martes, 27 de septiembre de 2011

La Balada de Mer Gintangí


(o cómo tunear unas medias negras hasta volverlas un aleph de bolsillo)

Texto creado por Cariátide y V. Onoff


Te digiero arrasando lágrimas.
Sos lecho todo alrededor, sobres en el piso, ya lo largo, lo ancho, lo mar de volutas como droga de sed y de mentas me olvido de sazón al llagar en silencio, toque tu voz y de gala aguanto donde esquila asible, de lisa rodable y su Mer Gintangí viciado, tomando sigilos de Toulouse en piojos de lata y rapeles corno fechas. En ser puente ando moraleja y tu misil nones en dual, quiera dormida anula gime de espanto, ¡man, te han castrado!, cánico, en pociones de cavar y pintar en paredes espalda de ciertas rectas las formas de sumisas sales riendo por la esperanza, hiel con suelo, que verdines húmeros de sexo ocurras y frenos o través, ex presiones de cavar y sangre se aliviará la reseña junco atrás, amores de oído, te hielas, noche que peña pena adentro de uno y hundía de sol compacto y recio de tunas rezado, cal entre mi arte de pena entrar a tus mojos volando la misha de ese grillo que aspa mil leguas, cité acá ripio pupila almendro, fiera de tu alcance y conocido el vino, ando caracoles (tres pares por venta de maneras, negra).
Rojo de cierto. Rojo pena. Mojo mirada. Raja sien. Rozo boca devorando albor mientas tu misa me ella cura todos los entes en mi siempre, medios negros que quisiste desnudos para partir un mazo que mordió la cama que detiene al árbol. Y ahora carne me entras, me dirás, y me son veces que te dueño y que no es un traje, no un olvido redento y rasgado, amar de sol hechas a duras rimas al ras de la nada.

Descreído del desastre y encrespado morbo erecto con mazo mordido. Árbol detenido y sol naciente, dije, que tu vos no aturde (y no la azetees porque sonás a silencio) cual tunas rezando, cual vulva latiendo en simposio de tristes escayolas, en algoritmos de seno y coseno virgen.
Cianótica paradoja escapada regurgitando semillas de celo tibio. Calzado de hierba. Pie de manzana. Justificación autóctona de rutas híbridas que aplastan, como sapos del atardecer, todos los sigilos de Toulouse, todas las ilustraciones de Larousse. Manzana de luz escanciada en útero de sal. Te veo y no puedo creerlo, aunque saberlo es merecerlo sin tortura, sin entradas de carne por dentro y gritos por fuera. Porque sos lecho todo alrededor y sos una saliva ahumada que me inciensa el estómago definitivo, el de rumiar la meretriz de tu palabra despedida:

puta acabada en ruta deshojada 
de invierno amargo, de camión arrasada 
de grillo soberbio de canto rodado 
en tus cantos sobados 
de puta en celo raso. 

Y al llegar olvido. Peaje. Ticket. Escupir el primer mate.
¿Lloraste alguna vez ardiendo en la lluvia?

Me desleía el sastre cada sorbo electo amasando, urdiendo sobre algo tenido y son y siete dijes que tu tos acepte para el torque y el porque del as de la simiente. A tunas rezado y con tu mazo dando, latir sin ocio seco, ritmo de algo que, en pecho y cohecho, turgen cianópticas para dos espadas que, hurgando demencias de reloj cúbico y cansado de yerba con piel manzana, justo acciona (autónomo de lutos frigios que arrastran trapos del atar y ser de todo silogismo tu luz) tu ilustre mañana de rouge descansada en un último tebeo (y no aprendo).
Crece. Aunque beberlo es someterlo sin montura siniestrada. La carne del centro y centroforward que gritan, porque sos techo todo alrededor y sos una sativa humeante que me ciencia lo malo en infinitivo, el de arrumbar el mar en trizas en palabras pedidas, fruta arrancada a punta de hoja, puto invierno mago el envión que amasa de brillo sobre el bio de tu santo robado y tu tanto rodado, sobrado de putas en tu cielo ocaso y, a pesar del olivo, viaje, rimmel, esculpir el primer catre.
Empapé a la duna hirviente hasta hacerla estallar.

Recé en el monte de los olivos hasta que las tunas lograron amasar (autónomo rumiar de mudas álgebras en tus sillas). Nunca fui el esperado desequilibrio del lecho, que alrededor del todo baila-canta-danza-salta-hierve por tu espalda iridiscente de dorados esteros.
¿Dónde te fusilaste últimamente que no te veo más balas en la mirada?
¿Dónde hilvanaste la punta de cada hoja con esa compota de puta arrancada?
Exprimir el cielo con colorantes de uso permitido. Sacar las ollas del fuego a la par que vaciás la pileta y tu pie se enrieda en mi techo de bizcochuelo de limón.
Vas a arruinarlo todo, Mer, vas a llevar a un muelle tus alhajas de telgopor y vas a desafiar al viento con tus ideas llenas de caries. Ya no soy más la fiera de tu alcance soñado y tenés que saber que el sastre era analfabeto por parte de loro. No te rías, Mer. No te rías más así, sin montura.
¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡dame toda la luz de una sola vez y montame en tu rouge cianóptico hasta que me desangre en llamas. ¿O no lo ves?

Crece en el monte de los ombligos la runa que logró pasar. Autópata en un mar de puras ánimas y millas busca, en el raspado desdén, equilibrio de helecho que almidona el todo va, todo da, todo sal por tu helada indecente de morados letreros.
Mándeme el fusil para ultimarme que no creo más en calas demoradas. Mándeme el detonante de la fusta que cada rosa se comporta como puta arrastrada.
Eximir del suelo al gigante en desuso. Secar las olas en fuego a la mar que vareás la ruleta. Y tu fe se me entela en el nicho de cielo sabor a millón, vaso arruinado y todo. Me voy a elevar del mueble, (tus ventajas de tela y sopor) y te voy a desdentar el siento con mis serias penas de carne. Ya no voy a la feria de tu calce armado, así volvés del saber, de quemarteme en alfa y betas y en partes del todo.
No delires, pez, tonterías más de tu factura.
Pus, pus, pus, pulsame la puta pus de luna una única vez y contame del mousse óptico hasta que se me desgane el alma.

Yo sabré ronronear pasándome la runa por mis olivos, por tus entelados nichos, por cada rosa de sal marina para todo consumo humano, dice Mer, mientras mastica luces arruinándolo todo, apagándolo todo, ruleteando escaceces a pura alhaja escupida.
¡Sobre la tía!, grita, ¡sobre la tía!,ruge ronroneando Mer, mientras me quema sin sonrisas con aspirinas en desuso.
Yo sable, yo herida, yo fusil, dicen los ecos que toda alfombra le ensarta en cada hoja de cada puta con botas. Aclamo tus lutos frigios, aprendo tus tebeos rosados, dejo de respirar tus leños al caer la noche y te veo enroscado.
Para dormir ya.
Para mi.
Desdobla mi corazón en cuatro y lo calca al grafito mientras la aorta le chorrea helado de limón, bizcochuelo que disimula sus frambuesas con mis coágulos más queridos. Ya no sabré escuchar tus ladridos sin dormirme en los ocasos de esas calas demoradas. ¡Ay!... regarlas con mi plasma y abonarla con mis glóbulos no le devolverá la letras a tu sastre analfabeto. ¡Ya!, ¡corre por las rimas de bacalao, que acaba de sonar el olímpico disparo y nos vamos a una tanda!...
¿Lloraste alguna vez al presenciar tu autopsia?
¿Miento si miro tu garganta y sospecho de tu escudo?
Yo sabré acomodar cada silo de granos. Cada grano con pus. Cada gota de luz. Cada yo. ¿Cada cuánto vas al pueblo?, quiero saber para pedirte una vieja colina de anís, quiero saber porque será la última estrella que acostaré a mi lado, dijo Mer, antes de cargar el fusil con sus seis dedos índices.

Porque una cosa es disparar,
se,
y otra otra muy distinta es no saber,
se,
en qué página uno caerá,
escrito.

No cabe el ruido ni cabré en la laguna el domingo, ni en tus entredichos sobre cada cosa de mala madre o de humo en mano. El mar miente mástiles cruces y la laguna, la laguna se ahoga, es rulemán descalzo, una hija engrupida.
Obra sobre la mía. Latía y ahora se hunde en Mer, que se queda que se risa que se aspira toda en el humo. Endiosable ella, creída, imbécil, dicen ahora los ecos. Que toma formas de carta cada hoja que depura y explota. Al cabo disfruto, finjo, prendido a tus besos arados, tejo el explorar con el ceño de la noche al lado.
Ara dormida.
Para mí.
Se dobla la sazón sobre el cuarto y en la sala el rito se acorta a la hora del postre consuelo sin azúcar en la boca como amarga la lengua temida. Ya no cabe el luchar contra el vidrio sin hundirme en los vasos de unas damas sin morada. Preñarlas en cambio si con mi asma y abandonarlas con los lobeznos vayan detrás del hombre alfabeto. ¡Ya borré las cimas, acabado. Alcanzaba con soñar con el pico y sin embargo la subimos arrastrando...

Depararás nieblas oscuras. Depravarás los mares que se doblan ante tu hazaña. Dormirás despertando la locura de señas amargas en cimas de asco velado. Viento de sal metalizado en tus entrañas, que usa las noticias del día escapando de la asfixia suburbana, endiosada, lenta y fugaz, balde de pintura deshojado sobre tu lengua para volver palabras invisibles de inservible compostura.
Yo te abyecto. Te supuro en ruinas de peces de delirio dorado. Vamos a cocinar por la noche un futuro desalentador para servir pocillos de orgasmo inmediato. Y verte brillar cuando amanece. Despierta y en pie mientras desangras cada hilo de pasado sobre mi tumba revuelta.
¿Llevás flores a cada descomposición sólo por esa ceguera?
El sol en lo alto y la puta arrastrada lejos de la cima. Ambos mirando la estela de sangre y siguiendo su pista de almizcle dulzón. Mer inclina la cabeza a Venus y su lengua abraza piedras rodando cantos. Tomando el mazo partido llevo el morbo erecto hasta el cráter de tu desánimo, tratando de hundir en forma infinita cada pétalo de sol varado en tu vientre.
¡Fuera del camino!... el fin llega a su rito.
La cena está servida.

Desparramada la clara de nieve ocupa y derrama los moldes que te pueblan de noche el mirar desesperado, la amargura mansa, metáfora feroz de un Dios congelado. Viniendo de vos, las mañas, las minutas de caricias se espantan como hermanas que en dos camas llaman a la menta, haga de montura al desbocado sueño que tu lengua ha de volver  y borrar lo divisible en hermosura.
Y el sopor de lo puro a veces, impuro a ratos. Tenerte de pie, amar de a uno tus desiertos y sentir el frío bocado del diablo. Y verte brillar, también, cuando oscurece, de niebla o de pura sombra de anclas cada día un poco más hundidos bajo este sol de lejos.
¿Me das flores cada vez o solo cuando miro?
Con voz de mando te arrancaría lejos de la cama. Los dos cosidos a la tela, sábana de sangre y mintiendo una risa que dice ¿viste, Mer, la cima? ¿Trataste, Mer? ¿Alcanza, Mer? Y vos mirás de costado mi  canto y resoplando das por perdido el partido y de un sorbo perfecto armás otro ánimo, otro tratado de cómo vivir cada segundo de sol, soldado, en mi mente.
¡Tanto camino!... para finalizarlo en un grito.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Un puente labrado en hielo


Noche. Y la lluvia se acuesta en mis huesos.
Con un hermoso brillo, el empedrado de la calle me habla de magia y yo cruzo hasta tu puerta respirando la melancolía húmeda de una ciudad desganada.
Cruje el piso de madera. Hay oscuridades colgadas del pasillo que me van desnudando. El agua conversa tibiamente con el techo y sus años, abraza el piso luego, brilla sin ser vista, mira, muere, escapa levemente.
Paso por dos cuartos vacíos. Cosas olvidadas. Humedad. Llego al fondo del pasillo y la puerta entreabierta mira mi pelo mojado.
Entro. Mis pasos acompasan las goteras. En varios lugares el agua estalla contra el piso rítmicamente. Sentada contra la pared, tu piel blanca es un alivio desnudo para tanta oscura humedad. Tu cara cubierta por tus brazos y tu pelo por todo vestido.
Ruego por un tango, pero no hay banda de sonido. Ni viento. La noche es sólida aquí adentro. Y tu respiración.

—Acaba de irse Jesús.
Y tu voz ronca.
—¿Qué te pidió?
—Agua
—¿Y se la diste?
Claro, es de él...

Nunca pude mirarte a los ojos sin sentir inquietud. No sólo son negros, son también exageradamente profundos. Y no es que me queje por caerme adentro, pero en verdad nunca supe que hay en tu fondo.

¿Nada más?
Se fue. Me dijo que perdía el último tren a Madariaga si se demoraba.
¿Ahí está parando?

Siempre tuviste esa costumbre. En todo diálogo te salteás una frase. Siempre habrá una frase que no digas, una pregunta que no respondas. Es como una forma de dejar al otro con la idea de que algo de lo que está preguntando te resulta estúpido. Hace un tiempo odiaba eso. Ahora lo acepto como la lluvia. Como todo lo eterno.

¿No tenés frío?
No me importaba en verdad, pero quería una excusa para tocarte la piel.
Sí. Pero no te  muevas. Y no hables.
Obedezco. El mundo sigue goteando. Ella respira en silencio, sin mirarme.
Escucho la puerta de entrada abrirse.
Ella alza la cabeza y me mira por primera vez. Sonríe.

¿Y tu ropa?
Ella se mira los brazos, como si no se hubiese dado cuenta de su desnudez.
Ya hace demasiado tiempo que voy vestida de agua. Si me seco, me muero.

Recién veo la pared tras su espalda y el agua que baja por ella. Cómo se abraza a su piel y cómo se bifurca incontables veces recorriéndola. Sus pestañas como picos de estrellas. Sus hombros perlados. Su boca como una flor glacial enterrada en sangre.

¿No tenés frío?
Me imaginé abrazándola y secándola hasta su muerte blanca para satisfacer mi egoísmo azul.
Soy el frío.

El mundo sigue goteando. Ella respira olas de humedad y mira a un horizonte desesperado.
Escucho la puerta de entrada abrirse.
Ella alza la cabeza y me doy cuenta de que no sabe pedir ayuda. 
Pasos en el pasillo, lentos.

¿Dónde queda Madariaga?
A la vuelta de tu pene, pasando la placenta de tu madre, unas dos cuadras al norte dentro de tu semen.
Uno de los pocos lugares adonde aún llegan los trenes...
Y Jesús.

¿No tenés frío?
Tocame...

Escucho la puerta de entrada abrirse.
Ella alza la cabeza y me acaricia el futuro con sus párpados. Cierra los ojos mientras suenan pasos en el pasillo, lentos.

Soñé que estabas embarazada.
Tac... tac... tac... las goteras le ponen puntos suspensivos a mis frases.
Te soñé parada en puntas de pie, como bailarina, en la baranda de un puente labrado en hielo. Y me mirabas esperando la orden para saltar.
Una sirena encrespada tajea la noche allí en la calle, más allá de nuestra ventana.

Soñé que estabas embarazada y que te parías a vos misma. Por la noche me invitabas a cenar tu placenta y tu vos-hija se tomaba la teta a si misma. Los dos reíamos mucho mientras planeábamos nuestras vacaciones en Leningrado, en una casa de hielo que tu tío prometió inundar con agua tibia para que no sufras tanto. Dejabas de reír cuando me veías trenzarte un collar indio con los dientes que se te iban cayendo, congelados; yo te lo colocaba luego alrededor del cuello y vos acariciabas los dientes de a uno, con ese brillo blanco que ambos recordábamos tan bien.

Dame la orden y salto.
Dame el puente primero... y te abrazo.

Escucho la puerta de entrada abrirse. Los dos nos miramos pensando en la cantidad de noche y de agua que puede haberse colado desde afuera, por esa puerta, durante esos segundos. Poco falta para ahogarnos y ninguna puerta es piadosa. Suenan pasos en el pasillo, un oleaje sincero, lento y cálido.

Es mi mamá.
La figura de la mujer alta y blanca, parada en la puerta del cuarto acalla el agua de la noche como un sol revelado en negativo. 
Sé que si dejo de mirarte puede que te vuelvas hielo de mujer y puede que el puente acabe por saltar dentro del negro de tus ojos. Pero la mujer me habla.

Hablé con Jesús en la esquina, le pregunté por ella y me negó haberla visto. Le pregunté por el agua y me negó haberla tomado. Le pregunté por su piel blanca y me negó haberla tocado. Tres veces la negó y luego sonó un trueno lejano y pálido, como un tren que anuncia la partida. Jesús palideció y se escurrió en la noche. Vi su túnica amarillear bajó la llovizna encendida por las luces de la calle, flotando, huyendo, negando.

En otro cuarto de la casa el techo se desploma bajo el agua, litros de agua caen sobre el piso de madera y se vuelven hielo, hunden el piso y su brisa de glaciar nos llega erizándonos la piel.

¿No tenés frío?

En otro cuarto de la casa el granizo revienta las ventanas. Vidrio en cópula con hielo. Agua como sangre que desarma las maderas del piso. La casa sangra. Su piel de madera se retuerce sin gritos.

Alzame. Llevame en tus brazos. Necesito escapar hasta el puente.

La mujer alta y blanca se desnuda en la puerta del cuarto. Veo los bloques de hielo avanzar por arriba de sus hombros mientras ella sonríe con gesto de hotel. Y nos dice.

La casa de Leningrado está lista. Mi hermano acaba de inundarla en agua tibia para el parto.

Sus senos se van congelando y endureciendo, intenta sonreír y los dientes caen al piso, blancos y brillantes, sus ojos se cristalizan y estallan, los bloques de hielo derriban la puerta y la tapan.

Es mi mamá.

Me lo decís mientras te alzo en mis brazos, con mucho cuidado de no secarte. Tu cuerpo se escurre por mi piel mientras escondés tu cabeza en mi hombro. Pienso en cómo salir del cuarto mientras el techo comienza a desplomarse bajo el hielo. Los pedazos de madera mojada me pegan en las piernas y rebotan contra las paredes. La pared acaba por caer y siento el agua rodeando mis rodillas. Tengo miedo de que te duermas antes de tiempo, pero el techo acaba de caer y el puente de hielo nace a nuestros pies, blanco, brillante y helado.

¿Vas a subir?
Voy a parir.

El tren abandona Madariaga y se hunde en el hielo de la noche. Pienso en Leningrado y en la leche helada de tus senos, mientras veo cómo tus piernas caminan hundiéndose en el hielo del puente. 

Antes de que termines de cruzar te das vuelta y me mirás a los ojos.
Desde allí.
Al fin entiendo qué hay en tu fondo.
Y al fin termino de caer.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Medias negras


Como arrastrando lágrimas / sospechas todo alrededor, por sobre el piso y a lo largo / ancho mar de voluntades como dragas sedientas de olvido / desazón al llegar el silencio que tu voz me regala cuando / donde esquía posible, desliza probable y sumerge intangible vaciando / tomando siglos de tu luz en ojos de plata y papeles como flechas / serpenteando moralejas y sumisiones en cualquier comida azul, vorágine de espanto, mantel arrastrado, pánico, explosiones de caviar y tinta en paredes desiertas / repletas alfombras de sonrisas saliendo por la esmeralda y el consuelo, jardines húmedos de sexo a oscuras y truenos otra vez, explosiones de  acabar y san greseme nsalivará que suenan junto al jazz / flores de olvido, tinieblas, noche que sueña adentro de un día de sol con pasto y rocío de luna freezado / caliente mirarte de penetrar tus ojos violando la dicha de ese brillo que raspa mi lengua si te acaricio pupila adentro / fuera de tu alcance y cocido en vino, mirando caracoles trepar por ventanas de madera negra  / rojo desierto / rojo vena / rojo mirada / rojo sien / rojo boca devorando árbol mientras tu risa me eyacula todos tus dientes en mi vientre / medias negras que hiciste un nudo  para parir un lazo que rodeó la rama que sostiene un árbol, y ahorcarte mientras me miras y me convencés de que te sueño y que no es un trueno de olvido / sediento y dragado mar que sospechas a pura lágrima arrastrada.

sábado, 26 de marzo de 2011

Tres cosas amarillas


Sé que hay frases que nunca voy a poder escribir. Las leo en otros. Las leo en libros. Las veo. Están ahí como para recordarme su indecente honestidad acerca de mi incapacidad para sumergirme en mi propio asco.
La figura pesada de Swenson se hacía más añeja en la tarde. Afuera, el viento lamía despacio los bordes secos del tiempo y nosotros caminábamos tenues por un epílogo tácito.
¿Qué importancia tiene, en verdad, conocer tan de cerca nuestros propios límites? lo dijo mirándome a los ojos, como cuando le daba algo de relieve a un tema, usando su mirada hundida para subrayar. Joven amigo, prosiguió casi risueño nunca queremos saber qué tan sólidos son esos límites porque a mayor certeza menor vida. Si no puedo ir más allá de eso... ¿para qué?, me dirán "por todo lo demás", ¡pero todo lo demás ya lo tengo!, aunque jamás lo arañe siquiera... ya lo tengo.
Suspiró agitado. Sentíamos arrastrarse las hojas del otoño por las calles, afuera, mucho más lejos de lo que una tarde tranquila nos podría merecer. Terminé mi café y al apoyar la taza ensayé alguna palabra pero Swenson  tenía el telón del acto.
Si hay frases que nunca voy a poder escribir entonces ya no quiero escribir ninguna otra. 
Lo dijo como un mantra, como un rezo monocorde. Demasiado cierto para ser verdad. Y agregó:
Porque todo no será más que el remedo de una palidez absurda, el consuelo... y en el consuelo no hay arte alguno. 

Abandoné su casa tarde en la noche. 
Me despidió de espaldas, en su sillón, hundido en un silencio que cobraba formas diversas, ninguna amable. 
Caminé por las veredas desiertas respirando el aire frío, pensando en Swenson y el vacío triste de sus murallas. 
Tres días más tarde, leyendo el diario durante mi desayuno, me enfrenté a la paradoja de sorprenderme por mi ausencia de sorpresa ante la noticia del suicidio. ¿No era de algún modo lógico? Ninguna búsqueda debería ir más allá de lo que uno está dispuesto a pagar. 
"El precio de todo es todo", creo que le escuché decir a Swenson alguna vez. 

martes, 22 de marzo de 2011

El juego del canario y el dragón

como deshacer tu pelo
en medio de nubes
como desarmar los riesgos
en tubos de aluminio narcotizado
regar las calles con la sangre
que doblaba cuando me ungías
miembro
que regaba cuando me partías
y siembro
tus células de plástico que no ven
los campos de tu voz alta
cayendo en pozos de mi
silencio
aturdido
desmañado
como el batir de camas
entre los restos del acero ansioso
como tu bata de escamas
desgarrando mi piel de esquirla
sabia gris y angustia de despieces blancos
toda esmaltada de polietileno hueco
llegaste al aire de mi vientre
con dos juegos de relojes
oxidados
midiendo
ahogando
cociendo
cada mirada de cada beso y por cada fragancia
y aún así
aún a pesar de los mirlos de escarcha
que vivían en tus senos
y aún pesando la batalla
que cada beso descoloca en cada sexo
llegaste corriendo al fin
al fondo
a mi
y te quiero

sábado, 19 de marzo de 2011

Cinco cero uno


Da la vuelta.
Voy a tomar revancha.
Todo no es más que un horno que anda mal. Muy mal.

Vas a tener que quererme desnudo,
si me querés.

Te miré a los ojos contra el mármol blanco. Tus pupilas se entregaban dentro de tu cuerpo al fragor del calor y el óxido básico de nuestras lunas amaestradas.
Cinco de enero me dijiste. El año de quemar las pieles de animales mutilados agregaste sonriendo.
Por esa calle y por la vuelta. Necesito que vuelvas a pasar por ahí. Necesito tomar revancha.

Vas a tener que besar mi muerte,
si me matás.

Comprar el pan y... ¿algo más? se te caían las escaleras de barro cuando pestaneabas así
¿Algo más? se te cerraban los pechos y el incienso te volvía de nylon gris.
Yo necesito coros de algas marinas cantando debajo de nuestra cama. Pero primero necesito una cama. Y un nosotros. Porque vos estás ocupada bordando tu nombre con hilos de oro en el revés de tus párpados. Te obsesiona olvidarte. Te apasiona silenciarme. Los coros inundan de agua las sábanas y mientras vos reís yo me asfixio por cada una de las veces que no te conozco, que no existís, que no cantás.
Cinco de enero y suspiraste
Siento las horas cayendo en fosas marinas y cada caer es un detenerse que me detiene sobre vos. Sobre tu horno. Sobre el pan que no queda... y se te cercaban las vidas pasadas en cada oscilar de tus pezones bajo la remera. Me mirabas mirarte. Te mirabas mirada y supiste que te imaginaba enterrada en sal.
Entonces da la vuelta. Necesito tomar revancha.

No sé nada del río en el que siempre nado. 
Sólo se me da muy bien eso de naufragar.

Sé que soñás con tu agua inundando mis pulmones y sé que despertás en medio del espasmo... buscando el vaso de agua en la mesa de luz (el agua de la luz, como si abrieras los ojos y sonrieras al mismo tiempo). Y sé que me mirás pensando que, si respiro, esas lágrimas que se desmayan por tu cara son ciegas, esas caricias son sordas y todo tu cuerpo está mudo de mi.
Por esa calle y por la noche, caminabas descalza en la soledad de tu entierro. No hay coros. No hay algas. Pensaste en dar la vuelta por si acaso sigo respirando. Y por si acaso el pan... y el horno, ¿no?...

Vas a tener que despertarme,
si de verdad me amás.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Recorta flores de sombra y sonríe


Estrella baila y canta.
Salta sobre el universo y gira en cuadrados imposibles.
Le toca el hombro a Dios y se sonríe por el color de su mirada.
Enciende los prados del grito ausente y le da de comer a una bandada de aromas inconclusos.
Ríe.
Duerme sin saberlo y sueña almohadas de otros. 
Dobla precipicios y los lleva en sus bolsillos mientras hace la cola del banco.
Almuerza tormentas de sol encrespado y, cuando se nubla sobre las avenidas de terciopelo, va en busca de las suaves lluvias que caen dentro del subte.
Estrella se sienta a charlar con el olvido hasta que él llora melodías de nostalgia mientras ella busca una receta de lemon pie, asustada por tanta lágrima necesitada de dulce.
Quiere que Dios la mire desnuda y se enamore de su vientre, arado de primaveras y sones brillantes.
Se asoma por balcones y derrite rejas sin que las pupilas le dejen soñar con nubes ajenas.
Estrella se deshace de sus manos y las guarda en el freezer, junto al helado de frambuesa y sobre tres de sus madres envueltas en film autoadherente. Anota luego en un cuaderno cuál era la derecha y cuál la izquierda, segura de olvidarlo y temerosa de su total ignorancia política.
Por las noches, los carros de los ángeles no la dejan dormir y ella se asoma por el cuarto cajón del ropero a gritar canciones destiladas de efervescencia hasta que el último de los carros vuelca. Y regresa a la cama.
Recorta flores de sombra y sonríe.
Vuelve a su útero cabalgando un incendio tímido y tira las llaves de su esperanza en un lago, mirando feliz al cielo para salir en alguna foto satelital del Google Earth mientras trata de recordar si se lavó los dientes.
Estrella puede desarmarse en ciento treinta y dos triángulos de sabor vainilla. 
Y correr. Admitir que no tiene amigos ni bombachas. Y arder. Conocer qué sueña Dios cada noche. Y olvidarse dónde dejó las manos.
Integra un coro de grillos que le cobran cuota mensual y la discriminan por ser alta y no tener alas hasta hacerla llorar. Luego canta a través de las lágrimas y los barcos viran ciento ochenta grados regresando cada uno a su primer amor.
Ríe. Otra vez. Siempre.
Necesita un globo aerostático y seis cuchillos para hacer un ritual que aprendió en la televisión pero, como cree que el viento es el demonio, no está dispuesta a prostituirse y prefiere cenar budín de arroz, dejando la magia para cuando el demonio ya haya muerto.
Estrella quiere salir de los diarios y llevarse a la rastra a todas las letras y fotos a un casino para jugarle al treinta y uno. Le prometió a la hache que, si gana, le pagará su terapia de rehabilitación para que deje de ser muda. Por eso compra el diario y se da baños de inmersión con ellos.
Su alma está cosida de espantos y sinceridades.
Por su boca se llega a un paraíso equivocado.
Y por sus ojos 
a un paraíso perdido.

viernes, 17 de septiembre de 2010

lunes, 23 de agosto de 2010

domingo, 8 de agosto de 2010

Entendeme


Vienen por detrás.
Con la lenta seguridad del que conoce el futuro.
Sentir manos cerca del cuello. Y no saber si acarician,
ahorcan
o avisan.

En todo caso será hora de
mirar el reloj
y hacerse a un lado de la vida ansiosa,
desesperada,
urgida,
necesitada de sobresaltos,
de gestos de miedo
y de beber nuestra adrenalina
usando nuestros ojos como
cubitos de hielo.

jueves, 15 de julio de 2010

A Vos


A veces,
cuando te amo,
siento que el pasado es lo que está por delante,
y que el futuro
fue ese cuento que escribimos
sin acentos,
esquivando la sintaxis de nuestras pieles
y con diálogos premiados
por el absurdo más ciego.

A veces,
cuando te extraño,
releo las llagas de tu piel
desvestidas en un par de sonrisas simples,
y juego,
con mis corazonadas en las manos,
a que no puedo volver la mirada atrás
ni reescribir el cuento maldito
que ya aprendí de memoria.


sábado, 29 de mayo de 2010

Profecía de un útero en carnaval


—Hola, Mamá. En nombre de tu Dios, dejame vivir donde quieras.
—¿Quién quiere un Dios, o dos, o una limousine plateada esperando en la puerta?
—Haya sido, madre, algún vulgar poeta olvidado de la mano de la dicha rebelde que ha sido...
—Siempre lo mismo.
—¿Siempre lo mismo?
—Ya lo dijiste.
—¿Y soñaste que te ahorcaba con el repasador?
—No hay noche en la que no despierte. Habrá olvidos, habrá simpatías, habrá incluso fiestas de esas en las que armamos rompecabezas y lloramos como si nunca hubiera pasado aquello, pero no hay noche en la que despierte virgen de lágrimas.
—Mamá, ya fuiste a que te bendigan y volviste ahogada por una aurora llena de profecías de carnaval. Que todos vamos a morir. Que volverías a nacer sólo para escupir en el útero de tu madre a tiempo.
—No repitas palabras sagradas a esta hora, sabés que duermen los ángeles y nadie vigila la mala suerte de nuestro egoísmo. Y vos me ahorcabas. Puede que despierte a tiempo, pero no suelo olvidar a tiempo.
—Armaría en dos o tres breves instantes algún rompecabezas que incluya a tu juventud alada sobrevolando el barro, pero faltan tantas piezas que apenas si llegamos a un par de ventanas y estanterías de almacén. Cielos ya no quedan.
—Cielos ya no quiero.
Armaría bajo la lluvia... esa, la del vulgar poeta, la del cielo gris, la del...
¡Y un carajo!, callate esas palabras a esta hora.
Siempre lo mismo.
Y vos me ahorcabas.
Probemos con alguno de tus repasadores.
Están para lavar.
¿Todos?
No...
¿Cuál no?
Encontralo. Toda muerte hay que encontrarla.
Como los rompecabezas. Como los días y las horas para armarlos.
¿Amarlos?
... profecías de carnaval. Y lo que te costo ese viaje.
¿Y?
Y que si volvías al útero no te iban a dejar pasar la placenta por la aduana.
Nunca te pedí nada. Ni un favor.
Nunca me pediste un beso. Ni ardor.
Vos me ahorcabas.
Dejame respirar y vivir en donde quieras. Con auroras tropezás a cada parpadeo de la razón. Es muy tarde ya para buscar repasadores.
No me acuses de esconder nada. No puedo absolverte de la culpa de no buscar. Cumplir tu sueño o el mío... no hay diferencias, pero a mi dejame en la tan breve dicha de una sola ventana. Cerrada.
¿Cuál es la ventana del útero?
¿Qué importa si está cerrada?

domingo, 28 de marzo de 2010

Mentira, es sangre


¿Cómo sabíamos que la sonrisa aquella acabaría por destruir los dientes blancos, la boca y los labios mismos que nunca llegaban a explicar la sonrisa aquella?
Ensancha, abarca, desborda, inunda. Y después ver los pedazos rotos, iluminados al brillo de los labios púrpura, los dientes blancos tan blancos.
Alguno de esos dioses de piedra nos debe haber prestado un oportuno deseo de soñar. Algún miércoles. O un jueves, quizá. Hacía calor sin sol, había días sin voces.
Basta mirar hacia adelante para ver que hay fin. "—Yo no llego a la noche", me dijiste temblando. Y nunca vi ojos más azuletales que tus ganas de sonreír sin boca ya.
Sin dientes.
Decirte nomás que aunque la ciudad cierre y las calles enrollen todas sus ensaladas de tomate (mentira, es sangre y siempre lo supimos) en un freezer olvidado de Dios, el circo no va a partir nunca más.
Yo desarmé su carpa y asesiné a todos sus leones cantandoles tangos de nostalgia exagerada. Yo me llevé al elefante a tomar un café y ahora trabaja en un call center para pagarse la prótesis de marfil reluciente.
(Otra sonrisa que explotó antes de tiempo.)
Basta de mirar hacia adelante. Que el fin se las arregle, siempre se consiguen entradas de última. No puedo dejar de mirar tus ojos que no dejan de mirarme. Y todo tiembla.
Y llega el viernes.
Y algún dios de piedra pasa a cobrar. Y nosotros sin soñar aún.
La ecúyere mira la carpa desarmada y llora. El tigre me pide el libro de quejas. Jaulas vacías como metáforas de una libertad a la que le dimos la espalda (mentira, nos reímos en su cara y ahora los barrotes se nos clavan en las encías).
El mago me mira desde lejos y las nubes anuncian tormenta.
Una más.

lunes, 1 de marzo de 2010

Verano


Hay un bulto en mi cama.
Lo toco y está tibio.
Pero yo duermo solo,
siempre por fuera de las sábanas
(una profanación más
que te evito).

Tunning


Queremos ser tipos Súper Grand Special Series
para que nos amen, mucho, todas, todo el tiempo.
Pero en fondo sabemos que somos todo tunning,
y
aunque la pintura nos quedó bonita
y
al bajar las ventanillas la música suena fuerte
al cabalgar esos locos vientos de pura sed,
sabemos perfectamente que no nacimos
ni coupé.

Por eso gracias a ustedes,
a todas,
las que disfrazan su piedad con una mentira,
que saben compartir en ojos cerrados,
en silencios de sugerencia apuntada,
en esa sonrisa calma y tan sabia,
tan alejada del ya
acabado orgasmo.

martes, 29 de diciembre de 2009

Diciembre


y entonces la vida fue una cárcel
donde de mi lado
dentro de la celda
está todo el universo entero
y fuera
más allá de las rejas
lo único que hay
sos vos

que sos lo único que quiero

domingo, 29 de noviembre de 2009

Todo termina al llegar


Marina viajó a Europa a encontrar las huellas eólicas de su primera oportunidad para amar.
Descendió en el aeropuerto de pie y olvidó las características de su adiós en medio de la aduana.
Cerró la valija revisada y caminó hasta el taxi creyendo que un cómic mal dibujado volvía la lluvia de aquella ciudad un espanto de gris oxidado.
Miró al taxista desde atrás creyendo que sus manos en el volante la alejaban del viento querido y de las huellas.
El taxi aceleraba. Marina le preguntó al taxista porqué le hacía eso.
No entendió el chofer pero mientras se detenía en una esquina se dio vuelta y la miró.
Marina observaba la lluvia sin hablarle.
El taxista le preguntó qué cosa le hacía.
Marina le respondió que alejarla.
¿Volvemos?, le preguntó el taxista.
Marina lo miró e imaginó una vida juntos, una vida adentro del taxi, una fiesta adentro del taxi, un hijo parido adentro del taxi, una cocina adentro del taxi y cómo se cortaría el pasto de un jardín adentro del taxi.
¿Juntos?, le preguntó Marina.
Otra vez el chofer no entendió y miró el tráfico de la calle. Pero le preguntó ¿quiere tomar otro taxi?
Marina entendió que la estaba dejando, que aquello estaba terminando. Pero se apuró a responder que no había otro taxi para ella, como para ver si la promesa de taxi eterno lograba hacerlo cambiar de parecer.
El taxista la miró y le dijo que sí, aunque es verdad que la lluvia complicaba las cosas, pero que él le conseguía otro si ella no quería seguir.
Marina supo que había llegado el momento de la franqueza y le dijo, ¿usted quiere dejarme?
El taxista suspiró y le respondió que sí, que quería dejarla en el lugar al que fuera.
Marina volvió a mirar por la ventanilla y le dijo observando la calle, como siempre... todo termina al llegar.
El chofer detuvo el motor del auto y se dio vuelta a mirarla. ¿Usted me va a pagar?, le preguntó. Marina lo miró asustada y le preguntó a su vez, ¿qué cosa?.
El viaje, respondió el taxista.
¿Adónde me lleva?, le sonrió Marina.
El chofer respiró hondo y volvió a arrancar el motor. Le dijo, al aeropuerto.
¿Juntos?, le preguntó Marina.
Sí, contestó el taxista, juntos.
Entonces Marina echó aliento en el vidrio de la ventanilla, empañándola para luego dibujar un corazón con su dedo.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Cuento para dormir a una mujer


Una Dama sempiterna cuestionaba al Ocaso su guadaña cargada de pareceres desubicados por toda carga nocturna y por toda la ancha llanura.
Acometía con dones despreciados y olvidados toda clase de ataques en pos de mantener vivas las cuestiones del Ocaso a la hora de no sucumbir a la Noche. 
Pánico de duermevela sospechaba el Ocaso y la sempiterna le sonreía a su disimulo peor entrazado. 
La Dama se acercó a acariciarle los últimos rayos anaranjados y el Ocaso dio luces de luna distante sintiéndose en peligro. 
La Noche sostenía el Sueño de lejos y sin fecha de vencimiento, pintando acuarelas viradas al ocre sobre marcos de deseos sabor plata. 
La Dama, con la esperanza en duda, plantó verdores de madrugada en medio de las brisas del susurro, mientras que el Ocaso derretía jazmines fabricando el elixir sagrado de los amables sueños turbios. 
Invitó entonces a la Dama sempiterna a cenar sauces de gloria, mientras la Noche llegaba a los acrílicos sin conocer las perspectivas del porvenir, pero imaginando soles nonatos que su abuela llegó a contarle. 
Quiso, la Noche, consultar al Ocaso sobre el color del sol, cuando éste brindaba la paz con jazmín en jugo frente a los ojos de la Dama, embriagada de juegos de luces sospechadas entre las estrellas. 
De a poco. 
Sin quererlo. 
Enamorada. 
La noche miró de lejos acunando al Sueño sobre sus óleos de espesuras rojas, resbalando decires murmurados. 
El Ocaso vació su copa para tomar en sus brazos la mirada de la Dama virada al entorno. Sempiterna, le dijo, duerme hoy y verás el ardor del sol cuando yo sólo sea recuerdo y los jazmines sólo engarces de tu aliento pasado. 
De a poco. 
Sin quererlo. 
Enamorada. 
La dama durmió. 
La Noche pidió permiso para acabar al Ocaso y mientras el Sueño le sonreía al sarcasmo ciego de la ancha llanura, derribó los finales y anaranjados rayos. 
El Ocaso murió. 
La Noche parió el espanto de su nostalgia propia en total soledad. 
De a poco. 
Sin quererlo. 
Ilusionada como cada vez con imaginar al fin el color del sol.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Noches sin sonido


Abandonando el sol llegué a acariciarte
por sobre la luna mojada de tus deseos
empapados de iridiscencias opacas de tiempo.
Ya no saber esconder excusas
para darle un adiós
al significado de la espera.
Una vez más tu carrera y una vez más, escape.
Tu espalda y mis manos.
Ojos al tiempo y símbolos anclados en la eternidad.
Tus piernas y mis manos.
Es correr por los ríos inundados
y amanecer en las escarchas vacías de espejos,
con imagenes subidas en un salto de alma.
De vinos pasados al perdido encuentro
y de licores usados disimulado la cátedra,
saberes que se desprecian y esparcen
regando desolaciones,
acotando arenas de noches sin sonido.
Imperdibles. Innecesarias. Impostergables.
Una anécdota más que caerá en gracia de cara al futuro.
Una mano en vos y un cierto recorrido que desata las vidas.
Al llegar.

Tierno


Ella le pidió que le arranque el clítoris con los dientes y él obedeció.
Recién cuando él le mostró su boca tan manchada de sangre ella le dio su primer beso tierno.
Vació la botella de vino sobre la herida y reía.
—Toda ceremonia acaba en luz. Siempre.
Afuera la noche lastimaba las veredas con silencios.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Indispensable para Magdalena


Cada vez que un mes trae un martes diez, Magdalena hace sus valijas vaciando su casa de olvidos y se sienta en la estación a esperar un micro azul para poder despertarse.

... cuna de mimbre y un regalo de luz acabado en sorna triste.

Ocasionalmente nadie le habla y sólo saca su pasaje indicando con su dedo índice en un cartel su destino. El hombre detrás de la ventanilla le da el cambio y ella sonríe. Y se sienta a esperar. Otra vez.

... deshilacha la sombra en el réquiem y de ellos brotan. Pasajeros del hotel.

Magdalena usa un sombrero masculino que a cada rato se quita y acomoda, cuidando su pelo por encima de los hombros. Suspira. Tiene calor.

... ya nada ni nadie apuesta nunca más a dar una respiración artificial a cambio de las monedas que salvaron de aquella cuna. Ni savia.

Mira a su alrededor todos los otros micros que no son azules y entiende que ya no tiene fuerzas para imaginar otra cosa.

... se subió a los árboles para desenroscar las lágrimas heredadas. Y nunca bajó.

En estas ocasiones Magdalena fumaría si hubiese aprendido cómo, pero sólo se permite envidiar a quienes sí lo hacen como al descuido, como si no les costara nada esa práctica de prender fuego, aspirar, tragar y exhalar. También cree que tomaría café si no le tuviera el miedo que le tiene a las bebidas calientes y negras, que despiden humo y que angustian a las gargantas. Por eso sólo mira, porque mirar es algo que nunca le causó miedo. Aunque recuerda que alguna vez alguien pudo decirle que su mirada causaba miedo.

... y escuchar el ladrido de los perros que se profetizan a sí mismos sobre las lluvias que van a caer, sobre las casas que finalizarán sus terrazas unos metros antes de los cimientos de Dios.

Pero ella despide a esos recuerdos guardando sólo cartas que ficcionan la memoria de una manera sesgada, una manera que esquiva realidades y que envuelve todo con su aroma propio.
Sabe que un micro azul la llevará al destino de cada martes diez y la piel se le eriza junto a sus manos que aprietan las manijas de sus valijas. Si ella recordara lo que lleva adentro de ellas no acabaría por sentir que no pesan nada. O que están vacías. O que el micro azul llegará vacío. O que ella sentada arriba del micro azul estará vacía. Si ella recordara, claro.

... se fue a entretejer descampados lejos de su cama, permitiendo que los grillos se reúnan bajo las sábanas a discutir las nieves próximas.

Pero ahora mira sus pies y extraña caminos que no conoció. Adonde sus piernas no la llevaron.
Finalmente alguna cosa se acabará sentando a su lado siempre antes de que el micro azul le abra las puertas. Y su sombrero, ladeado, que oculta su rostro y entorna espacios de encuentro. Nadie va a hablarle. Y ella es muda, aunque sus labios son hermosos.

... pero querer volver es dejar de suponer regresos para amar el olvido sin que nos corresponda, le dijo y cerró los ojos para siempre, una vez más.

Cuando llega el micro azul y sus ojos finalmente se abren, entiende que llegó el momento de despertar. Y despierta, Magdalena, sentada arriba del micro, mientras pega sus labios al vidrio de la ventanilla y deja un beso flotando en el aire manso de la estación en un martes diez.

... entender que al cerrar los campos y la gloria también vaciamos la cuna al fin, y que árboles sin flores ya son cada vez más raros de ver por estas zonas.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Caballos ardiendo


El relato de las dos ciudades acababa de formarse en la estación del tren último, pacífico.
El banco despintado sostenía óxido como signo de amistad al tiempo. Sus maderas le sonreían al viento y extrañaban a los bosques que las parieron. Memoria de árboles.
Sol que deslumbra y sus ojos que entornan tardes como espigas amasadas por unos días acaso más oscuros. Más sabios.
¿Dónde queda el mar y dónde se dejan los barcos amurallados, si todo es frío bajo el sol de este cuadro virado al ocre?
Sus ojos que encandilan y un sol que entorna campos con dimensión de rombos volviendo tardes en diagonal. Las rectas aman árboles. Las flores preguntan por su sexo y la tela de su vestido cubre cielos impermeables hoy.


Relato de Una Ciudad

Batalla gris en pasado cierto y médicos deambulando por calles rojas de vacío nublado. Polvo. Humo. Sobrevivientes inciertos que apuntalan la historia con cicatrices anchas como su llamado ancestral. Oscura pátina de caldos sobrevuelan terrazas y almacenes decayendo a las noches y durmiendo con los dormidos. Lluvia.


Otro Relato de Una Ciudad

Ezequiel que llora al costado de un carro preguntando por el nuevo precio de las almas ya dormidas. Más lluvia. Escarcha de agua salada que supo visitar lágrimas giradas vía postal, certificada, aviso de retorno para una voracidad que nunca calma felicidades. Fiestas acabadas. Ezequiel derruido. El carro duerme.


Sentada al borde del verde mira la ruta que es plateada. Sus ojos mantienen la recta en calma y sus párpados descuelgan el horizonte para acosarlo a puro humor de sentido curvo. Ahora el horizonte le teme. La ruta le pregunta a la tela de su vestido por el sabor de la carne. Sus ojos, brasas. - Tú carne, aclara la ruta.


Relato de Otra Ciudad

Carnaval de otoño desarmado en parvas de alquimias y certezas acerca de la conformación real de las arpías que fundaron las piedras fundamentales. Jimena se acuesta sobre los umbrales a recordar un futuro que nadie más le prometió pero que supo dibujar antes, mucho antes, de las manchas de sangre sobre cada pedazo de piel asomada. Caballos ardiendo en llamas que embisten carros con hielo azul mientras todos aplauden un poco más. Fiestas de aguardar otras fiestas. Jimena se duerme antes de la lluvia soñando que esa tarde llega Ezequiel.


Relato de Jimena en Otra Ciudad

—Quise buscar el mar y a sus barcos, pero mis ojos desgarraron telas en vano y en vacío. Quise nadar por los vientos y ahogarme en el sol cuando llegué a ver tus velas caer desde los acantilados. No hubo fortuna que me impidiera salir de mi carne y darle de comer mis huesos a cuanto cancerbero me cruzara palabra amable. Vos sabés cómo soy. Vos tenés mis cartas y vos calculás mis medidas a cada mensaje y cada bandera agitada al azar. Y vos sabés que azar no hay.


Sentada en el banco de la estación le da la teta al tren último. Le cuenta historias de ciudades, de guerras y mares. Le cuenta las muertes doradas debajo de la luna y le cuenta de los médicos que lloraban delante de sus mansos fracasos. Lo cambia de teta y lo arrulla con una copla desarmada en inciensos legados por sus padres. Sus ojos envuelven la estación y el tren duerme al fin sin soltar su pezón. Acomodar los vagones entre sus brazos y el arrullo que se va silenciando al compás del viento. No llueve.


Relato de Ezequiel viajando de Una Ciudad a Otra

—Cambiar nunca sirvió de nada. Miro este vidrio y se vuelve opaco. Miro este cielo y llueve. Miro tu cordura y no hay filo que amenace. Cambiar es tan inútil como viajar y llegar es tan insoluble como ese beso que voy a buscar. A esta ruta le faltan dioses que la glorifiquen en una gloria abstracta. A este viaje le falta ruta para que unir sea un glorioso juego consagrado. Sacramento del altar de los puentes. Mi ventanilla me pide que me calle. Y se vuelve opaca. Ahora voy a soñarte dormida para que puedas evaporar al fin tus mares y para que vuelques tus barcos anclados en el vientre. Reescribo todas tus cartas y sé que mi condena es tomar tus medidas en forma eterna, sin que nunca acaben de cambiar. En un rato más voy al vagón comedor. Me voy a sentar a cenar junto al azar.


Sentada en el marco de la ventana que da al universo. Sus dos ciudades se descuelgan
del acantilado en sus piernas. Sus mares lamen sus ojos. Sus barcos ya no están. Su carne, tampoco.

martes, 17 de noviembre de 2009

Por última vez


Salió de la oficina. Se cambió en el auto y entró al gimnasio. El ruido de los aparatos no lo dejaba pensar. Transpiraba. Miraba la hora en el reloj de la pared y la tele mostraba un partido de tenis. Le dolía el cuello. Entró a la ducha y el agua le quemaba. La dejó correr por su cuerpo. Se cambió y salió a la calle. Buscó su auto y no estaba. Llamó a su mujer para preguntarle si ella se lo había llevado. No atendía. Caminó una cuadra. Se palpó el bolsillo y tenía las llaves. Hacía frío y todavía tenía el pelo mojado. Tosió. El quiosco de la esquina había cerrado. Volvió al gimnasio. No sabía qué preguntar. Se quedó en el umbral mirando hacia adentro. El chico de la entrada lo saludó, pero no le preguntó si necesitaba algo. Tampoco lo sabía él. Miró a la calle. Por la vereda de enfrente venía caminando su mujer. Entró corriendo al gimnasio y se metió en el baño. Transpiraba otra vez. Agarró el teléfono. No sabía a quién llamar. Miró la hora. Prendió la cámara y se puso a sacarle fotos al baño. Se abrió la puerta. Entraba alguien. Él se metió en un compartimiento. Lo cerró. Guardó el teléfono y sacó las llaves del auto. Esperó a que el que había entrado saliera y tiró las llaves al inodoro. Apretó el botón y descargó el agua. Vio las llaves irse. Sacó su pañuelo y se secó la frente. Salió del baño. En la puerta estaba su mujer. La abrazó por detrás y la saludó. Ella le sonrió y le habló. Caminaron juntos por la vereda. Ella le preguntó por el agua mineral y él sacó la botellita de su mochila. Se le cayó el teléfono. Ella se lo levantó. Él se la quedó mirando. Ella se lo dio. Él no lo quería agarrar. La miró por última vez y empezó a correr por la vereda. Al pasar por el quisco cerrado tiró la mochila y dobló la esquina. La mujer prendió el teléfono. Buscó las fotos. Empezó a mirar el baño fotografiado. Volvió por la vereda y llegó a la puerta del gimnasio. El chico de la entrada estaba cerrando. Ella lo saludó y le mostró las fotos del teléfono. El chico se encogió de hombros y terminó de cerrar la puerta. La saludó y empezó a caminar por la vereda. Después de un par de pasos se detuvo y se dio vuelta. Miró a la mujer y le preguntó si había venido en el auto. Ella no le contestó. Se sentó en el umbral de la puerta cerrada y se cerró la campera. Hacía frío. El chico volvió hasta la puerta y se sentó al lado de ella. Empezó a contarle de su abuela alemana y de cómo había escapado de la guerra. Ella ya no lloraba. Él terminó de correr cuando cruzó la ruta y se sentó junto a la parada de colectivos. Los carteles de la calle se nublaban en vapor de neón. Le dolía el cuello. Se sacó la campera y la dobló. La acomodó debajo de su cabeza a manera de almohada y se recostó en ese paredón. Se durmió. Ella abrazó al chico y le dijo que ya no siga. El chico le preguntó si tenía el auto. Ella volvió a llorar pero sacó el auto de su cartera y se lo entregó al chico. El chico la miró y le pidió las fotos. Ella lloró más fuerte y le entregó el teléfono. El chico lo prendió y miró las fotos. Luego se puso de pie, tomó el auto y el teléfono y se fue. Ella se quedó en el umbral sentada. Tenía frío pero se durmió. Soñó con dormir con su marido, al costado de una ruta. Comenzaba a llover cuando el chico acabó de borrar las fotos del teléfono.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Viento en Sombra


—Cerrá la ventana que este viento ya me hinchó las pelotas.
El discurrir sólo por el ángulo de tus ojos y las manchas de humedad que se agrandan tanto como para tapar los agujeros de esa luna salvaje que nos ilumina.
La letra de la puerta se va a caer del canto. Hacé algo.
La pretensión del mirar de frente y la presunción de ser visto de costado. El ángulo ese que se ensimisma de un canto alado, de ganas que alcanzan la luna en una aerosilla plateada. La soga se corta y tus senos aguardan.
Hoy por primera vez. Y recogé las bananas que aún quedan. No te olvides de sacarlo todo.
Afuera el viento. Adentro el aliento. Sol no llevamos, hay de sobra y este de acá vence tan rápido que...
Mamá dijo que podía mirarte sólo en tu sombra. Papá dijo que sin luz no hay sombras y mamá sonreía desde lo alto de la escalera. No sabía la cantidad de veces que imaginé la escena de ella en la que cayendo. Y papá que lo sabía se limitaba a tomar coñac en los atardeceres acaramelados y sin gritos. Ruidos en la cocina y las ventanas cerradas. Siempre.
Te invito a discurrir sin ángulos y te invito a olvidarte de las rectas para estrellarnos en las curvas. Juntos. Yo olvidé tu sombra a tiempo y vos te viniste tan sin luz que era un espanto de velas en medio del viento.
¿Cerraste la ventana?, nunca volviste de la costa aquella y acá no hace más que entrar arena. ¿Cómo no tenés miedo de que los ángulos se tapen de arena y el relleno desborde al cabo de tantas y tantas manchas de humedad?
Trato de redibujar las letras de la puerta. Hacé el favor de dejarme tranquilo.
La escena se llena de mamás cayendo de escaleras arriba de papás lamiendo vidrios acaramelados de coñacs en atardeceres y como las ventanas siguen cerradas nadie en los alrededores escucha nada. Con este viento.
Verte en tu sombra. Sólo con llevar algo de luz. Sólo con alcanzar la luna. Sólo si la aerosilla no se cayera tantas veces como la soga se corta y sólo para verte. verte.
Papá tiene razón. Pero ya está enterrado. Y su botella vacía. Vamos a acostarnos porque no conseguí sol. Sólo bananas que pelaremos en la cama. Dejá esa puerta y alcanzame el tacho de basura. Ahí, cerca de la cama. Tengo hambre.
¿Te ayudo?
Sí, salí de ahí, por favor. Me hacés sombra.

martes, 3 de noviembre de 2009

Sombrero


Le mostró sus manos vacías.
¿Soy capaz de llenarlas?
Alrededor las balas silbaban. Y un reloj quebraba piedras sin darse cuenta.
Sacudió jirones en derredor y volvió a su cauce. Le mostró sus brazos abiertos.
Y no saber cuál de las balas.
La avenida cobraba cielos y espantos con dieciocho sentidas emociones alineadas alrededor de las esquirlas.
Una vez tras otra, una vez tras otra, un pez detrás de la obra.
Pero no puede volver a llover, eso es claro, explicaba el hombre de la esquina virada al rojo, basta mirar los cielos para entender que hay más lluvias extinguidas que balas rebotando contras las columnas de alumbrado.
Luces. Luces bien, hoy. Y mejor será el mañana.
Entonces él pensó en cuando todo acabe. En cuando todo de la vuelta y el regreso sea un presente más que forma fila. Luces.
Agachate. Abajo. No hay balas para vos ni para mi. Pero más vale reirse un poco más de los riesgos que eso que siempre hacés, eso de mirarlos desde lejos, desde tu siempre estúpida colina.
Auto que se detiene en semáforo en rojo y granada que entra por la ventanilla por la que se ven brazos que se agitan antes del rojo-naranja-amarillo y ese ruido.
¿Lo escuchaste?
Reloj. Dobla esquinas y junta piedras. Corre. Cruza en rojo. Mira a la mujer sin detenerse y la mujer se detiene sin mirarlo. Ni piedras ni balas a su alrededor.
Pero ¿lo escuchaste?
Espera y lo mira. Ocho balas más que rompen la vidriera de la izquierda.
¿Vos me hablaste?
Otro auto se estrella contra el incendiado y el conductor del mismo prendido ya fuego se cae al asfalto.
¿Ves?, no parecen quedar cosas para llenarlas.
Le muestra sus manos vacías.
Entonces saca los vidrios rotos para entrar a la vidriera y un camión encuentra su estrellarse en la esquina. El reloj los mira a ambos. Se sacude pedazos de camión y los mira. Saca de la vidriera el sombrero más cálido de esa primavera y lo coloca en la cabeza de la mujer que sonríe.
Le muestra sus manos vacías y él niega con la cabeza.
Ahora sí vamos.
Pasa a su lado el reloj, con sangre helada en los segundos. Las balas lo buscan y las piedras no alcanzan.
Le muestra el sombrero sobre su sonrisa.
Yo te cubro.

domingo, 25 de octubre de 2009

Maga en Magias, vuela


Ella le abrió la puerta de la jaula al dormido pez dorado.
Anestesiado.
Recordando.
Y flota una vez más, tan cerca, que el océano que sabe brotar de sabios labios apenas si acierta con el sano oficio de saber morirse de ese miedo tan sabio.
Y lo sabe.
Maga de Magias que lo atenúan en dorado y lo acentúan en brillantes escamas que logran ejecutar una necesaria respiración que alcanza para los dos.
Los dos vivos.
Y las dos vidas.
La de antes, la rota partida que no arrancó y la sana, la débil alimentada por la memoria impregnada en las pieles. Cada piel y cada reflejo que acribilla a la noche, esa que sólo puede aprender lo que es el absorto abstracto, al mirarlos buscarse en los sexos con hambre salvaje, de animal pez o animal
Y el pez olvida tan rápido que cada
Y la Maga aprende tan rápido que cada a olvidar esfuma la jaula.
El pez mira los cielos con un entusiasmo que encoge las nubes. Alguien le dijo que las Magas vuelan y él no lo cree tanto por cierto sino porque le va la vida en ello. Además, ahora que aprendió a abrazar (no es fácil si sólo se tienen aletas), sabe que no cerrará los ojos nunca más, ni durmiendo.
Habiendo tanta Magia por mirar...
Sabe que ya no puede darse lujos de jaulas extrañando tanto océano de labios como necesita para respirar. Para dos, incluso.
Y mira las nubes.
Y espera.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Lluvia en sábado


Reiteración definitiva, una última vez más y su vientre que se desenrosca en un humo que la asfixia desde la infancia roja.
Fue cruel. Una dureza que hablaba de destinos entremezclados con presentes que apoyan mentiras, causas, exageradas definiciones. Todo lo necesario para no querer volver, le dijo ella y cerró la puerta.
Caminó empapada de leve espanto y dio vueltas tantas esquinas como lágrimas, como páginas de un libro oxidado en sangre vieja.
Todo lo necesario para intuir las respuestas al sólo grito del las tripas, no le dijo ella, pero lo murmuró a través de la lluvia y de las veredas.
Y más de una vez se tocó los párpados sólo por ver si los ojos estaban de verdad abiertos.
Y tocó su cara, para ver si la piel aún la defendía.
Y palpó sus labios, pidiendoles que callaran en retrospectiva los errores ya condenados.
Lluvia en sábado. Sus mejillas como acequias de los gritos turbios que siempre habitan demasiado en el fondo. Lluvia. Los músculos tensos. Bajo el agua todo tiene brillo y bajo el brillo ella incendia su presente y lo esconde detrás del umbral de la conciencia. ¿No va a molestar ahí?. El semáforo se pone en verde y ella cruza encrespando insultos y neumáticos que se niegan a caer en la tentación que su cuerpo, atravesando la velocidad, les propone. Desde la vereda siguiente (que siempre será otra) mira el universo y su exagerada pretensión de no contenerla. De olvidarla. Su pelo chorrea y el agua se filtra por el pecho, despierta, fría, la tibieza desierta de su vientre. Y es el universo que acepta, al menos, aportar esa caricia fría que ella aprieta a través de su camisa. Y es el agua que sigue su rumbo hacia abajo avisando que la fecundará cuando llegue el momento. Pariré mares, sonríe mientras la lluvia comienza a descubrirle el sexo triste. Observa los autos y duda de que lleven gente adentro. Duda de todo. Duda de que él haya sidó él y duda de que su memoria aún lo contenga. Verde, los autos desaparecen y ella piensa en su memoria. No desaparece, duerme. Y es peor. Porque va a despertar.
Se sienta en el cordón de la vereda y saca una foto guardada. Ella, con un vestido blanco. Ella, Sonriendo e ignorando. (Y duda de que él sea él.) Mira la fecha. Ocho años pasaron. (Y duda de que ella esté en esa foto.)
Se acuesta en la vereda, ofreciendo su espalda a la lluvia. Mira la foto aún en su mano. Ocho años de astillas que nunca llegó a entender. (Y duda de que hayan dolido en el lugar oportuno.) Suelta la foto sobre el agua que corre junto al cordón de la vereda. La observa alejarse en la corriente. Ocho reinos en liquidación, que se desarman en una lluvia incomprensible, agotada y, por fin, verdadera.

sábado, 23 de mayo de 2009

Un dios en relajados sentidos


—Yo no quiero llegar al punto en el que absolutamente nada tenga ningún tipo de sentido. Sobre todo porque ya creo que ese punto está demasiado cerca de mi.
Luego de esto abrió su valija y comenzó a hacer su mejor truco de magia.
Al finalizar, junto a nuestros ojos humedecidos, cerró todo y salió.
Dejando la puerta abierta.

El viento agitó mi pelo y el aroma a café me habló de la noche próxima.
Me dormí pensando en la magia por venir.

sábado, 2 de mayo de 2009

Leche hirviendo


Aprendí mi primer oficio a la edad de un mes y medio.

La calidad de lo circundante no me dejaba pliegos frontales libres ni llanezas excavadas por necesitar. Los Otros, esos Otros siempre ahí, anclados en sus libros y sus bibliotecas, querían verme en mi pasado de siempre, necesitando, pero no observando ni cuestionando en herramienta alguna.

Mi primer oficio fue el último de una larga serie de llantos, más cercanos a la llamada Cortina de las Impresiones que a lo que un mes y medio suele demostrar. Mamá solía acostar a sus hermanos en camas separadas, creyendo que la noche no alcanzaba para soñar deseo alguno, pero cualquiera despierta de noche con los oídos abiertos y la institución de la Cortina de las Impresiones legaba salvoconductos hacia el entender temprano. Despertaba por las mañanas sin haber dormido nunca, sabiendo que los sueños eran lo más real de todo mi oficio. Mamá lloraba junto a la cocina mientras sus hermanos desfilaban por el baño sin saberse ni limpios ni enteros. Desde mis ojos recitaba las lágrimas de mi mamá con un sentimiento ligado a la bioquímica del llanto, la angustia quedaba fuera de nuestra relación por esa época. Lo peor de cada hora de cada día para ella era que la acercaba a su noche. No le importaba no dormir, pero sí no poder soñar. Mes tras mes, sus ojos me preguntaban por cada noche y por cada sueño, por cada hacer de mi oficio. A lo último casi suplicaba mientras sus hermanos perdían de a poco la clarividencia de cuánto un velo puede llevar adelante una casa y a sus personas. El deseo desarma velos. Y yo sólo trabajaba de noche. De día, el pecho de mi mamá y su leche me iban enseñando a armar el sueño final para ella. Algún día finalmente soñaría, pero despertar, no sé. Y refinando cada noche la calidad de los actos en los hermanos, la Cortina de las Impresiones en una temperatura cercana a la del sol, volviendo día la oscuridad y pesadilla los sentidos de mamá. La mañana y los hermanos desfilando por el baño y mamá llorando en la cocina mientras su pecho me enseña a preparar su sueño.

Pero ni los Otros ni la Cortina supieron decirme que aquella mañana posterior al sueño de mamá, su primero, su único, un fruto de mi oficio esta vez para ella, haría eso de incendiar toda esa casa, ya sin velos desde hacía tiempo. El único hermano que salió de ella me sacó fuera y ambos miramos largo rato esa alquimia de madera ardiendo y gritos junto a un hermoso juego de luces, en un amanecer encendido de azules. La bioquímica del llanto y la angustia ausente me llevaron a mirar a mamá quemándose despacio y por última vez, tumbada en la puerta de entrada, y desde mi cochecito sólo pude pensar en leche hirviendo. Aprendí, de mi primer oficio, que volverse experto en él era también necesitar abandonarlo.

Hoy, que estoy tan cerca de los Otros y de sus libros, pienso en el único hermano y en mi segundo oficio, mientras observo aquellos bellísimos ejemplares en los estantes de la biblioteca.

Pienso también en los sueños de mi infancia.

Que ya no lo son.