miércoles, 2 de septiembre de 2020

Cabe en la noche


Dieron las diez en el reloj del campanario. 
La puerta de hierro se abrió y el viento helado que dejó escapar llevó de regreso al limbo a un tren cargado de espíritus frescos. 
El hombre salió caminando despacio, como si eligiera dónde dar cada paso. La luz era azul obscuro y destilaba un sonido de resortes añejos que agonizaban su ceguera. 
El hombre miró el campanario mientras la puerta de hierro comenzó a cerrarse. Con sus manos en la cadera siguió mirándolo hasta que la puerta se cerró completamente, dejando una impronta de óxido piadoso en el aire. 
Al mismo tiempo el campanario se derrumbó. Piedra sobre piedra estremeció el suelo obedeciendo rítmico el parpadeo del hombre. 
Cuando el único movimiento posible era el polvo flotando en el aire, ahí en donde hace un instante se erguía el campanario, el hombre ascendió al tren que lo esperaba. 
Sin campanario y sin reloj, el tren partió con su único pasajero. Se sentó junto a una ventanilla mientras el viento comenzaba a iluminarle la cara. 
Sin campanario y sin reloj. Acababa de abolir la hora de su muerte.

martes, 1 de septiembre de 2020

¿Se entiende, no?


Antes de contar una historia, tiene que haber una historia, le había dicho. Y él pensó en que acababa de lavarse las manos y secarse con una toalla blanca (blanca, enteramente blanca, lisa), y que bastaría elevarse cinco o diez metros como para yo no distinguirlo del resto (¿del resto de qué?, un resto que ni importaba aclararlo). Una historia. Y su heladera también era blanca, contenía las cubeteras en el congelador y las verduras en el cajón de las verduras. ¿Se entiende, no? 
Tiene que haber una historia. ¿Las paredes?, blancas, no, blancas no, mucho peor, cremita. ¿Eran blancas?, no, eso es de hospital. Y las veces que había soñado que las pintaba a todas de negro y que luego venía toda su familia y ocurría lo peor, es decir, no le decían nada y él se despertaba justo cuando todos lo llamaban porque no lo veían y él estaba, pero se había fundido con el negro de las paredes. Tenía camisas celeste. ¿Lo ve?, bastarían diez metros de altura para ya no distinguirlo. Celestes, ¿entiende? Y una bolsa de tela que le había regalado su madre (pobre, que en paz descanse) y que decía "Pan" y que tenía pan adentro (pero, y él lo sabía bien, aunque jamás se lo contaba a nadie, en el fondo tenía una cantidad de migas que eran viejas, que no pertenecían al pan que estaba vigente, porque hacía mucho que no la sacudía, pero igual que las paredes negras, nadie le decía nada y él callaba, soñando, incluso que callaba también en el sueño y que las migas estaban ahí. Blancas eran las migas.). 
Mire que llamar "vigente" al pan, le había dicho. Y él pensó en que esa mañana se había lavado los dientes medio agachado en su pileta del baño, con un cepillo que ¿debería cambiarlo ya? Alguna vez se imaginó anotando en una agenda (no usaba agendas, pero tenía una fantasía casi perversa con ellas, imaginaba reencarnar en otra vida y tener siempre una agenda debajo del brazo y anotarlo todo, pero todo, hasta lo que había pasado en su vida anterior, esa que había podido atravesar sin agendas) la fecha de compra del cepillo de dientes, así podría calcular cuándo debería cambiarlo. ¿Se entiende, no? Pero no era tan fácil porque todo dependía de la cantidad de lavados. ¿Y cuántos eran?, bueno, para eso estaba la agenda, claro. Ocho metros, le dijo, no más de ocho metros de altura y ya todos los cepillos son iguales. Pero tiene colores, dijo él. No se ven. Pero a veces se miraba al espejo en medio de la cepillada y abría apenas los labios para ver la espuma blanca. ¿Así sería cuando dicen que "echaba espuma por la boca"? Luego se enjuagaba la boca. 
Mirá que va a tener una historia alguien que se sienta en el inodoro y mira fijo la pared, contando los azulejos. Pero nunca recuerdo el número. ¿Cómo puede ser?, si los cuento siempre y vengo a sentarme al menos una vez por día. Puede que más, le dijo su madre ese día y a él le sonó agresivo, por eso fue que a la noche soñó que pintaba las paredes de negro (todas las paredes, todas, ¿se imagina?) y que a ella también la pintaba de negro y entonces desaparecía, pero luego venía toda su familia y ocurría lo peor, es decir, no le decían nada, y él se despertaba justo cuando el negativo de su madre lo llamaba y él no estaba porque ya se había despertado. (¿Con un litro de aguarrás alcanzaría para despintar a su madre o habría que comprar más? Si tuviera esa agenda que va a tener en esa otra vida, anotaría "preguntar en la ferretería por despintado de madre al látex" y luego se podría dormir tranquilo.) ¿Se entiende, no? 
Creo que diez metros para más seguridad, aparte está el encanto ese de los números redondos, ¿vio?, le había dicho y le había sonreído. Pero él no se confiaba. Una historia, mire si alguien va a contar su historia, ¿tiene una?, ¿una qué? Los jabones eran blancos, pero tampoco podía asegurar que siempre haya comprado jabones blancos. Mire que fijarse en el color de los jabones, le había dicho. Pero ¿y si al final siempre se hubiese cuidado de comprar jabones blancos, siempre? Ocho, no, diez, sí, diez metros y ya no se distingue si un jabón es blanco. La espuma, ¿vio?, la espuma siempre es blanca, sea del color que sea el jabón. 
Mire que fijarse en esas cosas, le había dicho. Una historia, claro. ¿Al menos tomó la comunión? Sí, claro, pero no me acuerdo. Un amor, ahí está, un amor tiene que ser. Eso sí. Su novia, la que conoció a los dieciocho años, se llamaba Blanca y estuvieron de novios dos años. Dos personas sentadas en el banco de una plaza, ¿a diez metros?, da lo mismo su noviazgo que dos abogados charlando. No se distingue. Y soñaba, ¿se entiende, no?, que se casaba con Blanca pero la noche anterior se metía en la iglesia y pintaba todas las paredes de negro, y ella estaba en el altar y le tiraba con anillos para que él deje de pintar, pero al final la pintaba de negro a Blanca también y desaparecía en las paredes, mimetizada con santos y cruces negras, y sólo él sabía que ella estaba ahí por la cantidad de anillos que quedaban tirados en el piso, y justo se despertaba cuando el cura los declaraba marido y mujer y él miraba para el altar y las que se casaban eran Blanca y su madre, toda pintada de negro. 
Imagínese, si no hay una historia, ¿cómo contar una historia?, le había dicho. Y él pensó en que acababa de cerrar el cajón de los cubiertos, después de lavar los platos y los cubiertos, y secarlos. Un cajón de plástico blanco era. Cuando lo fue a comprar, casi compra uno beige (el blanco es muy sucio, le decía siempre su madre, mucho antes de que él la pintara de negro, después ya no decía nada), pero resultó que estaba fallado y no tenían otro, quedaban sólo blancos. ¿Blanco?, le había dicho, una cajonera blanca desde diez metros se confunde con el suelo. Pero él sabía que el suelo no era blanco, claro. El suelo era... bueno, la verdad que no lo sabía. Ese suelo que ahora miraba era de un color indefinido. No llegaba a verlo bien por la altura, claro. ¿Diez metros?, no, debían ser muchos más. Pero eso sí, su suelo blanco no era, para nada. Aún así, pensaba, quizá podría tener una historia, ¿se entiende, no? Y el color de ese suelo... no, no podía verlo bien. (Y tampoco lo hubiese podido anotar en esa agenda que iba a tener, cuando, pero que no tenía ahora). Claro, de todas maneras no tenía importancia, porque ahora, saltando desde el décimo piso, iba a ver el suelo de cerca, bien de cerca y ahí sí. ¿Se entiende, no?

lunes, 31 de agosto de 2020

Una estatua más


Camina sobre una tierra pesada. Su cuerpo roto le hace dar pasos que se estampan como si quisiera castigar el suelo. Pero no mira hacia abajo. Sólo un horizonte vacío frena la carrera de sus ojos. Arrastra la espada por el piso dejando un surco. Una especie de ancla, se dice, sin ella ya no estaría de pie sobre el campo. Evita mirar hacia atrás, pero sabe que apenas horas pasaron desde que esa misma espada fuera un reflejo de luz entre sus manos, sin peso, sin carga, rebotando entre carnes, gritos y miedos que silenció de cuajo. Evita mirarse, pero sabe que surcos similares a los de la tierra se agolpan en su cuerpo, conversando en tonos de rojo. Su espada no era la única, pero fue la última. 

Río abajo, apenas unos metros más allá de donde el agua incolora desliza su cadencia de marea, el inabarcable cuerpo inmóvil del dragón afónico registra todos los encuentros que tuvo con el filo de esa espada que ahora se arrastra. Tiene los ojos abiertos de la muerte hecha asombro y los músculos rígidos de quien jamás entendió su derrota. El sol del mediodía, partiendo el cielo, va secando las heridas en un gesto que parece de disimulo. Un querer regresar el tiempo a cuando las espadas aún estaban envainadas. El agua incolora, ya sin fiebre y marea mediante, se va acercando al borde del enorme cuerpo quieto en un intento de arropar lo innecesario. El sol, que sabe de derrotas, deja que las nubes oculten su tristeza.

Llega al fin hasta el pozo de entrada. Cae de rodillas y clava su espada por delante. Parece un gesto solemne, pero sólo está recuperando el aire perdido entre el cansancio, las heridas y el acecho del sol. No le sorprende que las nubes le hayan tenido piedad. No se ven las heridas allí, tan alto, pero él sabe que ese sol ya no será el mismo. Luego mira la costa por última vez y se lanza a atravesar el pozo. Saldrá, horas más tarde, a las ramas caídas del alerce desplomado y a sus raíces que señalan el cielo, como si de una culpa se tratase; a la plaza que vio nacer su guerra y al caminante que pasa por la vereda opuesta, que lo mira y lo confunde, sin demasiada importancia, con una estatua más.

domingo, 30 de agosto de 2020

Un canto turquesa


Defendé.
El fino hielo que filtra las hélices embestidas,
(púrpuras en tropel de saciedad),
de nuestras remotas ambiciones acabadas.

Defendeme.
No quiero pisar el otoño sin mojarme,
una vez más,
en los siniestros anzuelos que me quitaron
del río antepasado.

Defendelo.
Del suelo ennegrecido de fiestas plisadas,
(¿ocuparon ya el recodo de todos sus miedos?),
del filo, del canto, del bordellano antevalente,
y desplegá en sal
y para siempre, 
vuelos hundidos de espectros en flor. 

Defiendo.
Hechicería amargamagenta y salto en viento,
saciedad de miedo y música de fe en el hielo,
defender y resbalar
un canto turquesa de sol en cuerpo.

sábado, 29 de agosto de 2020

El laconismo de una sílaba sin vocal


Un pique corto. Un giro que justifique el tener ojos. Un paso de revés al tiro ya anunciado. Un salto figurativo que haga descender al terciopelo de esa voz. Un arrodillarse en lo más almíbar del llanto que suena por detrás de esa puerta. Un hendirse de pliegues que escalonan para siempre y con mucha lentitud el filo del párpado mirado. Un responder desde el hielo del desalme y un atravesar el picaporte con el laconismo de una sílaba sin vocal. Un fundir de rodillas contra el piso en lo más sonoro del desguace ambivalente que se mece en esa garganta. Un ir de volver mintiendo y un reflejo tan cerrado que confunde puerta, piso y confesión de lluvia próxima, como si toda mirada fuera rayo y todo lo amado acabara en tormenta.

viernes, 28 de agosto de 2020

La fiebre incolora del dragón afónico


Cierra la puerta de su casa y camina hacia la plaza. 

Nunca vi el sol entre los árboles de la costa, tomándole la fiebre al agua que se descubre incolora en el borde, agitada como un temblor de labios murmurando. 

Parado en el centro de la plaza, con las manos en sus bolsillos, cuenta la cantidad de luces que se encendieron hace minutos y el número es la mitad de todos los dedos de su cuerpo. Puede avanzar, entonces. 

Debería saber hundirme en el agua y lograr que el sol no repare en mi. Luego debería saber encontrar la costa sin agua y poder sentarme en la orilla a simular un árbol frondoso. 

Llega a la baranda despintada del final de la plaza y apoya sus manos. Mira la costa cercana. La cantidad de dedos que lo aferran a ese caño no es exactamente la misma que la cantidad de luces que se han encendido. No puede avanzar, entonces.

Miro al cielo de la plaza entretejido de árboles y ninguna luz se ha apagado. Siento horror, miro mis manos sobre la baranda. Son solo nueve dedos. 

El sol conversa con la luz número 9 y le sugiere que coopere si acaso valora su brillo. La luz, de un amarillo cálido, se pone fría de los nervios y tiembla, siendo confundida con una vela por un caminante que pasa por la vereda opuesta. 

Debo llegar hasta los árboles de la costa y pedir ayuda. Abrazarme a un tronco y dejar que la savia rehabilite mis nervaduras decadentes. Nadie le está tomando la fiebre al agua de la orilla y al descubrirse incolora puede que estrelle sus labios en las rocas perdiendo la voz para siempre. 

Desciende por la pequeña barranca de la plaza, dejando atrás la baranda despintada. No quiere mirar hacia el cielo, pero escucha conversaciones y el juego de luces resultante se alterna en tonos de amarillo pálido entre sus pómulos. Sus dientes apretados le dan la razón y él la guarda en su garganta. 

No quiero volverme. No quiero mirar. No hace falta. Muevo mi mano izquierda en el bolsillo y el dedo índice se ha ido. El pecho se me oprime y debo hacer un enorme esfuerzo para impedir que mi cabeza haga cuentas. La costa aún está lejos, pero creo imaginar que los árboles se estiran con disimulo para indicarme que siga. 

El agua de la orilla por primera vez en su vida siente un mareo. Una sensación extraña. En cada suave entrada en la costa rocosa cierra los ojos para no sentir ese vaivén que le revuelve el estómago y, al retirarse, contiene la respiración para evitar la náusea. El árbol más cercano a la roca que está a la izquierda de la rama partida en tres que yace a la derecha del árbol más al frente de la parte izquierda de la costa, nota un vapor muy leve que se alza del agua que llega a la orilla. No lo duda, fiebre, se dice con preocupación en sus tallos. 

Ahora escucho una conversación que deliberadamente quiere ser oída. La luz número 5 cederá a las amenazas del sol y voy a perder inevitablemente otro dedo. Espero, contengo la respiración, noto el parpadeo en la plaza que me circunda y luego el reflejo amarillo pálido que se retira. Junto a eso, mi meñique derecho desaparece e instintivamente cierro la mano, acariciando con pánico el muñón recién nacido. 

Ocurre luego lo inesperado. Un alerce de brazos robustos y mirada lejana, hundida en un horizonte de esperanzado atardecer por llegar, se desploma con la solemnidad del renunciamiento histórico de un cometa que ha decidido dejar de orbitar el sol. La plaza guarda un silencio retórico que deja escuchar la espuma del agua afiebrada en la orilla. 

Entiendo. Miro el pozo gigante que dejó abierta la caída y entiendo. Las raíces desnudas del árbol caído desafían con palabras sordas a lo que habite el cielo. Si pudimos con esto, podremos con todo, parecen decir. Y yo entiendo. Debo sumergirme en el pozo abierto en la tierra desgarrada y llegar desde ahí hasta la costa, logrando que el sol no repare en mi, luego sentarme en la orilla y desde el disfraz de un árbol frondoso, calmar la fiebre del agua en la orilla, tratando de que no se vea incolora. 

Lo último que ve en la plaza el caminante que pasa por la vereda opuesta, es el reflejo de un sol que filtra por entre las ramas caídas del alerce los últimos rayos de una cólera violeta, logrando un juego de luces que el caminante interpreta como las sombras chinescas que representan a un dragón ya afónico. 

Luego de esto, todas las luces se apagan y la fiebre baja.


(Ver)

miércoles, 26 de agosto de 2020

Estar abrigado


Las ocho de la noche en punto.
Se cierra la puerta izquierda del seno embebido de cielo y envuelto en una bolsa demorada de anarquías.
Llueve en la ciudad.
Hijo de un biselado gigante que clava repetidamente su emocionada pierna en un mercurio hecho lago.
El tránsito continua demorado en la zona.
Indefenso de potestades agrias y giros de ecuanimidad hilvanada de escarcha. Sollozar jugo de fresas como si una tormenta de escepticismo se abatiera sobre el lago.
Se esperan neblinas por la madrugada.
Más tarde, el seno apura sus anarquías revolviendo el mercurio y simulando una voracidad que podría beberlo todo.
Continuamos con nuestra habitual programación.
Indefenso frente al hijo, siente clavarse la emoción como si ahora el resto de las puertas conversaran con las ventanas por venir. (Rezan, ruegan y alaban al santísimo cristal de la transparencia desenmarcada por el último trueno que levantó espejismos en las orillas.)
Tiempo inestable por la noche, mejorando por la mañana.
Abre la puerta derecha y el jugo de fresas se avalancha y le cincela las nubes del cielo embebido en un estacionamiento del cuello. (Biselados breves que van siendo tostados bajo la mirada ardida de un mercurio concéntrico hasta el mareo.)
Ocho minutos pasaron de las ocho en punto.
Tormenta que esfuma risas de acento lacustre mientras sus giros de ecuanimidad zurcida de glaciares van bordando una lencería de encaje gélido al seno que ya cierra sus puertas.
Se esperan ráfagas de viento.
Lo importante es estar abrigado, le dice, mientras pone a hervir las anarquías y tira por última vez la bolsa a la marea alta del lago. Mercurio sonríe mientras traga.
Vamos a una tanda.

Su realismo


Se resistía a llamarla nave. Siempre le había parecido una palabra ligada a la infancia, o a las películas y libros. A cualquier cosa cercana a la fantasía y alejada de lo real. Real era una palabra que lo enamoraba en secreto, por eso casi jamás la usaba. Decir que algo era real era como develar el nombre de una amante. Solía mirar con íntimo desprecio a las personas afectas a la fantasía en cualquiera de sus formas. Ficción era lo mismo que mentira y todo eso lo envolvía en un incómodo lugar moral en el que nunca quería sentarse. 
Tocaba el vidrio de la escotilla, esa piel mitológica que los mantenía vivos en un espacio en el que no sobrevivirían ni un par de segundos si no fuera por esa nave y su estructura. Real, claro que era real, no había cohetes aquí, ni naves, ni fantasías. Había lógica, sustentada en todos sus infinitos cálculos reales. Esa misma que ahora le permitía viajar y mirar el espacio cara a cara, sin fotos ni videos, sin ficción. 
Había otros nombres, más serios, más formales. Llamaban de tantas formas a lo mismo que al querer nombrarla al vuelo se mareaba. Módulo era uno que le gustaba. Sonaba seca, despojada y real, sin florituras de afiebrados que imaginaban por no poder realizar.


Desde su lugar, el campo parecía un manto verde que se ondeaba en el viento. No era llanura. Era un juego prolijo y ordenado de suaves lomas que degradaban ese color en varios tonos. El sol contribuía y casi daban ganas de recortar el paisaje y enmarcarlo. Pero si no lo hacía era porque, así de bucólico, carecía de interés. Se imaginó caminar, bajar hasta el sendero de ripio, mirar el fondo del camino, apuntar sus pasos y perderse en una deriva... y entendió, en forma inevitable, que no volvería a ponerse de pie. 
Su lugar era el cielo. El recuerdo más lejano que tenía era una tristeza que lo hacía llorar por las noches, tapado hasta la cabeza y tragándose las lágrimas para que no vieran su almohada mojada. Y el motivo era tener la seguridad de que él pertenecía al cielo. De alguna manera sabía que en el cielo había una fiesta perpetua, alejada de toda la dolorosa realidad que lo ceñía para siempre en la rutina inexplicable de que el pasto fuera verde, el agua clara, la tierra marrón y su casa una lápida habitada. Todo era igual siempre. Siempre. En cambio el cielo variaba constantemente, de color, de temperatura, de luz, de ánimo. Era obvio que allí había una fiesta. Pero algo había pasado con él. Algo malo, algo desgraciado. Y se lo habían olvidado en la tierra. 


Luego de ese ruido a desgarro, seco y metálico, que todavía le lastimaba los oídos, no quedaba mucho. Las comunicaciones inutilizadas y oxígeno para algunas horas. Lo real era que ya no sería uno de los primeros hombres en descender en Marte. Y era real también que ya no volvería a la Tierra. Repitió "descender en Marte" y se rio dentro de su casco. ¿Cómo había podido tener esa estúpida fantasía?, si ni siquiera podía decirlo en voz alta sin sentir vergüenza de que alguien escuche. Bastaron unos segundos de silencio, mientras su cuerpo se perdía en una deriva, para que catorce años de vida perdidos en una preparación se cayeran detrás de sus ojos, como una cascada de agua sucia que se desploma para descubrir que sólo tapaba la nada. 
Lloró. El único alivio que se podía permitir, a manera de consuelo, es que jamás encontrarían ningún rastro de él para increparlo. Toda su equivocación se desharía junto a su cuerpo cuando la gravedad finalmente lo hiciera caer en alguna atmósfera. Había envenenado con una fantasía delirante su amor secreto por lo real, creyendo que podía llegar mas allá de la tierra que lo merecía. 
Ahora era sólo una fantasía flotando. Algo que se habían olvidado en el cielo.

martes, 25 de agosto de 2020

Acecho de partida


Le ayudó a subir las valijas al tren. Alrededor todo era inminencia de viaje. Ese sonido siempre difuso de motor en acecho de partida. La gente se aquietaba de a poco y cada cual ocupaba su lugar, arriba o abajo del destino. Algunas risas, algún intercambio último, ecos de conversaciones que se diluían en el brillo de las vías. 
La miró sentada junto a la ventanilla. Su gorra gris puesta y los ojos duros de un frío triste. Podría detenerse el mundo o fallar el sol al salir, pero si había algo imposible era que no se fuera. Pensó en el silencio un rato largo y sólo una breve idea le recomendó quebrarlo.
—Cuando llegues allá haceme un favor. 
La mirada inmóvil le preguntó en silencio. Y él contestó
—Cerrá los ojos y sentí mis manos en tu espalda.
—¿Para qué?
—Para saber cuánto duele la distancia.
El silbato del guarda se les enredó en la mirada y el movimiento del tren comenzó a arrastrar sus emociones. Él caminó por el andén para dejar la estación. Llevaba sus manos en los bolsillos y comenzaban a dolerle.


lunes, 24 de agosto de 2020

Tan mezquino el sol


Un bote. Mïnimo, exiguo. Cáscara de madera que apenas contiene dos personas sentadas frente a frente. Una es ella. Y el otro, rema. Ella mira los brazos ondulantes de él. Él la va a matar cuando lleguen al centro del lago. Ella nunca fue testigo de un atardecer tan rápido, tan mezquino el sol cayendo a plomo como indiferente. El reflejo del lago sumerge los ojos de él en una ceguera que expande su aliento a la par de las ondas en el agua. Ella mira los remos sincrónicos. Imagina que tornan en algún dios y detienen el bote reclamando una justicia que ella tampoco sabría enunciar. Debajo de su cuerpo en contacto con la madera, el mundo se mece. No es posible creer que el camino a su muerte sea tan suave, tan disimuladamente apacible, tan de estela de agua en atardecer cálido de lago solitario. Sabe que no hace frío, pero siente los brazos congelados. Se pregunta y se responde, es la sensación anticipada de caer al agua. De la piel desenvolviéndose del alma. Él gira la cabeza hacia atrás. Está calculando el centro del lago. Su vida se mide en remos. El borde del horizonte tiene ahora ese azul profundo que introduce la noche próxima. Es su color amado. Lo agradece como si alguien le hubiera puesto un abrigo sobre los hombros. Quizá sea su imaginación, pero le parece que él se está apurando. Las entradas y salidas de los remos en al agua más agitadas. Gotas de lago salpican desde esos movimientos y se cuelgan de sus piernas. Se está apurando. Su respiración es más fuerte y más agitada. A pesar de que sabe que no tiene ningún sentido, imagina escenas cinematográficas en donde se salva de muchas maneras distintas, cada una más inverosímil que la otra. A cada una la enfrenta a los ojos de él y se le van diluyendo. Mira los tres muelles conocidos, referencia eterna para atravesar el lago, y entiende que el centro, lugar buscado por su profundidad, debería estar casi por debajo de la oración que ahora está rezando. Los remos se detienen.

domingo, 23 de agosto de 2020

Ya no retrato


Él.
Sin nombre declarado.
Con un tiempo desordenado de miradas.
Dentro de un fragor blanco y cielo.
Sumergido siempre
en jirones de elegías inconclusas.
Y otorgado
al frágil fanal luciérnago del llanto más opaco.
Manifiesta.
Haber calado el universo.
Mordiendo la negra médula de Dios.
Y haber bordado con rojos hilos de su ADN.
Las iniciales falsas de su nombre cierto
en donde termina el infinito yo eterno.


sábado, 22 de agosto de 2020

Una cadencia de dejarse hacer


Como si el flash, en vez de iluminar la escena la creara. Miraba la ruta por delante, mientras manejaba, y sus ojos causaban ese flash que pintaba una escena. No le sorprendía. La imagen era lo estrictamente necesario para que esa parte del universo siguiera girando. La noche había terminado de caer y las pocas luces a los costados de su viaje eran como los números de un reloj que le marcaba lo que le faltaba de viaje. Las manos sobre el volante acariciaban el tiempo, lo apretaban, le pedían imposibles en el silencio de ese contacto. 

Cartel verde, la estación de servicio apenas iluminada, doblar la calle a la derecha, camino de tierra, luces amarillas colgadas como animales replegados en la altura, las zanjas de agua estancada a ambos lados, las veredas de tierra con manchones de pasto, casas somnolientas que a esa hora vaciaban el olor de las cenas ya acabadas. Detenerse en la puerta verde. Antes de apagar los faros del auto dejó que esas luces destaquen el brillo perdido de la puerta, esa pintura de vaya uno a saber qué año, vaya uno a saber qué miles de roces y qué miles de lluvias. Vaya uno a saber cuántos miles contactos de sus manos la habrían abierto. Y la de esta noche, una más, se dijo al bajar del auto.

El aire del verano embriagaba. El perfume apenas dulzón de las plantas que rodeaban las casas parecía ser una de las columnas que sostenían la belleza de la noche. Otra columna era el canto de los grillos. Y otra la paz del lugar, quizá, que había aprendido a suspenderse sobre el pasto húmedo de las veredas sin aplastarlo. Por eso caminó hasta la puerta verde sin hacer ruido, sintiendo cómo ese aire le permitía ser habitado. 

En el jardín, el flash regresó provocando la escena por delante. La superposición era casi exacta, la escena generada y la real, allí delante. Sus padres sentados cada uno en su sillón, los brazos a los costados, los rostros apuntando apenas un poco más alto que el horizonte. Se saludaron, como de costumbre, buscó su silla, como de costumbre, la arrimó al costado de su padre, como de costumbre, y un nuevo flash creó la siguiente escena. Las columnas de madera que sostenían la glorieta, totalmente cubierta por plantas enredaderas, seguían con varias tiras de juegos de luces de navidad. Prendidas. Había también restos de guirnaldas de papel brillante de colores enredadas entre las plantas, restos, pedazos que aún sobrevivían a las lluvia y los vientos. La escena creada por el flash también coincidía con la real, quizás alguna luz menos o algún color algo más desteñido. 

Era octubre, pero las luces y adornos ni siquiera eran del último diciembre. Es más, ni siquiera eran de una navidad. Eran, solamente eran. Y formaban parte de sus flashes conocidos. Nunca se quiso preguntar por qué sus padres jamás desarmaban todo eso, si se suponía que era para acompañar una navidad o un año nuevo. Tampoco se los quiso preguntar. Cada vez que pensaba en el tema tenía la sensación de que si le daban esa respuesta, repentinamente todas las luces se apagarían para siempre y el jardín entero moriría reseco, yermo. Sus padres eran definitivamente algo que había crecido en ese jardín, con sus sillones como macetas o plantaciones, sus luces de no navidad como el sol que los alimentaba y sus guirnaldas como la biblia que regía la dirección de sus miradas. 

Su mamá canturreaba en voz baja, ladeando un poco la cabeza cada tanto, como si de un compás regido por el parpadeo de las luces se tratara. Hacía ya largos meses que no lo reconocía por su enfermedad, o que lo confundía con un hermano suyo, fallecido en la guerra. Pero al final, de alguna manera impensada pero posible, había aceptado su presencia ocasional en la casa. Era un extraño que de vez en cuando debía estar allí. Aceptaba, quizás, el mismo sinsentido que le daba sustento a la existencia de las luces de navidad sin navidad. También, quizá, dentro de su pensamiento ya roto para siempre, entendía que tampoco convenía desarmar la presencia de ese extraño cada tanto en el jardín, por más que no fuera ni su hijo ni parte de su familia. Al fin de cuentas, todo le era extraño a un tiempo y nada le resultaba ajeno en otro momento. Y en el filo de cada estadio alternado estaba la verdadera mujer consciente caminando sin apuro hacia el día en el que las luces de su navidad se apagaran para siempre. 

—¿Comiste ya?
La mirada de su papá era otro flash que creaba una escena. Un par de ojos verdes hundidos, húmedos, que eran el remedo del pasto en las veredas del verano. Y, al igual que éste, habían aprendido a sostener cierta paz sin ser aplastados por el canturreo triste a su lado. Sin embargo esta escena recreada por el flash era cada vez un poco menos fiel. En la escena real, los ojos se iban cerrando en una cadencia de dejarse hacer. 
—Sí, papá, comí en casa, no te preocupés. 
El siguiente flash indicaba siempre un suspiro largo durante el cual los dos miraban el alrededor en silencio. 

Pensó en su auto, estacionado afuera, con el motor enfriándose de a poco y pensó también, con una seriedad que casi llegó a asustarlo, si realmente se había bajado de él o si aún tenía el cinturón de seguridad puesto. Pensó si había apagado las luces, esas que sí debían apagarse porque el viaje ya había terminado. Y pensó también que si saliera a la calle para comprobar si en realidad él todavía estaba sentado en su coche y si las luces aún estaban prendidas, ya no volvería a entrar a la casa. O peor aún, comprobaría que en realidad jamás había salido de aquella casa.

viernes, 21 de agosto de 2020

Setenta y cinco


Llegó hasta la iglesia buscando un crucifijo que le fuera propio. Sin ánimo de discutir con nadie, se acercó al agua bendita y tiró tres monedas en el recipiente de mármol grisáceo. Necesitaba bendecir un deseo recurrente. En medio de todo ese desánimo ocre, en el cual parecía flotar continua una nota musical única y sostenida, emanada de un órgano casi inaudible, giró varias veces su cabeza para encontrar señales. Alguna cruz, lo sabía, debía llevar su nombre. Luego de una hora y cuarto de buscar se sentó en uno de los bancos de madera y lloró despacio. Cruces sobraban en ese lugar, pero él desconocía su nombre. 

Ese aeropuerto era el sitio más desabrigado que él hubiese conocido. Los pisos olían a algún tipo de bebida alcohólica que no llegaba a identificar. Sentado en esa fila de bancos interminable se dio cuenta de que bastaba quedarse quieto un rato para volverse de caño blanco y vidrio. Todo era blanco y vidrio. Pero él no conocía de bebidas alcohólicas. El aire se llenaba continuamente de palabras que salían de parlantes. Imposible imaginar que alguien le hablara a él, que no era de caño ni de vidrio. Se miró las manos. Su piel estaba agrietada. Sabía que no todos los fríos eran iguales y no todas las pieles abrigaban. Ella llegó caminando, con una sonrisa colgada, desde el medio mismo de ese piso blanco e infinito. Llevaba un abrigo colgado del brazo y la sonrisa. Seguían sonando las palabras en el aire cuando él notó el crucifijo colgando en su pecho. 

Le costó convencer al conductor del autobús que le permitiera descender allí, en lo que para cualquiera menos él era el medio de la nada. Con su bolso colgando del hombro se quedó mirando la ruta, por donde el autobús se alejaba. Cualquiera que lo observase podría pensar que estaba esperando a quedarse solo, sin chapas ni motores rumiando en la cercanía. El olor del campo lo abrigaba con algo dulce que no podía identificar. Flores, animales, o el sol vibrando contra el pasto abandonado. Una brisa le entremezclaba recuerdos entre los párpados y le daba lo mismo el año que cualquier calendario le informase. Abandonó la ruta y comenzó a caminar entre el pasto alto y salvaje. Sobre su cabeza, pájaros siempre ajenos se graznaban mutuamente sin nombrarlo jamás. Nunca repararían en él, que no era del campo ni tenía alas. Se miró las manos. Su piel tenía el color del mármol grisáceo de un deseo recurrente, ya agrietado. En medio de esa aparente soledad inflamada de presencias, giró varias veces la cabeza buscando señales. Suspiró, el calor comenzaba a recordarle todo lo que le sobraba. Luego de una hora y cuarto de caminata vio el leve montículo de tierra, apenas asomando como un color irreverente que desafiaba el verde continuo. Llegó hasta él caminando con el paso desnudo de quien pisa sobre agua bendita. Sobre la tierra apilada se erguía una cruz de madera desvencijada, sostenida más por el olvido del tiempo que por los clavos. Él se arrodilló. Grabado en la cruz había un nombre, pero no podía leerlo. Pasó entonces su mano acariciando la madera y comenzó a leer cada surco de cada letra con cada grieta de su piel. Las cavidades se hermanaron y el nombre se le hizo carne. Ahora podría volver.

Poco antes de retomar la ruta, el último pájaro de la tarde lo sobrevoló y él alzó la mano a manera de saludo, creyendo entender por fin su nombre en el graznido. Luego siguió caminando. El sol comenzaba a entibiar el crucifijo colgado en su pecho.

jueves, 20 de agosto de 2020

Claraboya


—Mirá que venir a encontrarte acá, en el puerto... 

No sé si fueron los puntos suspensivos o la sirena, que por enésima vez me avisaba que ya todo estaba ardiendo, pero se me quedó colgada la frase girando en el vaso, vacío ya de ginebra. 

—Te tengo que ser sincero, sí, no veo por qué mentir, la verdad es que te hacía ya muerto. 

En una hora y cuarenta zarparía un buque llevándose tres valijas que contenían sólo aire. En cada control sospecharon y le abrieron todo y le hicieron cantidad de preguntas, cada vez más incisivas. Pero nada ni nadie prohibía despachar valijas absolutamente vacías. Sin embargo, el fuego que ahora arrasaba desesperadamente todo, podía complicar las cosas. 

—Quizá no debí venir... —sirena de diez segundos— ... asustando al hermano de Leopoldo que todavía sigue allá, en Bahía Blanca. 

No sé si reconocía a la persona sentada enfrente. La que me estaba hablando. Le miraba el pecho y su respiración agitada parecía ser el alimento del fuego allí afuera. 

—Vos sabías que te iban a buscar. Supongo que te lo habrás imaginado más de una vez. 

Mientras escuchaba, pensaba qué tan difícil sería poder nadar en el vaso vacío que tenía apoyado en la mesa. Debería pedirle al mozo otra ginebra y luego intentar el cruce a nado. Quizá, pensaba, las llamas del puerto acabarían por complicarle el viaje hacia la otra orilla. Y quizá, también, la cara del otro sentado allí enfrente no terminaría de entenderlo del todo. Pero la oferta no dejaba de ser tentadora. Más ahora que ya había amanecido. 

—Mirá, por lo de Nora no te preocupés. Yo ya le dije a Alberto que hasta acá llegamos, ¿viste?, ¿me entendés, no? Al final pasa que... —sirena de doce segundos— … cerrando todo el asunto sin que Nora diga nada. Es siempre lo mismo, ya sabés. 

Me pregunté muchas veces cuál de todos los amaneceres iba por fin a detenerse, pero al final la respuesta era que sencillamente nunca habría pregunta. Y mi noche y mi memoria y siempre el fuego cubriendo todo a mi paso, como si de una respiración tan necesaria se tratase. 

—¿Amsterdam, no? 

El silencio que produjo el otro sentado enfrente lo dejó deliberadamente solo con el sonido del crepitar de las llamas. Era muy claro que no podría hablarle. La sirena no permitiría que hilvanase más de dos o tres sílabas. Un verdadero sinsentido el intentar hablar. ¿Qué es Amsterdam? Siguió mirando el pecho que respiraba fuerte delante, al otro lado de la mesa y el vaso, y se limitó a asentir con la cabeza. Eso no fallaría. 

—Y claro, es lo mejor. Te digo que lo pensé muchas veces, ¿te acordás cuan… —sirena de nueve segundos— … y rompimos el cielorraso para colocar la claraboya, pero igual no funcionó. 

Esa palabra saltó del fuego como si fuera un fantástico animal herido que salva su cuerpo de las llamas en el último instante previo al amanecer. Claraboya. Debería de levantarme de la mesa del bar y salir a la calle llevando esa palabra entre las manos. Claraboya. Podrían entenderme los que no entienden ni mi fuego ni mis sirenas ni mis tres valijas vacías si acaso les llevo la palabra claraboya entre las manos y les explico. Creo que esa es la solución. Lo único malo es que voy a tener que admitir que les mentí. Las valijas que despaché no están vacías. Contienen aire, pero eso no es una obviedad, porque tampoco es cualquier aire. 

En las tres valijas me llevo todos los vuelos de mi vida en los que fui ala. Si se lo piensa bien, no ocupan mucho espacio, no fueron tantos. Quizá, con la palabra claraboya entre las manos, es decir, una ventana en el techo, puedan entender que yo no puedo dejar mis vuelos entre todas estas llamas. Y no puedo dejar ningún ala a merced de estas sirenas que lo aturden todo. 

—¿Entonces te quedás allá, no? 

Se paró mirando al otro con los ojos húmedos, emocionados. El otro, sentado allí enfrente, pensó que al fin le iba a hablar, pero sólo se limitó a darle un abrazo muy fuerte y largo, mirarlo profundo a los ojos, acercarle el vaso vacío delante del pecho y murmurarle algo inentendible acerca de “buscar tu propio cisne blanco” y salió a la calle.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Tus féretros omnívoros


Demostrame
que el renglón más parco
de todos los papeles enterrados,
en el altar de tu nube prodigiosa,
no ofende tu íntimo color manso
en el escaso ajedrez del sumo hielo
donde todo tu vital ardor
fue níveo y encerrado.

Y firmame, encriptando el soy, 
que si lacero en perpetua alabanza
y destiño en simulacro encallado
al más puntual de tus féretros omnívoros,
filigranado con cicatrices enarcadas
de espinas de rosas de iniciales talladas,
recorrer podré 
el manso rojo margen
del papel que escarcha en peón y alfil,
en críptico alunizaje parco,
y llegar al renglón exacto
en donde estará el adiós más sordo
de todo mi pasado.

martes, 18 de agosto de 2020

Dibujan nada


Poner a secar las plumas un rato.
Dejar que escurran todos los adjetivos que sobran. Ver cómo el sol les delinea sustantivos decentes. Sentir cómo los verbos chorrean y las gotas dibujan nada en la tierra del piso. 

No es necesario decir tanto. 

Hace falta mucho más silencio que tinta para que el acto de la escritura cobre sentido.
Confío en el secreto del sol. Jamás ha hablado y sin embargo lo sabe todo.
Le confío a él mis plumas. Y a sus rayos les pido dorar mis letras a juego lento.

lunes, 17 de agosto de 2020

Si hubiese nadado un cisne blanco


Pidió una ginebra y dejó la mirada fija en la madera de la mesa. Los sonidos del bar, adormilados, le daban el anonimato que necesitaba. Sin mirar, sabía que la ventana a su derecha dejaba traslucir el azul pálido que relataba rítmico el amanecer, ese mismo que elegía no mirar, y que elegiría no detener. 

El vaso con bebida se posó delante de su cara. Varios metros más allá de la ventana que no miraba, una secuencia conocida de memoria empezaba en la vereda, seguía en el puerto y terminaba en el río. No le interesaba. El agua ya se había llevado sus ojos. Vació el líquido del vaso y una sirena cercana acompañó el ardor descendiendo a su estómago. 

Cuando posó el vaso, con un leve ruido seco a madera, en la mesa, miró el fondo deshabitado y la voz le habló por última vez.

—Si dentro del vaso hubiese nadado un cisne blanco, la única forma de continuar tu vida hubiese sido atravesar el sueño del vidrio y despojarte, nadando junto a él en círculos hasta que la noche cubriese por completo toda tu memoria. Luego, al sonar la última sirena del puerto, hubieses besado al cisne deshaciendo pluma por pluma cada vuelo negado en el que fuiste ala.

Terminó de escuchar con las manos entrelazadas, como en un rezo involuntario. Miró por la ventana. El puerto se despabilaba con movimientos leves y sonidos familiares.

Aún no lo sabía, pero ya no detendría ningún amanecer más.


(Ver)

domingo, 16 de agosto de 2020

Última


Corrió a través
del campo 
                    minado
para escuchar atento
cuando volara en pedazos
su cuerpo 
                    de estrellas fugaces,
cosidas 
                    con escamas de pez
en una tarde de junio.


Llegó hasta el árbol,
de una altura 
                        subterránea,
de unas ramas pálidas,
y cuentas de collar barato
                        en el sagrado 
                        lugar 
                        de los frutos.


El árbol le regaló una sonrisa
y él le entregó 
                            la última carta, 
con una mano temblorosa
                            (no es fácil volar en pedazos,
                            a cada paso 
                            posible,
                            y llegar entero, 
                                                aún 
                            con ambas manos).


Abrió la carta, 
con ramas torpes,
y leyó 
                    por fin 
la última poesía. 
Sus cuentas de collar 
                    viraron al ocre
y una emoción de savia 
                    desbordada
cristalizó un 
                    gracias 
jamás dicho.


Ahora volver sería 
                    el fin. 
No hay suerte que repita sus dados.
Todas las minas que esperan 
                                        su paso
tienen la paciencia infinita 
                                        del que nació 
                                                enterrado.


Recuerda el último 
                                    verso
y se lanza a correr 
                                    atravesando el campo.
El árbol busca la última rima,
y cuando escucha el último sonido
                                    lejano, pero 
                                                            obvio, 
encuentra lo triste que rima 
                                    emoción con explosión, 
y guarda la última 
                                    carta
rodeada de una cálida 
                savia amarga.

sábado, 15 de agosto de 2020

Tres golpes


—Pasá, todavía no estoy durmiendo.
Fueron tres golpes en la puerta, pero después el silencio.
—Pasá...
El silencio.
Se levantó de la cama, incómodo, y se acercó a la puerta. Dudó un instante antes de abrirla. Tres golpes, los había escuchado. Abrió. No había nadie. Quizá no lo habían escuchado a él. 
Volvió a la cama. Esperó. 
Pasos que se detuvieron frente la puerta. Tres golpes.
—Pasá... no estoy durmiendo —en un tono de voz más fuerte.
Nuevamente silencio.
Se levantó de la cama y se vistió, algo más incómodo. Llegó hasta la puerta y esta vez no dudó, la abrió y salió. Ya estaba seguro de que no habría nadie detrás de ella.
Fue en busca de su esposa. Pasó por la cocina. No estaba, pero el agua de la pava sobre el fuego hervía. Apagó el fuego y levantó la pava, no le quedaba agua, se había evaporado. 
En ese instante se apagó la luz del baño. Esperó que su esposa salga y pase, quizá, por la cocina. Silencio. Ningún sonido. 
Fue entonces al baño y abrió la puerta. El agua fría de la pileta corría, la canilla estaba abierta. Prendió la luz y miró en derredor. Estaba vacío. Corrió la cortina de la bañadera. No había nada allí. Cerró la canilla, apagó la luz y salió. 
Al cerrar la puerta volvió a escuchar tres golpes, nítidos, en la puerta. Empezaba a notar rara su respiración. Volvió a abrir la puerta, despacio, tanteando muy suavemente la llave de la luz. Nada. No, nada no... El cepillo de dientes de su esposa estaba caído en la pileta. Tenía dentífrico puesto. Pero recién, al cerrar la canilla eso no estaba ahí. 
Salió del baño. Al cerrar el picaporte notó que le temblaba la mano. Se alejó por el pasillo, necesitaba sentarse y pensar. 
Miró uno de los sillones del living, pero cambió de idea y regresó al dormitorio. Se dijo que, quizá, si regresaba a la cama todo volvería a la normalidad. Entró al dormitorio y se sintió cómodo, el paisaje era familiar. Del otro lado de la cama había una mujer tapada y durmiendo. Bueno, su esposa, claro. Suspiró con cierto alivio, estiró los brazos y sonrió un poco de su propia locura. 
Se sentó en la cama, se quitó las zapatillas y, al darse vuelta para meterse bajo las sábanas notó que la cama estaba nuevamente vacía. Su esposa, o quien fuera que hubiese estado acostada, ya no estaba.
Se quedó sentado en la cama. Ahora el silencio le empezaba a doler en los oídos y las palpitaciones de su corazón lo desconcentraban. ¿Ahora llegarían los tres golpes en la puerta nuevamente? Por la ventana que daba al balcón vio a su esposa fumando un cigarrillo, apoyada sobre la baranda y mirando la ciudad. 
Pensó en llamarla, pero también pensó en que el sonido parecía estar traicionando las percepciones. Pensó en acercarse, abrir el ventanal y salir al balcón, pero también pensó en que los espacios parecían estar traicionando también las percepciones. Probaría entonces con la vista. Quedarse mirándola, sin intervenir, hasta que algo ocurra. 
Tres golpes en la puerta. Se tomó la cara con las manos. Esto derribaba su estrategia. Si iba hasta la puerta para abrir, con toda seguridad no habría nadie y al volver su esposa ya no estaría en el balcón. Si no atendía la puerta, corría el riesgo de no enterarse de algo importante. Quizá crítico. Algo en su cabeza, algo probablemente enterrado en una memoria muy lejana y tangencial, le decía que esos tres golpes eran parte de la clave de todo esto. 
Se le ocurrió otra cosa. Un atajo en la realidad. Iría primero al balcón para deshacer (o no) la imagen de su esposa y luego, sin nada que perder ya en el balcón, atendería a los golpes de la puerta. 
Se levantó de la cama. Comenzó a caminar hacia el ventanal que daba al balcón. La alfombra bajo sus pies parecía arder ante sus nervios. Al tocar la puerta que daba al balcón, tres nuevos golpes en la puerta. Y ahora una voz.
—Soy yo... abrime.
Inequívoca, la voz de su esposa. 
Se volvió rápido a mirar al balcón. Ya no estaba. La baranda y la lujosa vista de la ciudad en la madrugada estaban solitarias. Quizás había logrado lo que se había propuesto. 
Caminó por el dormitorio hasta la puerta. La abrió. No había nadie. 
Sintió el pecho apretado y los ojos húmedos. No se avergonzaría por reconocer que estaba a punto de llorar. Pensó en ir hacia algún lado, el que sea, pero al dar un paso reparó en un papel tirado en el piso. Escrito. Lo levantó y leyó:
"Ayudame, por favor. toqué algo sin querer en el Tiempo y descalabré la linealidad. Ahora tengo un Tiempo intermitente y desordenado. Necesito que me lo recompongas... por favor."
Respiró muy hondo y suspiró con un alivio que le bañó los nervios con cierta calma.
Fue hasta el garaje, ahí donde tenían la Máquina. Observó varias lecturas, controló algunos números, revisó varias pantallas, y luego hizo lo habitual: un golpe, detenía el tiempo; segundo golpe, restauraba la sincronía; tercer golpe, reanudaba el tiempo. Volvió a revisar algunas cosas más y sonrió satisfecho. Todo funcionaba. 
Regresó al interior de la casa y pasó por la cocina. Su esposa ponía la pava en el fuego. Al entrar lo miró y se le iluminó el rostro. Corrió con pasos cortos y lo abrazó fuerte. 
—¡Gracias! —exclamó emocionada su esposa.
—De nada... pero me diste un susto mortal. 
—Perdón. Pero... ¿qué pensaste?
—Bueno... pensé lo peor. 
Ella lo miró a los ojos preguntando en silencio por ese miedo.
—Pensé algo terrible. Pensé que me estabas dejando.

viernes, 14 de agosto de 2020

Imágenes apócrifas y letras imposibles


Un papel escrito pegado en una pared.

Bordes rasgados, viejos, doblados en parte o arrugados por alguna lluvia. 

Letras y palabras de distinto tamaño y color. El fondo amarillento que contiene texto. También dibujos monocromáticos.

A metros de ese misterio que todavía lo mantiene unido a una pared descascarada, pasan autos, colectivos, personas. A metros, por las noches, el viento mece las ramas de los árboles en soledad y la sombra, provocada por los faroles de la calle, baila negra sobre el papel amarillento agregando imágenes apócrifas y letras imposibles. 

Hay varios jirones del papel que fueron arrancados, dejando una especie de hendidura desgarrada en forma de un triángulo muy cerrado. Nadie sabe ni recuerda qué manos fueron. Y las que fueron, tampoco recuerdan haber estado junto al papel escrito pegado en esa pared. Son gestos distraídos, al pasar, mientras se conversa o sólo tentándose en tomar una punta suelta de un papel pegado en una pared y tirando. 

Junto con esas tiras finas o medianamente finas que rasgaron y luego dejaron caer al piso, extrajeron letras de lo escrito en ese papel pegado. Quizá también alguna línea de algún dibujo, pero ahora eso no tiene importancia. Aparentemente faltan unas siete letras en total, sin contar una hache que habría quedado por la mitad y no estaría siendo tomada en cuenta. 

Si bien se mira ahora, lo que expresaba ese papel escrito pegado en esa pared, casi sigue siendo totalmente entendible. La propaganda humilde y casera de algún servicio local se sigue entendiendo, más por contexto que por tener todas sus palabras completas. 

Sin embargo, lo importante, lo realmente importante, es que las siete letras que faltan, contenidas en esos jirones arrancados al azar vaya uno a saber cuándo y por quién o quienes, correctamente ordenadas forman el secreto nombre de Dios jamás revelado a la humanidad. 

Hace cuatro meses y veinte días que Dios está parado en la vereda de enfrente a la pared en donde está ese papel escrito pegado. Su aspecto no es el mejor. Por suerte, obviamente, nadie puede verlo, pero su cara demacrada acusa la grave preocupación. No sabe si esas letras fueron quitadas por el azar o por... Y si no fueron por azar, está en problemas. 

Ahora espera, parado inmóvil día y noche frente a esa humilde pared descascarada, con la vista fija en ese papel escrito pegado en ella. Sabe que si fue el azar, probablemente nunca pase nada más. Pero si no fue el azar, puede que el mismo que se llevó las siete letras arrancadas regrese. 

Dios sabe que ya ha perdido el secreto de su nombre. Pero en ese papel casual, pegado al descuido en una pared descascarada, también están las letras de su apellido. 

Y yo lo sé.