jueves, 26 de agosto de 2021

Lo que había pasado


No hubo necesidad de usar dos días del almacén siempre escaso del tiempo para contener su nacimiento y su muerte. Con cinco horas y veinte minutos bastó. El almanaque no necesitó dar vuelta ninguna hoja. Sólo las agujas del reloj lo siguieron más o menos de cerca, contando desganadamente un transcurrir que les sabía inútil, aunque no dijeran nada por oficio y por piedad.
Quizá lo único cercano al amor que pudo entrever en su vida fueron las manos del veterinario que lo puso en ese cajón de madera que acondicionaron con paja. Y lo más cercano a una separación amorosa fue la mirada que el mismo le dejó antes de cerrar su maletín e irse del galpón.
No entendía el lenguaje hablado, algo obvio para un ser de apenas minutos de vida, pero alguno de sus sentidos, de comportamientos y resultados imprevistos debido a sus malformaciones, podía hacerle entender el significado de las vibraciones que sentía a su alrededor. Voces que duraron poco porque en seguida trataron de alejarse del lugar y dejarlo solo. Llegó a entender que “esto pasa a veces en el campo”, que “la gente es muy bestia, peor que los animales”, que “¿no lo van a sacrificar?, que “a mi me parecía que esa chancha no estaba normal”, que “es una aberración y habría que llamar al Padre Boris”, que “¿cómo pueden hacer esas cosas con un animal, no saben que puede pasar esto?”, que “el veterinario dijo que no puede tener sobrevida por los órganos”, que “déjenlo, pobrecito, que se vaya en paz”, que “a algunos paisanos habría que castrarlos, pedazo de bárbaros, no saben lo que hacen”. Y entendió también que nadie le hablaba a él. Casi nadie hablaba de él. Y casi todos sólo hablaban de “lo que había pasado”.
Él era “lo que había pasado”. Fue lo más cercano a un nombre que tuvo en sus horas de vida.
Si hubiera tenido algo similar a un ojo dentro de sus malformaciones, o sentido de la vista llegando desde algún lado, sólo hubiera conocido caras espantadas. Algunas rozando el asco y otras más inclinadas a la lástima. Hubiera pensado que esas eran las caras normales de las personas. Y si hubiera tenido un espejo a mano, hubiera entendido que él no era una persona. Tampoco un cerdo, si hubiera mirado a los que había alrededor. “Lo que había pasado” era algo intermedio que sencillamente no podía existir. Quizá, lo más parecido a alguna conjetura que llegó a concebir frente a su situación fue que probablemente había equivocado el lugar para nacer. Como si un salmón naciera en el nido de un águila. Eso, al mismo tiempo que lo ponía triste, le daba la alegría de pensar que en algún lugar existían muchos cómo él, que en algún lugar su cara era normal y su cuerpo era lo corriente y hasta deseado; y en algún lugar, que no era éste, sus órganos funcionaban con normalidad para una vida larga y no le provocaban estos dolores de desgarro que lo iban llevando de a poco a una inconsciencia de neblina.
Para cuando finalmente quedó solo en el galpón y ya no hubo voces ni movimientos, entendió que este último pensamiento era lo único que tenía en su existencia para aferrarse. Lo único que tenía sentido era encontrar su lugar, ese sitio en donde estuvieran sus pares y en donde podría sentir ese lujo de mirar y ser mirado. Y hasta quizá tener un nombre. Pero todo se le presentaba extremadamente difícil… tan difícil moverse, respirar, estirar un miembro era ver una lluvia de agujas torturándolo, ¿darse vuelta para erguirse?, imposible, ¿pensar en caminar y buscar ese lugar?… ¿Cómo? Necesitaría toda una vida para eso. Toda una vida, se dijo.
Y ahí entendió la respuesta final. Otra vida.
Y pudo alcanzar la paz.

martes, 24 de agosto de 2021

Tener nombre


¿Cómo se llamaba? No sé. Recuerdo el apellido, pero el nombre… Bueno, el apellido creo que tampoco. ¿O era…? No, era él, sí, pero el apellido se me escapa. Empezaba con ele, me parece. Pero la fisonomía sí la recuerdo. Clarito. Un poquito más alto que yo, tirando a gordito, de esos chicos a los que les solían decir morrudos. ¿Y a qué viene esto? Buscando, claro, buscando el origen. Así como siempre me la paso buscando el origen de tantas cosas. El porqué. Esto es un origen también, porque toda herida tiene un origen. ¿Y estoy seguro de eso? De lo que estoy seguro es de que la pregunta es estúpida, es retórica, es para intentar convencerme de que no se trata de una obsesión lo mío. Pero y entonces ¿qué es? No querés llamarlo obsesión pero… ¿vos viste lo que hiciste?, ¿lo que vas a hacer? No importa. Está bien. Lo voy a hacer y sé que después de eso me voy a sentir muy bien vaya a donde vaya. Pero el nombre, ¿hace falta? No sé, claro, no lo sé, pero me parece que encontrar el nombre es comprobar que mi cabeza funciona. Y si mi cabeza funciona no puede estar tan mal lo que voy a hacer. Sí, pero… que funcione no significa que funcione bien. ¿Y él?, ¿él funcionaba bien? Si, claro que funcionaba bien. A los tipos como él, bueno, un chico en ese entonces, las cosas le funcionan bien porque entienden que el mundo se trata de ponerse del lado de quien se aprovecha y no del lado del aprovechado. Claro que, igual, no sé cómo le fue en su vida, no sé si fue un tipo de éxito o un pobre desgraciado. Y ahora ya no da para preguntarle, jajaja… no, claro. Pero tiendo a pensar que fue un medio pelo, como se dice, con algún que otro logro y una vida de mierda como todas, sólo que mirada desde esa altura de soberbia que tienen los que le joden la vida a los demás. Porque me jodía y cómo. No llegábamos a los doce años y eso que él hacía en esa época no tenía nombre. Ahora se llama bullying y salís por la televisión y te entrevistan y los famosos se solidarizan y hasta cuentan que a ellos también les pasó. Pero antes llorabas en tu casa solo y encima te decían que eras un estúpido por no saber defenderte. ¿Y lo que voy a hacer ahora es defenderme? ¿Vale la pena defenderse tantos años después? Lo peor era que siempre venía por la espalda, no lo veía, y si lo hubiese visto daba lo mismo, claro, porque era más grande, más fuerte y más hijo de puta, y a esa edad eso se llama jerarquía. Después, cuando sos adulto, la jerarquía tiene organigramas y cartelitos y los golpes son de otro tipo, pero te dejan respirar un poco más, claro. No, de chicos son sopapos, son golpes en los brazos que después te dejan un moretón que funciona, mientras dura, como el certificado de lo estúpido que sos. Son empujones y son cachetazos porque sí. Y lo peor de todo, las carcajadas de alrededor, porque nadie ve maldad en eso, son jodas, es todo joda, es todo diversión, son chicos, te dicen, se dicen, los chicos son así. Es la diversión del que agrede, del que autoritariamente decreta que la diversión es hacerte sufrir y que no tenés que sufrir porque si él se divierte, si todos se ríen… ¿cómo vas a sufrir vos?, ¿no ves que sos un boludo, si es una joda? Y no hay caso con mi memoria, ché, lo miro y lo miro y no me llega el nombre. Debe ser alguna de esas trabas que pone la memoria, esas cosas negadas que tenemos, ¿no? Igual, no vale mucho la pena el esfuerzo porque ya no me escucha, claro, así como está, por más que lo llamara por el nombre o el apellido, da lo mismo. De última, pienso, la comida es así, ¿no?, cuando comprás una tira de asado no te preguntás por el nombre de la vaca, claro. No tiene sentido detenerse en eso. Ahora me viene a la mente el llamado de mi mamá, hoy por la tarde, “¿qué vas a cenar hoy?, ¿tenés algo, nene, o querés que te lleve?”, jajaja… “no, mamá, tranquila, hoy tengo algo pasado para cenar”, “uy”, me dijo, “si está pasado fijate que no te haga mal”, “nooo, tranquila, al contrario, no sabés lo bien que me va a caer”… Hay que remover un poco el fuego. Creo que algunos pedazos ya están.

lunes, 23 de agosto de 2021

Los pétalos de una flor extinguida


La sensación fue la de cruzar un lomo de burro, es decir, lo contrario a un bache o un pozo. La rueda derecha agitándose y el auto corcoveando levemente para luego frenar de golpe. Había visto por el costado derecho del parabrisas algo. Luego el golpe seco y sordo contra la chapa. Y finalmente la sensación de pisar algo que intentaba no ser tan blando.
Con el auto detenido casi contra el cordón, sintió la náusea violenta en el estómago y el mareo. Su mente le repetía que no había pasado nada, que no había pasado nada, que no había pasado nada, pero el grito de la mujer que corría por la vereda hacia su auto le quebró el espejismo.
Se bajó en una especie de nube en donde sus oídos escuchaban una mezcla de sonidos, voces, gritos y su mente, constante, intentando convencerlo de lo que la calle ya no podía ocultar. Dio la vuelta por delante de la trompa de su auto. Vio el golpe en la chapa. No quería mirar el piso. Respiró hondo varias veces antes de mirar y lo primero que vio de Malena fue eso que ella casi nunca exhibía, es decir su sangre.

La mujer llegó corriendo sin pensar nada. Se sabía útil y preparada para estas situaciones, por lo tanto llegó rápido hasta el cuerpo. Recostada sobre el asfalto en una forma anatómicamente inconcebible, como suele suceder cuando algo se rompe con la violencia del azar que no se espera, Malena debía estar muerta a juzgar por el golpe y por el hecho de que el auto haya pasado por encima de su cabeza. Sin embargo, al acercarse a su cara, la mujer notó que respiraba con un ronquido fino, una especie de silbido que anunciaba que muchas cosas ya no estaban donde debían estar dentro de su cuerpo. Miró el tórax, el pecho, las marcas del neumático, la forma alarmante del cráneo con un traumatismo obvio y fractura, la hemorragia que se expandía por el suelo. A su espalda, escuchó que alguien llamaba con voz nerviosa a una ambulancia por teléfono. Otro, se empeñaba con el 911 aportando datos y circunstancias. Y algunas sombras a su alrededor le indicaban que la gente iba enterándose de Malena.

Con las diligencias de rigor en manos de otras personas, la mujer se concentró en esa respiración débil. Se quedó algunos segundos mirando su cara la cual, salvo algo de sangre y algunos raspones en la frente, no había sufrido el desastre generalizado del resto del cuerpo. Luego miró al hombre que manejaba el auto, sentado en el cordón de la vereda a varios metros, con la cabeza tomada entre las manos y en evidente estado de shock. Y entonces la escuchó.
—Por favor…
Toda la compostura que la mujer había mantenido en la emergencia se conmovió. Esperaba cualquier cosa menos que Malena le hable. Que pudiera hablar, en realidad.
—Por favor… —y una mano roja se movió despacio hasta el pecho de la mujer, pidiendo.
—Sí, decime, ¿qué querés que haga?… ¿querés que llame a alguien? —la mujer midió sus palabras para ser precisa y útil, y no saturarla con preguntas que no llegaría a responder.
—No… el sobre… quiero el sobre —ahora la mano se movía como si acompasara una sinfonía que se derramaba sin sonidos—, la mochila… el sobre en la mochila.
La mujer notó que por alguna de esas raras cosas que tienen los procesos físicos cercanos a los límites, Malena se estaba animando y la voz se afirmaba para poder hablar. Miró entonces alrededor y a unos metros sobre la vereda ubicó la mochila. La trajo hasta donde estaba Malena y la abrió, tratando de ubicar el sobre.
—Rojo… es rojo y está cerrado —la guio Malena escuchando los movimientos con los ojos cerrados.
Cuando la mujer lo tuvo en su mano sintió que carecía de peso, como si estuviera vacío, pero al mismo tiempo estaba hinchado, como si contuviera algo que le daba volumen.
—Abrilo, por favor… no me queda mucho tiempo… abrilo… lo necesito ahora.
La mujer miró el sobre rojo con algo de aprensión. Le daba miedo manipular o abrir algo que se evidenciaba tan importante.
—Abrilo… despacio…
—¿Te puedo preguntar qué hay adentro? ¿Qué necesitás que haga?
Malena respiró hondo y dejó exhalar un ronquido, como si quisiera juntar todas las fuerzas que le quedaban para decir lo más importante.
—Abrilo… Hace años que colecciono alas de mariposa… Todas están en ese sobre. El sobre rojo… cerrado. Hace años… Siempre esperé este momento... y tenía miedo de que no pudiera… Ahora puedo, vos podés… por favor. Abrí el sobre y cubrime con las alas de mariposa… todas… Ellas hacen que el espíritu se eleve… quiero… quiero irme con ellas.
La mujer abrió el sobre con mucho cuidado y fue poniendo el contenido, etéreo, volátil, de la mejor manera que pudo sobre Malena. Fue cubriendo el pecho, el cuello, parte de los hombros, algo de su cara… Se dio cuenta de que, increíblemente, estaba actuando como si realmente las alas de mariposa de ese sobre fueran a elevar el espíritu de Malena y a llevarlo, como si necesitara disponerlas de una determinada manera. Como si lo supiera.
—Gracias —lloraba ahora, Malena— ¿Sabés?… tenés que saber algo… antes de que me vaya, ¿sabés?…
La mujer acercó el oído a la boca de Malena porque la voz se le iba y la animó.
—Decime, querida, te escucho. Ya estás cubierta con todas tus alas de mariposa.
Malena sonrió, mostrando apenas sus dientes manchados de sangre.
—¿Sabés?… acordate, acordate siempre… la belleza salva.
Luego estiró los labios en una sonrisa de otro tiempo y lugar. Y murió.

La mujer se quedó unos segundos mirando las alas de mariposa como los pétalos de una flor extinguida. Temblaban un poco con el aire de la calle. Y, al unísono, como si un director marcara el compás final, una brisa leve las voló a todas del cuerpo de Malena.
Unos instantes después, el primer médico que descendía de la ambulancia se le acercó, poniéndole una mano en el hombro y le preguntó:
—¿Está muerta?
La mujer, sin mirarlo y sin pensarlo, le contestó como algo automático.
—No. Está bella.

viernes, 20 de agosto de 2021

Y otro color tienen sus ojos


La cantera parece un animal dormido, de piel áspera, de contornos limados por el tiempo. El aire que respira es la excusa microscópica del polvo para colonizarle la voluntad y convencerlo de permanecer sentado.

—Sé que a veces me duelen los pulmones, o el pecho, y sé que es la cantera preguntándose cuánto falta para tenerme entre sus brazos.

El sol está desarmado en pedazos de nubes bajas que lo distraen. La cantera no admite nada que no sea gris. Se mira la piel de los brazos y está seguro de que se ha vuelto cenicienta. O peor. Quizá son sus ojos los que ya no admiten otro color que no sea el gris.

—Van ocho días… ¿nueve?, no, no, ocho o…

Él lo mira. Gris. El pelo es una ladera de piedra más. Sólo el viento implacable, presente, constante y a veces rabioso, mueve las cosas que pueden moverse y dan un esquivo signo de vida.

—¿Tiene alguna importancia? ¿Y si fueran ocho años, qué cambiaría?
—Estaríamos muertos.
—Y ahora… ¿estamos vivos?

Él se para. Le duele la espalda y la cadera en una puntada que semeja una aguja que inyecta recuerdos de cuando todo alrededor tenía otro nombre. Y otro color.
Da unos pasos. Mover el cuerpo entre las corrientes de viento de la cantera es como admitirse una vela navegando. Y otro color tiene el agua.

—Ahora esperamos.

Él, mientras lo mira caminar con pasos lentos y doloridos, se da cuenta de que ha olvidado sobre qué está sentado. ¿Una piedra? ¿Una madera? ¿Una silla? ¿Una excusa que agota el aire? Esa espera que se dibuja en el vacío, cuando la palabra flota en el polvo, arranca una envidia muda de ellos dos que la perciben. Ella puede deshilacharse en lenguas de aire amable y abandonar el lugar cruzando el horizonte ese que ninguno de ellos puede alcanzar.

—A veces, carecer de encierro es la peor de las cárceles.

Se arrodilla sobre el polvo como si la cantera entendiese de rezos que nadie le brinda. Él recuerda que a veces, en situaciones de este tipo, se suele ejecutar algún tipo de consuelo, o palabra de estímulo. Y otro color tienen sus ojos.

Pero la noche coloca a la cantera en el útero tapizado de estrellas, y los cuerpos funden pieles con el gris, que ahora es negro y silencio.
Acostados contra una piedra de formas redondeadas, la sensación de contacto humano es similar a mirar álbumes de fotos familiares. Y hablarles a los antepasados. Y otro sepia tienen sus gargantas.

El viento, que no calla en ningún momento del día, logra el ridículo efecto de que sientan el beso continuo del polvo en los labios, como si la cantera buscara intimidad con la excusa de la noche.

—Mañana es el último día.

Él, aún callado e inmóvil contra la piedra, entiende que no debió de decirse eso. Entiende que, quizás, el aburrimiento es en verdad el verdadero demonio que aguarda paciente en el error dormido para terminar con todo. Y otro color es su mirada.

—Mañana no va a llegar nunca más. Siento decírtelo, pero la cantera ha plegado el tiempo y ha guardado el mañana bajo la última de las laderas grises. Nada volverá a transcurrir.

Él, que había comenzado a llorar como la reencarnación de un río ya muerto, entendió que, si le robaban el mañana, al menos necesitaba saber el último de los detalles importantes.

—¿Qué llegará primero, su voz, su luz o su final?

Él, aún inmóvil contra la piedra, tosió al sentir el irónico beso del polvo arrastrado por el viento en su garganta. Había dormido. O no. Estaba soñando. Pero despertaba para mirar al otro a su lado. Dormido. O no. Despierto y soñando que tosía para despertarse. Tosió otra vez y en ese instante ella le tocó el hombro.

¿Lo podré ir a visitar, no?


Sobrepeso, le había dicho el médico, no llega a ser obesidad, pero hay que cuidarse. Alberto salió del consultorio con la palabra “cuidarse” entre las manos, mirándola con atención. Luego la guardó en un bolsillo para llevársela a su casa y tenerla presente. Ya en la calle, al sacar la billetera se le cayó en la vereda y, como ningún cuidado hace ruido, no se dio cuenta. Al llegar a su casa estaba de buen ánimo, sonriente. De camino había comprado pastas para la cena. Y vino.

“Hay que vivir la vida”, le dijo a su amigo guiñándole un ojo, mientras pinchaba con el tenedor la tercera porción de tira de asado. Su amigo lo miró indiferente, pero atinó a decirle que “cuidate un poco, mirá que los años no vienen solos”. Alberto, por toda respuesta, le pidió que le alcance el vino, ya que su estómago imponía una distancia entre él y la mesa que sus brazos no lograban alcanzar. Ese mismo día, por la noche, sacó al patio la silla esa de caño que se había desoldado en una de sus patas. Cada vez hacen peor las cosas, murmuró antes de acostarse.

“Señora, el compromiso de salud en su marido es severo, no puedo hacerle pronósticos, por supuesto, pero tiene que entender que hay límites. Ya no hablamos de riesgos, hablamos de que, pasado cierto punto, el físico no puede contener una expansión ilimitada.” Y, mientras ella miraba a Alberto ocupando cuatro camillas reforzadas, el médico ejemplificó: “¿Se puede inflar un globo durante una hora?, no, ¿verdad?, terminará reventando en algún momento. Bueno, piénselo así, por favor, y ayúdelo a cambiar de hábitos”. Esa tarde a la ambulancia se le rompió el amortiguador trasero izquierdo y tuvieron que utilizar un autoelevador y un transporte de materiales de construcción que pasó cerca y se ofreció a ayudar.

—Yo entiendo lo extraño del pedido, señor, pero créame que lo necesitamos.
—Mire, señora… es verdad que el Deportivo Norte ya no juega al fútbol y la cancha no se usa, pero que se la alquile para… para…
—Por el dinero no hay problema. Por suerte tenemos una buena posición económica.
—Sí, la entiendo, pero ¿alquilarle la cancha de fútbol para poder ubicar a su marido? ¿Yo entiendo bien o es una forma de decir?
La esposa de Alberto miró al piso revolviendo algo de ese pasto raleado de la cancha descuidada con el pie. Y volvió a mirar al hombre con los ojos húmedos.
—Entiende bien. Alberto ya no entra en otro lugar. Ah, y otra cosa… si no consigo hacer el traslado por vía aérea, porque me están negando los aviones de carga, vamos a tener que demoler una de las tribunas para poder entrarlo. Pero tranquilo, nosotros corremos con los gastos.

Jeffrey Zöieg, hijo de un famoso escritor de obituarios, devenido en el empresario más importante a nivel mundial en el área tecnológica e innovativa, miró alternativamente a la esposa de Alberto y a la carpeta que tenía frente a sí, en su escritorio.
—No le voy a mentir, señora, todo esto implica un riesgo para la salud de su marido. Estamos hablando de seccionarlo en pedazos para poder trasladarlo y, al mismo tiempo emplear un sistema de mantenimiento vital que accione por wifi la coordinación para que el corazón mantenga a cada parte separada con vida y en vuelo a unos cientos de metros de distancia, en cada nave. Entiéndame… esto no se ha hecho nunca.
—Mire, señor, yo le agradezco su voluntad, créame que todo lo que sea para el bien de mi marido es bienvenido. Yo lo único que le quisiera preguntar es… bueno, digamos, ¿luego lo van a volver a ensamblar, no?

La esposa de Alberto lloraba apretándose la nariz con un minúsculo pañuelito blanco retorcido. Frente a ella, el coronel Smith mantenía la serenidad, pero con un dejo de cansancio por el tema. Diría lo mismo una vez más, intentando convencerla al fin.
—Señora, tenemos que dejar de lado la parte sentimental, que entiendo. Es algo definitivo, Alberto ya no puede habitar el planeta. Sus dimensiones acaban de superar, según las últimas mediciones por satélite, la superficie de Canadá. Cada vez que orina cambia la altura de los océanos y este miércoles se reportó la desaparición de Singapur. Su último estornudo marcó un inédito 25.3 en la escala de Richter y todavía no pudimos bajar a la ballena que encalló en la Estatua de la Libertad. Y así podría seguir…
La señora interrumpió sus sollozos y miró al coronel con la mirada perdida. —Y dígame una cosa, nada más, y con esto me quedo tranquila. Cuando lo pongan en órbita, ¿lo podré ir a visitar, no?


miércoles, 18 de agosto de 2021

Emile Adam Zöieg

Q.E.P.D. 03/10/1929 – 29/02/2021

Nota: sabíamos que esto iba a pasar algún día. En toda la existencia de nuestro querido pueblo de Los Guanacos sólo hubo un redactor de obituarios. Por desidia, desinterés, o quizá celo profesional, jamás se le ocurrió formar a otra persona para esa tarea. Siempre fue el único. Y, tal como suele ocurrir en la vida, ahora ha muerto. Así es como nos encontramos frente a la insoluble circunstancia de redactar el obituario del óbito del único redactor de obituarios del lugar. Siendo que nadie en el pueblo es avezado en estas artes de la escritura protocolar, no tuvimos más salida que encargar el obituario de Emile a nuestro vecino Anselmo Apóstrofe, más conocido como “El Sátiro del Circunloquio” por dedicarse pura y exclusivamente a la poesía, o a lo que él cree que es la poesía. Pidiendo disculpas por anticipado a la memoria de Emile y a sus dolientes deudos, dejamos en este espacio el obituario confeccionado no sin antes aclarar que le rogamos encarecidamente y por todos los medios a Anselmo que trate de apegarse a los datos concretos del difunto, dejando un poco de lado su tan estimado vuelo poético. No hubo caso.


Emile, ¡oh, Emile! ¿Qué abyecta falta tan astrosa habrá acaecido en el obtuso Cielo para que Dios mismo mandase a evocar tu nombre?

A la tierna y luminosa edad de los noventa y un espabilados octubres, pues nos dejas. ¿Sólo a nosotros?, ¡pero no, qué va!, dejas a un pueblo todo flambeado en el dolor de la carne viva que es esparcida con cada gota de cada uno de tus magnos recuerdos. Lágrimas por toda lluvia. Llagas por todo sol. Dolor imborrable por toda memoria.

Aquel que en vida documentara, sin sosiego ni holganza alguna, todos los tristes óbitos que en nuestra amada comunidad sucedieran, hoy nos deja y en nuestros corazones sentimos que una afantasmada página en blanco se abre para siempre. Para nunca más cerrarse.

La vida de Emile ha desatado la fuerza inconmensurable de una oración perpetua que lo retrató todo, que lo documentó todo, que llevó cada nombre de cada difunto al paroxismo de la exquisitez literaria, puesto que sus obituarios conforman ya un género literario en sí mismo, el cual será objeto de estudio en un futuro no muy lejano; oración, decíamos, a la que esta aciaga interrupción vital, que algún advenedizo se aventurará a llamar “muerte” con todo descaro, no pone de ninguna manera un “punto final”, sino más bien una coma de pausa merecida y de angelical entonación por tu ya sacro nombre, oh, Emile.

Miro alrededor y el sol de este atardecer, teñido también de un astronómico ocre triste, ilumina cada mota de polvo de cada camino señero de Los Guanacos, convirtiéndola en una absorta multitud que ha perdido el habla ante tu trágica e imprevista partida. ¡Porque hasta el polvo de los caminos has podido retratar con tu iluminada verba magnífica! De más está decir, bienamado Emile, que tu muerte, ¡que no es muerte sino resurrección obnubilada de la luz y las letras todas!, que tu muerte, decía, y el pesaroso detenimiento de tu mágica pluma, cancela para siempre el impiadoso trabajo de la siempre obcecada parca. Sí, como lo han oído, como suena y como se siente en el centro mismo de nuestras dolidas almas: no habrá más defunciones en Los Guanacos, nadie más morirá porque éste habrá de ser el último de los obituarios que jamás escribiste, ¡oh, Emile! Si no está tu pluma, no estarán los muertos. ¡Si no están tus obituarios, no estarán los óbitos! De ahora en más, nuestro pueblo será El Pueblo de la Vida Eterna, y tú, adorado Emile, el Dios Padre Creador de ese paraíso prometido a lo largo de la historia toda. Y lo declaro, y va en ello mi honra y mi dignidad: ¡que nadie se atreva a tener el mal gusto de morirse sólo para deshonrar la memoria de nuestro recordado por siempre, bienamado como pocos y estimado por la eternidad, Emile Adam Zöieg.

martes, 17 de agosto de 2021

Veintisiete alforjas celestes


Ellos lucían los bordes de su precipicio como si se pudiera sazonar con luz el canto esmerilado de las voces pasadas. Y arropaban con hiperventilaciones de abismo seco a cada noche estrellada que solían servirse en cada cena.

Vos, sentada a escasos tres jirones de nostalgia de tu último banco de plaza moteado de excusas de lluvia, diluías cada sol de cada atardecer en una olla gangrenada de desfiles y pactos familiares revolviendo, con la importancia simple de una órbita espesa de ruegos, el ardor bronceado de un portarretrato cuajado de sonrisas (dientes blancos en formación de sadismo prolijo).

Ellos caminaban sin que la marea pudiese preguntarles nada, ladera arriba de sus gritos sofocados y con las especias repartidas en veintisiete alforjas celestes que formaban la palabra “limbo” si se las miraba desde el abismo correcto. Cada arista del vacío era cobijada con cuentos para dormir, en donde el vuelo de Ícaro triunfaba y en donde el sol era puesto de rodillas para consuelo del abismo. Mientras tanto, el rumor ocre de cada ola rompiendo en la tristeza de cada uno de sus pasos jugaba un dominó de sonidos con apuestas de espuma y algas como monedas de cambio.

Nosotros sacamos de las cuevas los espejos y los enfrentamos a todos con todos, logrando un infinito de bolsillo que lograra mantener caliente el café de la mañana. Pero, en la tercera cucharada de azúcar revuelta, el vigésimo séptimo espejo se quebró en llanto al recordar que su amor imposible supo ser una esbelta caña de azúcar. Los inequívocos siete años de mala suerte posteriores nos permitieron contar una a una todas las rocas ya sazonadas, y deletrear el derruido soneto contaminado de anáforas que formaban las veintisiete alforjas celestes.

Vos trozaste los cuartos traseros de la casa familiar y pusiste a gratinar un jardín entero de olvido que estaba estacionado en el parquímetro más recordado del freezer. Sonreías. Creías haber sincronizado cada uno de tus parpadeos con ese flamear de los caños de gas, y el crepitar del horno con la presión de los milimétricos insultos de tu madre ya desgajada. Supiste desencantar la rima de nuestros sonetos mientras el último jirón de la más celeste nostalgia simulaba desmayarse sobre el último banco de plaza. (¿Recordarás a tiempo que el precipicio empieza apenas tres horas después de que la plaza se duerme? ¿Entenderás a tiempo que el último verso del soneto compuesto por la alforja veintisiete nombra tu nombre nombrando la rima que te divorció de la lluvia?).

Yo te he llamado por teléfono y por desdicha, hasta que todas las antenas hirvieron de ansiedad. He visto el humo azabache de un horno cabalgando en el paroxismo de la cocción con caños de gas ondeando en la brisa (¿banderas de brasas en revolución de ceniza?). He visto al jardín entero enamorar al precipicio con los mismos cantos esmerilados de voces pasadas de sazón. Pero la luz huía, ultravioleta y ultrasensible al juego de dominó que ellos enredaban entre espumas y algas. Pero la luz huía, ultramar de tristeza que delineaba cada alforja inequívoca en cada especia de cada exquisito limbo.

Ellos aguardaron a que el viento del mar callara su monólogo de flamear cabellos y embriagar copas de pinos, y se sentaron a cenar. La primera porción de noche estrellada fue trozada y servida, usando el portarretrato de los dientes blancos como plato. El sol, un humilde salero que pasaba de mano en mano, llevaba en su corona la marca de los dientes de Ícaro.

Dentro de las cuevas, los espejos callan.
Y el teléfono sigue sonando.

lunes, 16 de agosto de 2021

Alan jamás hubiera hecho eso


—¿Quién es Alan?, le pregunté cuando al fin pude recuperar el aliento.
—No sé… quiero decir, se fue antes de que nadie pudiera entender qué era.

Quizás hubo otros síntomas antes, pero la primera vez que sentí la necesidad de pensar en la casa fue cuando quise colgar en la pared la foto que me acompaña desde hace algunos años. La que me recuerda que supe lo que era ser feliz, pero tarde. Imposible clavar el clavo. Primero pensé en mi torpeza con las herramientas, luego en un cemento muy duro y finalmente en algo que no llegaba a comprender. Reconozco que me empeciné, busqué un taladro de uso casi industrial y actué como si esa perforación fuera a devolverme algo perdido. Jamás pude pasar de remover apenas algo de pintura y material superficial.

—Imagino que de alguna manera habría un trato de vecinos, de ser de la zona, no sé… algo.
—Claro, por supuesto. Entiéndame, no digo que no lo conociera, digo casi todo lo contrario, o sea, que conociéndolo nunca pude saber qué era.
—Pero dice “qué” como si fuera un objeto…
—Bueno, sí... Esa era la sensación con Alan. Era muy difícil percibirlo como una persona.

Ese día guardé la foto en mi caja azul, junto a papeles y documentos. Algo, quizás una paranoia no reconocida, me insinuó que era mejor aislar a esa foto de esa casa. O simplemente fue guardar el objeto sin más, y estas conclusiones las saco ahora que ya conozco el resto de la historia.
Pero hubo más, como el dichoso tema de los colores de la pintura, por ejemplo. Aún recuerdo cuando el pintor me llamó preguntando de qué estaban hechas las paredes, porque no lograba que la pintura se fije hasta que, por probar, pintó de amarillo un rectángulo y ese quedó perfecto. ¿Amarillo?, le pregunté absorto del otro lado del teléfono. No admiten otro color, me dijo con tono cansado, mire, no sé de qué se trata pero tengo que terminar mi trabajo, así que se las dejo en este tono.

—Sí, claro, todos sabíamos a qué se dedicaba. Tenía plantación de girasoles. Pero eso era nada más que lo formal porque Alan se dedicaba a estudiar a esa planta. No sé, no lo traté tanto como para afirmarlo, pero podría decirle que tenía una verdadera obsesión con los girasoles.
—Hablaría todo el día de ellos, me imagino…
—Al contrario. En eso se notaba su problema. Cuando se le tocaba el tema se volvía esquivo, incómodo, desviaba la conversación… como si sintiera que estaba siendo forzado a revelar algo prohibido.

Finalmente el punto de inflexión fue esa noche en la que quise cenar y pasar un rato agradable con Sonia, a quien había conocido en la oficina de correos del pueblo, apenas un par de días antes. Sinceramente en ese momento no pensaba en la casa como luego estuve obligado a pensar. Sólo había una acumulación de extrañezas que, dentro de mi cabeza, se ubicaban en el estante de “cosas raras de la vida” y nada más. Sin embargo la idea resurgió con fuerza cuando, entre café y charlas, notamos que faltaba el aire. Primero intercambiamos miradas, como preguntando si “¿vos también los sentís?”, y sí, a ambos nos costaba respirar al punto de tener que salir a la vereda casi gateando y recuperarnos muy lentamente. Sonia, evidentemente más intuitiva que yo, se quedó un rato sentada en la vereda mirando la casa y recuperando el aliento. Al fin me dijo: “—Disculpame, pero yo no vuelvo a entrar ahí. Nos veremos en otro lado”.
—Lo entiendo —le dije haciendo una pausa larga porque necesitaba cambiar el clima— ¿Y usted?, me pregunto… ¿no?, ¿no se siente forzado a revelar nada?
—Disculpe, no le entiendo.
—Quiero decir, quizá mi insistencia en preguntar por este Alan, por conocerlo, por saber en definitiva quién construyó, y cómo, la casa que compré y habito, por entender estas circunstancias extrañas que suceden en ella, o sea… el conjunto de todo esto puede que lo lleven a necesitar contar algo que de otra manera callaría.
El hombre me miró como si fuera un ser lejano y mis preguntas llegaran desde otro tiempo. Metió sus manos en los bolsillos en un gesto de frío espiritual, miró la casa y miró el cielo. Y luego contestó.

Por mi parte debo reconocer que un insensato sentimiento de odio fue creciendo en mi hacia la casa. Y tan insensato lo sentía como mutuo entre ella y yo. Cada hecho inexplicable de éstos que conté, y que podría seguir enumerando largamente, mostraban una sola cosa: la casa no me quería allí. Era tonto, tan tonto que ni siquiera se lo podía contar a nadie sin que me creyese loco.
Hasta que ocurrió lo del sueño, otro punto de inflexión que finalmente me llevó a ese nombre y a la búsqueda de su historia. Fue luego de esa tarde en la que, bastante nervioso y ya bastante perturbado por toda esta historia, tomé la decisión casi vengativa de podar todas las plantas que había en el pequeño terreno que la casa tenía al costado, hacia donde daban los ventanales. Extrañamente nada raro sucedió y pude dejar el terreno limpio. Y sí, obviamente las plantas que había allí eran girasoles. Por la noche me fui a dormir y hasta sentí cierta paz, como si la paranoia fuera cediendo terreno al haber podido hacer algo con normalidad dentro de esa casa.
Duró poco. A mitad de la madrugada desperté en medio de una taquicardia salvaje que me obligó a tomarme el pecho con las manos intentando que el corazón no acabar por romper las costillas y huir. Pero eso no fue lo peor, lo peor fue la frase grabada y repetida en mi pensamiento como si se pudiera tatuar el lado interno del cerebro: “Alan jamás hubiera hecho eso”.

—Ya le dije que conocí a Alan hasta el punto de no entenderlo. Y claro, entiéndame usted, sólo por haber visto con mi propios ojos el accidente que acabó con su vida y que me da la certeza de que realmente murió, puedo contarle lo poco que sé, porque de otra manera me quedaría callado por siempre.
—Entiendo —dije secamente para que prosiga sin distracciones.
—Es todo muy complejo de hilvanar, pero es necesario saber algunas cosas para entender lo que usted quiere. Alguna vez, por sacar algo de charla y caer simpático, y sabiendo el fanatismo de Alan por los girasoles, le comenté que conocía la propiedad del heliotropismo, es decir la capacidad de ciertos vegetales de mover su tallo en dirección del sol. Él me miró con una mezcla de compasión y ansiedad, y me contó que eso que yo sabía era sólo un mínimo enunciado para algo que iba mucho más allá. Luego, se soltó y me comentó que sus estudios iban en esa dirección, que el heliotropismo en los girasoles no era una mera propiedad vegetal sino el desarrollo de una mutación que les estaba dando una especie de embrión de cerebro. Para ir al grano, él creía en que los girasoles estaban mutando de especie vegetal a especie animal, y que estaban desarrollando una especie de cerebro.
—Bien —le respondí— hasta ahí veo todo casi normal. Un estudioso con una teoría científica algo trasnochada. No es el único. Hay miles de “Alan” por ahí enunciando cosas así e incluso más delirantes.
El hombre, aquel vecino de Alan, que me encontró en el último episodio con la casa, cuando nuevamente me dejó sin aire y caí en la vereda al borde de la asfixia, me miró también con una rara compasión y un poco de tristeza.
—Lo otro que necesita saber, quizás, es que Alan jamás construyó una casa aquí.
—No le entiendo…
—Alan sólo plantó girasoles aquí, y luego murió.
—Está bien… ¿y quién construyó la casa?
El hombre volvió a guardar sus manos en los bolsillos y miró al horizonte, ahora como si quisiera esquivar la casa en forma adrede. Y a mi. Y a sus recuerdos.
Y cerró el diálogo con una pregunta.
—¿Usted sigue pensando realmente que eso es una casa?

domingo, 21 de marzo de 2021

Instrucciones para la noche


Dejar correr
el agua
entendiendo la luz
como el secarse del río,
cabeza abajo de 
la oscuridad,
que desfallece 
con un ojo por cada gota.

Ennoblecer 
la estrella
con un hueco beso de savia,
dama profunda de irreal superficie,
que robe filigranas de espacio
y teja siglos,
por siglos,
y ultime cegueras nocturnas
entre nubes invisibles
que cobijan al lago salvaje. 

Y mirar de frente
al pescador inmóvil
que cobija el lago,
que teje la noche,
que ha erguido su caña por siglos
bajo la noble estrella,
mirarlo de frente
y cerrar sus párpados
como quien sopla 
el último
fósforo
del fervor
de Dios.

sábado, 20 de marzo de 2021

Instrucciones para la tormenta


Dejar correr el agua
para luego irla a buscar
y preguntarle si está cansada
y tiene ganas de sentarse
un rato
a esperar estancada
a que las burbujas mueran.

Entorpecer el destino
con un azul hundimiento de aire
desorbitado entre cada uno
de sus dedos
y suponer que lo largo
de sus uñas
esconde el secreto gris
de asesinar el pasado.

Llevar a nadar al cielo
a la nunca abrillantada espuma
de las terrazas más ingenuas
y alejarnos
mientras su último suspiro
narra nuestro nacimiento
siempre
en tercera persona.

Instrucciones para el ocaso


Dejar 
correr el agua
como desandar
el espejismo de la sed
y soltar
la opacidad que da a luz
para ahogar 
toda sombra
en claroscuro derredor.

En vacíos de violentas aristas
verter
la mirada 
desconsolando longevas eras
opuestas
y desesperar, en giros
de brillo abrumado,
hasta recaer en un innato
e improbable parto.

Desestimar, por fin,
el sol que surge 
por debajo
de las manos que saben 
entrelazar un rezo
mientras acarician,
en modo innombrable,
su más ciega fe
en el escepticismo.

lunes, 15 de marzo de 2021

Nunca se detiene


La pregunta de su nieto lo hizo sonreír. Pero fue una sonrisa automática, un gesto de esos que los adultos tienen siempre como preparados para todo lo que venga de un chico. Sin embargo también le hizo pensar un poco en sí mismo, algo que no acostumbraba. 

—Abuelo, ¿vos sos raro? —le había preguntado el chico sentado en el suelo, mientras jugaba.
—No sé... supongo que sí, pero no sé por qué lo decís.
—Y claro, porque... ¿ves?, mirá, ¿te das cuenta?, nunca estás mirando ninguna pantalla. 

Ahora, en la soledad de su casa, recordaba ese diálogo y la razón de su nieto se enredaba con las largas horas que llevaba sentado allí en silencio. ¿Mirar pantallas?, eso significaba dejar de vigilar. 

Normalmente anochecía y solía encontrarse casi a oscuras sin atinar a prender alguna luz. ¿No las necesitaba? Sí, pero quizá tenía otras prioridades. Prender la luz significaba levantarse de su sillón, levantarse significaba hacer un movimiento que podría ser visto. Y la luz... debería haber un buen motivo para sacrificar semejante elemento vital como la oscuridad.

Sin embargo ahora, el claroscuro de un lento atardecer todavía le permitía ver la medalla que fijaba su vista en la pared de la sala. Suspiró con un dejo de satisfacción. Era evidente que había realizado avances importantes gracias a la terapia. Esa medalla ahí, por ejemplo. Un tiempo atrás no se lo hubiese permitido. Medalla, bronce, reflejos, luz, todo eso podía ser visto desde afuera, llamar la atención, delatarlo. El afuera era siempre esa posibilidad dramática del estrépito y la pérdida. El afuera era el otro y el otro era su peor destino. 

Hoy podía darse el tierno lujo de tenerla allí colgada y no sobresaltarse demasiado (debía de admitir, en su interior, que alguna alarma lejana siempre sonaba, circulando por alguna parte olvidada de su cerebro), e incluso pasarse horas con la vista clavada en ella como si fuera una puerta necesaria. 

—Es de bronce, ¿sabe?, no muy grande pero de bronce pulido y le cuelga una cinta mitad roja y mitad azul. Tiene algunas inscripciones y escudos, claro, pero eso no tiene importancia.
—Entiendo —le dijo su analista—, ¿y qué es lo que sí tiene importancia?
Él se removió un poco en su silla, pensando si esta cosa analítica y psicológica realmente merecía que revele tantas cosas. Se sentía bordeando un lago oscuro que contenía todos sus peligros. Y comenzaba a mojarse. 
—No es la importancia, si no el significado. Tampoco es lo que veo, si no lo que vi. 
Luego se hizo un silencio que el analista supo mantener para conducir a la respuesta. 
—El bronce es el estrépito. Todo produce un estrépito, sólo cambia la magnitud, el volumen, digamos, y la cercanía o no de los muertos. La cinta roja, algo casi obvio, es la sangre que está presente todo el tiempo. El brillo del bronce es también esa superficie pulida por donde se desliza la sangre siempre. Puede ser la piel o el metal, pero se desliza y parece no detenerse nunca. Confieso que la miraba durante largo tiempo y siempre creí entreverle algo sobrenatural. La sangre nunca se detiene cuando está afuera del cuerpo, se desliza continuamente y se va.
—Queda la cinta azul —le apuntó el analista, luego de que se quedara en silencio. 
Él sintió que se desenroscaba una de las cuerdas más viejas de su pecho, como si el último reloj de un anticuario hubiese logrado detenerse. 
—La cinta azul es el mar. Creo que el peor de los tres recuerdos. 
—¿Por qué?
—Llega un momento en el que uno no ve personas, ve bolsas de sangre moviéndose por el campo o por donde sea. Todas son bolsas de sangre. Y luego el estrépito y luego la sangre que se desliza. Estrépito, una bolsa menos, sangre que se desliza. Y así todo el tiempo. Es más fácil entenderlo así, es más práctico, más lógico. Pero lo trágico era el mar ahí cerca. Estábamos todo el tiempo a orillas del mar, bordeando acantilados o descendiendo a veces en las playas, pero el azul era constante, como el miedo y el estrépito...
—Entiendo. Pero, ¿por qué es el peor recuerdo?
—Porque yo amo el mar, ¿sabe? Nunca fui marino ni nada por el estilo, pero me fascina y siempre necesito que esté cerca. Saber que está el mar es confirmar que la vida va a seguir. Entonces cuando la sangre se desliza acaba en el mar. En realidad no lo sé, no lo sabía, pero se me fue metiendo ese miedo tan profundo que me vaciaba el pecho de aire. Cada estrépito, cada bolsa de sangre y cada deslizarse inevitable era para mi un asesinar al mar, porque la sangre tendría que caer allí y contaminarlo, teñirlo de rojo, pervertirlo... Nunca podríamos volver a casa navegando en un mar de sangre, ¿se entiende? El agua de mar se evapora, pero la sangre se coagula, ¿cómo se navega a través de coágulos? De alguna manera los muertos terminarían por cerrar el paso de regreso a los que quedaran vivos. 

Terminó la frase con un suspiro largo, sintiendo cómo sus costillas descendían sobre las piernas y la cuerda finalmente se detenía para siempre. 

—Muy bien, pero que esa medalla esté colgada en su pared significa que usted volvió, que todo eso terminó. 
—No —se apresuró a responder él sintiendo que el peligro nuevamente lo salpicaba.
—¿Por qué?
—Porque la sangre no se detiene nunca. Se desliza continuamente y no se detiene nunca.

domingo, 14 de marzo de 2021

Siguiendo con el ventilador


El último adjetivo que le escuché esa noche fue huracanado. 
Luego de un silencio en el que se entretejía el murmullo improbable del televisor encendido, miré el ventilador girando solo en ese rincón apartado. Muy lejos. Muy inútil. Por más que girara con una prolijidad casi obsecuente, sin fallar una vuelta ni desfallecer jamás de cansancio, el aire no llegaba, el agobio de febrero podía más. Aún me preguntaba para qué servía cuando ella se llevó el tenedor a los labios. Miraba su plato en silencio y comía. Siguiendo con el ventilador, luego entendí que la inutilidad de su entusiasmo por mover el aire tenía mucho que ver con el esperpento anímico que armábamos los dos solos en esa sala. El aire no se movía. El ánimo no giraba. El silencio nunca logra refrescar nada cuando ocurre entre dos. El ácido ruido de su tenedor contra el plato parecía el segundero paranoico de un reloj que nos determinaba. 

—¿A qué?
—A volver sobre nuestros pasos hasta encontrar el frío —le respondí.
—Como si hubieran quedado huellas...

Como quien descubre una infidelidad que roza la grosería, noté que un delgado mechón de pelo se le agitaba apenas sincronizado con el vaivén del ventilador. Ella recibía el viento. O al menos su pelo lo recibía. O parte. Sentí la traición con toda claridad, pero no supe de quién de los dos provenía. 

—No se trata de buscar a tientas algunas señas, algo que casi me resisto a llamar huella, por supuesto. Se trata de crearlas, directamente. 

Luego de eso que dije su tenedor chocó casi imperceptiblemente más fuerte contra el plato, como si eligiera responder con ese tintineo breve y seco. 

—¿Y si llamamos a un dibujante? —dijo ella dudando sobre su plato.
—¿Para?
—Llamamos a un dibujante y le encargamos sendas caricaturas nuestras. Y nos sentamos acá. Para siempre. Nos sentamos acá, delante del viento del ventilador y envejecemos mirando cómo nuestras caricaturas viven por nosotros. Cómo aciertan y equivocan vidas. Cómo se le aja el papel y se les amarillean los colores mientras nosotros preservamos nuestras pieles haciendo silencio. ¿Sabés?, en el silencio nada envejece. 

Ahora giró la cabeza hacia el televisor que seguía murmurando la nada. Entendí que esconder sus lágrimas era su forma de avisarme que estaba llorando. En esa posición, el viento traidor del ventilador le agitaba más de un mechón de pelo. Se me podría decir que era algo casi invisible, que era muy poco probable que alguien que no fuera yo se percatase de eso. Sí. Y yo era otro tanto. Sin percibir el viento no podía asegurar que existiese.

Antes de perder la conciencia por completo, noté que el plato entendía muy bien la corriente de aire del ventilador y se elevaba con una felicidad desconocida para él; también que el televisor lanzaba colores mudos y se multiplicaba en pedazos que no llegarían a ser televisor pero lo intentaban, que las sillas cambiaban de lugar sin preocuparse por caer paradas y por fin, antes del último fundido a negro, entendí que el último sustantivo que le escuché esa noche semejaba mucho al sonido de mi nombre.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Ahora que estamos tan lejos


Qué suerte tener a todos esos aviones despegando de bases aéreas en blanco y negro, en cielos grises, siempre a minutos de la lluvia y envasados en tormentas, con militares de rostros grises que corren y gritan entre los aviones que se arrastran despacio, con la exacta velocidad respirada de la amenaza. 
Qué suerte que despeguen, que vuelen, que puedan volar aún sin colores. Qué suerte que esos pilotos con cascos grises se hablen por radio y disparen sus ametralladoras que van dejando manchas de un blanco tartamudo, manchas que deberían ser balas pero son sólo blanco y negro. 
Qué suerte que los cuerpos de esos soldados grises salten hacia atrás al unísono con las explosiones, y los brazos se agiten y las piernas rueden dejando una desprolijidad de tierra amontonada. Qué suerte esas miradas de caras entretejidas de artificial espanto blanco y negro, que duran un instante, el tiempo justo para separar a una bomba de otra explosión, a un avión de otro cielo. 
Qué suerte poder pensar sólo en los aviones, en que regresen y en que regresen los colores junto a ellos, también volando. Las muertes detrás de la pantalla de televisión tienen la misma miniatura trágica que la sensación que nos queda en la mano luego de abollar un papel y tirarlo a la basura. 
Qué suerte poder tener la mano de regreso y su color. Y el papel que es blanco. Y la basura que es negra. Y todo lo gris, que son todos esos vuelos que ya no nos volverán.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Estructuras de hierro oxidándose


—Yo no veo el cuerpo o la materia, yo sólo veo la sombra —me dijo cuando ya era inevitable entender que iba a llover. Miraba el cielo y todas las nubes hablaban de una mínima cuestión de tiempo. Él, también.

—Pero eso es lo menos importante, o en todo caso es sólo el comienzo, porque las sombras no conocen el tiempo. Puede ser que el objeto que las proyectó ya no esté, haya partido, o incluso esté enterrado, lo que sea, pero la sombra sigue igual. No muere la sombra porque tampoco vive. 

Todo alrededor estaba inmóvil. ¿Cómo entender el paso de algo en ese paraje? Si al menos hubiese estado el sol cayendo, o algo similar. Pero las nubes son estáticas. Y la lluvia es algo que duerme en el futuro. Si se abriera la tierra debajo, podría ver raíces que creen conocer mi pasado. 

—No sé a qué le hablo, porque ninguna sombra contesta. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que sé que escuchan. Lo escuchan todo. Lo entienden todo. Y... —se detuvo como si buscara su respiración—, y yo no sé qué hacen con todo eso. Lo saben todo y resignan cualquier tipo de relieve. Lo saben todo y se despiden de la luz que las parió sin un sólo ademán. 

Me acerqué, sin notarlo, a cuatro esqueletos de hierro un poco despintados. Me quedé mirando. Había algo obvio, algo evidente, pero se me escapaba. Hasta que las primeras gotas comenzaron a ubicarse en los lugares asignados por el tiempo y se fueron formando irregulares círculos oscuros en el hierro. 

—Claro que materia, objeto, cuerpo y todo eso se puede tocar, a diferencia de la sombra. Pero... la materia paga con la muerte el precio de conocer el tacto, y en cambio la sombra vive una eternidad sin el dolor de ningún desgarro. 

El óxido. Los hierros de esa especie de estructura rectangular abandonada se estaban oxidando, y las gotas de lluvia que caían delataban de a poco ese óxido, ennegreciendo ese anaranjado enfermizo que reptaba lentamente. En ese momento puse la mano sobre uno de los hierros y surgió la epifanía. El óxido es el tiempo. Nada delata de manera tan ineludible la presencia del tiempo en huida como el óxido. Si hay óxido tuvo que haber tiempo. 

Lo miré, pensando en comentarle esta revelación pero, al ver sus párpados entornados en una amargura filosófica, entendí que sería inútil. El óxido no tiene sombra.

martes, 8 de diciembre de 2020

Ascensión del pan en el silencio


(Sacó un pan de la basura y se lo comió).

Las palabras sonaban a helicóptero. Salían de su boca y ascendían. En círculos se desplegaban y sus significados se ampliaban. Parecían rodearme. Salían palabras rítmicas, miraba sus ojos agrandarse y podía ver cómo cada aspa giraba a mi alrededor generando ese viento seguro que siempre supone tener razón.

(No vi venir al tren. Confundía la locomotora con el helicóptero).

Y un redoble lento de tambor. Como de ejército alejándose. Una marcha de soldados cansados en un atardecer que les suena ajeno. Así eran las palabras. Ajenas. A pesar de que lo que salía de su boca era para mi, claro. Cada redoble una frase y un significado en el ritmo constante, como si la distancia equivalente entre cada palabra las volviera siempre veraces. Imposible callar al tambor. Las palabras marchaban y me miraban, alejándose, entendiendo que ese atardecer merecía sus significados más que yo. 

(¿Van a detener a la locomotora los soldados, o se acabará antes el pan?)

Entonces, el traqueteo del tren sobre las vías se podía identificar como las comas entre las palabras, el silencio entre rueda y rueda que suspende la vida esperando que el próximo significado aplaste, arrolle, atropelle. No se detiene su boca ni frenan sus palabras. Ningún tren puede detenerse jamás. Ninguna locomotora es capaz de callarse. 

(Nadie ocupó mi cuerpo luego de que yo dejara de hablar).

Dejé el pan en la basura, sin comer, y me alejé de la estación. Era mejor esperar que el helicóptero pase. El silencio, esa tarde, era el más sanguinario ejército posible.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

El color ese de estar vivo


Miró alrededor. Lo vacío. Ese descampado que le devolvía una tranquilidad que lo alteraba. Miró el poco verde raleado. La avenida que disimulaba su tránsito en voz baja. Ese aire que flotaba bajo volviendo tierno al tiempo. Las tragedias de la vida pasando a ser una ficción que se levantaba en la pereza de la neblina, sin importancia. Como si no le importara que no lo contenga la ficción.

Imaginó que le decía a alguien, algún otro, que el problema era siempre el mismo. Caería la noche. Caería y todo eso oscurecería. La falta de luz lo pervertía todo. Lo verde ya no lo sería y por más raleado que fuera serviría sólo de insulto agreste al tacto, al paso ciego. Las presencias sobre la avenida, que ahora eran el murmullo relajado de una siesta, al entrar en la noche transitarían como invariable amenaza.

Y lo grave que era ese mutismo que acompañaba la falta de luz. Una ceguera que enmudecía complaciente, sin quejarse por la muerte de los colores. Imaginó que también le decía a ese otro que lo escandalizaba que todos se dejaran llevar por la noche sin atisbo de protesta, como si no se dieran cuenta. Le decía, también, que en algunos sueños llegaba a tener la capacidad hercúlea de gritar hacia el cielo de tal manera que la oscuridad se disolvía líquida, resbalando inerme entre sus cuerdas vocales, verdaderas columnas de monumental vibración. 

Pero despertaba. Abría los ojos y lo mudo del aire le contaba que la ficción aquella se había vuelto crónica, documental, realismo trágico. Sólo quedaba esperar que el día, con su neblina de luz y paz en ficción suspendida, regresara y habilitara nuevamente el habla gentil de todas las cosas. El color ese de estar vivo. 

martes, 27 de octubre de 2020

Cuando el sol llegue


Tres piezas de ajedrez detenidas en el alféizar de la ventana.
Hubiera mirado el sol entre sus siluetas, pero la noche hizo un tablero de mi mirada. El viento, no. El aire del exterior silba alrededor del esbelto atisbo de altura del alfil.
(No siento las manos, a tantos kilómetros emocionales de la ventana).

Desciende, desde las cortinas, un reguero de murmullos que son jugadas atropellándose entre imaginarios peones que caen y van muriendo, en la alternancia de negro comiéndose a blanco y blanco a negro y todo en un canibalismo que expresa un gris de grito también imaginario.

El caballo, con la noche a sus espaldas, me pide que lo coloque en lo alto de la torre para poder conversar con el alfil. El caballo tiene un plan. (Rodeado de tanta pérdida como es posible, no siento los párpados y temo que el sol llegue).

El viento agita las cortinas y la suavidad de la tela se entremezcla con tres piezas de ajedrez detenidas en el alféizar. Circundan al alfil y simulan un astronómico pañuelo para supuestas lágrimas. (Nunca sabe uno cuándo una jugada será la última jugada. Nunca).

Susurra el caballo al oído del alfil y la torre, que ve enemigos en cada veta de madera, se inquieta estrenando un frío que recorre su altura más allá del cercén que el grillo del patio le hace a los ojos de la noche.
Finaliza lo conversación.
El caballo vuelve a su posición y sopla más viento a través de la ventana. Las cortinas subrayan con ondulaciones obsesivas la firma de un acuerdo entre piezas.
Miro al caballo a los ojos.
Me mira.

Y cuando cierra sus ojos, entiendo. (Sin párpados y sin manos para taparme, cuando el sol llegue devastará mi mirada. El resplandor hará de todo un negativo. Lo blanco será negro y lo devorado será devuelto. Lo perdido, ganado. Y todo el viento soplado, será la respiración que nos reste hasta el día de la muerte.)

lunes, 26 de octubre de 2020

No sé qué se siente


Las uñas me crecen desparejas. Las de las manos. Las de las dos manos. No sé si siempre fue así o si tardé en darme cuenta, pero ya desde hace tiempo esto es todo un tema del que me tengo que ocupar constantemente.
Por ejemplo, este dedo, la uña de este dedo, la última vez que me la corté recuerdo que mamá había regresado de su viaje a Bruselas. Casi el mismo día. No, no, el mismo día, seguro. Todavía estaba acomodando las valijas y tenía encima esa sonrisa que le dejaba siempre el avión, y mientras la escuchaba yo me la corté porque ya era el día indicado. Claro, nunca sé cuándo es el indicado, podría haber esperado un día más, por supuesto, pero quizás entonces ya no tendría ligado el recuerdo ese de cuando vino mamá de Bruselas con la uña. Y hace mucho de esto, porque esa uña tarda años. Lo sé. En cambio la de este otro dedo puede que sea como el otro extremo, llego a cortarla hasta tres veces al día, y sí o sí tengo que hacerlo de noche, porque corro el riesgo de despertar apuñalada por ella en la mañana. Alguna vez, cuando todavía tenía más paranoia que datos certeros, me ponía el despertador en la madrugada para cortarla, tanto era el miedo.
Esta de acá también es de las temporadas largas. No recuerdo tanto la última vez como el anteúltimo corte, porque había fallecido el tío Eugenio y yo me encerré en el baño durante el velorio para cortármela. Recuerdo que abrí el agua por temor a que se escuchara el alicate desde afuera, porque no había casi llantos y la gente estaba más interesada en cualquier cosa que la pudiera distraer un poco. No digo que el tío Eugenio no fuera querido, pero tampoco lo contrario, es decir, la noticia fue como algo que llegaba desde otra parte e importunaba un poco. Así, acabaron golpeando la puerta del baño y preguntándome si me sentía bien, por el ruido del agua y eso. La verdad es que no recuerdo que haya tardado tanto, quizás alguien exageró un poco, era sólo una uña, pero el problema era el aburrimiento y las horas que no pasaban más. Yo abrí la puerta y pregunté por el tío. Ya sé, sí, era desubicado, pero con los nervios fue lo primero que se me ocurrió. Me dijeron que había muerto y que lo estaban velando. Ahí mismo, incluso. Yo puse cara de que el dolor me había nublado el entendimiento, mientras guardaba el alicate en la cartera. Y entonces Fabiana, la hermana de Tito, llegó a ver de reojo el alicate y se puso pálida. Abrió grandes los ojos y me preguntó si yo no estaba por hacer una locura, si no me había encerrado en el baño para hacer una locura. La miré seria y me quedé pensando si acaso imaginaba que yo era capaz de suicidarme con un alicate de uñas por la muerte del tío Eugenio. Le dije que no, que se quedara tranquila. Pero no pude ir al baño nunca más en toda la noche porque tenía la mirada de Fabiana encima todo el tiempo. De todas maneras, me entretuve con esta otra uña, la que crece a velocidades exageradas, controlando que no perfore nada hasta que pudiera salir de allí y cortarla. Evidentemente si volvía a sacar el alicate en medio de ese velorio algo acabaría mal.
La de este dedo es un término medio, pero también clasifica en años de espera. Así es como la última vez que la corté recuerdo que papá vivía y justo ese día me había traído un paraguas de regalo. Violeta, era y hacía un sol afuera que desmentía del todo algún posible rastro de cordura en lo que papá había hecho. Me acuerdo de que lo miré, miré el paraguas, miré el sol y me puse a reír a carcajadas tan fuertes que él mismo se contagió y acabamos los dos tentados de la risa. Ese día, mientras vigilaba mi uña que ya estaba por cortar, recuerdo que miraba la cara de papá riendo y algo me atravesó de golpe diciéndome que era la última vez que mi papá vería esa uña sin cortar. Es más, ni llegó a verme estrenar ese paraguas violeta. El día del entierro llovía a cántaros y lo llevé en alto con mucho orgullo, recordando el sol del pasado. 
Esta es de las más regulares, diaria, una vez por día sin fallar, pero la tengo totalmente controlada y cada vez que me siento a almorzar coloco el alicate a la derecha de los cubiertos para atenderla luego del postre. Claro, no lo hago en la mesa, sería una falta de educación, pero tener el alicate ahí hace que no me olvide. Fue el mismo Tito, el hermano de Fabiana, que un día, almorzando con nosotros y mientras mamá le servía la carne miró mi alicate y no pudo contenerse. "¿Tan dura es la carne que el cuchillo no alcanza?", dijo. Y se creyó gracioso, riéndose solo. Entonces yo, que conocí la risa de mi papá y la que el avión le deja a mi mama dibujada siempre, no dije nada, total ahí estaba mamá para volcarle encima a Tito como "sin querer" parte de la sopa en sorda venganza, mientras me miraba cómplice y yo miraba mi uña, haciéndome la desentendida mientras Tito corría al baño. No era gracioso, era estúpido. Pero él no lo sabía.
La de este dedo no tiene nada de especial. O sí, quizá demasiado. Varía en períodos de meses a años y me obliga a un control atento. A estar pendiente. Pero lo especial es que la última vez que la corté recuerdo cómo la mojaba con lágrimas constantes. Estaba llorando mucho porque Alfredo me había dejado. No quiero hablar de eso ahora, pero sí recuerdo que ese día no hacía falta cortarla, realmente, podía haber esperado hasta una semana más. Pero Alfredo me había dejado y si yo no cortaba esa uña no sé qué podía pasar con mi vida. Fue un modo de salvación. Fue un sacrificio menor que me permitió evitar un sacrificio mayor. Quizá, y esto lo pienso ahora, de alguna manera los miedos de Fabiana tenían algún tipo de sentido al fin de cuentas, pero como era hermana de Tito y Tito era un estúpido nadie en la familia le prestaba atención. Ella me prestaba atención a mi y ese era un problema, porque no iba a explicarle lo de mis uñas. De hecho nadie lo sabía. Nadie lo supo nunca.
Rubén estaba en Bruselas y desde ahí llamó a mamá el día que yo estaba cortando la uña de este otro dedo. Creo que hace catorce meses. O quince, no más. Recuerdo la cara de mamá y cómo le empezaba a temblar la mano que sostenía el teléfono. A ella siempre le temblaba esa mano cuando se ponía nerviosa. Rubén siempre la ponía nerviosa cuando iba a Bruselas. Yo la miraba y pensaba en la enorme suerte que tenía de no haber heredado ese temblor, porque teniendo el problema que tengo con las uñas ya hace rato que habría perdido varios dedos. O parte de ellos. Volviendo a ese día, recuerdo que mamá cortó el teléfono con una cara tal que yo guardé el alicate enseguida en el bolsillo de mi vestido. No sé por qué. No sé cuál era la asociación, pero una vez que la voz de Rubén, desde Bruselas, había entrado en esa tarde en casa y en la cara de mi mamá, exhibir algo tan íntimo como mi alicate me pareció desubicado. Ese día fue el primer desmayo de mamá. Recuerdo que la atajé justo a tiempo para que no golpee la cabeza contra el suelo y, mientras lo hacía, agradecí al cielo tener esa uña corta, porque de lo contrario podría haberla lastimado. O habérmela roto.
Jamás me rompí una uña.
No sé qué se siente.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Hambre ultravioleta


En un principio se mira al hombre, pero luego se entiende que sólo es posible ver al hombre cuando la mirada pasa a través de él. Sólo el ir más allá del hombre vuelve posible el verlo. De esta manera, entendemos que el hombre no es un cuerpo opaco sino translúcido. Entendemos, así, que deja pasar la luz pero no ver nítidamente, tal cual la definición de la palabra.
Así, entonces, como ocurre con todo cuerpo translúcido, si la mirada atraviesa un cuerpo brillante llegará al otro lado en forma brillante, y si el cuerpo en cuestión tiende a lo turbio, se egresará de esa mirada con un efecto óptico más ligado a la confusión (aunque en este caso cabe aclarar que dicha confusión dista de la oscuridad, otro ítem completamente distinto).
En el caso de la denominada "transparencia de último grado", en la que el cuerpo, si bien naturalmente translúcido, posee una densidad tal que permite ser atravesado sin ningún tipo de refracción (esto incluye el espectro completo de colores e incluso el espectro de frecuencias de los sonidos audibles), se da el caso paradojal conocido como "mirada en espejo", en donde el sujeto observador no llega jamás a ver al hombre propiamente dicho, si no que sólo advierte su propio reflejo cuando la mirada le es retornada. Se reconoce a este grado extremo de transparencia como algo singularmente nocivo para el entorno, y la tendencia es efectuar algún tipo de contaminación controlada en el cuerpo del hombre, para que logre un sano grado de opacidad que permita a la mirada atravesarlo y llegar al otro lado con una también sana transformación.
La refracción emocional que la mirada experimenta al atravesar el cuerpo es la responsable, en última instancia, de la construcción del así denominado "prejuicio refractario de la sana opacidad", manifiesto último y socialmente lúcido que permite una convivencia de cegueras felices y reflejos de notable desarrollo personal (también conocidos y estudiados, en algunos casos, como "infrarrojos fronterizos").