domingo, 28 de marzo de 2010

Mentira, es sangre


¿Cómo sabíamos que la sonrisa aquella acabaría por destruir los dientes blancos, la boca y los labios mismos que nunca llegaban a explicar la sonrisa aquella?
Ensancha, abarca, desborda, inunda. Y después ver los pedazos rotos, iluminados al brillo de los labios púrpura, los dientes blancos tan blancos.
Alguno de esos dioses de piedra nos debe haber prestado un oportuno deseo de soñar. Algún miércoles. O un jueves, quizá. Hacía calor sin sol, había días sin voces.
Basta mirar hacia adelante para ver que hay fin. "—Yo no llego a la noche", me dijiste temblando. Y nunca vi ojos más azuletales que tus ganas de sonreír sin boca ya.
Sin dientes.
Decirte nomás que aunque la ciudad cierre y las calles enrollen todas sus ensaladas de tomate (mentira, es sangre y siempre lo supimos) en un freezer olvidado de Dios, el circo no va a partir nunca más.
Yo desarmé su carpa y asesiné a todos sus leones cantandoles tangos de nostalgia exagerada. Yo me llevé al elefante a tomar un café y ahora trabaja en un call center para pagarse la prótesis de marfil reluciente.
(Otra sonrisa que explotó antes de tiempo.)
Basta de mirar hacia adelante. Que el fin se las arregle, siempre se consiguen entradas de última. No puedo dejar de mirar tus ojos que no dejan de mirarme. Y todo tiembla.
Y llega el viernes.
Y algún dios de piedra pasa a cobrar. Y nosotros sin soñar aún.
La ecúyere mira la carpa desarmada y llora. El tigre me pide el libro de quejas. Jaulas vacías como metáforas de una libertad a la que le dimos la espalda (mentira, nos reímos en su cara y ahora los barrotes se nos clavan en las encías).
El mago me mira desde lejos y las nubes anuncian tormenta.
Una más.

lunes, 1 de marzo de 2010

Verano


Hay un bulto en mi cama.
Lo toco y está tibio.
Pero yo duermo solo,
siempre por fuera de las sábanas
(una profanación más
que te evito).

Tunning


Queremos ser tipos Súper Grand Special Series
para que nos amen, mucho, todas, todo el tiempo.
Pero en fondo sabemos que somos todo tunning,
y
aunque la pintura nos quedó bonita
y
al bajar las ventanillas la música suena fuerte
al cabalgar esos locos vientos de pura sed,
sabemos perfectamente que no nacimos
ni coupé.

Por eso gracias a ustedes,
a todas,
las que disfrazan su piedad con una mentira,
que saben compartir en ojos cerrados,
en silencios de sugerencia apuntada,
en esa sonrisa calma y tan sabia,
tan alejada del ya
acabado orgasmo.

martes, 29 de diciembre de 2009

Diciembre


y entonces la vida fue una cárcel
donde de mi lado
dentro de la celda
está todo el universo entero
y fuera
más allá de las rejas
lo único que hay
sos vos

que sos lo único que quiero

domingo, 29 de noviembre de 2009

Todo termina al llegar


Marina viajó a Europa a encontrar las huellas eólicas de su primera oportunidad para amar.
Descendió en el aeropuerto de pie y olvidó las características de su adiós en medio de la aduana.
Cerró la valija revisada y caminó hasta el taxi creyendo que un cómic mal dibujado volvía la lluvia de aquella ciudad un espanto de gris oxidado.
Miró al taxista desde atrás creyendo que sus manos en el volante la alejaban del viento querido y de las huellas.
El taxi aceleraba. Marina le preguntó al taxista porqué le hacía eso.
No entendió el chofer pero mientras se detenía en una esquina se dio vuelta y la miró.
Marina observaba la lluvia sin hablarle.
El taxista le preguntó qué cosa le hacía.
Marina le respondió que alejarla.
¿Volvemos?, le preguntó el taxista.
Marina lo miró e imaginó una vida juntos, una vida adentro del taxi, una fiesta adentro del taxi, un hijo parido adentro del taxi, una cocina adentro del taxi y cómo se cortaría el pasto de un jardín adentro del taxi.
¿Juntos?, le preguntó Marina.
Otra vez el chofer no entendió y miró el tráfico de la calle. Pero le preguntó ¿quiere tomar otro taxi?
Marina entendió que la estaba dejando, que aquello estaba terminando. Pero se apuró a responder que no había otro taxi para ella, como para ver si la promesa de taxi eterno lograba hacerlo cambiar de parecer.
El taxista la miró y le dijo que sí, aunque es verdad que la lluvia complicaba las cosas, pero que él le conseguía otro si ella no quería seguir.
Marina supo que había llegado el momento de la franqueza y le dijo, ¿usted quiere dejarme?
El taxista suspiró y le respondió que sí, que quería dejarla en el lugar al que fuera.
Marina volvió a mirar por la ventanilla y le dijo observando la calle, como siempre... todo termina al llegar.
El chofer detuvo el motor del auto y se dio vuelta a mirarla. ¿Usted me va a pagar?, le preguntó. Marina lo miró asustada y le preguntó a su vez, ¿qué cosa?.
El viaje, respondió el taxista.
¿Adónde me lleva?, le sonrió Marina.
El chofer respiró hondo y volvió a arrancar el motor. Le dijo, al aeropuerto.
¿Juntos?, le preguntó Marina.
Sí, contestó el taxista, juntos.
Entonces Marina echó aliento en el vidrio de la ventanilla, empañándola para luego dibujar un corazón con su dedo.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Cuento para dormir a una mujer


Una Dama sempiterna cuestionaba al Ocaso su guadaña cargada de pareceres desubicados por toda carga nocturna y por toda la ancha llanura.
Acometía con dones despreciados y olvidados toda clase de ataques en pos de mantener vivas las cuestiones del Ocaso a la hora de no sucumbir a la Noche. 
Pánico de duermevela sospechaba el Ocaso y la sempiterna le sonreía a su disimulo peor entrazado. 
La Dama se acercó a acariciarle los últimos rayos anaranjados y el Ocaso dio luces de luna distante sintiéndose en peligro. 
La Noche sostenía el Sueño de lejos y sin fecha de vencimiento, pintando acuarelas viradas al ocre sobre marcos de deseos sabor plata. 
La Dama, con la esperanza en duda, plantó verdores de madrugada en medio de las brisas del susurro, mientras que el Ocaso derretía jazmines fabricando el elixir sagrado de los amables sueños turbios. 
Invitó entonces a la Dama sempiterna a cenar sauces de gloria, mientras la Noche llegaba a los acrílicos sin conocer las perspectivas del porvenir, pero imaginando soles nonatos que su abuela llegó a contarle. 
Quiso, la Noche, consultar al Ocaso sobre el color del sol, cuando éste brindaba la paz con jazmín en jugo frente a los ojos de la Dama, embriagada de juegos de luces sospechadas entre las estrellas. 
De a poco. 
Sin quererlo. 
Enamorada. 
La noche miró de lejos acunando al Sueño sobre sus óleos de espesuras rojas, resbalando decires murmurados. 
El Ocaso vació su copa para tomar en sus brazos la mirada de la Dama virada al entorno. Sempiterna, le dijo, duerme hoy y verás el ardor del sol cuando yo sólo sea recuerdo y los jazmines sólo engarces de tu aliento pasado. 
De a poco. 
Sin quererlo. 
Enamorada. 
La dama durmió. 
La Noche pidió permiso para acabar al Ocaso y mientras el Sueño le sonreía al sarcasmo ciego de la ancha llanura, derribó los finales y anaranjados rayos. 
El Ocaso murió. 
La Noche parió el espanto de su nostalgia propia en total soledad. 
De a poco. 
Sin quererlo. 
Ilusionada como cada vez con imaginar al fin el color del sol.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Noches sin sonido


Abandonando el sol llegué a acariciarte
por sobre la luna mojada de tus deseos
empapados de iridiscencias opacas de tiempo.
Ya no saber esconder excusas
para darle un adiós
al significado de la espera.
Una vez más tu carrera y una vez más, escape.
Tu espalda y mis manos.
Ojos al tiempo y símbolos anclados en la eternidad.
Tus piernas y mis manos.
Es correr por los ríos inundados
y amanecer en las escarchas vacías de espejos,
con imagenes subidas en un salto de alma.
De vinos pasados al perdido encuentro
y de licores usados disimulado la cátedra,
saberes que se desprecian y esparcen
regando desolaciones,
acotando arenas de noches sin sonido.
Imperdibles. Innecesarias. Impostergables.
Una anécdota más que caerá en gracia de cara al futuro.
Una mano en vos y un cierto recorrido que desata las vidas.
Al llegar.

Tierno


Ella le pidió que le arranque el clítoris con los dientes y él obedeció.
Recién cuando él le mostró su boca tan manchada de sangre ella le dio su primer beso tierno.
Vació la botella de vino sobre la herida y reía.
—Toda ceremonia acaba en luz. Siempre.
Afuera la noche lastimaba las veredas con silencios.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Indispensable para Magdalena


Cada vez que un mes trae un martes diez, Magdalena hace sus valijas vaciando su casa de olvidos y se sienta en la estación a esperar un micro azul para poder despertarse.

... cuna de mimbre y un regalo de luz acabado en sorna triste.

Ocasionalmente nadie le habla y sólo saca su pasaje indicando con su dedo índice en un cartel su destino. El hombre detrás de la ventanilla le da el cambio y ella sonríe. Y se sienta a esperar. Otra vez.

... deshilacha la sombra en el réquiem y de ellos brotan. Pasajeros del hotel.

Magdalena usa un sombrero masculino que a cada rato se quita y acomoda, cuidando su pelo por encima de los hombros. Suspira. Tiene calor.

... ya nada ni nadie apuesta nunca más a dar una respiración artificial a cambio de las monedas que salvaron de aquella cuna. Ni savia.

Mira a su alrededor todos los otros micros que no son azules y entiende que ya no tiene fuerzas para imaginar otra cosa.

... se subió a los árboles para desenroscar las lágrimas heredadas. Y nunca bajó.

En estas ocasiones Magdalena fumaría si hubiese aprendido cómo, pero sólo se permite envidiar a quienes sí lo hacen como al descuido, como si no les costara nada esa práctica de prender fuego, aspirar, tragar y exhalar. También cree que tomaría café si no le tuviera el miedo que le tiene a las bebidas calientes y negras, que despiden humo y que angustian a las gargantas. Por eso sólo mira, porque mirar es algo que nunca le causó miedo. Aunque recuerda que alguna vez alguien pudo decirle que su mirada causaba miedo.

... y escuchar el ladrido de los perros que se profetizan a sí mismos sobre las lluvias que van a caer, sobre las casas que finalizarán sus terrazas unos metros antes de los cimientos de Dios.

Pero ella despide a esos recuerdos guardando sólo cartas que ficcionan la memoria de una manera sesgada, una manera que esquiva realidades y que envuelve todo con su aroma propio.
Sabe que un micro azul la llevará al destino de cada martes diez y la piel se le eriza junto a sus manos que aprietan las manijas de sus valijas. Si ella recordara lo que lleva adentro de ellas no acabaría por sentir que no pesan nada. O que están vacías. O que el micro azul llegará vacío. O que ella sentada arriba del micro azul estará vacía. Si ella recordara, claro.

... se fue a entretejer descampados lejos de su cama, permitiendo que los grillos se reúnan bajo las sábanas a discutir las nieves próximas.

Pero ahora mira sus pies y extraña caminos que no conoció. Adonde sus piernas no la llevaron.
Finalmente alguna cosa se acabará sentando a su lado siempre antes de que el micro azul le abra las puertas. Y su sombrero, ladeado, que oculta su rostro y entorna espacios de encuentro. Nadie va a hablarle. Y ella es muda, aunque sus labios son hermosos.

... pero querer volver es dejar de suponer regresos para amar el olvido sin que nos corresponda, le dijo y cerró los ojos para siempre, una vez más.

Cuando llega el micro azul y sus ojos finalmente se abren, entiende que llegó el momento de despertar. Y despierta, Magdalena, sentada arriba del micro, mientras pega sus labios al vidrio de la ventanilla y deja un beso flotando en el aire manso de la estación en un martes diez.

... entender que al cerrar los campos y la gloria también vaciamos la cuna al fin, y que árboles sin flores ya son cada vez más raros de ver por estas zonas.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Caballos ardiendo


El relato de las dos ciudades acababa de formarse en la estación del tren último, pacífico.
El banco despintado sostenía óxido como signo de amistad al tiempo. Sus maderas le sonreían al viento y extrañaban a los bosques que las parieron. Memoria de árboles.
Sol que deslumbra y sus ojos que entornan tardes como espigas amasadas por unos días acaso más oscuros. Más sabios.
¿Dónde queda el mar y dónde se dejan los barcos amurallados, si todo es frío bajo el sol de este cuadro virado al ocre?
Sus ojos que encandilan y un sol que entorna campos con dimensión de rombos volviendo tardes en diagonal. Las rectas aman árboles. Las flores preguntan por su sexo y la tela de su vestido cubre cielos impermeables hoy.


Relato de Una Ciudad

Batalla gris en pasado cierto y médicos deambulando por calles rojas de vacío nublado. Polvo. Humo. Sobrevivientes inciertos que apuntalan la historia con cicatrices anchas como su llamado ancestral. Oscura pátina de caldos sobrevuelan terrazas y almacenes decayendo a las noches y durmiendo con los dormidos. Lluvia.


Otro Relato de Una Ciudad

Ezequiel que llora al costado de un carro preguntando por el nuevo precio de las almas ya dormidas. Más lluvia. Escarcha de agua salada que supo visitar lágrimas giradas vía postal, certificada, aviso de retorno para una voracidad que nunca calma felicidades. Fiestas acabadas. Ezequiel derruido. El carro duerme.


Sentada al borde del verde mira la ruta que es plateada. Sus ojos mantienen la recta en calma y sus párpados descuelgan el horizonte para acosarlo a puro humor de sentido curvo. Ahora el horizonte le teme. La ruta le pregunta a la tela de su vestido por el sabor de la carne. Sus ojos, brasas. - Tú carne, aclara la ruta.


Relato de Otra Ciudad

Carnaval de otoño desarmado en parvas de alquimias y certezas acerca de la conformación real de las arpías que fundaron las piedras fundamentales. Jimena se acuesta sobre los umbrales a recordar un futuro que nadie más le prometió pero que supo dibujar antes, mucho antes, de las manchas de sangre sobre cada pedazo de piel asomada. Caballos ardiendo en llamas que embisten carros con hielo azul mientras todos aplauden un poco más. Fiestas de aguardar otras fiestas. Jimena se duerme antes de la lluvia soñando que esa tarde llega Ezequiel.


Relato de Jimena en Otra Ciudad

—Quise buscar el mar y a sus barcos, pero mis ojos desgarraron telas en vano y en vacío. Quise nadar por los vientos y ahogarme en el sol cuando llegué a ver tus velas caer desde los acantilados. No hubo fortuna que me impidiera salir de mi carne y darle de comer mis huesos a cuanto cancerbero me cruzara palabra amable. Vos sabés cómo soy. Vos tenés mis cartas y vos calculás mis medidas a cada mensaje y cada bandera agitada al azar. Y vos sabés que azar no hay.


Sentada en el banco de la estación le da la teta al tren último. Le cuenta historias de ciudades, de guerras y mares. Le cuenta las muertes doradas debajo de la luna y le cuenta de los médicos que lloraban delante de sus mansos fracasos. Lo cambia de teta y lo arrulla con una copla desarmada en inciensos legados por sus padres. Sus ojos envuelven la estación y el tren duerme al fin sin soltar su pezón. Acomodar los vagones entre sus brazos y el arrullo que se va silenciando al compás del viento. No llueve.


Relato de Ezequiel viajando de Una Ciudad a Otra

—Cambiar nunca sirvió de nada. Miro este vidrio y se vuelve opaco. Miro este cielo y llueve. Miro tu cordura y no hay filo que amenace. Cambiar es tan inútil como viajar y llegar es tan insoluble como ese beso que voy a buscar. A esta ruta le faltan dioses que la glorifiquen en una gloria abstracta. A este viaje le falta ruta para que unir sea un glorioso juego consagrado. Sacramento del altar de los puentes. Mi ventanilla me pide que me calle. Y se vuelve opaca. Ahora voy a soñarte dormida para que puedas evaporar al fin tus mares y para que vuelques tus barcos anclados en el vientre. Reescribo todas tus cartas y sé que mi condena es tomar tus medidas en forma eterna, sin que nunca acaben de cambiar. En un rato más voy al vagón comedor. Me voy a sentar a cenar junto al azar.


Sentada en el marco de la ventana que da al universo. Sus dos ciudades se descuelgan
del acantilado en sus piernas. Sus mares lamen sus ojos. Sus barcos ya no están. Su carne, tampoco.

martes, 17 de noviembre de 2009

Por última vez


Salió de la oficina. Se cambió en el auto y entró al gimnasio. El ruido de los aparatos no lo dejaba pensar. Transpiraba. Miraba la hora en el reloj de la pared y la tele mostraba un partido de tenis. Le dolía el cuello. Entró a la ducha y el agua le quemaba. La dejó correr por su cuerpo. Se cambió y salió a la calle. Buscó su auto y no estaba. Llamó a su mujer para preguntarle si ella se lo había llevado. No atendía. Caminó una cuadra. Se palpó el bolsillo y tenía las llaves. Hacía frío y todavía tenía el pelo mojado. Tosió. El quiosco de la esquina había cerrado. Volvió al gimnasio. No sabía qué preguntar. Se quedó en el umbral mirando hacia adentro. El chico de la entrada lo saludó, pero no le preguntó si necesitaba algo. Tampoco lo sabía él. Miró a la calle. Por la vereda de enfrente venía caminando su mujer. Entró corriendo al gimnasio y se metió en el baño. Transpiraba otra vez. Agarró el teléfono. No sabía a quién llamar. Miró la hora. Prendió la cámara y se puso a sacarle fotos al baño. Se abrió la puerta. Entraba alguien. Él se metió en un compartimiento. Lo cerró. Guardó el teléfono y sacó las llaves del auto. Esperó a que el que había entrado saliera y tiró las llaves al inodoro. Apretó el botón y descargó el agua. Vio las llaves irse. Sacó su pañuelo y se secó la frente. Salió del baño. En la puerta estaba su mujer. La abrazó por detrás y la saludó. Ella le sonrió y le habló. Caminaron juntos por la vereda. Ella le preguntó por el agua mineral y él sacó la botellita de su mochila. Se le cayó el teléfono. Ella se lo levantó. Él se la quedó mirando. Ella se lo dio. Él no lo quería agarrar. La miró por última vez y empezó a correr por la vereda. Al pasar por el quisco cerrado tiró la mochila y dobló la esquina. La mujer prendió el teléfono. Buscó las fotos. Empezó a mirar el baño fotografiado. Volvió por la vereda y llegó a la puerta del gimnasio. El chico de la entrada estaba cerrando. Ella lo saludó y le mostró las fotos del teléfono. El chico se encogió de hombros y terminó de cerrar la puerta. La saludó y empezó a caminar por la vereda. Después de un par de pasos se detuvo y se dio vuelta. Miró a la mujer y le preguntó si había venido en el auto. Ella no le contestó. Se sentó en el umbral de la puerta cerrada y se cerró la campera. Hacía frío. El chico volvió hasta la puerta y se sentó al lado de ella. Empezó a contarle de su abuela alemana y de cómo había escapado de la guerra. Ella ya no lloraba. Él terminó de correr cuando cruzó la ruta y se sentó junto a la parada de colectivos. Los carteles de la calle se nublaban en vapor de neón. Le dolía el cuello. Se sacó la campera y la dobló. La acomodó debajo de su cabeza a manera de almohada y se recostó en ese paredón. Se durmió. Ella abrazó al chico y le dijo que ya no siga. El chico le preguntó si tenía el auto. Ella volvió a llorar pero sacó el auto de su cartera y se lo entregó al chico. El chico la miró y le pidió las fotos. Ella lloró más fuerte y le entregó el teléfono. El chico lo prendió y miró las fotos. Luego se puso de pie, tomó el auto y el teléfono y se fue. Ella se quedó en el umbral sentada. Tenía frío pero se durmió. Soñó con dormir con su marido, al costado de una ruta. Comenzaba a llover cuando el chico acabó de borrar las fotos del teléfono.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Viento en Sombra


—Cerrá la ventana que este viento ya me hinchó las pelotas.
El discurrir sólo por el ángulo de tus ojos y las manchas de humedad que se agrandan tanto como para tapar los agujeros de esa luna salvaje que nos ilumina.
—La letra de la puerta se va a caer del canto. Hacé algo.
La pretensión del mirar de frente y la presunción de ser visto de costado. El ángulo ese que se ensimisma de un canto alado, de ganas que alcanzan la luna en una aerosilla plateada. La soga se corta y tus senos aguardan.
—Hoy por primera vez. Y recogé las bananas que aún quedan. No te olvides de sacarlo todo.
Afuera el viento. Adentro el aliento. Sol no llevamos, hay de sobra y este de acá vence tan rápido que...
—Mamá dijo que podía mirarte sólo en tu sombra. Papá dijo que sin luz no hay sombras y mamá sonreía desde lo alto de la escalera. No sabía la cantidad de veces que imaginé la escena de ella en la que cayendo. Y papá que lo sabía se limitaba a tomar coñac en los atardeceres acaramelados y sin gritos. Ruidos en la cocina y las ventanas cerradas. Siempre.
Te invito a discurrir sin ángulos y te invito a olvidarte de las rectas para estrellarnos en las curvas. Juntos. Yo olvidé tu sombra a tiempo y vos te viniste tan sin luz que era un espanto de velas en medio del viento.
—¿Cerraste la ventana?, nunca volviste de la costa aquella y acá no hace más que entrar arena. ¿Cómo no tenés miedo de que los ángulos se tapen de arena y el relleno desborde al cabo de tantas y tantas manchas de humedad?
—Trato de redibujar las letras de la puerta. Hacé el favor de dejarme tranquilo.
La escena se llena de mamás cayendo de escaleras arriba de papás lamiendo vidrios acaramelados de coñacs en atardeceres y como las ventanas siguen cerradas nadie en los alrededores escucha nada. Con este viento.
Verte en tu sombra. Sólo con llevar algo de luz. Sólo con alcanzar la luna. Sólo si la aerosilla no se cayera tantas veces como la soga se corta y sólo para verte. verte.
—Papá tiene razón. Pero ya está enterrado. Y su botella vacía. Vamos a acostarnos porque no conseguí sol. Sólo bananas que pelaremos en la cama. Dejá esa puerta y alcanzame el tacho de basura. Ahí, cerca de la cama. Tengo hambre.
—¿Te ayudo?
—Sí, salí de ahí, por favor. Me hacés sombra.

martes, 3 de noviembre de 2009

Sombrero


Le mostró sus manos vacías.
—¿Soy capaz de llenarlas?
Alrededor las balas silbaban. Y un reloj quebraba piedras sin darse cuenta.
Sacudió jirones en derredor y volvió a su cauce. Le mostró sus brazos abiertos.
—Y no saber cuál de las balas.
La avenida cobraba cielos y espantos con dieciocho sentidas emociones alineadas alrededor de las esquirlas.
—Una vez tras otra, una vez tras otra, un pez detrás de la obra.
Pero no puede volver a llover, eso es claro, explicaba el hombre de la esquina virada al rojo, basta mirar los cielos para entender que hay más lluvias extinguidas que balas rebotando contras las columnas de alumbrado.
—Luces. Luces bien, hoy. Y mejor será el mañana.
Entonces él pensó en cuando todo acabe. En cuando todo de la vuelta y el regreso sea un presente más que forma fila. Luces.
—Agachate. Abajo. No hay balas para vos ni para mi. Pero más vale reirse un poco más de los riesgos que eso que siempre hacés, eso de mirarlos desde lejos, desde tu siempre estúpida colina.
Auto que se detiene en semáforo en rojo y granada que entra por la ventanilla por la que se ven brazos que se agitan antes del rojo-naranja-amarillo y ese ruido.
—¿Lo escuchaste?
Reloj. Dobla esquinas y junta piedras. Corre. Cruza en rojo. Mira a la mujer sin detenerse y la mujer se detiene sin mirarlo. Ni piedras ni balas a su alrededor.
—Pero ¿lo escuchaste?
Espera y lo mira. Ocho balas más que rompen la vidriera de la izquierda.
—¿Vos me hablaste?
Otro auto se estrella contra el incendiado y el conductor del mismo prendido ya fuego se cae al asfalto.
—¿Ves?, no parecen quedar cosas para llenarlas.
Le muestra sus manos vacías.
Entonces saca los vidrios rotos para entrar a la vidriera y un camión encuentra su estrellarse en la esquina. El reloj los mira a ambos. Se sacude pedazos de camión y los mira. Saca de la vidriera el sombrero más cálido de esa primavera y lo coloca en la cabeza de la mujer que sonríe.
Le muestra sus manos vacías y él niega con la cabeza.
—Ahora sí vamos.
Pasa a su lado el reloj, con sangre helada en los segundos. Las balas lo buscan y las piedras no alcanzan.
Le muestra el sombrero sobre su sonrisa.
—Yo te cubro.

domingo, 25 de octubre de 2009

Maga en Magias, vuela


Ella le abrió la puerta de la jaula al dormido pez dorado.
Anestesiado.
Recordando.
Y flota una vez más, tan cerca, que el océano que sabe brotar de sabios labios apenas si acierta con el sano oficio de saber morirse de ese miedo tan sabio.
Y lo sabe.
Maga de Magias que lo atenúan en dorado y lo acentúan en brillantes escamas que logran ejecutar una necesaria respiración que alcanza para los dos.
Los dos vivos.
Y las dos vidas.
La de antes, la rota partida que no arrancó y la sana, la débil alimentada por la memoria impregnada en las pieles. Cada piel y cada reflejo que acribilla a la noche, esa que sólo puede aprender lo que es el absorto abstracto, al mirarlos buscarse en los sexos con hambre salvaje, de animal pez o animal
Y el pez olvida tan rápido que cada
Y la Maga aprende tan rápido que cada a olvidar esfuma la jaula.
El pez mira los cielos con un entusiasmo que encoge las nubes. Alguien le dijo que las Magas vuelan y él no lo cree tanto por cierto sino porque le va la vida en ello. Además, ahora que aprendió a abrazar (no es fácil si sólo se tienen aletas), sabe que no cerrará los ojos nunca más, ni durmiendo.
Habiendo tanta Magia por mirar...
Sabe que ya no puede darse lujos de jaulas extrañando tanto océano de labios como necesita para respirar. Para dos, incluso.
Y mira las nubes.
Y espera.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Lluvia en sábado


Reiteración definitiva, una última vez más y su vientre que se desenrosca en un humo que la asfixia desde la infancia roja.
Fue cruel. Una dureza que hablaba de destinos entremezclados con presentes que apoyan mentiras, causas, exageradas definiciones. Todo lo necesario para no querer volver, le dijo ella y cerró la puerta.
Caminó empapada de leve espanto y dio vueltas tantas esquinas como lágrimas, como páginas de un libro oxidado en sangre vieja.
Todo lo necesario para intuir las respuestas al sólo grito del las tripas, no le dijo ella, pero lo murmuró a través de la lluvia y de las veredas.
Y más de una vez se tocó los párpados sólo por ver si los ojos estaban de verdad abiertos.
Y tocó su cara, para ver si la piel aún la defendía.
Y palpó sus labios, pidiendoles que callaran en retrospectiva los errores ya condenados.
Lluvia en sábado. Sus mejillas como acequias de los gritos turbios que siempre habitan demasiado en el fondo. Lluvia. Los músculos tensos. Bajo el agua todo tiene brillo y bajo el brillo ella incendia su presente y lo esconde detrás del umbral de la conciencia. ¿No va a molestar ahí?. El semáforo se pone en verde y ella cruza encrespando insultos y neumáticos que se niegan a caer en la tentación que su cuerpo, atravesando la velocidad, les propone. Desde la vereda siguiente (que siempre será otra) mira el universo y su exagerada pretensión de no contenerla. De olvidarla. Su pelo chorrea y el agua se filtra por el pecho, despierta, fría, la tibieza desierta de su vientre. Y es el universo que acepta, al menos, aportar esa caricia fría que ella aprieta a través de su camisa. Y es el agua que sigue su rumbo hacia abajo avisando que la fecundará cuando llegue el momento. Pariré mares, sonríe mientras la lluvia comienza a descubrirle el sexo triste. Observa los autos y duda de que lleven gente adentro. Duda de todo. Duda de que él haya sidó él y duda de que su memoria aún lo contenga. Verde, los autos desaparecen y ella piensa en su memoria. No desaparece, duerme. Y es peor. Porque va a despertar.
Se sienta en el cordón de la vereda y saca una foto guardada. Ella, con un vestido blanco. Ella, Sonriendo e ignorando. (Y duda de que él sea él.) Mira la fecha. Ocho años pasaron. (Y duda de que ella esté en esa foto.)
Se acuesta en la vereda, ofreciendo su espalda a la lluvia. Mira la foto aún en su mano. Ocho años de astillas que nunca llegó a entender. (Y duda de que hayan dolido en el lugar oportuno.) Suelta la foto sobre el agua que corre junto al cordón de la vereda. La observa alejarse en la corriente. Ocho reinos en liquidación, que se desarman en una lluvia incomprensible, agotada y, por fin, verdadera.

sábado, 23 de mayo de 2009

Un dios en relajados sentidos


—Yo no quiero llegar al punto en el que absolutamente nada tenga ningún tipo de sentido. Sobre todo porque ya creo que ese punto está demasiado cerca de mi.
Luego de esto abrió su valija y comenzó a hacer su mejor truco de magia.
Al finalizar, junto a nuestros ojos humedecidos, cerró todo y salió.
Dejando la puerta abierta.

El viento agitó mi pelo y el aroma a café me habló de la noche próxima.
Me dormí pensando en la magia por venir.

sábado, 2 de mayo de 2009

Leche hirviendo


Aprendí mi primer oficio a la edad de un mes y medio.

La calidad de lo circundante no me dejaba pliegos frontales libres ni llanezas excavadas por necesitar. Los Otros, esos Otros siempre ahí, anclados en sus libros y sus bibliotecas, querían verme en mi pasado de siempre, necesitando, pero no observando ni cuestionando en herramienta alguna.

Mi primer oficio fue el último de una larga serie de llantos, más cercanos a la llamada Cortina de las Impresiones que a lo que un mes y medio suele demostrar. Mamá solía acostar a sus hermanos en camas separadas, creyendo que la noche no alcanzaba para soñar deseo alguno, pero cualquiera despierta de noche con los oídos abiertos y la institución de la Cortina de las Impresiones legaba salvoconductos hacia el entender temprano. Despertaba por las mañanas sin haber dormido nunca, sabiendo que los sueños eran lo más real de todo mi oficio. Mamá lloraba junto a la cocina mientras sus hermanos desfilaban por el baño sin saberse ni limpios ni enteros. Desde mis ojos recitaba las lágrimas de mi mamá con un sentimiento ligado a la bioquímica del llanto, la angustia quedaba fuera de nuestra relación por esa época. Lo peor de cada hora de cada día para ella era que la acercaba a su noche. No le importaba no dormir, pero sí no poder soñar. Mes tras mes, sus ojos me preguntaban por cada noche y por cada sueño, por cada hacer de mi oficio. A lo último casi suplicaba mientras sus hermanos perdían de a poco la clarividencia de cuánto un velo puede llevar adelante una casa y a sus personas. El deseo desarma velos. Y yo sólo trabajaba de noche. De día, el pecho de mi mamá y su leche me iban enseñando a armar el sueño final para ella. Algún día finalmente soñaría, pero despertar, no sé. Y refinando cada noche la calidad de los actos en los hermanos, la Cortina de las Impresiones en una temperatura cercana a la del sol, volviendo día la oscuridad y pesadilla los sentidos de mamá. La mañana y los hermanos desfilando por el baño y mamá llorando en la cocina mientras su pecho me enseña a preparar su sueño.

Pero ni los Otros ni la Cortina supieron decirme que aquella mañana posterior al sueño de mamá, su primero, su único, un fruto de mi oficio esta vez para ella, haría eso de incendiar toda esa casa, ya sin velos desde hacía tiempo. El único hermano que salió de ella me sacó fuera y ambos miramos largo rato esa alquimia de madera ardiendo y gritos junto a un hermoso juego de luces, en un amanecer encendido de azules. La bioquímica del llanto y la angustia ausente me llevaron a mirar a mamá quemándose despacio y por última vez, tumbada en la puerta de entrada, y desde mi cochecito sólo pude pensar en leche hirviendo. Aprendí, de mi primer oficio, que volverse experto en él era también necesitar abandonarlo.

Hoy, que estoy tan cerca de los Otros y de sus libros, pienso en el único hermano y en mi segundo oficio, mientras observo aquellos bellísimos ejemplares en los estantes de la biblioteca.

Pienso también en los sueños de mi infancia.

Que ya no lo son.

viernes, 24 de abril de 2009

Blanca


Se acostó desnuda en mi cama y mirando el techo dijo.
—Hacé lo que quieras menos penetrarme.
Cuando supuso que apenas me había movido agregó.
—Y si preguntás el porqué, me visto y me voy.
Dieciocho minutos más tarde miraba fijo sus ojos cuando empezó a jadear. Y luego a gritar.
No conocía su piel. Unicamente imagen flotando entre ambos.
Sólo llevaba por vulva una mirada abierta de par en par. Lloraba demasiado para ser real.
Acabó por secarse. Derruida, opaca y cansada me pidió volver a nacer en el escepticismo del amor.
La miré una última vez. Dije.
—No te voy a pedir lo que no tenés, no te voy a dar lo que no querés.
La tarde se olvidó rápido de nosotros. Y cada vez que vuelvo a acostarme en esa cama me pregunto si realmente se habrá ido.


lunes, 13 de abril de 2009

Canción de amor


Sos responsable ante el desierto en llamas, abierto y claro a la luz sentida de la noche.—Suero encarnizado de la supervivencia, ruega por nosotros, santa parte del vos.—Voy a hundir mis futuras muertes en este pozo en llamas y a esperar la cosecha de naceres ardidos, seré la obstetra de los paraísos por venir.—No es que insista, pero se debería de terminar todo esto con una sincera fiesta indebida. Veo mis pezones arder como fósforos en perpetua ignición y me creo detenida en el seno de una desilusión. O en dos. Y no hay cielo que ocupe más que lo que tu sonrisa desarma en mi.—O ¿hasta cuánto?, manto sobre las llamas, agua sobre las heridas, ¿hasta cuánto? Voy apagando lo líquido y enterrando futuros naceres desprovistos de un vos. Voy, desandando la tempestad y reiniciando el fruto. Voy... y vos.

miércoles, 1 de abril de 2009

Horizonte

Salgo al jardín y llueve.
El aire es un accesorio traído de oriente 
y las voces dentro de mi cabeza 
saben el precio, pero se lo callan.

Vos dormís. Y llueve.

Miro las hojas mojadas y pienso en tu piel.
El jardín es un vacío de estrellas 
oxidadas en septiembre.
Te miro por el ventanal y sé que soñás 
otra vez con ese cabalgar. 
Y tus brazos apuntando al sol, 
y tus párpados bajando el cielo hasta la arena, 
y tus piernas logrando que el mundo siga girando.

Como ahora, 
que la lluvia logra que desoiga las voces 
dentro de mi cabeza, 
las que me dicen qué hacer con el aire. 
El que se escapa.
Y el otro.
El que me dejará amarte.