendían bastante bien para ser semillas. Se cerraban atrás y parecían esperar el riego como si fueran a florecer.
—A todo esto, hay un elemento que fue quedando afuera del análisis.
—¿Su secretaria?
—No, el pan.
—Ah, eso... es que el pan no interviene, no tiene nada que ver.
—Ah, mire... ¿me parece a mi o ahora es usted quien pretende darle un halo de inocencia al pan, la semilla y el conjunto todo, dejando a la cucaracha como único culpable?
—Hay algo definitivo. Algo que diferencia de manera inequívoca a unos de otros y coloca culpabilidades donde deben estar.
—Lo escucho.
—Las cucarachas se mueven y las semillas, no. Las cucarachas tienen voluntad y las semillas, no.
—¿Le parece que algo que es capaz de devenir en árbol carece de voluntad? Deje pasar el tiempo suficiente y vaya a observar a cucaracha y semilla. Por un lado verá un cadáver ya consumido y, por el otro, un árbol de dimensiones que harían palidecer a cualquier cucaracha, por más voluntad de contaminar su mesa que tenga.
—No deja de tener razón, pero no puedo esperar a que la semilla se vuelva árbol para comerme mi pan.
—Y ahí ya llegamos a que las cucarachas directamente serían las culpables de su muerte por inanición.
—Me parece una excelente conclusión. Ahora sí empiezo a ver el camino.
—¿Y qué siente que tiene que hacer?
—Aceptar mi destino.
—Me parece altamente razonable.
—Bajar la pulsión agresiva de la culpa.
—Excelente.
—Y quitar el pan con semillas de mi dieta. En realidad quitar todo tipo de comidas, puesto que sea lo que sea que ponga en mi mesa ellas vendrán.
—Aceptación.
—Claro, la última etapa del duelo. Aceptar que debo desaparecer para evitar toda culpa posible y toda pulsión agresiva.
—Sí lo piensa bien, llegó aquí "negando"; luego entró en la "ira" de pretender acabar con seres inferiores en voluntad a una semilla; más tarde llegamos a una "negociación" en donde intercambiamos voluntades, penales y algún vaso de agua; llegó después la "depresión" de entender la realidad y ahora la "aceptación" de su propia extinción. Es decir, ha completado las cinco etapas típicas de todo duelo.
—Supongo que aquí terminamos por hoy.
—Terminamos con la terapia en general. No acepto pacientes que han fallecido.
—Claro... es lógico.
—Eso sí, al salir por favor abónele la sesión a mi secretaria.
—¿Ella le cobra a seres fallecidos?
—Sí, porque tiene una licenciatura en médium.
—Qué completo todo... ¿Y le puedo hacer una última pregunta, doctor?
—Sí, por supuesto.
—¿Me llevará flores?
—Créame que lo evaluaría de buen grado, pero la ética profesional me lo impide.
—Obvio. Usted es lo que se dice un profesional en toda la regla.
—Sí. Y aparte, entre nosotros y ahora que ya terminó la terapia, debo confesarle que tengo un grave trauma de confusión entre las margaritas y los huevos fritos.
—Ah, caramba... qué complejo, puedo imaginarlo.
—Me estoy tratando, por supuesto, pero no sabe la frustración que experimento en la mesa cuando quiero mojar el pan en una margarita.
—¿Sabe qué, doctor? Ahora me hace sentir realmente mucho mejor. No es que me consuele su desgracia, por supuesto, pero me siento menos solo.
—Es invariable. Las tragedias unen a la gente.
—Por supuesto.