jueves, 13 de agosto de 2020
La conciencia que nunca conoció el perdón
miércoles, 12 de agosto de 2020
Un gato negro que jamás gritó
Anda por la ciudad helada buscando el grito de esa luz que surca algunos laberintos. Lleva en su bolsillo una cuenta, una suma que no es exacta. Se asoma en las camas de los hoteles y levanta las almohadas una por una, cuidando que esa multiplicación nunca le dé cero. Debajo de ellas nunca una luz. Sacude los puentes que unen a la ciudad con su derredor cerrando los ojos para atrapar el grito, mientras le permite a la luz que escape ilesa de sombras, pero nada. Se sienta a conversar con siete estatuas de cinco plazas que habitan cuatro barrios de tres manzanas cada uno, y todas le niegan la luz. Y tres veces la niegan, sin que ningún gallo cante. Apenas un gato ronroneando sobre el pasto mojado. Un gato negro que jamás gritó, pero le oculta cierta luz rápidamente entre sus párpados, arañando el telar del tiempo a esa hora de la madrugada. Salto, entonces. Llega al edificio y llama al ascensor. El ascensor le responde que ya es muy tarde y que subir es algo que debe esperar un deshielo. En la terraza, dentro del tanque de agua, el reflejo de la luz ondea en formas concéntricas que hacen del grito un mantra de geometría despiadada. Trepa por la escalera de incendios mientras el ascensor llama por teléfono al gato negro que surca laberintos veloz, casi sin tocar el suelo. Trepa y llega a asomarse por la baranda de la terraza. Dentro del tanque de agua la luz tiembla, abrigando al grito del frío que lo dejaría afónico. Subido al tanque de agua, saca la cuenta de su bolsillo, una suma que da un número que no es el mismo que la cantidad de anillos concéntricos que hacen del grito un mantra. Pero ahora que los encontró, puede contarlos. Del otro lado del tanque de agua se asoma el gato negro. Lleva sus ojos cerrados (toda precaución es poca en estos casos, le dijo el ascensor) y acaba de arañar el telar del tiempo logrando que ese bebé que gateaba por el borde del tanque de agua caiga adentro y se ahogue rápidamente, sin ruido, dejando que una cuenta que no es exacta flote entre el reflejo de la luz y el grito de la mujer embarazada, tres pisos más abajo, que acaba de dar a luz a un bebé.
Al darle el sol
martes, 11 de agosto de 2020
Acercarse al cielo
lunes, 10 de agosto de 2020
Se antoja de tierra seca
Siesta.
Espantar todo movimiento
dejando solo el girar del mundo.
Soplo
de vidas en aureolas de similitud
que regalan un cuaderno de horas
a esa sombra que fabrica minutos
a cada segundo.
Plano que le espera. Final.
a dar vueltas sobre su silla de caña
y el agua,
domingo, 9 de agosto de 2020
El parquímetro más arcángel
sábado, 8 de agosto de 2020
Paisaje
Anida vientos.
Molino de ceguera.
Un pájaro a tiempo
También creo que puedo animar a alguien más, me dijo.
Surcaba la cortina de la cascada vuelto agua iridiscente en una mañana sin sol. Yo sabía que su tristeza desafiaría cualquier mínimo instinto de conservación, pero jamás pensé en el ánimo. Tampoco en los otros.
Palpar el histrionismo de sus piernas huesudas, dándole de beber mínimas correntadas a cada braceo jadeante, no podía lograr otra cosa que una indolente piedad de parte de esa brutal altura vestida de agua.
De verdad que salís al otro lado de la realidad. Puede parecer que uno se ahoga, pero en realidad cierra su respiración en este universo y comienza a respirar en el otro, me explicaba, mientras yo no podía dejar de mirar la toalla amarilla alrededor de su cuello. Tenía las puntas desflecadas. Como los párpados de su mirada. Como los restos de su espera.
Sonrió. Miró al cielo y pareció correr algunas nubes con la mano, porque a la par de su cabeza en alto se asomó un sol desteñido, desinteresado de toda tristeza.
Nadie vuelve, le dije un día. Y él, con la pretensión de unos ojos iluminados, me respondió: precisamente por eso quiero ir. No te entiendo, repliqué casi molesto. Quiero ser el primero, finalizó. Luego de eso la tristeza le borró todos los rasgos del rostro y dejó que la lluvia resbalara a gusto sobre la nada.
Parados en lo alto de la cascada. El ruido del agua burlándose de la altura y nosotros como dos astillas de carne en medio de un mundo feliz de su azul. No te voy a volver a ver, le dije. Yo voy a volver, me dijo su tristeza casi interrumpiendo, y vas a ver que el que no va a estar sos vos.
Luego simplemente abrió los brazos y se dejó caer hacia atrás. Yo cerré violentamente los ojos para imaginar un pájaro a tiempo y quedarme con esa imagen, sin embargo el ruido del cuerpo al chocar con el agua la deshizo.
Abrí los ojos. Inexplicablemente no lo recordaba, pero tenía su desflecada toalla amarilla en mis manos. Era cierto. Iba a volver.
viernes, 7 de agosto de 2020
Ich liebe dich
Decía palabras tan graves como usufructo o auscultar, o a veces desmembramiento. Se subía a caballo de ellas para sentirse más alto en la conversación y poder cabalgar desde ese sonido a seguridad. Escucharlo era temer que alguna letra tropezara y, por efecto dominó, tumbara a todas las otras, dejándolo mudo de gravedad, desnudo de articulaciones y condenado a la llaneza de simples sílabas con vocales.
Mientras hablaba, yo miraba su garganta e imaginaba una maquinaria de relojería, infestada de engranajes que chasqueaban consonantes y sincronizaban la entrada y salida de cada letra con un esfuerzo que bordeaba continuamente el colapso. Porque, por más circunscripto que se le escuchara decir sin demasiada perturbación aparente, había en sus ojos un permanente miedo a que lo primitivo escape. Ocultar un impresentable mamá con un dilapidado progenitora no podía mantener por mucho tiempo una psiquis medianamente sana, por más que le agregara una semisonrisa y lo disfrazara de mi querida progenitora, como un alarde vagamente literario y epistolar.
Obviamente, casi sobra decirlo, se enamoró de una mujer alemana. Simplemente la escuchó hablar y sus oídos no dieron crédito a tanta belleza de consonantes atravesadas. Miraba esa boca como si fuera el manantial mismo de la vida eterna. Intentaba de a poco reproducir esas palabras, movía sus labios junto a ella en una mímica que era el pináculo de todo el amor que podía sentir por alguien. Aprendió a leerle los labios sin darse cuenta y en menos de un mes se quedó afónico por ese esfuerzo desmesurado, ese bordear el colapso continuo. La maquinaria de su garganta crujía y se retorcía en sonidos repletos de obstáculos. Si antes el poder incluir un modesto sincretismo en alguna conversación le hacía tragar saliva satisfecho, ahora, la más sencilla de las palabras de su amada lo llevaban a un altura retórica y emocional de verdadero vértigo.
Sin embargo, desconocía un muy triste detalle que determinó su final. Su amada, enamorada también al fin, estudió muy rudimentariamente un par de palabras, sólo un par, en el idioma de su amado. Con el mejor de los sentimientos y llevando su lengua de la mano del corazón, estudió una declaración propicia para cuando llegara ese momento especial que ambos habían iban acercando a su relación.
Cuentan, entonces, que esa noche, con las bocas muy juntas y las pupilas alimentando el natural fuego fatuo con el que pensaban envolver sus vidas, llegó el momento de la declaración verbal de lo que ya ambas pieles sabían hasta la llaga. Pero, y aquí la tragedia, en el momento en el que él esperaba el celestial sonido de ese ich liebe dich de labios de su amada, ella lo sorprendió con un entusiasmado, aunque fatal por lo bochornosamente llano, te amo.
Al instante su corazón se detuvo. Toda la maquinaria de su garganta acabó por colapsar y un sorprendido médico de rutina estampó el irrelevante "falla multiorgánica" en el certificado de defunción, sin estar para nada convencido de haber entendido la causa del deceso.
Hoy, recordándolo aquí, frente a su lápida, advierto un sencillo detalle: le hubiera encantado ver ese impronunciable Q.E.P.D. bajo su nombre.