jueves, 13 de agosto de 2020

La conciencia que nunca conoció el perdón


En las ruinas del sueño llora agua bendita. Cree que al despertar lo aguarda el amanecer de un rostro, el desprolijo azar de algún cuerpo físico que recibió el abstracto don de la existencia. Llora, mientras el sueño se va desenroscando hacia el final. ¿Salir de la amorfa fortuna para simular el canto límpido de un cielo nuevo? Las ilusiones lo recorren por dentro, son el sonido que le envaina cada vena del alma. Se ve claro, sano, fuerte, se ve en el espejo de su sueño que ahora agoniza para dar paso a la conciencia que nunca conoció el perdón. 

Lo daría todo. Hasta la vida daría por nacer. Se ve flotando en un equívoco y el pánico le aconseja olvidarlo todo. Demasiado peligro. Demasiado frágil ahí fuera. ¿Cómo mirarme cuando no sé en qué estrella caen mis lágrimas? ¿Cómo saber si estoy vestido para la ocasión, si aún no encuentro mi cuerpo? Pero todo se acelera y una breve asfixia introduce el fin del sueño. Todo acabó allí. Ahora el sonido y la luz son presencias que le definen una forma. El contorno interroga al espacio y el universo admite un sabor más. No lo sabe, pero está experimentando toda la felicidad de la que es capaz. Lo dio todo por haber nacido, aunque no sabe de rostro, ni de azar desprolijo, ni de formas límpidas o abstractas. Las ilusiones, que le alquimian un alma en taquicardia con furia de signos vitales, le esconden lo trágico. No se ha vestido para la ocasión, pero no lo sabe.

Antes de que el sueño vuelva y el equívoco lo deje pensando alguna eternidad más, escucha palabras y frases a su alrededor que derraman toda su agua bendita en una ruina de tristeza inabarcable, "malformación", "inviable", "sin posibilidades", "dejarlo vivo", "sacrificarlo", "cosas del campo", "cruzas impuras", "lástima", "llora" y llora su regreso al sueño en ruinas. 

Desabrochar la ilusión y colgar el canto en el hueco que el silencio forma. 
Frío. Cerrar los ojos.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Un gato negro que jamás gritó


Anda por la ciudad helada buscando el grito de esa luz que surca algunos laberintos. Lleva en su bolsillo una cuenta, una suma que no es exacta. Se asoma en las camas de los hoteles y levanta las almohadas una por una, cuidando que esa multiplicación nunca le dé cero. Debajo de ellas nunca una luz. Sacude los puentes que unen a la ciudad con su derredor cerrando los ojos para atrapar el grito, mientras le permite a la luz que escape ilesa de sombras, pero nada. Se sienta a conversar con siete estatuas de cinco plazas que habitan cuatro barrios de tres manzanas cada uno, y todas le niegan la luz. Y tres veces la niegan, sin que ningún gallo cante. Apenas un gato ronroneando sobre el pasto mojado. Un gato negro que jamás gritó, pero le oculta cierta luz rápidamente entre sus párpados, arañando el telar del tiempo a esa hora de la madrugada. Salto, entonces. Llega al edificio y llama al ascensor. El ascensor le responde que ya es muy tarde y que subir es algo que debe esperar un deshielo. En la terraza, dentro del tanque de agua, el reflejo de la luz ondea en formas concéntricas que hacen del grito un mantra de geometría despiadada. Trepa por la escalera de incendios mientras el ascensor llama por teléfono al gato negro que surca laberintos veloz, casi sin tocar el suelo. Trepa y llega a asomarse por la baranda de la terraza. Dentro del tanque de agua la luz tiembla, abrigando al grito del frío que lo dejaría afónico. Subido al tanque de agua, saca la cuenta de su bolsillo, una suma que da un número que no es el mismo que la cantidad de anillos concéntricos que hacen del grito un mantra. Pero ahora que los encontró, puede contarlos. Del otro lado del tanque de agua se asoma el gato negro. Lleva sus ojos cerrados (toda precaución es poca en estos casos, le dijo el ascensor) y acaba de arañar el telar del tiempo logrando que ese bebé que gateaba por el borde del tanque de agua caiga adentro y se ahogue rápidamente, sin ruido, dejando que una cuenta que no es exacta flote entre el reflejo de la luz y el grito de la mujer embarazada, tres pisos más abajo, que acaba de dar a luz a un bebé.

Al darle el sol


Sos espejismo. 
Pájaro de plumas aceradas convocando al invierno en los túneles cavernosos de las arterias deformadas. Duele el sol cuando se replica tantas veces como desiertos hemos criado. 
Sos obnubilación de gas sabor almizcle en la aurícula que confronta con la malasangre. 
Decile al retorno venoso que ubique cada carcajada en su alvéolo correspondiente, porque yo no me voy a hacer cargo de lo hipertenso de tu júbilo al caer la noche. 
Desde el infinitesimal microorganismo, que aloja en uno de sus poros una pluma acerada que el pájaro dejó caer y que al darle el doloroso sol se convirtió en un alma, me dicen que ya nos vamos.

martes, 11 de agosto de 2020

Acercarse al cielo


El saco gris colgaba en el perchero. De su bolsillo derecho una fila continua de hormigas descendía hasta el suelo. 

(La percepción como tres tigres atrapados en el ascensor, desciende hasta la planta baja mientras retoca el color de sus manchas mirándose en el espejo.)

El agua de la pava hervía en la cocina, silbando un vapor desesperado que dibujaba la quiromancia de una nada futura en el aire. 

(La inclinación del espíritu presente dentro de la heladera lo lleva a agitar las cubeteras en busca de un particular detalle grabado en hielo que él espera interpretar para llegar al cielo.) 

Tres begonias de un rojo despilfarro, envidian el vapor inútil que se abraza cómplice con el aire. Miran su tierra seca y pensarían en la injusticia, si acaso fuera justo que pudieran pensar. 

(El adormilado enhebrador de coherencias temporales se despabila justo cuando el ascensor de los tigres se detiene. La percepción llega a la planta baja y el último retoque a las rayas negras queda a punto.)

La última hormiga mira el suelo desde el borde del bolsillo y duda en saltar. La fila continua avanza y la va dejando sola. Piensa en saltar. Piensa en terminar con todo y saltar. Luego piensa en sus hijos y retorna al bolsillo en medio de una sensación de ahogo en el pecho. 

(En el fondo de la última cubetera, la inclinación del espíritu presente dentro de la heladera halla un bajorrelieve en hielo que semeja a una hormiga cayendo.)

La primera begonia, llamada Amalia, observa a la primera de las hormigas que encabeza la fila en dirección a ella. El piso es el plano inclinado de la futura muerte de sus hojas.

(El tercer tigre de la percepción, llamado Rafael, camina por el pasillo y les hace una seña silenciosa a los otros dos. Uno de ellos acomoda la última de sus rayas y el otro le dice con la mirada que ya es posible oler el vapor del agua en la cocina.) 

La primera de las hormigas, llamada Soledad, comienza a trepar la maceta de Amalia. Desde el aire, el vapor de la pava despliega un espectáculo de fuegos artificiales quirománticos para prevenir a todos de la llegada de los tigres de la percepción.

(El enhebrador de coherencias temporales, ya despierto, decreta la muerte súbita por paro cardiorrespiratorio de la hormiga dentro del bolsillo del saco gris, colgado en el perchero, y la inclinación del espíritu presente dentro de la heladera toma al bajorrelieve de la hormiga cayendo entre sus manos y asciende al cielo, poniendo antes la heladera a descongelar.)

Soledad salta desde el borde de la maceta hacia la tierra reseca de Amalia. Pisa mal en el suelo agrietado y se esguinza un tobillo. Su grito de dolor paraliza a toda la fila continua de hormigas por detrás. 

(Rafael entra a la oficina dejando a los otros dos tigres de la percepción en el pasillo, jugando a adivinar desde qué piso se caerán los ascensores cuando todo termine. Camina hasta el perchero y se pone el saco gris. Nota que le queda bien y nota la hormiga muerta en el bolsillo.)

La heladera termina de descongelarse y el agua lo inunda todo. Amalia y las otras dos begonias flotan dando giros sin control, pierden hojas que caen al agua. Ciento treinta y dos hormigas que estaban en la fila continua perecen ahogadas mientras que treinta y cuatro salvan sus vidas subiéndose a las hojas caídas de las begonias y flotando. Soledad, sin poder caminar, siente cómo la tierra reseca de Amalia se va humedeciendo y espera que el agua fría calme la inflamación del esguince.

(Rafael, chapoteando en la cocina y cuidando de no mojar el traje gris, toma el vapor que deambula desmayado por el aire y logra meterlo nuevamente dentro de la pava. Guarda, luego, la pava en la heladera para que el futuro pueda parir sus nuevos signos de hielo. Secretamente, siente que su cielo se acerca.)

lunes, 10 de agosto de 2020

Se antoja de tierra seca


Siesta.
Espantar todo movimiento
dejando solo el girar del mundo.
Soplo
de vidas en aureolas de similitud
que regalan un cuaderno de horas
a esa sombra que fabrica minutos
a cada segundo.

Plano que le espera. Final.

Las hojas del ciervo acceden
a dar vueltas sobre su silla de caña
y el agua,
que se antoja de tierra seca,
baña el cuaderno en círculos,
relojes dibujados, 
plano que le espera, final
de aguja pasando por cero.

En jardín de esquirlas inmóviles
sólo bailan recuerdos. 
Y una sombra en bruto,
aterciopelado plano que le espera, 
final de giro en pico de montaña,
similitud de aureolas soplando,
regalo de vidas en siesta.

domingo, 9 de agosto de 2020

El parquímetro más arcángel


Era un oficio raro.
Caramelizaba sinsabores para mantener una glucosa moral a prueba de olvidos amargos.
Era de llegar temprano a los brillos de cuanta pupila derramase mentiras ciegas. Y cómo sorbía esos iris huérfanos de arcos, esquivando los horarios de carga y descarga pertinentes... Su mirada colocaba el frenesí exacto, en cada parquímetro de la cuadra indicada, para que la reserva de su estacionamiento alcanzara la fugacidad de una vida eterna. Bajaba del tren acicalando una estocada tan sabrosa como efímera en raíces de sabia esgrima. El vendedor de diarios callaba su nombre al caer de la lluvia, en el supuesto caso de reconocer los pasos a su espalda. 
Envuelto en un souvenir de recompensas místicas, se ponía de rodillas ante el ascensor que rezaba pisos como mandamientos. Elevarse. En la divinidad del brillo de cada pupila, él calmaba la ansiedad diabética de cuanto sinsabor cruzase su despacho. 
Llegaba temprano. Sorbía los iris. Esquivaba horarios. Caramelizaba. Paría mundos desmayados en atmósferas de melaza esotérica, irrespirable grito de "¡todos a cubierta!" expelido por la pupila del capitán más ciego en su mentira de oleaje más profundo. 

Era un oficio raro.
Hasta que la desdicha de su ala derecha rozó el pavimento amargo al bajar del tren. Sabrosa estocada que dejó para siempre la huella de una caída frente al parquímetro más arcángel de todos los estacionados. 
El vendedor de diarios callaba su nombre cuando se le hizo tarde por última vez y para siempre. El ascensor levó anclas al grito de "¡izar las velas!" y el último de los iris escapó del arco. El amanecer próximo, insípido, hallaría al capitán llorando cegueras en la cubierta de un mar asfixiado.

sábado, 8 de agosto de 2020

Paisaje


Anida vientos.
Molino de ceguera.
Descocer sinos de fuego.
Verde en soledades.

Aspas. Carecer de grano.
Mil siluetas de techos
y espigas hundiendo lo blando,
caucásico, derrumbe desaforado.
Descorrer mareas en manos.
Tibias.
En sillas de cartón
prensado de estío y piedras, 
arrecifan remolinos que mecen
asombros de cabellos idos. 

Aspas que se inviernan
a la lágrima del grano.
Acuestan, perdidas, cocidas,
dormidas en vientos.
Sino anidado.

Un pájaro a tiempo


También creo que puedo animar a alguien más, me dijo.

Surcaba la cortina de la cascada vuelto agua iridiscente en una mañana sin sol. Yo sabía que su tristeza desafiaría cualquier mínimo instinto de conservación, pero jamás pensé en el ánimo. Tampoco en los otros. 

Palpar el histrionismo de sus piernas huesudas, dándole de beber mínimas correntadas a cada braceo jadeante, no podía lograr otra cosa que una indolente piedad de parte de esa brutal altura vestida de agua. 

De verdad que salís al otro lado de la realidad. Puede parecer que uno se ahoga, pero en realidad cierra su respiración en este universo y comienza a respirar en el otro, me explicaba, mientras yo no podía dejar de mirar la toalla amarilla alrededor de su cuello. Tenía las puntas desflecadas. Como los párpados de su mirada. Como los restos de su espera. 

Sonrió. Miró al cielo y pareció correr algunas nubes con la mano, porque a la par de su cabeza en alto se asomó un sol desteñido, desinteresado de toda tristeza. 

Nadie vuelve, le dije un día. Y él, con la pretensión de unos ojos iluminados, me respondió: precisamente por eso quiero ir. No te entiendo, repliqué casi molesto. Quiero ser el primero, finalizó. Luego de eso la tristeza le borró todos los rasgos del rostro y dejó que la lluvia resbalara a gusto sobre la nada. 

Parados en lo alto de la cascada. El ruido del agua burlándose de la altura y nosotros como dos astillas de carne en medio de un mundo feliz de su azul. No te voy a volver a ver, le dije. Yo voy a volver, me dijo su tristeza casi interrumpiendo, y vas a ver que el que no va a estar sos vos. 

Luego simplemente abrió los brazos y se dejó caer hacia atrás. Yo cerré violentamente los ojos para imaginar un pájaro a tiempo y quedarme con esa imagen, sin embargo el ruido del cuerpo al chocar con el agua la deshizo. 

Abrí los ojos. Inexplicablemente no lo recordaba, pero tenía su desflecada toalla amarilla en mis manos. Era cierto. Iba a volver.

viernes, 7 de agosto de 2020

Ich liebe dich


Decía palabras tan graves como usufructo o auscultar, o a veces desmembramiento. Se subía a caballo de ellas para sentirse más alto en la conversación y poder cabalgar desde ese sonido a seguridad. Escucharlo era temer que alguna letra tropezara y, por efecto dominó, tumbara a todas las otras, dejándolo mudo de gravedad, desnudo de articulaciones y condenado a la llaneza de simples sílabas con vocales. 

Mientras hablaba, yo miraba su garganta e imaginaba una maquinaria de relojería, infestada de engranajes que chasqueaban consonantes y sincronizaban la entrada y salida de cada letra con un esfuerzo que bordeaba continuamente el colapso. Porque, por más circunscripto que se le escuchara decir sin demasiada perturbación aparente, había en sus ojos un permanente miedo a que lo primitivo escape. Ocultar un impresentable mamá con un dilapidado progenitora no podía mantener por mucho tiempo una psiquis medianamente sana, por más que le agregara una semisonrisa y lo disfrazara de mi querida progenitora, como un alarde vagamente literario y epistolar. 

Obviamente, casi sobra decirlo, se enamoró de una mujer alemana. Simplemente la escuchó hablar y sus oídos no dieron crédito a tanta belleza de consonantes atravesadas. Miraba esa boca como si fuera el manantial mismo de la vida eterna. Intentaba de a poco reproducir esas palabras, movía sus labios junto a ella en una mímica que era el pináculo de todo el amor que podía sentir por alguien. Aprendió a leerle los labios sin darse cuenta y en menos de un mes se quedó afónico por ese esfuerzo desmesurado, ese bordear el colapso continuo. La maquinaria de su garganta crujía y se retorcía en sonidos repletos de obstáculos. Si antes el poder incluir un modesto sincretismo en alguna conversación le hacía tragar saliva satisfecho, ahora, la más sencilla de las palabras de su amada lo llevaban a un altura retórica y emocional de verdadero vértigo. 

Sin embargo, desconocía un muy triste detalle que determinó su final. Su amada, enamorada también al fin, estudió muy rudimentariamente un par de palabras, sólo un par, en el idioma de su amado. Con el mejor de los sentimientos y llevando su lengua de la mano del corazón, estudió una declaración propicia para cuando llegara ese momento especial que ambos habían iban acercando a su relación. 

Cuentan, entonces, que esa noche, con las bocas muy juntas y las pupilas alimentando el natural fuego fatuo con el que pensaban envolver sus vidas, llegó el momento de la declaración verbal de lo que ya ambas pieles sabían hasta la llaga. Pero, y aquí la tragedia, en el momento en el que él esperaba el celestial sonido de ese ich liebe dich de labios de su amada, ella lo sorprendió con un entusiasmado, aunque fatal por lo bochornosamente llano, te amo.

Al instante su corazón se detuvo. Toda la maquinaria de su garganta acabó por colapsar y un sorprendido médico de rutina estampó el irrelevante "falla multiorgánica" en el certificado de defunción, sin estar para nada convencido de haber entendido la causa del deceso. 

Hoy, recordándolo aquí, frente a su lápida, advierto un sencillo detalle: le hubiera encantado ver ese impronunciable Q.E.P.D. bajo su nombre.

jueves, 6 de agosto de 2020

Sin beso por delante


Airado de ala y corriente 
en aire de hermetismo,
de giro filigranado,
entrega su óleo al amanecer
deshojando colores como honras
que caen al parir forma y ceguera
cuando,
salir al celo del lienzo aturde;
cuando,
los labios del pincel se estrellan,
sin beso por delante,
en un maniático derrotero
de esa piel peregrina que se dibuja
sola
a sí misma.
Así
el último de los colores
será la tierra sobre su memoria.

La felicidad es un lienzo blanco
que lleva su firma 
por toda estirpe.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Infancia en su lugar


Durante la infancia, madre tomaba cada juguete mínimo o desarmado y lo alzaba delante de sus ojos mientras decía que esto va acá y marcaba su lugar, supongo que para que yo lo recuerde y más tarde ya no tuviera que levantarlo ella. Supongo que nunca lo recordé, porque para cuando pude levantar las cosas solo, resultó ser que ya no había juguetes. 
Me preocupaba mucho que no advirtiera si algo estaba desarmado o entero. Todo era ubicado en su lugar, estuviese como estuviese. Algo era una pieza y algo era algo entero, pero el lugar era el mismo. No advertía mi trabajo al desarmar las cosas. Tampoco advertía si ese desarme acababa con algo roto. Tengo que admitirlo, solía ocurrir, pero esto va acá y su mano subía y bajaba mientras la palabra ordenado se mezclaba entre las otras repetidas, o conocidas. Esperando el momento en el que dijera cómo hiciste para desarmar esto, yo no prestaba atención a lo que madre decía o pretendía enseñar. Yo también enseñaba, pero ninguno de los dos aprendía. Había que esperar que madre terminara de jugar con su orden para que luego yo pudiese mirar mis juguetes y sentir un orgullo solitario por mis avances. Ella sentía un orgullo, creo que también solitario, por su orden que siempre acababa armado. Y yo hacía silencio. Sabía que le gustaba el silencio porque cuando venía gente ella repetía mucho la palabra calladito. Pero ordenado, no. Tampoco desarmado. Calladito. 
Una tarde levantó un auto al que le faltaban las ruedas y lo miró. Y yo pensé que finalmente iba a ocurrir. Que las próximas palabras de madre iban a reconocer mi trabajo. Sin embargo lo dejó en el suelo y se puso a llorar. Se agarró la cara con las manos y terminó de sentarse en el piso. Lloraba. Lo primero que pensé fue que había olvidado el lugar en donde esto va acá y eso la había puesto muy triste, pero luego lo volvió a tomar y se lo llevó al pecho, repitiendo un nombre entre lo que lloraba. Yo estuve por decirle que no estaba roto, que solo estaba desarmado, pero entendí que era mejor hacer silencio. Calladito. También entendí, mirando sus manos apretarse el pecho, que no se lo iba a poder arreglar. 
Luego de ese día, todo siguió en su lugar. Pero nunca más fueron juguetes.

martes, 4 de agosto de 2020

Hablar de Marco


Lo que yo sentía, claro, era que nunca había existido. Pero cómo decirlo en medio de esa penumbra y esa aglomeración de desconciertos superpuestos. 
Habitación tras habitación se repetía la escena. Paredes amarillas, luz esquiva, suciedad invisible pero palpable, acumulación de telas, almohadas, cuerpos semimóviles o directamente quietos, algunos dormidos. Esperando. Borrando con los ojos abiertos lo imaginado a ojos cerrados. Los roces de telas y pieles aturdía el oído con espanto. 
Nunca había existido. Pero la pregunta era otra, en todo caso, ¿quién había existido?
—¿Lo busca a Marco?
La mirada era vidriosa, rodeada de una piel amarilla más allá de las luces enfermas. El pelo era un matorral de geografía descompuesta en los claroscuros de las sombras pálidas que lo ocupaban todo. Miré sus manos, tomándose la cintura como si se hubiese traído a sí mismo caminando a través del pasillo estrecho. Los párpados caídos me hablaban de cansancio, resignación o simplemente quitar un estorbo del medio. 
Creo que le hablé desde ese medio.
—Lo busco a Marco.
Y junto a las cuatro palabras, como si alguna coordinación fuera necesaria, descorrí apenas mi saco para que los ojos vidriosos pudieran ver la culata del arma en mi cintura. Los párpados bajaron aún más, precisamente hasta ese lugar en mi cintura desde donde él tendría que recomponer su aparente calma y aplomo.
Se quedó un rato pensativo, mirando el suelo, y luego abrió los brazos levemente. 
—Todo lugar como este necesita un Marco, cualquiera lo sabe, pero eso no significa que Marco exista. Ni mucho menos que usted pueda encontrarlo. 
Centré mi oído en las habitaciones. Voces de mujeres, alguna tos, susurros, respiraciones agitadas interrumpidas casi al ras. Pasos cortos, leves. Roces de tela y piel creando abismos a cada latido de deseo. 
Todo lugar como este. La frase me resonaba sin resolverse. Si bien era un intento esquivo, me devolvía a la realidad un tanto peor de lo que había llegado. 
—Se llame Marco o no, está acá y quiero que venga. 
Y luego de verlo contener la respiración agregué:
—Ahora.
Volvió a bajar la mirada al suelo y agregó una sonrisa de dientes ennegrecidos. Pasó su lengua por los labios y midió lo siguiente con un cierto deleite.
—Nada de esto existe. No está parado en este pasillo ni hay luz sobre nosotros. Ningún cuarto nos rodea y nadie los habita, menos mujeres, por supuesto. Y menos trabajando, claro está. Ya lo sabe. Ya ha visto que no ha visto nada y que esta hora de su vida nunca se vivió como tal. 
Hizo una pausa. Los ojos vidriosos volvieron a buscarme. Y terminó:
—Entonces ahí está. Ahí tiene a su Marco. Ya lo ha encontrado. Encontrar a Marco es admitir que no existe. Solamente así se lo puede encontrar. 
Bajé la cabeza, hice un gesto leve con la mano, algo así como el borrador de un saludo desganado, y me di vuelta para desandar el pasillo hacia la puerta de calle. 
Lo que había existido, lo que existía y lo que dejaría de existir se fueron conjugando entre mis pasos y el roce de tela, piel y revólver. 
Al llegar a la puerta me di vuelta con el arma en la mano y le apunté a los párpados entornados. La primera bala sorprendió a Marco, la segunda pareció convencerlo y, para cuando terminé de vaciarle el cargador, Marco era definitivamente lo más real que había en todo ese lugar.
Con los ecos de las explosiones todavía tropezando por el pasillo siempre sucio, cabezas de mujeres se asomaron como aves mudas y espantadas desde distintos huecos y puertas. Miraban el cuerpo en el piso y miraban mi cuerpo aún parado junto a la puerta. 
Entonces encontré la forma de decirlo, la que buscaba desde hacía tanto tiempo. 
—Todo esto existe y es real. Tanto como el cadáver de Marco ahí tirado —les dije señalando el cuerpo con el arma aún empuñada—. Lo único que de verdad no existe más es mi hija. Pero creo que ahora descansa en paz. 
Cerré la puerta al salir, detrás de los susurros. La noche era preciosa.

lunes, 3 de agosto de 2020

El menor de sus gestos


El eco de sus pasos se enredaba en las telas de su hábito. 
¿Era verdad la presencia que se intuía en la madrugada o pura sugestión? 
Caminaba sobre los mosaicos de un gastado eterno respirando el frío húmedo. Las yemas de los dedos acariciando la madera de los bancos desiertos para calmarse. Los ojos acostumbrados a la oscuridad. La iglesia era más que su casa, era un útero, o su única posibilidad de nacer algún día. Pero así y todo, en la negación de la noche cambiaban las sensaciones. 
¿Lo que se pega en la piel mientras penetro la obscuridad es una mirada que desconozco o son retazos de pasado que no acaban de caer? 
La presencia y la mirada, de existir, tenían algún tipo de interés en ella. Lo comprobaba cada noche en la que recorría tan lentamente como le era posible la nave de la iglesia del convento. Sentía cada uno de sus pasos como las líneas de un diálogo que mantenía con lo que fuera que habitara a esa hora. Y el silencio que le respondía a cada pie era lo que completaba el diálogo. 
¿Cómo puede ser que entienda si no hay palabra ni gesto, ni siquiera señal alguna?
Pero entendía. Obscuridad, silencio, frío, humedad, madera, mosaicos, esculturas de miradas fijas y vacías, santos, vírgenes, ventanales, velas, presencias. Todo eso en un diálogo con ella. Cada paso, cada pie diciendo, cada mano que rozaba la madera diciendo, cada mirada a cada pared diciendo, cada tensión invisible en el aire diciendo, cada aroma perdido que tocaba su piel diciendo. 
En ese momento se dijo a sí misma que había llegado la hora de volver, eso era lo habitual. Pero la imagen y la idea de su cuarto estaban a una cantidad indescifrable de kilómetros. Con esa idea entre las manos sintió que el aire la abandonaba y un vacío infinito reemplazaba esa huida. 
¿Estoy sintiendo pánico o finalmente la presencia ha decidido callar el diálogo y aceptar la invitación de mi pecho?
Tardó un rato en notar que había detenido sus pasos. Con una mano apoyada en el primer banco, estaba cerca del altar, mirando la claridad afantasmada que permitían las ventanas superiores y la luz de la calle en la noche.
¿Sería momento de rezar, arrepentirse, correr, caer muerta o intentar nacer?
Se arrodilló, como si ese movimiento fuera lo más obvio que le quedara por pensar. Juntó sus manos bajando la cabeza y notó, como si fuera algo extraño o ajeno, el complejo roce y superposición de capas de tela de su hábito que ponía en movimiento el menor de sus gestos. Escuchó entonces la respuesta que faltaba en su diálogo. Era sencilla, realmente. 
Se puso de pie y comenzó a desvestirse. Cuando acabó por quedar completamente desnuda, se recostó en el piso totalmente extendida, con la cabeza apuntando al altar. Sus brazos pegados al cuerpo y las manos calmando el frío de los mosaicos. 
Cerró los ojos y todas las presencias conjugadas, intuidas o enredadas en sus poros le dieron la razón. 
¿Sabré nacer?
Pocos minutos más tarde se comenzó a escuchar el rumor del incendio.

domingo, 2 de agosto de 2020

Haber aterrizado


Aterrizo. 
Se disuelve alrededor el humo que esparció la noche. Se oculta de mi recuerdo el llamado de las sirenas y sólo ambienta todo por delante una vidriera azul, sutil en su despertar al ojo incauto, pero salvaje en su obscena obsesión de no callar. Nada. Haber aterrizado es admitir que no se calle nada. 

El viaje es silencio.
Se manifiesta un rumbo que sólo por esas tonteras de la sabiduría creemos manejar, pero cada átomo nos empuja en dirección ajena a nuestro entender. Nadie va a hablarnos. Silencio. El temor a que le preguntemos alguna cosa al tiempo hace que nuestra palabra viaje en la bodega. Para más seguridad, nos dicen al abordar. Se le devolverá en destino. No, no pregunté por el destino.

Estiro las piernas en la nueva tierra. 
Muevo los brazos.
Giro la cabeza. 
Saco un papel amarillo de mi bolsillo, pequeño y doblado. Lo abro y leo: "Respirar". Fue la única agenda que admití traer encima. Tenía sincero temor de olvidarlo.
Respiro.
El pasado de esta nueva tierra reencarna mi memoria convirtiendo lo que aterrizó en un viaje suspendido sobre mi aire. Los pulmones pesan ese oxígeno en donde pesa la historia. Luego, química mediante, mi sangre comienza a fluir cargando mi nuevo pasado de mi nueva tierra. 

Voy a ser feliz, me digo. Y el desierto entero sobre el que estoy parado se acuclilla a mirarme fijo. De cerca. Con una curiosidad que cumple años y que nunca supo de torta alguna. 
Lo miro serio, en su horizonte más despierto a esa hora, y le prometo que aunque se curve en dos la línea recta que ahora parte al medio mis pupilas, voy a ser feliz.
Haber aterrizado es admitir que no se calle nada. Y sí, creo que esta vez fue la voz de él.

Miro el papel amarillo, todavía abierto en mi mano.
Respiro.

jueves, 30 de julio de 2020

Un amarillo perpetuo


Pasó la mano por el mostrador. ¿Cuántos años? Nada era plano. Ni él ni su mano. Y había polvo. Increíble, estando todo el día ahí encima. ¿Cuántas manos? Inútil mirar el reloj para que le dijera lo mismo que la última vez, hace tres minutos. Una vez le dijo a alguien que el reloj se reía de él. Y ese alguien se rió de él. Pero él lo cree. Cada vez que lo mira el reloj le dice "es inútil". Y lo más sádico es que es inútil. 
La vereda es el músculo acalambrado de la noche que recién empieza. Siente el aire que llega hasta su mostrador y lo aspira como si pudiera guardarlo. Por las dudas. Por las venas desiertas que llegado el caso... pero no. Si pudiera reír le cambiaría el color a la noche, pero mira sus manos sobre el mostrador y en los contornos de su piel se derrama un silencio solo. 
Todo ocurre más allá de la frontera de su mostrador. Gente. Voces. Autos. Brillos. Ganas. Dinero. Gente. Sustos. Risas. Brillos. Furias. Plásticos flameando por encima de los cuerpos. Pasan, pasan todo el tiempo, pero no se detienen. Él pasa la mano por el mostrador. No es plano. Tiene irregularidades que son como las arrugas que marcan su edad. ¿Cuántos años? ¿Y él? 
Llegan aromas. También se cocina en otros lugares. Pero ahí les adivina gente, clientes, hombres, mujeres, les inventa felicidades como dentaduras inmensas que devoran, mientras exhalan carcajadas que rebalsan las cajas registradoras de billetes. Siente el entrechocar de cubiertos y el siseo de los mozos flotando bandejas y platos más vasos más comida más gente. Y risas. 
Él tiene una boca. Y dientes. Pero están sobre el mostrador y no se ríe. En la calle, cada auto acelera al verlo, huye al sospecharlo. Imagina poner su negocio junto a un semáforo para que al menos durante unos segundos todos deban parar. Y mirarlo, si la luz es roja. Y olvidarlo, si la luz es verde. 
Él quedó en un amarillo perpetuo y el reloj siempre murmura que es inútil. ¿Cuántos años? Un hombre se detiene y mira su cartel. Él vuelve a pasar la mano por el mostrador y trata de acordarse cómo sonreír. Se rasca la cabeza para ganar tiempo y un parpadeo más tarde la espalda del hombre camina ya por la vereda siguiente. 
Sabe que cuando deba bajar la persiana se dirá a sí mismo que ese fue el último día. Que ya no más. Y sabe que al día siguiente estará allí. Y no sabe más, porque... porque nada es plano, nada, ni el mostrador ni su mano. ¿Cuántos años?

Al día siguiente estuvo allí. Temprano. Se agachó para levantar la persiana y algo junto al árbol de la vereda le llamó la atención. No lo recordaba. Era raro, no podía no recordarlo. Haberlo hecho y no recordarlo. Sin embargo ahí estaba, tirado junto al árbol. El reloj.
Sin entender porqué ni importarle demasiado, se encontró sonriendo.

miércoles, 29 de julio de 2020

El mar comienza a salar lo seco


Dos caballos corriendo a la par desde el fondo del sol hasta la colina más iluminada de ese atardecer. El deseo de la arena, que va dejando palidecer el calor del día, es poder dormirse escuchando el mar. 

Un signo serpentea sobre la colina, ondulando una serie de frases hemisféricas que no acaban de gestar un mínimo borrador. Uno de los caballos lo mira y el signo cae fulminado de interpretación. Los ojos del caballo son miradas automotores que surcan la playa incendiando caracoles enterrados como si cantaran los premios de una lotería. Devasta cada sombra que le llega por delante. Los ojos del otro caballo desensillan al lucero del cielo y lo ponen a flotar cerca de la orilla, donde la espuma simula la sonrisa final del día.

El deseo de la colina es respirar la noche mientras enhebra el galope infinito de los caballos escapados del profeta. Las escrituras supieron acostar sus signos en sendas frases simétricas que iluminaban cada ladera semejando cada uno de los dos universos posibles. Y caballos. Caballos como la aguja del tiempo que puede mantener en unión cielo, tierra y respiración, mirando siempre de reojo lo escrito, trotando en acentos y profecías sin dejar jamás de sonreír. Espuma del mar. Sal. Olas que barrieron tiempos sin juramentos y hoy son el aplauso cálido que celebra esa arena que sólo piensa en dormir en su arrullo. 

El mar, por la noche, es como un teléfono sonando en una calle vacía. La arena sueña con el abrazo que un pulpo le supo dar, hace ya varias mareas. Ambos caballos rezan junto a un fuego humilde que devora hojas de una escritura gentil. Comerán, luego, unos peces que el profeta les dejó antes de seguir su viaje. Dormirán, como duerme la arena en el tiempo blanco, y por la mañana llegarán al fin del mundo, si acaso el mar se lo permite al cielo. 

lunes, 27 de julio de 2020

La mirada de Caravaggio

        
La sombra de la planta consiente el pedido de la luz. Le permite correrse esos dieciocho milímetros que necesita para ver las piernas del hombre que está parado en el andén. La sombra de la planta se queda inmóvil, pero sabe que debería haberse movido. 
La luz, dieciocho milímetros más allá de lo que cualquier ley física le permitiría, mira a la sombra de la planta y le señala el sonido que se acerca. La sombra de la planta asiente despacio, manteniendo su lugar. El sonido se acerca. 
La luz oscila irreverente en el milímetro diecinueve ahora, porque las piernas del hombre se han movido. Apenas. Como sincronizando el sonido que crece. 
La luz vuelve a mirar a la sombra de la planta y parpadea nerviosa, aunque nadie allí lo advierta. El sonido se siente encima de los contornos grises del andén. La luz pliega dos reflejos en forma de rezo y le pide a la sombra de la planta que resista en el lugar. La sombra de la planta calla, inmóvil. 
El andén comienza a borronearse con el sonido que lo penetra malsano y filoso. La luz sisea fuera de toda razón física. La sombra de las piernas del hombre se mueve, lógica y rígida, junto a los pasos del hombre que busca el borde del andén. La luz siente el palidecer de un "ahora o nunca" y se lanza más allá de todo respeto por la ciencia. La sombra de las piernas del hombre siente el desgarro incomprensible de una luz que la mueve, sin que su voluntad lo pueda impedir, y arrastra consigo a las piernas del hombre que, a un paso del borde del andén, cae hacia atrás, sentado, al mismo tiempo que el tren que ingresa a la estación pasa a pocos centímetros de sus suelas.

Jamás entenderá por qué no ha podido tirarse a las vías del tren. 

Excitada, casi vuelta humilde relámpago, la luz regresa a su lugar correspondiente, milímetro cero, lugar que debe ocupar para la sombra de la planta que adorna la estación. La planta respira aliviada al fin y le escucha murmurar a la luz: "la materia va donde va la sombra, y ésta, donde va la luz", y sonríe, sonríe porque la conoce y le conoce su vanidad. 
El hombre, aún confuso, abandona la estación dejándose llevar por la oscuridad de las calles. Sus piernas nunca le contarán la verdad.

domingo, 26 de julio de 2020

Cerrojo lucero


Sueño espeso
en el disturbio cargado.
Ahueca variopinto el ícono despintado
de un cerrojo lucero
en la punta más plana de la vértebra,
cara, espejo, (desinflar de excusas)
ahuyentar sinsabores sazonados
de un caleidoscopio de escaleras
encrespadas de hambre:

                                    alimentar
                                    cada peldaño de infantil soberbia
                                    con la altura fractal de un faro,
ensombrecido
                        en el plenilunio aletargado
                        que duerme cansino,
cerrado,
                                    soñando el final del cielo
                                    dibujado en la diéresis de su hambre.

sábado, 25 de julio de 2020

La sombra última de Admónides


—Principio de huerta.
Luego de decirle eso, cerró la ventana.

Admónides se supo colgando en el vacío, con sus manos acalambradas aferrando el alféizar resbaladizo. La ventana cerrada lo miraba como si él ya fuese un recuerdo de alguna otra vida.

Le costaba recordar, tratar de hacer memoria mientras el viento que soplaba a esa altura le horadaba los oídos. Huerta. Como si un espantapájaros gigante se hubiese ensañado con su humilde sentido del miedo. Huerta, sembrada y cosechada, dos momentos de un mismo pensamiento. Quiso elevar apenas una mano para asomar sus dedos en el vidrio de la ventana, pero apenas si el borde de una uña... la más larga... apenas. Huerta, lo sembrado que germina y crece y se cosecha. Admónides no entendía por qué habiendo tanto aire allí arriba le costaba respirar. Huerta, esa casa colgando en la altura, como un ridículo desafío a la gravedad y la física. Huerta, la ventana da al vacío. Pero ahora él rellenaba ese vacío con un espanto bien envainado en venas de presagios hipertensos. 

—Sus ojos de metralla adobaban esos vidrios que no dejé acaramelar más por el aliento impío de la subsistencia inútil.
—¿Admónides?
—...
—Pero es ridículo el vacío. Es un espantapájaros que balbucea dentro de la oratoria de su santo equilibrio. Ya se sabe.
—Principio de huerta. 
—¿Admónides?, puede vivir sin agua, sin aire y sin vida. Nunca se sembró y nunca se cosechará... 
Lo miró con furia incontrolable y levantó un puño enrojecido y amenazante, temiendo que diga lo que finalmente el puño no pudo callar.
—... porque nació flor.
Y el puño atravesó los dientes como si el drástico viento de abril se llevara por delante todas las cortinas de la casa. Ruido de cristales y un aroma dulzón a sangre cálida en la tarde. 

Junto a la última frase, las manos resbalaban del alféizar. Ahora los pétalos lograban que Admónides reencarne en un helicoide que reía a carcajadas montado en las corrientes de aire. Ahora giraba con garbo y gracia. Ahora se elevaba compitiéndole al diámetro del sol. Ahora flotaba abrillantando sus pétalos en la marea que respiraba reflejos allí abajo, en el mar a sus pies. Ahora... le costaba recordar, tratar de hacer memoria. Junto a los giros que iban colocando a la casa en un espiral voluptuoso alrededor de su vértigo, surgió el diálogo:
—¿Nunca regado?
—No, señor, nunca.
—¿Sexo?
—Flor.
—¿Estado civil?
—Soleado.
Y se dejó caer sintiendo el vibrar de cada pétalo como si de las fibras del pulóver más querido de Dios se tratase. Abajo el mar. No puede estar tan mal... "¿Nunca regado?" Le costaba recordar en medio del viento que barría con suavidad el pasado, hojas borroneadas que descorrían algún otoño de alguna vereda. Pero esa mirada, esa pregunta y esa marea azul que subía lentamente a besarlo... 

—Principio de huerta.
Bastó escucharlo por última vez para entender dónde iría su sangre, la del puño, la de la cortina, la de los pedacitos de dientes como granizado de chocolate blanco en medio de una salsa de frutilla. Lo sembrado que germina, crece y se cosecha. Y se riega.
—Admónides... —le costaba hablar sin dientes—, secará el abismo y será mar, vacío, viento y abrazo en acantilado de santo equilibrio, y se cernirá sobre todo lo vivo y todo lo regado y no quedará ventana ni vidrio ni mucho menos caída posible... 
La sangre, la última, aún goteaba desde su cuello hasta el sembradío. 
Lo miró ya sin furia y lo vio caer a la tierra, seco, deshojado, hundiendo su cara entre terrones obscuros que comenzaban a abrazar, poro a poro, su pasado. Los tallos surgieron indolentes alrededor del cuerpo, con reflejos bermellón y ocre. Lo siguió mirando sin esperanza, sabiendo que sólo restaba sentarse a esperar la sombra última de Admónides. Principio de huerta, final de saciedad.

viernes, 24 de julio de 2020

Muy rápido cae la noche


Participa del asombro. Enarca los codos entre los gestos demudados y cree sonreír cuando en realidad todo alrededor se ahoga en un espanto que su vejez suprema le traduce en un feliz cumpleaños. 

Quisiera llegar hasta la puerta y deshacer el ciego silencio que el picaporte enarbola como una honestidad visiblemente tonta. Hastiadamente inocua. ¿Quién más? Sólo él. 

A través del quicio llegan sonidos del universo que él conoce. (Como si ignorarlo fuera tan fácil como gritar en sueños). El auto estaciona entre su ventana y la adolescencia tardía de su sensatez siempre alerta. (Como si esas ruedas pudieran olvidar el camino marcado con la sangre de tan bella alma). Quien sea que tenga puestas sus manos en el volante apaga el motor y, detrás de sus ojos, el recuerdo es un cuchillo que le talla el nervio óptico cincelando esas palabras que memoriza desde hace décadas. ¿Quién más? Sólo ellos dos.

El ruego del timbre vuelve templo distópico a su oído que niega las cicatrices. Pero ellas están, se dice, mientras los pasos en el umbral de entrada saben a ocaso.

Quedarse en el asombro. Con el aire rumiando juegos de inercia cruel en sus pulmones cree soñar, mientras el timbre es una plegaria de confesión sin penitencia. 

Si el picaporte quisiera hablarle, podría argumentar que ese perfume que ahora lo acaricia debe estar necesariamente asociado a aquel feliz cumpleaños. Pero si él supiera contestarle, podría explicarle que sólo lo vivo atraviesa años. ¿Quién más?